Alejandro Robayo Corredor

* Alejandro Robayo Corredor

Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Estudiante de la Maestría en Estudios Políticos del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia. Integrante de la Mesa de Cerros Orientales de Bogotá. Interesado especialmente en los movimientos sociales, el papel de las emociones en la política, las teorías feministas y de género, la construcción de memoria histórica y las luchas por lo común.

“(…) la experiencia amorosa es también una experiencia política. Porque el amor reproduce formas de poder. Y porque el amor es también un espacio para la liberación y la emancipación políticas”

Marcela Lagarde

Numerosas obras han sido construidas a lo largo de varios siglos sobre el amor. Esta es tal vez la emoción que más ha servido de inspiración y punto de reflexión en el mundo de las artes. Las ciencias sociales le han prestado mucha menos atención, y, su contenido político sí que ha sido ignorado. Han sido autoras feministas las que, en diferentes etapas, han analizado las implicaciones del amor, su estrecho vínculo con las relaciones de poder y le han dotado de una historia, descubriendo que los seres humanos no siempre hemos amado de la misma manera. Ellas han hecho del amor un proyecto central para la emancipación y a ellas debemos el hecho de que hoy muchos/as nos cuestionemos sobre los lazos afectivos que entablamos y que tratemos de imaginar otras posibilidades de amar. Precisamente, en este artículo pretendo presentar algunas cortas reflexiones sobre otra posible forma del vínculo amoroso: el amor libertario.

Cuando hablamos del amor nos estamos refiriendo a una de las experiencias más sublimes que podemos vivir los seres humanos. Quien lo ha experimentado alguna vez, sabe perfectamente lo central y movilizador que se vuelve para nuestras vidas. Cuando estamos enamorados/as, sentimos múltiples sensaciones que nos producen alegría, confianza, esperanza, tristeza, miedo, frustración y, en muchas ocasiones, mucho dolor. En este sentido, el amor conlleva un estado de vulnerabilidad de nuestro ser como ningún otro. El amor implica una atracción afectiva por otros seres que encajan en las representaciones simbólicas que nos hemos y nos han ido construyendo, y por quienes desarrollamos un gusto particular. Esta atracción nos lleva a querer vivir experiencias concretas -variables de una cultura a otra- con estas personas, como besarse, tomarse de la mano, mantener relaciones sexuales (aunque la sexualidad no necesariamente está asociada al amor), compartir tiempo, vivir juntos, etc.

Pero entonces ¿para qué reflexionar sobre el amor? Y aún más, ¿para qué analizarlo políticamente con miras a su trasformación? Es preciso contestar señalando que las emociones (como el amor) no son simples impulsos automáticos de nuestros cuerpos desarrollados por la evolución, sino que son producto de los procesos culturales, políticos y económicos en los que nos encontramos inmersos/as. No sentimos solamente a causa de nuestra biología y los procesos químicos que tienen lugar en nuestro sistema nervioso, sino que sentimos de acuerdo a una serie de condicionamientos generados por las relaciones sociales que vivimos y que nos antecedieron. El desarrollo de un sentimiento de amor no tiene que ver exclusivamente con un proceso de compatibilidad hormonal entre individuos; por el contrario, a quién amamos y cómo expresamos nuestro amor es algo ligado directamente con modelos inventados en algún momento de la historia por seres de carne y hueso. Por eso es que la manera en la que se nos presenta el amor hoy no es la misma que se experimentó hace dos siglos. Incluso, la manera en la que amamos en la actualidad no es la misma de nuestros abuelos y nuestros padres. Las emociones poseen una historicidad y por esa misma razón están lejos de ser inmutables y estar fuera de nuestro control.

En consecuencia, en primer lugar, es necesario que reflexionemos sobre el amor porque no es una experiencia que debamos aceptar tal y como se nos presenta, sino que podemos interrogarnos sobre sus consecuencias y las posibles formas de perfeccionarla. Es decir, podemos amar mejor. En segundo lugar, debemos analizar políticamente el amor porque no es el idilio que generalmente se nos vende en los cuentos de hadas. El amor está atravesado por las relaciones de poder, al punto de engendrar verdaderas situaciones de dominación. Este es uno de los puntos neurálgicos que han desentrañado los feminismos al mostrar que diferentes modelos de amor (el amor cortesano, el amor burgués, el amor romántico)1 se han edificado, por un lado, sobre la desigualdad entre hombres y mujeres, y por otro, sobre la heterosexualidad obligatoria. Y es que si por algo han estado caracterizados los vínculos amorosos de los últimos tiempos es por ser un intercambio desigual de afecto y por requerir aportes altamente diferenciados entre hombres y mujeres. Esto es lo que ha permitido que el amor haya sido utilizado como un instrumento de reproducción del poder patriarcal aprovechando la vulnerabilidad de la experiencia amorosa para legitimarse.

