Sebastián Urdaneta

* Sebastián Urdaneta

Magíster en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de la Plata (Argentina) y abogado de la Universidad Nacional de Colombia. Entre mis temas de trabajo se encuentran la justicia comunitaria, la administración de justicia, el conflicto armado, el pluralismo jurídico y la educación legal. La Escuela de Justicia Comunitaria de la Universidad Nacional ha sido la institución en la que he desarrollado la mayoría de mis investigaciones

Las iglesias cumplen básicamente dos funciones: la de escampar el cuerpo y la de escampar el alma. Si es Bogotá y son las seis de la tarde y llueve, la iglesia se presta para escampar el cuerpo. Un enfermo cercano, una culpa honda o una petición urgente hacen de la iglesia un lugar propicio para escampar el alma. Todo depende de si llueve afuera o llueve adentro.

La iglesia de la que hablo está al costado de una plaza. Altísima -pues por tautología es la casa del altísimo y por extensión de todas las cosas, es superada únicamente por los gigantescos edificios del centro. Acá recuerdo que el gran Darin McNabb decía que la importancia de las instituciones a través del tiempo podía leerse en el cuerpo de su infraestructura: en la edad media los edificios más altos fueron las iglesias, en la modernidad los centros políticos y en la contemporaneidad los centros financieros. Esta iglesia, con todo, guarda una dignidad atemporal en medio del pragmatismo de la vida contemporánea.

Como llueve afuera y llueve adentro nos agolpamos poco a poco en rededor del templo. Se suben unas cortas escaleras, se cruza la puerta, bendición de arriba a abajo y de derecha a izquierda, empujones de los cuerpos y las almas por la nave central y ubicación de cara al altar. De alguna manera se siente que el tiempo y el mundo cesan. Si dios ha muerto o sigue vivo, Nietzsche querido, carece de toda relevancia en este momento. Debido a un potente significado colectivo que se imprime en todas las cosas, entrar en una iglesia es sumergirse en un lugar que excluye a todos los otros lugares y tiempos.

Cualquier sujeto notará que permanentemente transitamos entre espacios sociales que dividen el mundo: de lo público a lo privado, de lo rural a lo urbano, de lo abierto a lo cerrado. Pero ese mismo sujeto reconocerá que ningún cambio es más abrupto que el del paso del espacio profano al sagrado. Estos espacios, creados para albergar las más profundas crisis del sujeto occidental, están inmersos en un código distinto en donde los objetos, las prácticas y los pensamientos de la vida cotidiana se desacomodan para reorganizarse de manera distinta. Ejemplos de otros lugares sagrados son las bibliotecas y los museos, en donde, en palabras de Foucault, “se tiene la voluntad de encerrar en un lugar todos los tiempos, todas las épocas, todas las formas, todos los gustos”.

Vuelvo a la silla de la iglesia en donde estoy sentado y siento que el confort colectivo que brinda la comunión contrasta con la incomodidad práctica del espacio. En unos bancos de madera sin colcha y sin lujo, reposan los culos de los visitantes, mientras que en el altar aparece, estelar, el sacerdote que dará orden a la ceremonia. Una clara jerarquización entre dios, su intermediario y sus fieles divide el espacio. Mientras tanto, las paredes contribuyen a la difusión de un órgano inquisidor que retumba en todos los presentes, como interrogando el alma.

Claramente, la posición suprema del sacerdote se presenta porque está dando algo que no se puede devolver. Basado en la lógica de los dones y contradones, los fieles dan su devoción e incluso un mísero diezmo, pero a cambio el sacerdote les entrega a dios, a la divinidad encarnada en el sacramento. Una relación abiertamente asimétrica que marca la posición social y simbólica dentro del espacio hace que el cura estalle en capital simbólico.

Empieza el ritual. En perfecta simetría militar los devotos guardan silencio, se paran, se sientan, se arrodillan. No hace falta que el cura lo ordene pues se trata de una orden grabada en lo más profundo del Ello. Cuando el momento lo indica, se inicia un canto de alabanza sincera pero competitiva. En medio de tantas voces es necesario desentonar un poco para que dios me escuche particularmente a mí y no a los otros; en medio de la multitud no me parece una idea irrazonable.

Siento que han pasado horas. Pese a parecer inacabable, la misa es un ritual más bien dinámico y hasta extenuante, en donde se les obliga a los participantes a saltar de emoción en emoción sin darles tiempo para que se acomoden en cada postura existencial: de culpa al perdón, luego al temor y más tarde al agradecimiento. Tal exageración de las emociones coincide con el de las imágenes, las cuales, como si se tratara de la casa de la abuela, contribuyen a crear un efecto panóptico. Paradójicamente, nos sentimos tan bien observados que surge una profunda soledad existencial, como la que se tiene cuando se termina un libro o se espera un bus en la noche o mientras llueve.

Tengo esta impresión de que lo que está en juego en las iglesias es una disputa por el sentido común, por el orden simbólico de las cosas. Al contrario de la ciudad, en donde todos nos odiamos con todos, en las iglesias se nos impone un código que cumple el papel de ocultar, legitimar y naturalizar las diferencias sociales.  Me parece evidente que la creencia en dios es un acuerdo concertado y olvidado en el que se encuentra una profunda satisfacción existencial.

Al terminar la misa el padre asegura que podemos irnos en paz. Nadie sale con prisa y más bien sí a regañadientes. Debemos volver al espacio profano, a la urbe. Por la cara de la gente quiero creer que queremos quedarnos en ese lugar en donde no llueve ni adentro ni afuera y el tiempo no corre y el mundo no existe.

 

Textos de referencia: 

Foucault, M. (1999). Los lugares Otros. Paidós.

Bourdieu, P. (1999). Razones prácticas. Anagrama.