Juliana Robles

* Juliana Robles

Socióloga de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es estudiante de la maestría en Estudios Culturales de la Universidad de los Andes, donde también se desempeña como asistente graduada del departamento de Lenguas y Cultura. Sus intereses de investigación en este momento son en teoría política contemporánea, especialmente en estudios feministas y de género y nuevas materialidades. Ha trabajado también en historia de la medicina y determinantes sociales de la salud. Es integrante del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea -TEOPOCO-.

El año nuevo, después del trajín del fin de año, de dar cierre y de correr para acabar, me ha permitido, en la calma de enero, pensar en el año viejo y en las prácticas que quisiera cambiar radicalmente y que han generado malestares en mi cuerpo. En este sentido y siguiendo a Silvia Rivera Cusicanqui (2015), es importante pensar  una nano-política del trabajo académico y de nuestras vidas académicas. Es decir, desde mi experiencia vital, marcada por mi relación con la universidad, necesito aproximarme de manera más detallada sobre las pequeñas dinámicas que se repiten en mi trabajo y mi vida, en las que puedo incidir o resistir. Esta nano-política debe partir de una reflexión acerca de cómo trabajamos y nos relacionamos entre nosotras en este espacio para construir nuevas posibilidades. Mejor dicho, no dar por sentado la forma tradicional en la que hemos aprendido y enseñamos la academia, sino abrir espacios de potencia y creatividad.

Esto último lo digo desde experiencias y observaciones acerca de cómo mi vida académica, enredada con la amistad, los amores, la familia, está atravesada por dinámicas dañinas y dolorosas física y psíquicamente. Las lógicas productivistas y la avidez de rapidez que imponen los tiempos de la universidad contemporánea y aquellas instituciones que la rigen (Colciencias, escalafones de calidad) se suman e intensifican las formas, muchas veces, masculinizadas y competitivas de la academia. Con estos adjetivos me refiero a una forma agresiva y terca de señalar y criticar, a que en la mayoría de espacios las voces de las mujeres son menos escuchadas y más subvaloradas, a que hay cuerpos y voces con más resonancia en el salón de clase.

 

Pequeñas viñetas

Comenzaré con una breve viñeta de mi vida. Llamó mi atención, el año que pasó, una discusión profundamente interesante que se dio en un espacio de investigación del que participo. Se trajo a la mesa el asunto de cómo, en los espacios académicos, se discuten los errores, los escritos, las apuestas y se discute, en general, lo académico-político. Este espacio, intimidante para nosotras, las y los recién llegadas, tiene la potencia por un lado de ser una puesta en común de distintas voces, perspectivas y razones, un proyecto colectivo de academia. Sin embargo, pervive en este espacio la sensación de que ciertas voces son las que más se escuchan y de que son ciertas formas las que sí caben dentro de este ámbito académico.

Lo discutido para mí fue pertinente e importante, pues se trata de algo que me ha atravesado al trabajar en la academia. Por un lado, se cuestionaron las maneras en las que las críticas académicas se hacen y se reciben, se afirmó que en este espacio colectivo han cambiado las dinámicas con el pasar del tiempo, reconociendo la no neutralidad del espacio académico (atravesado por distinciones de sexo, raza, clase y geografía) y la necesidad de contextualizar las formas en las que nos relacionamos en este. Sin embargo, también se afirmó que las críticas y las posiciones se recibían con diferentes sensibilidades y que mientras unos no eran tan sensibles a la voraz crítica, otras sí lo eran. Algunas opiniones sentaron la posición de que esto era absolutamente necesario para mantener la rigurosidad dentro del espacio y que no consideraban fuera excesiva o violenta la crítica. Por otras partes, se afirmó la vulnerabilidad que ciertos cuerpos han sentido al exponerse a estas voces académicas y que en conversaciones con compañeras que participan de espacios parecidos, las experiencias más que distar las unas de las otras, parecían tener mucho en común: no hablar ni una sola vez en un seminario, sentir terror de exponer una ponencia o artículos propios al proyecto colectivo de academia, etc.

Ahora, partiré de una segunda viñeta: situación que aconteció en un espacio semi-académico del que participo. Una discusión tórrida, interesante y necesaria se dio acerca del acoso sexual, sus consecuencias y las apuestas políticas en contra de este. No me adentraré en la profundidad de esa discusión, que aún no acaba; lo que considero pertinente traer a este artículo es la manera en la que se dio esta discusión. Más que una práctica de escucha, lo que marcó la conversación fue la dificultad de entender y de exponer los puntos propios. Evidentemente, esta discusión dejó todo tipo de desgastes emocionales y no solo profesionales. La nube que ocupó la reflexión posterior fue que en primer lugar, había personas más sensibles a ciertas formas de discutir; en segundo lugar, que en el ámbito laboral el tono de voz podía cambiar y no debía tomarse de maneras “personales” las maneras en las que se discuten asuntos laborales. En tercer y último lugar, uno de los puntos acerca de la discusión fue la negligencia de algunas de sus participantes por no responder a tiempo y de manera apropiada a la discusión, por no dedicar suficiente trabajo o pasión al proyecto.

A partir de estas dos pequeñas viñetas de mi cotidianidad, he decidido repensar la manera en la que me presento en la vida cotidiana académica y la manera en la que discuto asuntos que me atañen ético-políticamente.  Una vez más, pensar el cómo estamos trabajando y cómo nos relacionamos.

Dos temas, totalmente relacionados, surgen a partir de estas dos experiencias, cómo pensar el tiempo y la dedicación al trabajo y cómo pensar el cuidado en la academia y especialmente en proyectos colectivos de academia y de política.

 

Estrategias prácticas para una academia lenta

Es necesario un esfuerzo colectivo por construir espacios cuidadosos y potenciadores. Con esto no digo que sean espacios de los que se expulse el conflicto, las tensiones y las disputas, fundamentales para el espacio académico, más bien, señalo que existen maneras de resistir, de colaborar  y de proyectar de maneras más sostenibles y creativas para nuestros cuerpos y nuestras experiencias. Es por esto, que el artículo “For slow scolarship: A feminist politics of resistance through collective action in the Neoliberal university” (Por una academia lenta: política feminista de resistencia a través de la acción colectiva en la universidad neoliberal) (2015), escrito conjuntamente por 11 geógrafas norteamericanas, me parece tan pertinente para este inicio de año. A partir de sus propias experiencias en la academia y de escucharse y compartir entre ellas, proponen una política de resistencia feminista basada en el cuidado y la lentitud, es decir, luchar contra esas lógicas de productividad y rapidez que nos exige la nueva universidad, distintas instituciones y trabajos.

En primer lugar, las académicas parten de reconocer los privilegios que permiten que hablen desde ese lugar y que puedan llegar a ciertas personas. Así como dije anteriormente, la academia no es neutral y la atraviesan diferencias y privilegios de raza, de sexo y de clase. Somos pocas y pocos los que podemos hablar o posicionarnos desde la Academia y es desde este privilegio que es un deber disputar políticamente estos espacios y ser reflexivas respecto a nuestra voz y nuestros trabajos. Desde este reconocimiento, ellas proponen, y yo por transitividad, una praxis política feminista caracterizada por el cuidado y el auto-cuidado, en este caso aplicada a la academia y sus derivaciones.

Ya metiéndonos en los dos temas propuestos (cuidado y tiempo), es necesario aclarar que esta apuesta no solo se trata sobre las exigencias de tiempo desde la academia y la falta de cuidado, sino que atañe estructuras de poder y desigualdad. Hay ciertos cuerpos que son más “sensibles”, más vulnerables o menos aptos para el espacio académico, ciertos cuerpos que no entran dentro de las lógicas productivistas y neoliberales, ciertos cuerpos que no pueden sacrificar su vida entera por el trabajo, ciertos cuerpos que son los objetivos de las críticas más duras desde aquellos que sí están bien posicionados en la academia.

Antes que nada, es necesario analizar los pequeños detalles de la universidad neoliberal que atraviesa mis dos viñetas y las experiencias de estas geógrafas. Los objetivos de los grupos de investigación y de los proyectos académicos colectivos, casi siempre están dados por metas externas ajenas a la singularidad de cada proyecto y sus alcances (Colciencias, índices norteamericanos de calidad, espacios patrocinados que no se pueden comparar a los autogestionados, etc.). Es en este contexto, que escribir deja de ser una “experiencia epistemológica” y se convierte en una habilidad instrumental; entre más produzca, mejor, entre más rápido, aún mejor. El tiempo de trabajo entonces, no se mide por la jornada laboral de 8 horas, sino por productos cumplidos (ejemplo: si no publicó 3 artículos en el último semestre, no es un buen profesor). Esto, por lo general, conlleva el bien mirado “sacrificio” del tiempo vital. Aquellas y aquellos que trasnochan, ponen por encima de su vida el trabajo y son máquinas de producción, entonces son mirados con buenos ojos… Aquellas y aquellos que no dedican suficiente pasión y tiempo al proyecto académico colectivo, al colectivo político, al grupo de investigación, son vistos como perezosos y malos.

