Sebastián Ronderos

* Sebastián Ronderos

Colombiano. Politólogo de la Universidad de los Andes, con énfasis en Teoría Política y estudios complementarios en Filosofía. Es especialista en Resolución de Conflictos de la Pontificia Universidad Javeriana y en Globalización y Cultura de la Fundación Escuela de Sociología y Política de São Paulo. Mágister en Cultura de Paz, Conflicto, Educación y Derechos Humanos de la Universidad de Granada, España, y doctorando en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa, Portugal.

Un fantasma acecha Colombia. Navega la costa, galopa las llanuras y sobrevuela el altiplano. Invade los jardines, se cuela por entre las rendijas de las casas, inadvertido e intruso —el fantasma del populismo. Como entidad espectral, presenta una condición etérea, indefinible en términos corpóreos; es atemporal, huérfano de calendario o mapa que puedan dar veraz indicio de su procedencia. Un síntoma mórbido, habitante interregno del espacio entre ‘lo viejo’ (que resiste a morir), y ‘lo nuevo’ (que demora en nascer). Fantasma que, como todo fenómeno incapturable e incomprensible en términos conceptuales, —de aquello que se nos presenta, pero que no podemos delimitar— ¡nos aterra!

Se lo evoca, entonces, a la puesta del sol, esperando que hasta el más rebelde de los jóvenes respete la hora de cama y despierte solemne al alba para cumplir normas y valores. Se lo nombra cuando dichas normas son severamente interpeladas. Espectro maldito que, por su acepción etimológica, evade el mundo de lo establecido, para aventurarse en lo inusitado.

 

¡Se lo nombra con alarma!

—¿Se lo nombra?

Bueno, algo se nombra, ¿no?

—Quizá su sombra…

 

El Populismo, como fenómeno socio-político, se interpreta, mayoritariamente, a través de una designación peyorativa, incluso demonizada, referida a un cierto estilo ‘irresponsable y paranoico’ de hacer política. Siguiendo tendencia, grandes medios y diversas figuras públicas han adoptado el término desde dicha comprensión negativa. Colombia no ha sido la excepción, exacerbando, en tiempos pre-electorales, el vínculo que dicha utilización ambigua y genérica supone, al transcurso político (en general) y la actual candidatura presidencial (en particular) de Gustavo Petro. De ‘Semana’ a ‘El Tiempo’, de ‘Los Santos’ a Héctor Abad.

El último emprendió recientemente contra el ex-alcalde, presagiando temporales castro-chavistas que acompañarían su victoria ante las urnas.

La respuesta no se hizo esperar:

Quiero @hectorabadf sin ningún ánimo de herirlo y solo por pedagogía con la sociedad colombiana nos diga porqué considera que mis posiciones son populistas y en qué consiste el populismo para usted?

— Gustavo Petro (@petrogustavo) 11 de febrero de 2018

 

¿Es el populismo inequívocamente una expresión degradada de la política? Ya que Abad no se animó a responder, nos proponemos, modestamente y con fines pedagógicos, proveer una respuesta.

Uno de los primeros partidos políticos en autoafirmarse populista —de forma no peyorativa— fue, en la década de 1890, el ‘Partido Americano del Pueblo’ (American People’s Party), mejor conocido como ‘Partido Populista’. Con fuertes bases agrarias, y acérrimo aliado del movimiento laborista, constituyó una contundente oposición a la violenta corrupción y el profundo endeudamiento desatado por banqueros y ferroviarios en tiempos de modernización. Acabó fusionándose con el Partido Demócrata, asentando bases populares esenciales en su seno.

Positivo y enérgico, el significante ‘populismo’ se destinaba a fuerzas progresivas y populares que, desafiantes de élites parasitarias, promovían un ejercicio político cercano a la definición de ‘democracia’ aristotélica, convenientemente olvidada por los politólogos modernos: “la oligarquía apunta al interés de los ricos; la democracia, al de los pobres”.

