Las líneas que siguen no tienen la intención de ser otro análisis de las elecciones y consultas del fin de semana pasado, de esos ya hay muchos, algunos de ellos verdaderamente lúcidos y esclarecedores. Lo que sigue es más bien la exposición de la disposición anímica de quien escribe, producida luego de aquella cita electoral y sus resultados. Esta disposición anímica puede recibir el nombre de “Esperanza”.

Entiendo la esperanza como la “pasión por lo posible” (Ricoeur), como un “apetito unido a la idea de alcanzarlo” (Hobbes). La esperanza es diferente del optimismo ingenuo, aquel se caracteriza por ignorar las determinaciones actuales de la realidad para insistir siempre en que “todo saldrá bien”; la esperanza tampoco tiene que ver con esa “actitud positiva” frente a la vida “pase lo que pase”, tan de moda en nuestros días. Al contrario, la verdadera esperanza debe necesariamente estar basada en razones o -sonando un poco metafísico- en la razón. La pregunta “¿hay esperanza?” en realidad significa “¿es razonable esperar?”, es decir, “¿hay razones suficientes para esperar que algo suceda?”, y ese “algo” es precisamente “algo” que nosotros deseamos que suceda. Entonces, la verdadera esperanza debe ser capaz de “seleccionar las características de una situación que la hacen creíble, de lo contrario, no es más que un presentimiento” (Eagleton, 2015, pág. 9).

Entonces, la esperanza tiene que ver con lo posible, requiere de razones para hacer creíble, en un momento histórico particular, que algo puede realmente suceder. Terry Eagleton dice que “se puede esperar cualquier cosa con tal de que no sea imposible, de forma que una gran improbabilidad no invalida la esperanza de que algo llegue a ocurrir. Es irracional esperar lo imposible, pero no lo extremadamente improbable” (2015, pág. 43). ¿Qué implicaciones tiene que la esperanza tenga razones para sí misma? Es decir, ¿Qué implica que ella se refiera a lo posible y no a lo imposible? Pues que si se refiere a lo posible, la esperanza tiene que unir el deseo que la impulsa a la expectativa de su realización. En última instancia, la esperanza implica un tipo particular de compromiso, una exigencia por hacer realidad aquello que se desea, pues su realización aparece como posible. La esperanza, por decirlo de algún modo, está preñada de futuro, encarna el futuro potencial, lleva con ella una suerte de premonición de lo que puede venir, ella misma anticipa su propio cumplimiento: “La potencialidad es lo que articula el presente con el futuro, y pone así la infraestructura material de la esperanza” (2015, pág. 46).

He dicho antes que la esperanza está relacionada con el deseo ya que ella implica el deseo de que algo suceda, pero a diferencia de aquel, la esperanza aparece como una disposición mucho más activa, si bien puede partir también de una suerte de carencia, ésta es apenas su punto de arranque hacia la expectativa y la búsqueda de su posible cumplimento. La esperanza “le añade un cierto empuje o entusiasmo, que no se da con el deseo corriente” (2015, pág. 45). Aquí radica el carácter activo de la esperanza, quien tiene esperanza de algo se dirige hacia su objetivo con el fin de realizarlo, no espera pasivamente a que aquello se realice, esto último sería optimismo ingenuo.

Después de discutir esta particular disposición del espíritu, me referiré a aquello que la produjo. El motivo de esta esperanza ha sido lo ocurrido el pasado fin de semana. Debo aclarar aquí que mi esperanza no se debe a los casi 6 millones de votos de la consulta de la derecha, ni tampoco a que la mayoría del congreso haya quedado en manos de “los mismos de siempre” (aproximadamente el 75% de las curules del nuevo senado pertenecen a CD, CR, liberales, conservadores y la U). Al contrario, la esperanza de la que hablo se justifica, por un lado, en los casi 3,4 millones de personas que, sin ningún tipo de maquinaria electoral que cooptara sus votos, decidieron apostarle a un proyecto alternativo de país eligiendo a Gustavo Petro como el candidato de la “inclusión social por la paz”; y también, por otro lado, a la elección de un número nada despreciable de congresistas provenientes de fuerzas políticas y sociales diferentes a la clase política tradicional, cifra que según Iván Cepeda rondaría los 30 senadores.