Luego, si bien es importante señalar que el modelo del amor dominante es claramente adverso a las mujeres y ha servido como medio para su subordinación al poder de los hombres, esto no quiere decir que las relaciones no heterosexuales no puedan reproducir esta misma lógica. El amor patriarcal vive en nuestras mentes y nuestros cuerpos; es un modelo que nos ha sido instalado culturalmente desde nuestra infancia y que guía nuestros comportamientos afectivos. Por eso, no basta que rompamos la barrera de la heterosexualidad obligatoria y amemos a alguien de nuestro mismo sexo para no caer en las lógicas de un amor asimétrico y opresivo.

Marcela Lagarde, una de las más importantes feministas latinoamericanas, ha analizado el modelo del amor romántico2, que es probablemente uno de los que más influencia nuestra forma de amar en la actualidad. Lagarde concluyó que la desigualdad inherente a la construcción de los géneros se refleja directamente sobre nuestras relaciones afectivas. Como el punto de partida para entrar en estas relaciones son las ‘diferencias naturales’ entre hombres y mujeres (ellos más racionales, ellas más emocionales; ellos proveedores económicos, ellas más dadas al cuidado; ellos para la vida pública, ellas para la vida privada; ellos activos, ellas pasivas), así, los postulados del amor romántico (el cuidado del otro, el sacrificio de sí, la sacralización de la pareja, la experiencia del amor como tragedia, etc.) terminan imponiendo obligaciones diferenciadas entre los integrantes de la relación. Por eso es que hombres y mujeres no vivimos de la misma forma la experiencia amorosa y que el amor nos impone diferentes cargas y nos provee diferentes beneficios. En gran parte, las regulaciones en torno al amor fueron las responsables de la reclusión de las mujeres por varias décadas en sus casas, puesto que una buena mujer debía amar a su esposo, uniéndose con él en matrimonio y dedicándose al cuidado del hogar. Ese es un modelo de pareja que aún hoy sigue estando vigente.

Lagarde señala varios problemas del amor romántico, de los cuales sólo me concentraré en los que me parecen más importantes para los propósitos de este texto. En primer lugar, asegura que el amor romántico termina llevando a una trampa mortal para quien ha construido su subjetividad siempre en función de otros y no en función de sí, lo que se ha sintetizado en la expresión de “ser para otros”. El amor romántico implica siempre priorizar a los otros en el amor. Así, para muchos/as pasa a ser un sinónimo de sacrificio: ‘Él/Ella no me quiere tanto como yo lo/la quiero, pero eso no importa. Lo importante es que yo lo/la puedo amar’; ‘Él/Ella no pone tanto de su parte para que esto funcione, pero eso no importa. Yo puedo esforzarme el doble para que nos podamos amar’; ‘No se preocupa tanto por mí como yo lo hago por él/ella., pero eso no importa. Yo sé que me quiere’. De esta manera, muchas personas, siendo conscientes de estas cargas diferenciadas en la relación, terminan viviendo el amor como una renuncia a su igualdad en el intercambio de afectos, porque de lo que se trata es de amar y de sentirse medianamente amado, no importa a qué precio.

A esto se suma que algunos/as terminan haciendo de su amado/a el centro de su vida, desplazando al mismo yo. ‘Lo importante es que él/ella esté bien. Yo sólo me conformo con un poco de cariño’. Se trata de una enajenación de sí mismo/a. Esta enajenación se agrava si se piensa en el amor como algo incondicional, en el que el bienestar del otro debe estar siempre por encima del propio. No hay espacio para pensar en uno mismo. Eso sería egoísta. Uno debe entregarse por completo, sin restricciones. Cada integrante de la relación debe estar ahí para satisfacer siempre las necesidades del/a otro/a. En ese sentido, se espera que cada persona no tenga límites, que nunca diga no. En otras palabras, se espera una fusión de las vidas o, lo que Lagarde llama, un sentimiento oceánico: el hecho de querer sentirse como parte de algo más grande, de una experiencia que nos trasciende. ‘Ya no puedo pensar mi vida sin él/ella’, es la máxima de este amor. Mantener la pareja se vuelve el fin último de la existencia.