Fue hasta 1950, a través de la pluma de Richard Hofstadter, que el populismo encontró una asociación peyorativa, como fuerza retrógrada, anclada al pasado y servida de —en palabras del mismo— un ‘estilo paranoico’. Como nos recuerda Yannis Stavrakakis, profesor de ciencia política de la Aristotele University, Hofstadter acaba por “reconoce[r] el carácter ambiguo del populismo e incluso acepta que, de hecho, hay mucho que es bueno y utilizable en el pasado populista”. Fue llevado a admitir, con tiempo, que aquello que reconocía “retrógrado e ilusorio, un poco vicioso, y bastante cómico” describía, en realidad, características presentes en todo el debate público estadounidense (incluso en el ámbito académico), demarcando una profunda inconsistencia teórica.

Diversos esfuerzos se han embarcado al descubrimiento conceptual de aquello que precisa, en su esencia, al espectro que aquí nos concierne. A mayor el intento, más dramática e inclemente su caída. Ernesto Laclau, en su original libro ‘La Razón Populista’ (2005), desarrolló algunas de estas tentativas, exponiendo sus limitaciones conceptuales.

Margaret Canovan (1981), por ejemplo, analizó fenómenos tan asimétricos como el populismo estadounidense, los narodniki rusos, movimientos agrarios europeos y el Peronismo argentino. Estableció una distinción ente populismos agrarios y populismos políticos, englobando características de los grupos analizados, en un ejercicio más descriptivo que conceptual. “¿En qué sentido puede afirmarse que los populismos agrarios no son políticos?”, “¿Qué nos garantiza que las categorías sean exclusivas y no se superpongan entre sí (lo cual, de hecho, es exactamente lo que ocurre, como reconoce la propia Canovan)?”, pregunta Laclau. “Canovan está cerca de atribuir la especificidad del populismo a la lógica política que organiza cualquier contenido social”, agrega.

Tal ambigüedad e incapacidad de delimitación caracterizó, a su vez, la literatura en la década de los 90’s, como, por ejemplo, en Donald McRae, en Peter Wiles o en Kenneth Minogue.

Sin embargo, allí donde las aproximaciones normativas y esencialistas fallaron, una mirada más formal, cuidadosa de las estructuras lingüísticas en los discursos populistas, ha proporcionado nuevos marcos interpretativos en una comprensión más compleja y rigurosa de este temido espectro.

Los invaluables esfuerzos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe han ganado terreno, seguidos por grandes nombres en el campo, como la propia Canovan o Cas Mud. Esta perspectiva comprende al populismo como una articulación que permite procesos de identificación y recomposición de un actor mayoritario, “el pueblo”, comprendido como sujeto-colectivo privilegiado en los procesos de representación. El populismo estructura el campo de disputa política —que, desde Maquiavelo, sabemos es un campo de batalla de posiciones (ideológicas) irreconciliables— a través de dos ejes antagónicos: 1) un “Nosotros”, el 99%, ‘el pueblo’, y 2) un “Ellos”, las élites, el establecimiento, el 1%.

La estructura discursiva del populismo permite, lo que Laclau llamó, el establecimiento de una cadena de equivalencia sobre demandas heterogéneas. ¿Esto qué quiere decir? Al fracturarse el orden dominante —como ocurrió tras la crisis financiera en 2008—, se quiebran a su vez los lazos de identificación con las grandes estructuras (materiales y simbólicas) del sistema político, ante un vacío que busca reestructurarse.

Antonio Gramsci describió la crisis como el momento de quiebre donde ‘la clase dominante ha perdido el consenso’, ‘ya no lidera, sino hace uso exclusivo de la fuerza’ como forma de dominio. Su recomposición pasa, inevitablemente, por la bifurcación antagónica que supone el populismo —y que, en mayor o menor nivel, está siempre presente en la política. Este proceso se ha evidenciado en buena parte de las ciencias sociales, en la composición de identidades individuales y colectivas. Desde las relaciones significado/significante en la composición lingüística de Ferdinand de Saussure, hasta la organización simbólica a través de procesos colectivos en la Antropología Estructural de Levi Strauss. La identidad se compone por la relación que existe entre un ‘adentro’ y un ‘afuera’: ‘no soy’, sino que ‘voy siendo’ en la medida en que me relaciono con ‘lo que no soy’.

—¡Paró, paró!, demasiado abstracto.