Sobre Petro cabe decir que lo que antes parecía apenas una candidatura interesante a la que, desde muchos sectores políticos, tanto de derecha como de izquierda, se le había impuesto un supuesto techo electoral (que sigue ampliándose), aparece ahora como una candidatura presidencial más que viable y posible, con claras posibilidades de alcanzar la segunda vuelta y estar en condiciones de disputar la presidencia. Si bien antes del domingo existían varias encuestas que mostraban al candidato con una importante intención de voto, se hace ahora innegable que posee un capital electoral que ronda los 3 millones de votos y que sus propuestas realmente están alcanzando a una parte importante de la sociedad colombiana. Con este resultado creo que se ha abierto algo así como un “momento de esperanza” respecto a la posibilidad de constituir un gobierno alternativo. Ya no se trata del optimismo casi de secta que uno encuentra en los grupos de Facebook que apoyan a Petro, sino que ahora parece realmente razonable esperar aquellos cambios sociales que este candidato promete, lo que implica, por supuesto, que gane la presidencia. La potencialidad de las transformaciones y reformas sociales es lo que anuda nuestro presente con nuestro futuro posible. Evidentemente las razones suficientes para esperar que aquello suceda también nos dicen que el paso de lo posible a lo real, en este caso, no se presenta como algo para nada fácil; es por ello que es el momento de socializar/contagiar la esperanza, entendida como estado de ánimo y como disposición que impulse a las personas (que esperan) a realizar su deseo que ahora se presenta como posible, aunque no como lo más probable.

Sobre el segundo motivo de la esperanza, es decir, sobre la consolidación de un porcentaje importante de senadores y senadoras alternativas vale la pena detenerse en un par de hechos que me parecen importantes. La irrupción de una nueva fuerza política en el congreso: me refiero a la lista de la decencia, que si bien no logró traducir todo el apoyo que tuvo Petro dentro de la consulta interpartidista en votos para a lista, sí logró rebasar con relativa tranquilidad el umbral y no quemarse, tarea que parecía inicialmente difícil. Dentro de las congresistas que ganó esta lista se encuentra una que encarna las cualidades de la esperanza: Aida Avella. Aida había sido parte de la ANC de 1991 y un par de veces concejal de Bogotá, en 1996 tuvo que exiliarse a Suiza, donde viviría por 17 años, luego de que sobreviviera un atentado ocurrido en el norte de Bogotá, esto en el marco del genocidio que vivía la UP por esos años. Aida regresó al país hace 5 años, luego de que se le devolviera la personería jurídica a la Unión Patriótica, e inmediatamente volvió a la política.

La esperanza es la clase de virtud que implica un conjunto de cualidades igualmente encomiables: paciencia, confianza, valor, tenacidad, resistencia, entereza, perseverancia, mansedumbre, etcétera. Lutero la define como «coraje espiritual». El filósofo Alain Badiou ve la esperanza principalmente en términos de paciencia y persistencia, como «un principio de tenacidad, de obstinación» (2015, pág. 51).

 

Sin duda Aida Avella, o incluso la misma UP, encarna algunas de esas cualidades que son condición de la esperanza. Solo cultivar la paciencia, la resistencia, la tenacidad o la perseverancia hace posible insistir y seguir creyendo en un proyecto de transformación, incluso en los peores momentos. Pero estas cualidades y los motivos de la esperanza no solo son encarnadas por la ahora nueva senadora, en la lista de la decencia también encontramos una lideresa como María José Pizarro, activista por la paz, la memoria y las víctimas del conflicto armado, quien lleva consigo las esperanzas, truncadas con la muerte de su padre, de ver una Colombia en paz. También entraron en el congreso representantes importantes de algunos de los grupos sociales más excluidos e invisibilizados de Colombia, me refiero a representantes indígenas y campesinos como Feliciano Valencia y César Pachón, también entró un líder proveniente del mundo estudiantil y de los jóvenes como David Racero. Estas nuevas voces en el congreso se suman a las de otras fuerzas alternativas como los nuevos congresistas del Polo y algunos del Partido Verde.

Existen dos tipos de fatalismos igualmente peligrosos: el optimismo y el pesimismo. Ya vimos cómo el optimismo ingenuo se opone a la esperanza, sucede igual con el pesimismo; el pesimista cree que siempre todo va a salir mal, que la situación devendrá en el peor escenario posible. La esperanza, por el contrario, puede suponer que hay pocas posibilidades de que el deseo se realice pero, aun así, espera que suceda, tiene razones para ello.

No es el momento para ninguna de estas dos posiciones, ni el optimismo descuidado que simplemente ya ve un presidente alternativo ni el pesimismo acostumbrado que ya da por vencedora a la derecha “como sucede siempre”; es el momento de la esperanza, y no de una esperanza débil, sino de una esperanza fuerte y alegre que espere las transformaciones sociales por venir porque tiene las razones para ello y porque se moverá para alcanzarlas.

No puedo terminar este afanado texto sobre la esperanza sin citar la famosa frase de Cortázar: “la esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”. Defendiéndose y por ello resistiendo. En algún lugar de Multitud, Negri y Hardt señalan que resistir es siempre resistir a la guerra; para nuestro caso, la esperanza es entonces la vida misma resistiéndose a los viejos intereses que nos quieren alejar de la paz con justicia social.

 

Eagleton, T. (2015). Esperanza sin optimismo. Taurus.