Laura Gabriela Gutiérrez

* Laura Gabriela Gutiérrez

Abogada, especialista en Derecho Administrativo y candidata a Magíster en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Es investigadora del área de Justicia Transicional del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad - Dejusticia, en donde se ha especializado en el estudio del desarrollo rural, el proceso de restitución de tierras, tensiones entre políticas de desarrollo y políticas de reparación, y judicialización de las políticas públicas

Podría afirmarse que hay un consenso relativamente global sobre el repudio a la barbarie y la injusticia cuando se habla de violencia contra las mujeres. Es poco usual –aunque no imposible-, encontrar personas que explícitamente defiendan la mutilación genital, el acceso carnal violento o las agresiones físicas, pero de ahí ‘para abajo’ las justificaciones abundan.

También hay cada vez más voces que se alzan contra la injusticia. Por ejemplo, las brechas salariales, de acceso a educación y de representación política entre hombres y mujeres, hacen ruido porque son injustas si quienes aspiran a un cargo o un cupo tienen habilidades y trayectorias semejantes. Ya es, al menos, de mal gusto mandar a una mujer a criar hijos en vez de contratarla en un cargo, luego de que esta ha atravesado una cancha más o menos inclinada en su contra.

Sin embargo, no es posible afirmar que dicho consenso esté mediado por el reconocimiento de la existencia de un sistema patriarcal. En consecuencia, no importa que exista un conjunto de instituciones formales e informales que faciliten y en algunos casos promuevan formatos más sutiles de violencia, porque el patriarcado no existe (mucho menos los privilegios que otorga), solo existe la barbarie y la injusticia.

Así las cosas, resulta muy fácil librarse del ‘problema del feminismo’. Basta con no violar, no golpear, no cercenar el clítoris y aplaudir a la nueva jefa porque el resto son berrinches de mujeres mojigatas, puritanas e ingenuas. Y entonces, quienes le huyen a la reflexión, se acomodan en tres ‘trincheras’: el lenguaje, el arte y la sexualidad,1 que en realidad son palcos bien decorados desde donde observan el hastío y desesperación de quienes reclaman por la enunciación, la representación y la autodeterminación de las mujeres.

Luego de acomodarse, sentencian que esos lugares son intocables, que son incuestionables pues ya es pasarse la raya, que se está censurando, que se está juzgando la torpeza en el cortejo, que se está condenando sin presumir inocencia. Defienden estas trincheras porque están lejos de la barbarie y la injusticia, porque el hombre civilizado y culto actúa con probidad. Es casi un argumento de autoridad.

Y de repente recuerdan que deben dar una mejor respuesta porque la racionalidad es la característica que los excluye del conjunto de los bárbaros, de los que sí violan y matan. Entonces señalan desde el palco: “decir todos y todas no va a hacer que les paguen más”; “separen al artista de su obra” y “la libertad de importunar de los hombres es indispensable para la libertad sexual.” Y se les olvida que quienes reclaman, pueden considerar que el lenguaje incluyente es un fin en sí mismo, que ya es hora de cuestionar (que no es lo mismo que censurar) el arte, los artistas y la manera como han representado a las mujeres, y que la libertad sexual es poder definir en cada momento –sin que medie premio o castigo-, el tipo de interacción que se quiere o no tener con determinada persona.

No estoy segura de respaldar algunos de los enfoques que son punto de partida para abordar las reclamaciones sobre estas tres trincheras, pero sin duda pueden ser objeto de cuestionamiento como producto de un sistema que influye en la formación de imágenes, criterios, pensamientos y sujetos concretos.

 

  1. Entendida en una de sus definiciones como: “apetito sexual, propensión al placer carnal.”