Pero, sin duda alguna, uno de los rasgos fundamentales de esta concepción del amor, derivada del modelo burgués, tiene que ver con la idea de la propiedad sobre el otro, que se expresa en el precepto de la exclusividad afectiva y sexual. De nuevo, esto en realidad funciona de acuerdo a las relaciones de poder vigentes. La idea de la monogamia (‘solo me puedes querer a mí, sólo puedes tirar conmigo’) siempre ha sido un mandato para las mujeres y no así para los hombres, porque son las mujeres las que le pertenecen a los hombres y no al revés. Podría pensarse que esta es una idea de tiempos pasados, pero si evaluamos de cerca los móviles de muchos feminicidios en nuestro país, una gran parte cometidos por parejas o exparejas, podemos ver que es una noción que sigue sustentando la forma en la que amamos y que por eso mismo debemos cambiar. Este es uno de los grandes retos: dejar de simbolizar el amor como una cadena, dejar de ver (principalmente los hombres) a nuestras parejas como un objeto del que disponemos y reconocerlas como sujetos.

El cuadro que rápidamente pinto aquí, de la mano de Lagarde, puede parecer bastante extremo y muchos/as lectores/as podrían decir ‘ese no es mi caso’. Lo que debemos preguntarnos es si realmente nuestras relaciones no reproducen o han reproducido alguno de los rasgos aquí mencionados y si ese no es un modelo al que consciente o inconscientemente dirigimos nuestras relaciones. ¿Hasta qué punto en nuestra historia amorosa no hemos sentido que nos esforzamos más que nuestras parejas o dejamos que tengan una carga mayor en el mantenimiento de la relación? ¿Hasta qué punto no hemos llegado a pensar que él o ella debe aportar algo que yo no aporto por el simple hecho de ser diferentes? ¿Hasta qué punto no hemos terminado perdiendo nuestros propios espacios y nuestros vínculos de amistad cuando nos enamoramos? Si no ha sido así, perfecto, usted está avanzando en construir nuevas relaciones amorosas. Pero lo cierto es que por esta forma de amar muchísimas personas sufren, terminan frustradas, y muchas (en una abrumadora mayoría las mujeres) terminan siendo violentadas. Por esto es que necesitamos pensar en otras formas de amarnos. En lo que resta, quiero señalar algunas claves importantes para pensarnos otro tipo de amor, inspirado tanto en la reflexión feminista, como en una conversación con una buena amiga hace algunas semanas al respecto.

Ante todo, en el amor debemos cuidar nuestra libertad y es en eso en lo que debería consistir el acto de amar, en potenciar las libertades propias y las de nuestras parejas. Sólo entendiendo que en la libertad del otro/a está mi propia libertad es que podremos conseguir amarnos diferente, amarnos libertariamente. Así, para muchos/as de lo que se trata es de dejar de buscar esclavos/as que satisfagan sus deseos y dependan de uno; para otros/as dejar de buscar quién los/as controle y asumir las riendas de su propia vida. Debemos dejar de pensar en el amor como una entrega sumisa de una o todas las partes.

Por otro lado, el amor libertario solo es posible entre seres iguales, en el reconocimiento del otro/a como mi par, con derechos para amarme pero también para ser amado/a. Esto implica no considerarse a uno mismo como inferior o superior a su pareja y para esto es esencial –una precondición del amor libertario, si se quiere- el amor propio. No basta que los/as otros/as me reconozcan como igual si yo mismo/a no creo que lo soy. No basta que sienta que otros/as me aman si yo mismo/a no considero que merezco ser amado/a. Se trata de fortalecer, entonces, nuestra afirmación como individuos precisamente para no perdernos en el encuentro con el/la otro/a. Igualmente, debemos evitar que nuestra propia afirmación individual obstaculice la de otros/as, alimentándose parasitariamente del afecto que esos otros/as nos proporcionan.

No se trata, sin embargo, de ser individuos afirmados justo antes de la experiencia amorosa. No. En primer lugar porque no existe la posibilidad de construir nuestra individualidad en el vacío, antes del vínculo social, sino que somos seres sociales, nos constituimos de nuestras relaciones con otros/as y vamos siendo en esas relaciones. Por eso podemos llegar muy afirmados/as como individuos a un vínculo amoroso en el que, si no establecemos reglas adecuadas, podemos terminar minando nuestra seguridad y autoestima. En tal sentido, de lo que se trata es de construir un amor que le permita a cada una de las partes de la relación afirmarse, desarrollar sus potencialidades y ampliar su libertad. Debemos huir de los amores que requieran que nos expropiemos de nosotros/as mismos, que nos impliquen un ‘sacrificio’ y debemos dejar de exigirle a nuestras parejas que hagan sacrificios por nosotros/as.