Ninguna identidad es exclusiva o esencialmente natural. Toda composición de identificación colectiva resulta de articulaciones históricas contingentes. La ‘Unión Europea’, por ejemplo, al entrar en crisis como significante dominante, permite que otros significantes tomen fuerza, otras identidades que componen nuevas relaciones colectivas y que acarrean implicaciones políticas, como los nacionalismos o los independentismos.

Como el hecho de que en Barcelona, los ciudadanos, antes de considerarse ‘Europeos’ o ‘Españoles’, se sientan ‘Catalanes’. “Para ponerlo en términos cuantitativos, a mayor el número de demandas articuladas en una cadena equivalente en un número mayor de espacios sociales, mayor es el grado de populismo”, —diría Laclau.

La ‘Unión Europea’, como un proyecto político determinado, supondría entonces un mayor grado de populismo que un cierto ‘Independentismo Catalán’, o un proyecto latinoamericano, una ‘Gran Colombia’, supondría a su vez un mayor grado que la identificación a Colombia, entendida como Estado Nación. ¿Unos son mejores que otros? No (a priori), son todos significantes disputados por diversos agentes ideológicos, queriendo forjar un determinado sentido común en cada uno de ellos, mediante un proceso que, antes que populista, se llama POLÍTICA.

Ya que el populismo es —si estamos en lo correcto, como creo que lo estamos—una lógica discursiva de equivalencia identitaria —y no una ideología—, sería un error considerar al populismo como (esencialmente) oposición de democracia. Es el proceso mediante el cual un concepto determinado (en la identificación al mismo) adquiere carácter de sentido común, que bien podría oponerse a principios democráticos o potenciar y radicalizar su deber ser.

Entonces, y ante la pregunta inicial: ¿Es el populismo inequívocamente una expresión degradada de la política?, no nos limitaríamos, simplemente, a dar respuesta negativa, sino que, además, tendríamos que reconocer (con Laclau) que el populismo es ‘el acto político par excellence’.

Este proceso se ha reproducido internacionalmente a causa de la creciente acumulación de riqueza, ensanchando la desigualdad, privilegiando las relaciones de poder del campo económico —con primacía indudable del sector privado—, sobre los procesos comunes del campo político, dando lugar a aquello que se ha llamado ‘post-democracia’. Pa’ ponerlo claro: anti-demócratas han secuestrado la democracia, hecho que ha quedado en significativa evidencia ante los ojos del ciudadano. Y Colombia, el país más desigual del continente más desigual del planeta, comienza a acogerse a esta tendencia de fractura, de crisis y de disputa, al marginalizar en el debate público los flagelos del conflicto armado, y privilegiar temas como la corrupción y la representatividad democrática.

En política, lo que no entusiasma, no camina. El único actor que, desde principios y valores democráticos, tiene la capacidad de entrar en el embate por la construcción hegemónica de un sentido común que atienda las contradicciones más sensibles de las sociedades modernas, apelando, a su vez, a las realidades prácticas de ‘los 99%’, orientado hacia el futuro, es Gustavo Petro. Una oportunidad históricamente impar.

Así como lo fue Gaitán, Petro es (por virtud) el populista maldito de la política colombiana al amenazar, estoico y entusiasta, agendas elitistas que son sencillamente, antipopulares.


*Nota Final (este punto reclama un artículo aparte, pero, al no poder dejarlo inadvertido, me permito reflexionar, irresponsablemente, en voz alta): contrario al supuesto general de la ‘izquierda colombiana’, que rechaza la crisis ‘castrochavista’ como hipótesis plausible tras una supuesta victoria de Petro, considero se aproxima(ría) una crisis inminente. Si hay una élite nacional más golpista, intransigente y antidemocrática que la Venezolana, es la Colombiana. La atención a temas centrales, como la democratización productiva, la garantía plena a derechos sociales y el fin de la intermediación financiera frente a los servicios públicos, ser(í)a contestada con la violencia y la manipulación mediática y jurídica de tantas otras veces. Si las urnas reconocieran a Petro vencedor, los años posteriores reclamarían de los sectores democráticos una movilización y alerta permanentes, pues será entonces que nos jugaremos las bases fundamentales para mantener una paz de largo alcance, en suma inconveniente a los señores de la guerra.