Edwin Cruz Rodríguez

* Edwin Cruz Rodríguez

Politólogo, especialista en Análisis de políticas públicas de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en Análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos de la Universidad Externado de Colombia, candidato a doctor en Estudios políticos y relaciones internacionales e integrante del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado varios artículos en revistas especializadas de distintos países. En 2011 obtuvo el primer lugar en el premio de ensayo sobre América Latina (categoría estudiante de doctorado) del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá

A estas alturas ya debería estar claro que el repunte en las encuestas de Gustavo Petro no solo asusta al expresidente Uribe. Basta escuchar las noticias en la radio o echar una ojeada a las columnas de opinión del día para comprobarlo: la derecha, la izquierda, la ambidiestra y/o el centro, tienen tanto miedo que se ven en dificultades para responder a las discusiones que el candidato explícitamente les plantea. ¿Qué es lo que produce al mismo tiempo tanto temor e incomprensión? Responder este interrogante quizás puede arrojar alguna luz sobre la forma como nuestra sociedad afronta la política, la discusión pública y la democracia.

Lo paradójico del caso es que quienes tildan a Petro de “populista” o “caudillista” han adoptado una forma de discusión que no tiene nada que envidiarle a ese estilo de hacer política, que no está basado en argumentos racionales sino en la interpelación de las pasiones, mientras es el candidato quien reclama un debate sobre sus argumentos.

Lo ocurrido con el columnista Héctor Abad puede tomarse como una situación arquetípica, un caso que se repite entre buena parte de quienes se han manifestado en contra de Petro, con excepciones por supuesto. Primero, Abad afirmó haber tenido razón cuando criticó a Chávez como “populista”, para legitimar así su actual rechazo a Petro. Segundo, arguyó que el candidato no le inspiraba confianza tanto por sus rasgos personales –su “mirada lateral”, su ocultación de la calva o el hecho de que fuese descendiente de italianos- como por sus propuestas “populistas”. Tercero, acudió al testimonio del fallecido Carlos Gaviria para tratar a Petro de “tramposo”.

Sin discutir la responsabilidad ética de quien hace este tipo afirmaciones en la esfera pública y, sobre todo, en un país como Colombia, el primer rasgo común a estas críticas es que carecen de fundamento, esto es, no aportan evidencia que las sustente, y, por lo tanto, de entrada imposibilitan cualquier discusión razonada. Si se toma en serio, la primera crítica trata de legitimar el rechazo a Petro por la presunta capacidad que tiene Abad para ver con claridad el futuro. La segunda está basada en impresiones subjetivas en el límite de la comunicabilidad. La tercera por cuestiones obvias no puede confirmarse.

Es el mismo estilo argumental del famoso periodista que asegura que con Petro, Colombia se va a convertir en la Venezuela “castrochavista” y del analista que cortésmente invitó al candidato a desistir de su aspiración aduciendo que, de no hacerlo, llevaría a una victoria segura de la derecha. A excepción de estos iluminados, el resto de los mortales, quienes no tenemos el don de ver el futuro, estamos imposibilitados para refutar o confirmar tales asertos.

Sin embargo, la eficacia retórica de estas afirmaciones es indudable. El “populismo” y el “castrochavismo” no requieren ningún tipo de fundamentación lógica o empírica para descalificar. A estas alturas, no importa cuál es su significado, lo relevante son las imágenes que evocan, de supermercados vacíos, de personas desesperadas tratado de cruzar la frontera, de niños y mujeres padeciendo hambre y frío. Su sola mención tiene entre buena parte de los colombianos el efecto que tendría la palabra “cáncer” en boca de nuestro médico de cabecera. La figura de Carlos Gaviria no suscitó tanta devoción como cuando apareció vinculada a la lucha contra estos grandes “males”.

De la misma forma, la afirmación según la cual Petro es un “caudillista” o un “populista” no requiere ningún tipo de demostración, se asume como algo obvio. Tiene la misma función que aquellas otras categorías que se esgrimían en el pasado con el fin de excluir y anatemizar, como “mamerto”, “izquierdoso”, “rojo”, “cachiporro”, etc. Representan un mal radical, un enemigo natural para la sociedad. Por eso, mientras en boca de cualquier otro candidato es legítima la compra de predios privados para fines públicos por parte del Estado, en el caso de Petro se trata de “expropiación” y, sin mediación, de “comunismo”.

Y sin embargo, ¿hay algo más populista que esa forma de discutir? En teoría, la democracia requiere debates basados en argumentos razonables que permitan a los ciudadanos discernir qué conviene a los asuntos comunes. Una de las principales aspiraciones de los fundadores del régimen representativo, a fines del siglo XVIII en EE.UU. y Francia, era que los ciudadanos no eligieran personas sino ideas, programas, planes de acción. Esa era una forma de impedir que la soberanía popular intentara ser encarnada en un individuo como ocurría en el Antiguo Régimen.

