Existe algo de romanticismo al soñar una supuesta “transformación” que lideraría Gustavo Petro. También yo estuve ahí hace unas semanas pues, sin duda, el programa de Petro en lo socio-económico es seductor, audaz, innovador, etc., pero ese no es el asunto clave en este momento: no se gobierna con audaces propuestas en el papel, se requieren liderazgos adecuados al contexto. Tenemos que leer con agudeza el momento político actual; no es este el tiempo de grandes transformaciones ni grandes peleas (¿una pelea más?, ¡llevamos décadas en ellas!), es tiempo para una transición de la guerra en todas sus dimensiones hacia los caminos de la paz.

Hoy estamos en un momento estratégico de transición que permita consolidar los acuerdos de paz con las FARC. Algunos expertos en este tipo de procesos han hablado de por lo menos 10 años para la consolidación de esta transición. Hoy es momento de fortalecer el proceso que inició en La Habana (¡hoy tan frágil, tan incipiente!), momento de derrotar a los guerreristas dejándolos sin piso discursivo, momento de la despolarización, de la reconciliación, de la unión, del combate a la corrupción, de avanzar en equidad, de hacer decente la política, de nuevas formas de gobierno, etc.

Sin duda, Gustavo Petro es un hombre admirable. Su inteligencia, preparación y valentía difícilmente encuentran rival. Por su origen humilde, por venir “de abajo” y sus luchas antisistémicas, se ha ganado con méritos el cariño de grandes sectores de las clases populares. Su programa de gobierno es extraordinario: audaz, avanzado. Ahora bien, en la práctica, nos guste o no, Petro tiene un carácter muy particular y evidentes limitaciones para liderar, para escuchar, para conformar equipos, para unir voluntades. Petro tiene un talento natural, innato, para la polarización y la división, lo que menos necesitamos en este momento. Quiéralo o no, Petro llegará a dar una pelea que puede incluso devolvernos a un nuevo enfrentamiento armado. Petro, nos guste o no aceptarlo, no es el líder de la reconciliación nacional. Petro no es un Mandela, Petro no es un Mujica.

¿Por qué hablamos de superar la polarización? Un ejemplo: para la mayoría de “petristas”, Álvaro Uribe es un delincuente, un paramilitar, etc. Aquí está el punto clave que muchos se resisten a aceptar. Fajardo (también De la Calle), desde la inédita y admirable visión política-pedagógica que quiere difundir, no se atrevería a dirigirse a un ex-presidente con tales calificativos, no porque no pueda existir algo de verdad en tales acusaciones (que la Justicia deberá asumir), sino porque sabe que lo más importante, que lo prioritario en nuestra compleja y pasional Colombia con su historia de guerras sin fin, es trascender la confrontación, el odio, la mezquindad; porque ha apostado desde hace dos décadas por superar los personalismos, las polarizaciones y sobre todo porque ha decido respetar: respetar al otro (al “uribista”, al “santista”, al “fariano”, al “ordoñista”), respetar a quienes los siguen, a quienes los admiran. Respetar, como primer paso hacia la reconciliación nacional. Sin respeto por el otro no hay transformación posible. Respetar, en Colombia, es ya una revolución.

Otro ejemplo sobre no polarizar ni personalizar: cuando hace unos años Fajardo afirmó que “no era uribista ni antiuribista”, le estaba dando una lección muy profunda a esta nación, pero muchos no lo entendimos e incluso lo llamamos “uribista solapado” o “tibio”, ¿por qué? Porque en Colombia llevamos la guerra en el alma: “dime contra quién estás y te diré quién eres”. Si Petro llega, lo más probable es que desde el “minuto cero” de su gobierno comenzará una guerra sin tregua, inicialmente de “baja intensidad”, pues, desafortunadamente, Petro, al igual que Uribe, representa dos caras extremas de la polarización ideológica en nuestro país: ¡estás con ellos o contra ellos! ¿Es esto lo que quiere y necesita hoy el pueblo colombiano? Lo dudo, lo dudamos muchos.

Por esto, reitero, muchos sentimos que la primera y verdadera revolución que necesita Colombia es superar la polarización, superar la personalización, superar la desunión, fortalecer el proceso de paz con las FARC, enfocarnos en los problemas (corrupción, desigualdad, falta de oportunidades, etc.) y sus posibles soluciones más allá de las infinitas disputas históricas-ideológicas que han derivado en violencia y dolor.

Unas palabras finales sobre las coaliciones. En Colombia, desde el inicio de los tiempos, los politiqueros decían sí irrestricto a todo apoyo, a toda alianza, a toda adhesión, sin atender los principios éticos fundacionales. Pero, años atrás en la política colombiana, apareció Antanas Mockus con unos postulados éticos claros que fueron poco a poco aceptados de forma explícita por otros partidos como Compromiso Ciudadano, liderado por Sergio Fajardo. Hoy, aunque muchos no lo terminen de comprender, no se trata de “ganar a toda costa”, se trata de cómo se gana, de cómo se llega; se trata de honrar, de dignificar el fin a través de los medios. “¡Así no le ganarán a nadie!”, repiten algunos, bueno, esperemos que Colombia tenga la suficiente madurez para superar la politiquería, la polarización y la corrupción. Si no se logra, no hay ningún problema pues los principios éticos fundacionales, en esta propuesta, no se negocian; seguro vendrán nuevos aprendizajes, vendrán otros momentos para lograr la conjunción entre ética y política que por siglos hemos esperado.

Por todo esto, pensamos honestamente que la Coalición Colombia (¡que lleva más de un año trabajando junta!) es la mejor opción para este “Gobierno de transición”. Ahora bien, es posible que la apuesta ético-política de Fajardo (y Claudia, Robledo, Navarro, Antanas, etc.) sea derrotada electoralmente, pero creemos que su mensaje de independencia y reconciliación es inédito, valiente, transformador, incluso necesario: “los medios dignifican el fin”.

Carlos Andrés Duque Acosta

Doctorando en filosofía política

Unicamp, Brasil.