Lo anterior no implica convertir al amor en una competencia entre individuos que sólo buscan su propio beneficio. Al contrario, la mayor parte de nuestro crecimiento personal se basa en la ayuda mutua. Por eso, una de las condiciones claves para un amor libertario está en la reciprocidad. No se trata de que quienes se involucran en una relación homogenicen sus comportamientos y todo se reduzca a una suma a cero de intercambio de afecto. Al contrario, hay que aceptar que los/as otros/as son diferentes a mí, que pueden tener otras formas de expresar sus afectos. La clave consiste en que aceptar esas diferencias no nos lleve a construir las condiciones que propicien que ejerzan o ejerzamos poder sobre nuestras parejas. Debemos aceptar que como yo quisiera que ese otro/a me ame pueda distar mucho de cómo ese/a otro/a realmente me ama, pero lo que no debemos aceptar es que esa distancia nos quite nuestra libertad y asumamos nuestro amor como un tributo no correspondido. Igualmente, no debemos permitir que solo una de las partes sea la que lleva la relación en sus hombros. Debemos sentir que nos estamos beneficiando mutuamente de alguna manera y que ninguna de las partes empieza a perjudicarse a costa de la otra. El altruismo tiene su límite cuando implica la destrucción de uno mismo.

En palabras de Lagarde, se trata de ver el amor como un pacto democrático y de reconocernos mutuamente como sujetos pactantes del amor. Esto implica realizar una negociación constante sobre reglas básicas de relacionamiento, sobre qué permitimos y qué no, sobre cuáles son nuestros espacios conjuntos y cuáles los individuales. También implica trabajar sobre nosotros/as mismos/as para fortalecer nuestro amor propio sin que esto implique parasitar el amor que otros/as nos ofrecen. Lo anterior implica realizar una lucha consciente en cada una de nuestras relaciones por evitar esa tendencia a la fusión de vidas, en las que muchas veces terminamos perdiéndonos de diferentes maneras. En un amor libertario cada quien conserva su autonomía, sus espacios y dinámicas vitales. No se trata de no involucrar al otro/a en nuestra vida; se trata de propiciar que el/la otro/a nos ame sin colonizar nuestro mundo.

Puede parecer que pensar así el amor, como una negociación, como un pacto, le quita algo de la magia con el que lo hemos investido. Pues precisamente por vencernos ante esa magia, ante ese encanto, es que terminamos sufriendo y haciendo sufrir. Lo más difícil entonces, consiste precisamente en decirle “no” a esas experiencias amorosas que por más gratificantes que nos parezcan, nos quitan nuestra libertad, nos implican sacrificar nuestro propio bienestar y limitan nuestras potencialidades como individuos. Por eso, una clave fundamental en la búsqueda del amor libertario es siempre preguntarnos qué tan libres nos sentimos con nuestras relaciones y qué tan libres hacemos a nuestras parejas, qué tanto las potenciamos. Igualmente, debemos preguntarnos  qué tan iguales las consideramos y cómo es que funcionan los intercambios en nuestras relaciones afectivas. Preguntarnos esto no hace que el amor deje de ser bonito, sino que nos permite construir o mantener un amor sano que nos puede gratificar aún más.

Hay que ver el amor libertario como un proyecto, como un horizonte hacia el cual queremos dirigirnos. Aquí sólo señalo algunos apuntes que nos permitan profundizar en el debate sobre cómo es que queremos amar de una manera no enajenante. El amor libertario está por inventarse y para eso hay que reflexionarlo.

Quiero cerrar con un elemento que suena paradójico por todo lo dicho hasta el momento: nuestra felicidad no depende del amor. Debemos aprender a estar solos/as y a estar conformes con nuestra soledad. Hay otros vínculos, como la amistad, que podemos fortalecer y que pueden ser iguales o más gratos. Igualmente, el amor hacia nosotros/as mismos/as es el afecto que más debemos fortalecer. Así, podemos compartir nuestro camino con muchos caminantes pero no perder de vista que sólo debemos aceptar los amores que sean un atajo hacia nuestro horizonte, la libertad.

  1. La explicación de estos diferentes modelos del amor excede las dimensiones de este artículo. Para más información al respecto recomiendo la tesis de Mónica Saiz Martínez, titulada Amor romántico, amor patriarcal y violencia machista. Una aproximación crítica al pensamiento amoroso hegemónico de Occidente. Disponible en: www.ucm.es/data/cont/docs/329-2013-12-17-TFM%20Mónica%20Saiz.pdf
  2. Para esta y las demás referencias a Lagarde, véase LAGARDE, Marcela. Claves feministas para la negociación en el amor. Puntos de Encuentro. Managua, 2001.