En Colombia está sucediendo todo lo contrario gracias a quienes afirman propender por la defensa de la democracia. De manera paradójica, los contradictores de Petro han asumido un modo de discusión personalista, populista, retórico, incluso caudillista, en lugar de elevar la discusión hacia las propuestas, su oportunidad o factibilidad. Se han concentrado en anatemizar y tratar de excluir una persona, acudiendo a interpelaciones básicas de pasiones como el miedo, en lugar de discutir y rebatir sus propuestas.

Lo que hay detrás de esta actitud es una subestimación total de la capacidad de la ciudadanía para elegir deliberada y razonablemente. Quienes tildan a Petro de “populista” o “caudillista” parecen creer que sus seguidores y el resto de colombianos a los que dirige sus mensajes, constituyen, por un lado, una “horda” de “petristas”, “trolls”, “radicales” y, por otro, están imposibilitados para pensar. Por eso no se molestan en tratar de rebatir los argumentos y las propuestas del candidato: basta con etiquetarlo del lado oscuro. Las consecuencias de esta actitud no pueden ser peores.

Cuando los ciudadanos eligen basados en razones, son capaces de corregir sus errores, premiar o castigar a sus representantes, en las urnas o en las calles. No hay razón para temer el autoritarismo cuando se cuenta con una ciudadanía madura. Lo contrario ocurre cuando la ciudadanía es interpelada y movilizada exclusivamente con pasiones como el miedo. Que la gente vote por miedo al “castrochavismo” es igual a que vote por la devoción mesiánica que todavía inspira en algunos el expresidente Uribe. El signo de las pasiones no altera el resultado.

El caudillismo no es algo inmanente o innato a una persona, evidencia todo un fenómeno complejo de mecanismos e imaginarios sociales. Lo que muestra la forma de discutir de muchos de los críticos de Petro es que ese mal ya está presente entre nosotros y no precisamente por culpa del candidato. Por eso no es de extrañar que muchos de los que hoy critican a Petro por “populista” y “caudillista”, ayer estuviesen muy contentos con la reelección de Uribe y aún hoy duden de si deben votar por quien diga su mesías.

Por estos días, sin embargo, el raciocinio parece ser: dado que aquí no hay una ciudadanía madura entonces es mejor que todo siga igual, que los ciudadanos voten en función de pasiones primarias en lugar de discutir con argumentos razonables, sobre la base de evidencias. Así, el debate electoral se torna una batalla de insultos y falacias en lugar de constituirse en una cátedra para la ciudadanía, en vez de ejercitar ciudadanos activos se ha preferido tratar a los electores como borregos.

La situación se complica aún más si recordamos que el proceso de paz en que se embarcó esta sociedad hace unos años está fracasando de la manera más sangrienta que podría haberse imaginado. Obviamente, hay un trecho enorme entre criticar, así sea de manera populista, a Petro, y estar de acuerdo con el genocidio al que estamos asistiendo. No hay un vínculo causal obvio entre una cosa y otra. Pero en el fondo es imposible no ver en esa forma de hacer política, basada en la exclusión de lo diferente vía anatemas, en la intolerancia y en la irracionalidad, aunque sea una parte de su caldo de cultivo. ¿Cuántos de los y las líderes sociales asesinados habrían sido, aunque fuera potencialmente, estigmatizados como “castrochavistas”?

En contraste con esa forma de hacer política, en todas las ocasiones en que ha sido criticado, al menos en esta campaña, Petro ha reclamado argumentos. Cualquiera puede corroborarlo accediendo a su perfil de Twitter. De hecho, mientras la revista Semana dio cuenta del intercambio entre Petro y Abad como una “pelea”, lo que hizo el candidato fue invitar al columnista a sustentar sus afirmaciones. Esto es, en últimas, lo que genera más temor entre personas que han adoptado posiciones presuntamente liberales: Petro desafía su propia concepción de la política, de un debate democrático tolerante y basado en argumentos.

Le tememos tanto a Petro porque la democracia liberal aún nos asusta. Nuestra concepción de la democracia liberal es demasiado restringida como para darnos cuenta de que aquello que la amenaza no es el supuesto peligro del “castrochavismo” o del “populismo” sino la manera misma en que ponemos en práctica la discusión pública. No hay que esperar a las elecciones para darnos cuenta de que nuestra democracia es muy endeble, ni del reinado del “populismo” y del “caudillismo”, solo hace falta escuchar noticias o echar una ojeada a las columnas de opinión del día.