La columna Ciencia Prefabricada, publicada en la revista Semana el 22 de febrero del presente año, merece ser sometida a una radiografía desde varios escenarios, incluido el académico. Las implicaciones de las mega-intervenciones sobre el entorno y el capital natural en el país con mayor expresión de la Biodiversidad en el globo, así lo ameritan.

Muchos de los campos de la ciencia se basan en el empirismo del pasado y su poder explicativo para preguntas del presente, por lo cual el “viaje al pasado” es fundamental para poder rescatar evidencias que sustenten los nuevos argumentos.

La geología y la paleoecología de Colombia, como las de cualquier otra región del planeta, han registrado efectos catastróficos naturales (cambio global) y aunque conocemos las consecuencias al igual que la alta capacidad de recuperación de nuestro ambiente, es necesario dejar en claro que las intervenciones antrópicas (cambio climático) como el fracking y la megaminería mecanizada pueden generar efectos de magnitudes ecológicas aún desconocidas en escalas de tiempo excesivamente aceleradas. Por lo tanto, un tensionante nuevo, no natural, originado por la actividad del hombre, puede, en un instante geológico, devolvernos a entornos con condiciones ecológicas y físicas dramáticas. Este escenario es ya tan evidente que desconocerlo constituiría un “negacionismo interesado”.

A la biología, particularmente a la ecología, se le critica su reducido nivel de predicción en contraposición a lo que sucede con la ingeniería y otras disciplinas arropadas en el concierto de las “ciencias exactas”. No obstante, hechos recientes en nuestro país muestran un panorama diferente. Anticipamos que:

  • La sequía en los Llanos Orientales (Orinoquía) iba a incrementarse y la mortandad de chigüiros se repetiría;
  • Que aislar un manglar con una carretera sin recambio de aguas dulces acabaría con los ecosistemas que alberga;
  • Que el efecto del glifosato no sería selectivo solamente para cultivos ilícitos, entre otros efectos.

Por el contrario, ¿de qué sirvieron los cálculos, los diseños, la exactitud y el poder de predicción de la ingeniería en Chirajara? A diferencia de un ingeniero o un planificador que puede calcular la resistencia de una estructura o el volumen de agua necesaria para irrigar un valle, un ecólogo difícilmente podrá predecir los costos a diversos niveles de una inundación, por ejemplo, de la mayor parte de la planicie de la parte baja del río Magdalena. Normalmente su respuesta contendrá calificativos como catastrófico, irreparable, sumamente grave y entonces difícilmente sus advertencias serán tenidas en cuenta.

Ante esta situación, un investigador puede acercarse a una cuantificación mediante una aproximación bien fundamentada en los postulados teóricos disponibles. En el caso del fracking, la abundante literatura corrobora sus efectos negativos. Por lo tanto, planear una investigación que documente los efectos de un proceso nuevo sobre un ambiente natural de Colombia, en ningún momento puede tildarse de “hacer investigación con los resultados escritos de antemano”.

En los últimos años, después de la creación del Ministerio de Ambiente en Colombia, personalidades de las ciencias naturales han recomendado que se implemente el principio de precaución ante la inminencia de intervenciones calificadas como altamente riesgosas para la permanencia de las condiciones originales en la biodiversidad, esto es, no autorizar el inicio de actividades cuyos efectos transformadores no se pueden dimensionar o superen las ventajas inmediatistas de procesos como el fracking.

Pero no se requiere una investigación pormenorizada en nuestro medio para corroborar que el metano y otros contaminantes generados serían los mismos aquí o en la Formación Marcellus de los Estados Unidos. ¿O es que el metano de países en vías de desarrollo es menos contaminante?, ¿o nuestra agua subterránea es más resistente a la contaminación?, ¿o nuestra biodiversidad se recupera mucho más rápido que la de Nueva Inglaterra?

En el caso que nos ocupa, se trata de generar y dar a conocer de manera imparcial y objetiva el conocimiento básico que nos permita argumentar de manera firme sobre la inconveniencia de la autorización de la acción transformadora (fracking) y con ello superar la incertidumbre que nos invade.

Igualmente desafortunada es la calificación que hace la columnista al escribir “hacer ciencia para probar que una empresa, una institución o una comunidad hacen mal las cosas ya rondan la difamación encubierta”. ¿Qué es “hacer mal las cosas”? ¿Pretende la columnista entonces que las decisiones que se toman a nivel central del gobierno, con base en la asesoría y respaldo de las instituciones propias o de consulta, tengan un carácter dogmático? ¿Quién y dónde en la historia de la ciencia escribió o comentó que los científicos escriben sobre piedra? Por supuesto que hay una equivocación profunda al asumir como infalibles las conclusiones individuales, institucionales o de cualquier nivel sobre aspectos de la biodiversidad y del ambiente. Citamos como ejemplo la decisión reciente de la Corte Constitucional al cuestionar el proceso de delimitación-declaratoria de área protegida al páramo – macizo de Santurbán.

Es ineludible que, como reflexión final, no se haga referencia a las consideraciones sobre el alcance de un ensayo como el publicado en la revista Semana; a nivel individual no hay discusión y cada quien es dueño de sus opiniones y responsable de sus actos. Sin embargo, invitamos a la columnista a que nos ilumine en el proceso de construir “buenas hipótesis” (sea lo que sea que esto signifique), a que nos ilustre cuáles hipótesis biológicas rigurosas fueron empleadas, por ejemplo, para delimitar Santurbán y otros páramos en Colombia, a que, al fin, nos exponga, desde su zona de confort (el Instituto Humboldt) los avances que esa institución ha logrado en la generación de conocimiento sobre la diversidad y la conservación de la biota colombiana, o a que nos explique la metodología para “evaluar el nivel de inocuidad” de una intervención de la ingeniería. Francamente, no se reconocen en la columna que nos ocupa elementos que definan la ciencia. Desde el título mismo, la columnista muestra el Reductio ad absurdum al considerar que la ciencia se puede “prefabricar”, como si fuese el resultado de un proceso industrial, o como si la ciencia estuviese hecha para demostrar lo bueno, lo inocuo, lo deseado, lo utópico, lo idílico. No, la ciencia busca evidenciar procesos, los cuales deben mantenerse imparciales e inmunes a cualquier juicio de valores políticos, sociales o económicos.

Es preciso, por tanto, considerar las indisolubles repercusiones del artículo debido a la posición de la columnista, como directora de una institución que, al menos en la letra, debe promover la investigación básica y el uso sostenible de los recursos bióticos y su conservación. Si su gestión como administradora de una institución científica le exigiera formular hipótesis biológicas, sus argumentos serían mucho más rigurosos, objetivos y al fin, científicos y no mediáticos.


Sobre los autores:

J. Orlando Rangel-Ch  es Doctor en Biología y Profesor Titular de la Universidad Nacional de Colombia. Cuenta con el reconocimiento de Investigador Emérito de Colciencias. Sus áreas de especialización son la biodiversidad, la paleoecología y la vegetación de Colombia.

Favio A.González PhD. es Profesor Titular de la Universidad Nacional de Colombia. Sus áreas de especialización son la  sistemática y evolución vegetal, la biogeografía y la taxonomía de la flora colombiana.