Edwin Cruz Rodríguez

* Edwin Cruz Rodríguez

Politólogo, especialista en Análisis de políticas públicas de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en Análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos de la Universidad Externado de Colombia, candidato a doctor en Estudios políticos y relaciones internacionales e integrante del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado varios artículos en revistas especializadas de distintos países. En 2011 obtuvo el primer lugar en el premio de ensayo sobre América Latina (categoría estudiante de doctorado) del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá

Para combatir la guerra con una posibilidad remota, pero real de éxito, es necesario comenzar por reconocer que el conflicto y la hostilidad son fenómenos tan constitutivos del vínculo social, como la interdependencia misma, y que la noción de una sociedad armónica es una contradicción en los términos. La erradicación de los conflictos y su disolución en  una cálida convivencia no es una meta alcanzable, ni deseable, ni en la vida personal – en el amor y la amistad – ni en la vida colectiva. Es preciso, por el contrario, construir un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo. 

Estanislao Zuleta1.

 

 

El atentado en Cúcuta contra Gustavo Petro nos devolvió a los peores momentos de nuestra historia, desde el 9 de abril en adelante, sumiéndonos en una clima similar al de la coyuntura en que Zuleta escribió “Sobre la guerra”. Hoy hemos dado algunos pasos adelante, los guerreros han demostrado hasta la saciedad su compromiso con la paz, los combates y víctimas se han reducido como nunca antes, pero la guerra sigue bien posicionada en nuestros espíritus.

El problema es que como sociedad hemos estado tanto tiempo sometidos a la matriz cultural de la guerra, que suspendió cualquier posibilidad de expresar las diferencias sobre lo que debe ser esta comunidad política, dejando como única posibilidad la anulación del adversario, que no solo se nos dificulta transitar hacia un marco de política, sino que sencillamente no sabemos cómo hacerlo. De la mano de Zuleta, un punto de partida es comprender que ni una política basada en el amor ni, en el extremo opuesto, una política sin polarización, contribuyen a “combatir la guerra”.

Paradójicamente, los llamados a no polarizar mantienen una concepción según la cual una sociedad en paz es necesariamente una sociedad en donde no existe el desacuerdo, o donde al menos éste no se expresa abiertamente, porque todo disenso puede llevar “nuevamente” a la violencia. Quizás se trata de un reflejo inconsciente para evitar un retorno a lo peor de la guerra, pero que sigue sumido en esa matriz cognitiva que asume la discusión como una lucha de suma cero, con enemigos, ganadores y perdedores absolutos.

De ahí esa curiosa disputa por el centro político que ha caracterizado la discusión por estas fechas. Nadie quiere que lo tilden de extremista, bien por cálculos estratégicos o bien porque hemos terminado por confundir cualquier toma de posición con “polarización”. El otro argumento, como respaldo de la reivindicación del centro, es que en Colombia nunca hubo una posición política centrista, debido precisamente al conflicto armado. Asumir una posición de “centro” debería ser totalmente legítimo, sea lo que eso signifique. Pero lo que demuestran estos argumentos, condenando la polarización y reclamando el centro, es que esa reivindicación se mantiene en el marco cultural de la guerra.

Un régimen representativo debe incluir y dar voz a cada una de las particularidades de la comunidad política. Si dicha comunidad está polarizada, por ejemplo al ser el tercer país más desigual del mundo en términos económicos, no solo es normal sino incluso deseable que esa polarización se exprese en el ámbito de lo político. La razón es sencilla: es allí donde las diferencias se deben expresar, porque solo de esa manera se evitará que traten de resolverse por vías violentas en ese ámbito de suspensión de lo político que es la guerra. En consecuencia, la violencia en Colombia no es producto de la polarización política sino de la polarización social y económica, una polarización que ha sido excluida del ámbito político, que no se ha permitido expresar ni representar. La violencia en Colombia no es producto de la representación política, como si los sujetos y demandas excluidas hubieran sido creados por arte de una retórica demiúrgica para aprovechar la oportunidad electoral, sino de su falta de representación, de la exclusión de ese tipo de demandas del terreno de lo político en que deben ser representadas o, lo que en nuestro medio es igual, de su proscripción al terreno del “enemigo interno”.

Tampoco es acertado afirmar que en Colombia nunca hubo una posición legítima de centro y que es solo ahora cuando esta puede emerger. En realidad, la posición “centrista” ha sido hegemónica. Me refiero a ese “centrismo no civilizador” que ha conceptualizado con evidencias suficientes el profesor Francisco Gutiérrez Sanín2. Por consiguiente, redundando en el argumento, no es cierto que en Colombia sea la polarización la causante de la violencia. Por una parte, porque nuestra clase dirigente prácticamente nunca ha reivindicado idearios “extremistas”, como podría ser un fascismo abierto o algo por el estilo. Lo que les ha permitido aglutinar actores con bases sociales e intereses muy diversos es precisamente abandonar cualquier radicalismo. Por otra, porque sus opositores, las organizaciones guerrilleras, tampoco han operado a partir de reivindicaciones “extremistas” ni radicales. Los idearios de todas estas organizaciones desde hace varias décadas si acaso pueden asimilarse a los de un liberalismo de izquierda o a lo sumo a una posición socialdemócrata.

