En medio de la cacería de votos, los políticos buscan diversas fuentes para su acumulación y surgen todas las formas de violencia para lograr el caudal necesario. Entre ellas, como las arañas, arman tramas a partir de un sinnúmero de promesas genéricas que enredan, que calan en los grupos no por su pertinencia sino que se tejen con el consumo constante de distintos discursos, las negociaciones particulares de los partidos con ciertos grupos que tienen poder de movilización, o por algún interés más banal como un kit, un favor o un tamal.

Las promesas no tan genéricas, más concretas y que tienen una incidencia más o menos clara en la realidad de los votantes, se enfocan en la seguridad, en cuántos cambios legislativos e institucionales se requieren para detener a los presos, para atrapar a los ladrones de celulares; en general, lo que se ha llamado populismo punitivo. Del mismo modo, hay un énfasis en los discursos políticos en mantener a raya al oponente ideológico o político, sea de izquierda o de derecha, especialmente si ese contrario es de izquierda o más izquierda que la mía, no hay duda, y claro, en si se sigue con la implementación de los acuerdos o si se reversan.

Especialmente este último ámbito sigue siendo determinante en el voto de opinión, y es que en la era de la fabricación de la verdad, si optamos por mantener los acuerdos y los cumplimos, nos vamos a convertir en un régimen comunista que va a expropiar y hacer pública la propiedad privada que tanto le ha costado a sus dueños, por lo que la derecha es la mejor opción. De nuevo, la ciudadanía está siendo acorralada a votar por el miedo a la diferencia.

Ese giro actual de los acontecimientos, resulta al menos paradójico, por no decir descarado. Según la encuesta Invamer de abril del año pasado, los intereses electorales de los colombianos se habían descentrado de los temas relacionados con el conflicto, la violencia o el narcotráfico, por lo que en la agenda principal de los votantes se encontraban en primer lugar el desempleo, luego la salud y la corrupción, con porcentajes que doblaban los siguientes tres temas, educación, pobreza y delincuencia común.[i. Documento publicado por: Colombia, (2017). La Gran Encuesta: colombianos revelan su intención de voto para el 2018. Noticias Caracol Tv, 22 de mayo. Disponible en línea: https://noticias.caracoltv.com/colombia/gran-encuesta-invamer] Estos resultados  permiten arriesgarse a establecer unas conexiones: mientras se empezaba con la implementación de los acuerdos, las personas pudieron dar cuenta de sus preocupaciones cotidianas y planteaban exigencias relacionadas, pero como hemos visto los últimos meses, aparte de la delincuencia común, que es una constante en la movilización de los votos, las visiones ideológicas como guías de la agenda política, de la mano con la falta de voluntad para el cumplimiento de los acuerdos, han desembocado en el recentramiento de las elecciones en el tema que desde Uribe es determinante, la solución armada o negociada de los conflictos sociales.

De nuevo, las opciones para decidir por quien votar, como si no hubieran sido suficientes los dos siglos de guerra que como república hemos desatado, siguen gestándose alrededor de la aniquilación de la oposición al modelo económico, porque el modelo político de repartición de la burocracia nunca ha estado sujeto a negociación por parte de ningún bando, y los problemas de la vida del día a día son relegados a un segundo plano. Seguramente tendrán un espacio en los debates tipo reinado de belleza, en los que se dirán ideas sueltas por un minuto o dos, pero como es corriente, a la gente no le interesará de fondo lo que ofrecen las elecciones, por que hay una idea ya consolidada de que los votos no nos van a cambiar la cotidianidad. Y la verdad es que en gran parte es así.

No se puede desconocer que la tendencia del próximo gobierno frente a los acuerdos va a ser trascendental para lo que se viene en los siguientes años, sin embargo, la gran masa que cotidianamente sale a buscar cómo comer, vestir, educarse y, en general, reproducir su vida, necesita tomar decisiones sobre cómo reproduce esa vida, y aunque eso no se hace únicamente desde la política estatal, sin que se produzcan cambios sustanciales en la legislación y la política pública, las movilizaciones sociales seguirán siendo aplacadas con la mano dura de la policía, tanto en en el sentido literal como en el que la entiende Rancière, desde el gobierno que se impone como modo técnico de distribución y no desde la política, es decir, desde el campo de la interacción y construcción conjunta de formas de vivir y hacer mundo.

Bien pensado el problema del desempleo, que llamaba principalmente la atención de los colombianos hace un año, visibiliza la continuación de un sistema de esclavismo, pauperización y precarización de la vida en Colombia, que se acentuó con el neoliberalismo, pero que se ha escondido detrás de otros temas “más urgentes”. Nuestros ávidos gobernantes han logrado importar con éxito la doctrina del enemigo y así entretienen el hambre del pueblo con circo.

