Hernán Alejandro Cortés

* Hernán Alejandro Cortés

Estudiante del Doctorado en Filosofía y Magíster en Filosofía de la Universidad de los Andes; Licenciado en filosofía de la Universidad Santo Tomás. Ha sido profesor de la Universidad de los Andes, la Universidad Jorge Tadeo Lozano y la Universidad San Buenaventura. Actualmente es becario de la Universidad de los Andes e investigador de REC-Latinoamérica. Es autor del libro: El animal diseñado: Sloterdijk y la onto-genealogía de lo humano (2013). Su campo de investigación es la filosofía política y latinoamericana. Su proyecto doctoral se concentra en el problema de lo común en el marco de las discusiones sobre la ontología política en autores como Laclau, Žižek y Castro-Gómez.

Quizá no exista algo más poderoso que la narrativa del encanto, la de la seguridad, la de la certeza para la producción de pasividad política, para una especie de vinculación conservadora que puede manifestarse al menos de dos formas. Por un lado, se puede estar profundamente encantado por el estado de cosas actual, se puede creer que las reglas de juego están ahí dispuestas para que las cosas vayan mejor y que, en el baile de las oportunidades, será factible sobrellevar la pesadez de la actualidad con un poco del encanto de la promesa. Así vivimos la mayoría, jugándonos la vida en medio de las reglas de juego para ver si en ese baile de las oportunidades podemos hacerle el quite al desgano y de repente podemos saltar la tapia de la desventura.

Pero, y esto sonará polémico, también existe una especie de encanto que conlleva a la inacción en la creencia de una ruptura radical del presente, en la idea de una revolución, la promesa de un futuro radicalmente diferente puede ser tan conservadora como la idea de que todo va bien. Ambas formas disponen el cuerpo hacía una promesa, una espera que no se cierra y que juega de manera indeterminada con los deseos y la voluntad. Esperar las condiciones materiales necesarias para la revolución puede incubar una actitud conservadora, una actitud que pretende materializar el encanto de una época pasada, de una idea anotada en un libro, o de un futuro que, al menos por ahora, parece mejor que el presente.

No quiero decir con esto que se trate de contentarse con la situación actual, de decir que las cosas no van a cambiar y en la medida que no lo harán la resignación se vuelva el caldo de cultivo de nuestra relación con el presente; eso es justo lo que pasa hoy, todos sabemos que las cosas van mal, pero, aun así, las cosas siguen igual.

Me parece que en contra de ese cinismo ideológico que se ha apoderado del presente, se trata de crear una forma de relación distinta con el mundo, creo que eso ha venido sucediendo en Colombia de manera tímida y peligrosa. Lo primero que ha sucedido es la construcción de una narrativa para la transición. Hoy, más que nunca se habla de un agotamiento de la guerra como lógica de lo político y se hace eco de otras formas para hacer parte del escenario de lo público. Ese, de una u otra manera, ha sido el mensaje que han dado las FARC al convertirse en partido político, han renunciado al modelo de la revolución por las armas (corte y nuevo comienzo) y han avanzado en la construcción de un partido que entiende que se gobierna para las mayorías, especialmente, para las mayorías que no están de acuerdo con la forma en la que se ve el mundo. Supongo que dejar de creer en la revolución como corte radical de las circunstancias me valdrá el título de menchevique, reformista o trotskista, pero quizá pensar que la revolución tiene que ver también con el desarrollo de acciones concretas en el presente es lo que no he visto en los intelectuales y militantes de boina, de café, de partido, quienes, cómodamente, acusan a otros de no ser lo suficientemente radicales.

Lo que me gustaría decir es que construir una narrativa del desencanto tiene que ver con producir una forma de comprensión del mundo distinta que, en lugar de renegar diciendo que las condiciones no están dadas, permita formular cambios a corto, mediano y largo plazo en temas cruciales. Desencantarse tiene que ver con estar en desacuerdo con la forma en la que se piensa el reparto de las condiciones y de las oportunidades, eso implica cuestionar la narrativa de la resistencia y activar una especie de formulación del pesimismo como fuerza, de la acción como algo inevitable y de la creación como posibilidad de desordenar las reglas que han beneficiado a las minorías de siempre.

En Colombia existe un desencanto de las formas tradicionales de hacer política. Los colombianos estamos cansados de los Vargas Lleras y su cinismo, de los Uribes y su beligerancia, de los Peñalosas y su incompetencia, de los Galán y su oportunismo, de los Fajardo y su indecisión ideológica. Una muestra de ello es la contra ofensiva de cierta gente de a pie en las listas a senado y cámara. Quizá ese desencanto nos ha llevado a un espacio de indefinición política en el cual la tarea más urgente será la de construir una narrativa de lo posible que conduzca al desencanto lejos de su impulso conservador y resignado. Hacer política tendrá que ver con producir una voluntad común en la que las mayorías puedan tomar parte. En este momento de incertidumbre, debemos profundizar la idea del desencanto como una fórmula que expone a esos mafiosos que se han hecho del Estado como botín de guerra, exponerlos y desarticular sus redes de aliados, esta será una tarea difícil y a ello se enfrentarán las nuevas fuerzas políticas, pero no será suficiente la demanda y la exposición; para hacer del desencanto fuerza, estas formas emergentes de hacer política tendrán que gobernar para todos y eso incluye a quienes son hoy considerados “enemigos de clase”.

Construir una política que haga eco de la fuerza de una voluntad común será la tarea del desencanto, para ello habrá que construir una relación con el presente que pase por la demanda, el desocultamiento de las lógicas perversas que ha construido el Estado colombiano y habrá que vérselas con una nueva gramática política en la que el desacuerdo, el desencanto y la crítica sean comunes, pero no para quedarse del lado de la demanda, sino para pasar al lado del gobierno, de la construcción común, de la formación de un ethos democrático. Construir políticamente, más allá de la idea de la revolución que parte las aguas en dos, tiene que ver con posibilitar planes de gobiernos concretos, organización social dignificada, con el desarrollo de una nueva matriz productiva y con construir un país en el que la lógica de la guerra sea destronada de una vez por todas. Arrebatarle las promesas a la clase política y entregárselas a la gente de a pie es una tarea necesaria para el desarrollo de un país que pretenda gobernarse de una manera distinta. Para ello todas las fuerzas políticas que están naciendo deberán renovar sus formas de relacionamiento, sus estéticas, sus narrativas, para hacer del desencanto una potencia de voluntad colectiva.