Sandra Jaramillo

* Sandra Jaramillo

Egresada de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, en Ingeniería Forestal, con énfasis en ecología política y ambientalismo a través de la Maestría en Medio Ambiente y Desarrollo por la misma universidad. Defendió su tesis de maestría relativa a la historia de las ideas: “La resignificación de la Naturaleza en los tiempos del problema ambiental”, bajo la dirección del Dr. Alberto Castrillón Aldana adscrito a la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas. Es miembro fundadora de la Corporación Cultural Estanislao Zuleta, Medellín-Colombia y se desempeñó allí entre el 2007 y el 2015 en labores directivas y de gestión de proyectos culturales. Actualmente adelanta un Doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad de Buenos Aires con el CeDinCi/UNSAM como sede de trabajo. A partir del 2017 es becaria CONICET. Sus temas de investigación están dirigidos a la biografía y la historia intelectual, la Nueva Izquierda colombiana (generación y contexto político e intelectual de los años sesenta y setenta) y la historia de las mujeres en Colombia.

En un encuentro con estudiantes de derecho a fines de los años sesenta en Santiago de Cali, Estanislao Zuleta (febrero 3 de 1935-febrero 17 de 1990) mostraba qué tenía que aportarle el psicoanálisis a la criminología. En algún momento de su exposición, se le hizo necesario hablar del castigo y recordó que la expiación era una de las estrategias puestas en marcha por sociedades llamadas primitivas:

“El castigo es un fenómeno que tiene orígenes que no debemos olvidar porque son muy esclarecedores de su significación actual. La primera forma o primera idea de castigo es la figura de la expiación. Encontramos muy frecuentemente, en la conducta religiosa de los pueblos que tienen religiones primitivas, que se le adjudica a un ser que puede ser alguien del pueblo o un animal, todas las culpas de la comunidad, para luego expulsarlo al exterior, despedazarlo o sacrificarlo según los diversos ritos. Es el chivo emisario. Esa es una de las primeras figuras del castigo, que no tiene relación alguna originalmente con la conducta de la persona que sirve de emisario. No se trata de que la persona que cumple ese papel haya hecho tal o cual cosa, sino que es una función que la mentalidad del grupo considera necesaria, para que no pesen sobre todo el grupo, para que éste pueda ser aliviado de la culpa. Esta es una de las figuras más primitivas del castigo considerado como expiación” (Fuente: Zuleta, E. (1986). Psicoanálisis y criminología. Medellín: Colombia. Percepción).

Las agresiones verbales, físicas y simbólicas a los militantes del nuevo partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC) que comenzaron sus actividades de proselitismo político, expresan el grado de descomposición de nuestra cultura política. Pareciera una práctica propia de sociedades primitivas (valga decir, pre-modernas) en la que elegimos un chivo expiatorio para ahorrarnos el trabajo de hacernos responsables como sociedad, para asumir la culpa como sociedad del derramamiento de sangre que mancha la historia de Colombia, y, además, negar, una vez más, la expresión política legal de una izquierda que decide participar desde su condición de no guerrillera.

Sabemos que las agresiones expresan la impopularidad –ganada a pulso– por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-EP, dada la degradación del conflicto a la que condujo la estrategia guerrillera de larga duración. Y compartimos la incomodidad de ver cómo avanza la carrera hacia los cargos públicos con más urgencia que los procesos de memoria, autocrítica y justicia por parte de los ex combatientes. Pero la coyuntura electoral no puede impedirnos observar la importancia histórica que tienen nuestros actos en estos tiempos difíciles e inciertos para nuestro país.

Veamos. Una coyuntura histórica se caracteriza por la incertidumbre, se trata de una irrupción en el fluir cotidiano, más o menos estable y previsible, de una sociedad cuando algunos procesos han conducido a que uno o varios actores sociales de fuerte incidencia modifiquen de forma significativa su posición o su comportamiento. Como la sociedad es una configuración en la que sus componentes están relacionados, los otros actores se ven necesariamente afectados y se mueven para reposicionarse armando un nuevo ordenamiento. Inmersos en la coyuntura, a los individuos el horizonte se les hace confuso, pues, además, en una sociedad compleja las tramas de poder no siempre son visibles. Colombia atraviesa hoy una coyuntura histórica decisiva en la que la consigna del político italiano es pertinente: “Instrúyanse, porque necesitaremos de toda nuestra inteligencia; Conmuévanse, porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo; Organícense, porque necesitaremos de toda nuestra fuerza” (Antonio Gramsci, L’Ordine Nuovo, año I, nº 1, 1° de mayo de 1919). Pero de los tres llamados que hace Gramsci, a la inteligencia, a la sensibilidad y a la organización, en el país tendríamos que enfatizar en el llamado a la inteligencia que nos permita analizar el sentido profundo y concreto de lo que hoy está pasando.