Es justo aquí donde creo que es necesario pelear por una academia lenta, donde se reconozca que la vida sí se atraviesa, donde lo íntimo y lo público no se separen de manera tajante (los comentarios y las críticas o las relaciones laborales también son personales) y haya una ritmo de vida lento y comprensivo con los contextos. Ser comprensiva entre nosotras lleva a escucharnos y a pensar de manera más localizada la manera en la que respondemos, criticamos o miramos a nuestras compañeras o compañeros. El sacrificio y la vigilancia dejan de ser valores y son más bien obstáculos para trabajos buenos y provechosos.

Sin embargo, esta resistencia no debe ser meramente individual, debe ser una resistencia institucional, estructural y colectiva. El cuidado y el auto-cuidado deben ser políticas de relacionamiento. Es necesario además reconocer las realidades encarnadas de estas exigencias de sacrificio de tiempo y de “menor sensibilidad” tienen repercusiones corporales y psíquicas y despotencian la vida.

Ahora bien, compartiré algunas estrategias prácticas que proponen esta colectiva de geógrafas, reproduciré de manera selectiva algunas de sus propuestas para ponerlas en discusión de este contexto, colaboremos y construyamos nuevas formas de academia y de trabajo colectivo:

  • Hablar y apoyar estrategias lentas: la presión de sentir que todos trabajan más y más duro hace necesario que colectivamente discutamos y hagamos estrategias conjuntas de lentitud. Que no nos sintamos vagas o solas al proponer dinámicas distintas.
  • Contar lo que otros no cuentan: siempre contar la calidad sobre la cantidad, revisar los trabajos hechos con cuidado y dedicación, reconocer más que el valor de la autoría, la colaboración, la comunidad, el activismo (que no necesariamente es contado dentro de la academia).
  • Organizarse: si nos organizamos colectivamente, los cambios que se proponen tendrán mayor potencia y mayor efectividad. Construir espacios conjuntos y apoyarnos comprometidamente con hacer ambientes más agradables, menos violentos y menos agresivos puede incidir de manera institucional y estructural. Hablar duro.
  • Tener cuidado: “una ética feminista del cuidado es personal y política, individual y colectiva” (1251). Debemos tener cuidado de otros y otras, pero también de nosotras mismas. Encontrarnos con compañeros y compañeras, hablar de la vida, expresar los problemas y dificultades que tenemos y ser comprensiva con la vida de las otras.
  • Escribir menos emails y apagar el mail: estrategias para, en primer lugar, pensar mejor las respuestas y ser más detallista al hacerlo y, en segundo lugar, una forma de resistencia a la flexibilización laboral. Trabajar desde la casa 5 o 6 horas más de la jornada laboral permitida (desde el computador o el celular) es una carga corporal y emocional insoportable. Al apagar el email o el celular hay espacios para compartir con amigas y familia, para hacer cosas distintas a trabajar.
  • Hacer tiempo para pensar y para escribir de maneras diferentes: ¡que no todo nuestro cuerpo ocupe su vida en la productividad! Estos momentos de irresponsabilidad y de improductivad funcionan como espacios para construir proyectos nuevos, enfatizar aspectos que no necesariamente tienen valor dentro del mundo laboral, trabajar políticamente, etc.
  • Decir no. Decir sí: por experiencias propias y de amigas cercanas, al buscar mantener y conseguir más hoja de vida, mayor reconocimiento, mayor remuneración no somos capaces de decir no a un trabajo, un favor o un proyecto. Mientras que, cuando aparecen oportunidades de academia lenta o de proyectos que no caben dentro del estándar académico ¡deberíamos buscar maneras de decir sí!

Para concluir, reconozco las dificultades de este tipo de estrategias y la cantidad de veces que la necesidad económica sobrepasa la voluntad de luchar contra dinámicas de productividad inalcanzables y exigencias de “no sensibilidad”. Sin embargo, considero importante poner la discusión sobre la mesa, no dejar de hablarlo, de buscar espacios para armar nuevas dinámicas y de tejer una lentitud que no sea igual a vagancia o no-productividad sino cuidado, detalles y responsabilidad.

Finalmente, recomiendo el artículo que me ayudó y sobre el que basé este escrito: https://acme-journal.org/index.php/acme/article/view/1058

 

Referencias:

Mountz, A., Bonds, A., Mansfield, B., Loyd, J., Hyndman, J., Walton-Roberts, M., … & Curran, W. (2015). For slow scholarship: A feminist politics of resistance through collective action in the neoliberal university. ACME: An International Journal for Critical Geographies, 14(4), 1235-1259.

Rivera Cusicanqui, S. (2015, julio 25). Más allá del dolor y del folclor [Archivo de video]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=AC_ySMO5-P0&t=1s