Ana María Quintero

* Ana María Quintero

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia y máster en derechos humanos de la Universidad Carlos III de Madrid. Su trabajo gira en torno a asuntos como la ciudadanía, la democracia y los derechos humanos. Actualmente trabaja como investigadora y consultora en derechos humanos para diferentes organizaciones tanto nacionales como internacionales

Perdonar no es solamente ser altruista, es la mejor forma de interés propio

Desmond Tutu1

 

En 1995 el gobierno de unión nacional de Nelson Mandela instaló la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, con el fin de que ayudara a los surafricanos a enfrentar su pasado y a sanar las heridas que había dejado el apartheid2. La Comisión debía investigar las violaciones que habían tenido lugar entre 1960 y 1994, apoyar la reparación de las víctimas y sus familias y compilar de manera completa y objetiva los efectos del apartheid en la sociedad surafricana. Como presidente de la Comisión, el arzobispo Desmond Tutu fue encargado de liderar ese proceso y fue sin duda el motor que impulsó la reconciliación de una sociedad partida en dos, cansada de la violencia y al mismo tiempo llena de dolor, de resentimiento. Una sociedad que se miraba a sí misma entre víctimas y victimarios, incapaces de reconocerse los unos a los otros, y al mismo tiempo, necesitada de seguir adelante. Necesitada de esperanza. Necesitada de futuro.

El debate sobre el perdón y la reconciliación, sobre sus alcances y sus límites es muy antiguo y está lejos de cerrarse. Sin embargo, existe un amplio consenso en la idea de que el perdón es subjetivo mientras que la reconciliación es colectiva. El fondo de esa idea es que las víctimas deben tener la potestad de decidir si perdonan o no, y que no se puede poner sobre las hombros de las personas individualmente consideradas, el peso de la transición. La reconciliación en cambio, es un acto colectivo en el que una sociedad que ha padecido la violencia y sus consecuencias, se reconoce a sí misma en su diversidad, con sus claroscuros, para pasar de una situación de polarización o de fractura a la construcción de un proyecto común. Eso no significa anular las diferencias. Significa tramitarlas de manera pacífica y constructiva sobre la base del respeto mutuo.

La reconciliación no requiere perdonarse en el sentido individual y subjetivo del que hablamos antes. Sin embargo, no se puede avanzar en el camino de la reconciliación si las partes involucradas no se reconocen mutuamente y reconocen a sus víctimas, asumen su responsabilidad y están dispuestas a contribuir a la verdad y a reparar los daños causados. Eso incluye no sólo a los actores armados de la confrontación, sino también a todos aquellos que participaron en la violencia directa o indirectamente, porque la auspiciaron, financiaron o instigaron de alguna manera. Involucra al Estado en su integralidad, no sólo su componente armado, sino a toda la institucionalidad y a todos los niveles de gobierno (local, departamental y nacional).

Para la reconciliación no basta con reconocer los hechos, es necesario comprender y encarar las causas que estuvieron detrás de las violaciones. Actuar sobre la verdad descubierta tomando las medidas necesarias para que las violaciones no se repitan. Más allá de eso, implica un nuevo contrato social basado en el reconocimiento y respeto de la diversidad de planes de vida que confluyen en una sociedad. En donde las necesidades particulares de cada miembro de la sociedad política sean tenidas en cuenta con la debida consideración, para asegurar que cada quién acceda a las oportunidades y a los recursos necesarios para llevar adelante su proyecto de vida, libre de restricciones arbitrarias.

Volviendo al inicio, el perdón es un acto íntimo y personal pero no por ello es menos político. En cierta forma es un acto profundamente revolucionario mediante el cual la víctima invierte la relación de poder que la une al victimario y se emancipa de la condición de “víctima”. El perdón empodera. Devuelve a las personas el control de sus propias vidas. No significa olvidar lo que pasó ni borrar el dolor. En palabras de una ex-victima “es aceptar que todos somos seres humanos y que no estamos separados ni siquiera de aquellos que nos hicieron daño. Todos contribuimos al mundo en el que vivimos y, por lo tanto, cada persona puede elegir un nuevo camino hacia adelante3. Es así como el perdón contribuye a la reconciliación. Esa es en gran parte la lección que nos dejó la comisión de la verdad de Suráfrica y el reto al que nos enfrentamos hoy como sociedad en Colombia.

 

Ana María Quintero

Originalmente escrito el 27 de agosto de 2017

 

  1.  El arzobispo Desmond Tutu fue el presidente de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Suráfrica, creada por el gobierno de unidad nacional de Nelson Mandela en 1995.
  2. Se conoce como apartheid a la política de segregación racial instaurada en Suráfrica a partir de 1944, mediante la cual se estableció un régimen discriminatorio contra la población afrodescendiente. La expedición del Self Government Act de 1959,  constituyó un momento hito del apartheid al privar a la población negra de la ciudadanía y relegarla a pequeños territorios marginales reservados conocidos como Bantustanes.
  3. Extracto del testimonio de Elizabeth Turner (Gran Bretaña), cuyo esposo murió en el atentado contra el World Trade Center ocurrido el 11 de septiembre de 2001. Simon Turner había viajado a Estados Unidos por trabajo y se encontraba en un desayuno en una de las torres gemelas al momento del ataque. Elizabeth tenía siete meses de embarazo y estaba esperando su primer hijo. Tomado de http://theforgivenessproject.com/stories/elizabeth-turner/ consultado el 27 de agosto de 2017.