Pensar en soluciones implica necesariamente que los candidatos le digan a la gente qué decisiones van a tomar para que puedan acceder a recursos en contraprestación por su tiempo de vida. Por ejemplo, la política de fomento a la inversión extranjera, ya desde los noventas, pero que ha sido bandera de los últimos cuatro gobiernos (de dos personas), ha tenido como contraprestación la reducción de las garantías laborales para los trabajadores formales tercerizados y no tercerizados, así como los denominados independientes o contratistas. Dadas sus promesas rotas en cuanto a la generación de numerosos y dignos empleos, dicha política debería rendir cuentas y ser evaluada, para tenerla como un factor a favor o en contra de los varios candidatos que se presentan como sus defensores, específicamente todos los de la derecha.

Aunque en el siglo pasado el sindicalismo y los movimientos obreros generaron transformaciones importantes en el derecho laboral, como la consecución de prerrogativas y figuras que permiten la asociación sindical y su ejercicio bajo el uso de acciones de defensa, el pago de horas extra, de recargos, las prestaciones sociales y, en general, los derechos de los trabajadores para mejorar sus condiciones de vida, en la actualidad, todos esos logros, además de resultar insuficientes para los asalariados, no contemplan a la gran mayoría de la población que se encuentra en la informalidad.

Según el Dane, más o menos la mitad de las personas que están ocupadas, o sea, quienes tienen una fuente de ingresos de al menos una hora a la semana[ii. https://www.dane.gov.co/files/faqs/faq_ech.pdf], son trabajadores informales[iii. http://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/mercado-laboral/empleo-informal-y-seguridad-social]. Una de las correlaciones que esa misma institución establece, es que la mitad de las personas ocupadas en el país no cotiza a pensión, es decir, no tiene cubierta su seguridad social. Probablemente, dadas las obligaciones de atención en salud que tienen actualmente los municipios frente a la población del régimen subsidiado, sea un poco menos la proporción de personas no cotizantes que no tienen cobertura en salud. Algo es algo.

Estas cuentas apuntan a que las principales necesidades de los votantes, aunque tienen relación con el destino del cumplimiento de los Acuerdos, no han podido salir del margen de la supervivencia, no hay capacidad de decisión alguna en el mapa electoral, porque no hay garantías mínimas para levantar la cabeza del suelo, los votantes vemos sombras, encadenados a la caverna, estamos constantemente atados a sobrevivir, porque así nos han mantenido todos los gobiernos, y mientras sigamos siendo esclavos, la incapacidad de transformar o de revisar el camino que queremos seguir, continuará limitando el ejercicio de cualquier derecho político, incluido el más incipiente de todos, el voto. Aunque la mitad de las personas están en la formalidad, los salarios son escasos, más o menos la mitad de esa mitad, es decir un cuarto de la población ocupada, tiene un ingreso equivalente al salario mínimo, que es uno de los más bajos en Latinoamérica; entonces, ni siquiera ser trabajador formal garantiza a las personas gozar de un mínimo vital digno y ni qué decir de la población informal, que en su mayoría recibe sumas inferiores a ese salario mínimo, teniendo en cuenta que no tienen ningún tipo de prestación social. Los colombianos prácticamente nos levantamos a trabajar todos los días para tener con qué comer.

El rebusque es una realidad que se ve en las calles todo el tiempo, la integración en esas filas de nuestros vecinos migrantes de Venezuela ha endurecido la situación, a la vez que se han endurecido las políticas contra los vendedores informales; los tratados de libre comercio contribuyen al cierre de las empresas; la flexibilización de las formas de contratación ha empobrecido a los asalariados; la violencia contra los líderes sindicales no ha cesado y la cobertura de derechos fundamentales, aunque pareciera haber crecido significativamente desde que existe la acción de tutela, no cobija sino a una pequeña parte de la población, sobretodo a aquella que tiene recursos para pagar salud, educación, vivienda y alimentación de calidad.

En este sentido, todo está por hacer, y es hora de que el esclavo busque ser trabajador y desarrolle sus potencialidades como ser humano con el tiempo que tiene de vida, en las ocho horas, que se han logrado jurídicamente, destinadas al trabajo como bien de cambio, y, en general, en el trabajo con el que transforma el mundo. Ese otro trabajo que nos hace ser más que reproductores de vida, como otros animales, que tenga acceso a cultura, recreación y pueda escoger qué hacer con su tiempo, qué comer, qué tipo de medicina aplicar a su cuerpo, sobre la base de un acceso a información que la educación le permita lograr. Estos elementos, que en nada son ajenos a un modelo liberal, deben estar en las agendas de todos los contendientes, pero muchos pueden esquivar la pregunta, porque no hablan con ciudadanos sujetos de derechos, sino con esclavos que apenas están sobreviviendo.


*Natally Duarte es abogada, especialista en derecho laboral. Estudiante de Maestría en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia.