Lo que ha pasado durante la última semana en medios de comunicación es apenas imaginable. Se han llevado a cabo debates larguísimos en torno a una palabra: todas. Y el revuelo es lo suficientemente grande como para que se hayan generado memes y en cada esquina se escuche a alguien ridiculizando la orden que pide a la Alcaldía de Bogotá incluir a “todas” en su lema. El problema, que para muchos es una cuestión simple de gramática, refleja una masculinidad frágil en nuestra sociedad y, si bien no concuerdo con el uso del femenino y el masculino para ser incluyente, hay que agradecer que el fenómeno mediático ocurra para descubrir lo que pasa cuando lo masculino no lo abarca todo.

Los detractores de la orden afirman que en un artículo de la RAE se defiende el uso del plural masculino para acoger a hembras y machos de una especie o para hablar de generalidades, y que el uso de masculinos y femeninos como lo están proponiendo va en contra de una regla que todos nombran pero que poco conocen: la economía del lenguaje. Los defensores, por su parte, aseguran que la Real Academia crea normas que no le corresponden invisibilizando a sectores de la sociedad.

Lo primero que debemos saber es que la RAE no crea normas, compila usos y estudia las reglas que subyacen a ellos. De esta manera, al menos por ahora, no aceptará ese uso del masculino y el femenino hasta que se haya naturalizado para que se pueda ver la norma que lo rige. El idioma español es misógino como muchos afirman no por la RAE, sino porque sus hablantes tenemos una carga cultural e histórica que así lo demuestra. Entonces que la RAE diga algo respecto al idioma no indica que así debe ser, sólo indica que por el momento así es. Defensores y detractores del movimiento que pide incluir al femenino en el lema de la Alcaldía olvidan que la lengua es un ente vivo y cambiante, que modificar las normas no afecta al uso, que la lucha por la inclusión y el respeto se da en la cotidianidad de los hablantes y no en una escuela de gramática.

Es impresionante que salgan de repente tantos defensores de la Real Academia cuando ellos mismos golpean día tras día a nuestro idioma con cacofonías, faltas en el uso de tiempos verbales y una cantidad increíble de anglicismos y otras palabras que no han sido aceptadas en sus diccionarios. Apelar a esta institución para defender el uso de nuestro idioma es apelar a la Urbanidad de Carreño para hablar de educación y buenos modales. Nadie cumple cabalmente sus normas y de no ser por el cubrimiento de los medios a la noticia, ni siquiera sabrían que hay una regla para eso.

Lo que se esconde detrás del debate es algo menos fácilmente asible desde la gramática. La mayoría de mujeres nos sentimos incluidas en el plural masculino, y por eso mismo la norma aún no cambia y a muchas mujeres les parece absurda la petición, mientras que la mayoría de los hombres no se sienten incluidos en el plural femenino. Es decir, si se usara solamente el plural femenino para referirme al total de una población compuesta por hombres y mujeres, incluso si las mujeres son mayoría, los hombres se sentirían ofendidos, su hombría se cuestionaría. Ser nombrado en femenino está mal visto y de ahí han salido todas las formas de ridiculizar la orden a la Alcaldía. No se trata entonces de la economía del lenguaje que tantos defienden, se trata de la costumbre.

Que la Alcaldía cambie su lema o no, depende de la ley. Entender que esa ley no se puede basar en una compilación de tratados de gramática, sino en una realidad que nos rodea es lo realmente complejo y podría tener múltiples interpretaciones. En lo personal, creo que el verdadero cambio se produce en nuestros pequeños círculos sociales. No me gusta especificar el masculino y el femenino cada vez que nombro algo, pero me parece interesante jugar con ellos cuando me dirijo a una mayoría de mujeres al hablar. Sueño con que algún día ambos plurales puedan ser usados sin que los hombres se sientan ofendidos por nombrarse en femenino y que nadie se sienta excluido. Pasarán los años y tal vez ocurra, pero pasará mucho más tiempo antes de que la academia decida analizar la regla que subyace a su uso e incluirla en sus tratados.


*Puta poeta del Burdel Poético