Contrario a esto, los poderes más influyentes del país (la clase dirigente, la iglesia, los medios de comunicación oficiales) hacen un llamado constante –sutil o explícito– a la emotividad, izando la bandera de unos valores patrios abstractos que ocultan las relaciones sociales en las que efectivamente esos valores pueden o no concretarse. Un ejemplo de ello es la descalificación constante a Gustavo Petro por su militancia guerrillera que concluyó hace 27 años y tras la cual ha desempeñado todo su ejercicio político en los marcos de la restringida democracia que tenemos, esta vez destacamos la descalificación hecha recientemente por Iván Duque (el candidato uribista) en el debate de W Radio conducido por Vicky Dávila, una descalificación que a fuerza de repetirse con palabras simples y con tono enfático desde diversos actores de la derecha, se va convirtiendo en un dogma asumido por buena parte de la población, seguramente sin mucha conciencia de que ello contribuye a la larga tendencia de la clase dirigente tradicional de cerrar la participación política a la izquierda no guerrillera.

Ahora, la coyuntura histórica en la que se inscribe esta coyuntura electoral hace arco con un momento breve, pero de profunda incertidumbre, que antecedió la constitución del Frente Nacional (1958-1974). Corría el año de 1957 cuando el gobierno dictatorial del general Gustavo Rojas Pinilla había llegado a una crisis profunda. A él se oponían los comunistas, declarados ilegales en su gobierno a través del Acto Legislativo número 6 de 1954 de la Asamblea Nacional Constituyente, se oponían también los estudiantes que se configuraban como actor político y habían sido víctimas de una masacre en los hechos del 8 y 9 de junio de 1954, y se oponían los líderes de los partidos tradicionales liberal y conservador, que empezaban a unificarse en pro de recuperar el poder político. Estos actores, además de la clase obrera naciente, tuvieron un momento de convergencia que condujo a la caída del dictador el 10 de mayo de 1957. La prensa de la época deja ver la fuerte incertidumbre de los meses sucesivos durante los cuales los diversos sectores de izquierda se entusiasmaban con las posibilidades de participación, mientras los líderes de los partidos tradicionales negociaban un pacto de alternancia por el que se distribuían milimétricamente el poder.

Animados por el Partido Comunista que negociaba su legalización y por sectores mayoritarios de la iglesia, los colombianos y las colombianas (ellas se estrenaban como ciudadanas) eligieron, a través de un plebiscito, poner su destino en manos de los patriarcas tradicionales a los que hasta el día de hoy se les rinde culto con bustos en plazas de pueblos antioqueños. Pero más allá de su legalización formal, el Partido Comunista eternamente esperanzado en una supuesta burguesía nacional, no pudo entrar al escenario político controlado férreamente por una dirigencia unificada. Otros sectores de izquierda defraudados por el partido y sin ver opciones para encauzar su participación política en los marcos de una democracia formal se impacientaron optando por la subversión, mientras la izquierda no guerrillera, incrédula de que la burguesía del país fuese nacional y fuese emancipatoria (contrario a lo que para entonces y quizás hasta hoy, opina el Partido Comunista), aprendía a vivir en un sin lugar durante el larguísimo periodo frentenacionalista y quedaba cada vez más solitaria porque consideró vieja la izquierda comunista y desenfocada la izquierda guerrillera que justo surgió durante este periodo.

Más allá de algunos aportes a la modernización del país y del Estado que los estudiosos del Frente Nacional destacan en ese mandato de 16 años, diagnosticado como dictadura civil por el campo socialista de la década del setenta, lo cierto es que este período formó en intransigencia la cultura política colombiana, pues quedó obturado el entrenamiento en la evaluación y discusión de proyectos nacionales distintos, ya que los liberales y conservadores se alternaron frente al mismo proyecto en el régimen frentista.

Pero decíamos que el presente hace arco con ese momento de incertidumbre que fue 1957 porque la coyuntura histórica está cerrando la opción armada como estrategia para una transformación hacia la justicia social que, sin embargo, sigue pendiente en el país. Enhorabuena hoy lo han comprendido así los ex combatientes de las FARC-EP y los combatientes del ELN, tal como a fines de 1980 lo entendieron los ex combatientes del M-19 que, como el caso de Gustavo Petro, se sumaron a la construcción por las imperfectas vías de la institucionalidad democrática.

Así, esta democracia atravesada por el terror -como en los años ochenta la caracterizaba el mismo Estanislao Zuleta- tiene ingredientes muy diversos: una iglesia reaccionaria, una población inculta, una derecha retrograda, un liberalismo sin pensamiento liberal, una izquierda desconcertada, además del paramilitarismo sevicioso, la guerrilla degradada y la narcoeconomía, que nos conducen a entender que de la sociedad que tenemos, somos responsables todos y todas –las viejas e incluso las nuevas generaciones que recibimos esta atormentada herencia nacional–. Por eso elegir a los ex combatientes como chivos expiatorios no nos hará menos culpables de la crisis humanitaria que enfrenta Colombia.

Este panorama complejo del país que cobra la vida de líderes sociales diariamente, nos exige aferrarnos a la razón, poniendo en suspenso las emociones tanáticas que comandan esos actos expiatorios y, en su lugar, entender que en esta coyuntura electoral, no sólo nos estamos jugando cargos legislativos o ejecutivos (decisivos, sin duda), sino sobre todo el cierre de una coyuntura histórica que, aunque deja mucha degradación, si cerramos los oídos a los llamados al odio y a la venganza podríamos, como el Ave Fénix, erigirnos sobre nuestras propias cenizas y canalizar la inmensa vitalidad de la que como sociedad damos cuenta hacia un proceso de memoria, reconciliación y justicia social.

 

Sandra Lucía Jaramillo-Restrepo

sljarami@gmail.com