Pierde peso, por tanto, esa sentencia según la cual en Colombia la polarización política genera violencia. Precisamente otra paradoja es que en sociedades en donde el campo político sí se ha estructurado en términos de extremos, por ejemplo en los países de América Latina en donde realmente existió el populismo, no han existido niveles de violencia política comparables con Colombia, ni siquiera en medio de regímenes dictatoriales (Brasil, México, Argentina, Bolivia, Perú, e incluso Ecuador). Se puede advertir fácilmente que en esos casos los problemas sociales, la desigualdad social y económica, la exclusión, consiguieron alguna representación en el ámbito político, lo cual evitó que ese espacio fuese suplantado por la guerra. Una comparación de las políticas de reforma agraria en varios de esos casos podría respaldar este argumento.

Así pues, en Colombia, la violencia ha sido producto de la exclusión, de aquellas reivindicaciones proscritas del ámbito político, no de la polarización. Por consiguiente, construir una sociedad en paz pasa necesariamente por resolver esos problemas de desigualdad y exclusión, por permitir que la realidad social sea representada en el ámbito político, que las demandas excluidas tengan un espacio de discusión pacífico.

Sin embargo, esa no parece ser la actitud que caracteriza actualmente la denuncia de la polarización. Esta denuncia ha reproducido la matriz cultural de la guerra y, particularmente, una de las estrategias discursivas utilizadas para proscribir del ámbito de lo político ciertos sujetos y ciertas demandas. Paradójicamente, la denuncia de la “polarización” tiene una continuidad con la forma de hacer política que ha caracterizado a este país en medio del conflicto armado: excluye aquellas demandas que no quepan en el “centro”, lo que equivale a decir que propende por mantener el estado de cosas. Las etiquetas de “castrochavista” o “populista” son la expresión epidérmica de esa forma de hacer política, adoptadas por quienes se identifican como el centro. Al igual que los sermones de Monseñor Builes, que excluían del ámbito político hacia un ámbito escatológico de oposición total a los ateos, rojos o “cachiporros”, o de la Doctrina de la Seguridad Nacional, que veía en cualquier reivindicación social el espectro del “enemigo interno”, tales anatemas tienen por objeto excluir lo diferente para que no haga presencia en el espacio de lo político, para que no sea puesto en el lugar de los asuntos comunes, para que no sea parte de la comunidad política.

Llamar a no polarizar, en los términos en que se ha venido haciendo, no solo es igual a polarizar, sino que es equivalente a excluir aquellos sujetos y aquellas demandas y necesidades que han sido excluidas del terreno de lo político, implica oponerse a posicionar en la agenda pública temas necesarios para la construcción de la paz y dar continuidad a una estrategia discursiva del “centrismo no civilizador”. Es equivalente a propender por una política que, en aras de no antagonizar con nadie, corre el riesgo de dejar intactos los mecanismos que aseguran la injusticia y reproducen la violencia.

Es cierto, por otra parte, que los antagonismos pueden gestionarse de formas distintas, que no necesariamente implican el irrespeto o la descalificación del adversario mediante gestos o palabras y que es allí donde se juega la “madurez para el conflicto” de la que habla Zuleta. Es necesario aprender a evitar que la violencia simbólica, con que muchas veces se expresa la discusión pública, anule la política y dé paso a violencia manifiesta. Pero no debe confundirse una discusión respetuosa con el abandono de toda reivindicación que pueda ofender a quienes se benefician de la situación de injusticia. Por ejemplo, el llamado a un debate respetuoso no puede producirse al costo de abandonar la reivindicación de una reforma agraria por tímida que esta sea, así se reduzca a incentivar la producción de la gran propiedad territorial como siempre se ha hecho en Colombia, o al costo de condenar el intento de erigir a los “pobres” en sujeto político, arguyendo que puede “ofender” o “polarizar”.

Somos una sociedad polarizada y es sano que esa posición salga a flote, se exprese, se represente. No es sano seguir reprimiéndola o tratar de sublimarla inventando enemigos absolutos allí donde solo hay adversarios. Necesitamos aprender cómo hacerlo, pero no deberíamos temerle a la política, erigiendo al otro en un enemigo absoluto que no merece el más mínimo respeto. Estamos a tiempo para no entregarnos a esa “borrachera colectiva” de la guerra que advirtió Zuleta, o al menos para no entregarnos tan fácil.

  1. “Sobre la guerra”. Disponible en: https://estanislaozuleta.com/index.php/su-obra/34-sobre-la-guerra
  2. Gutiérrez Sanín Francisco, El orangután con sacoleva. Cien años de democracia y represión en Colombia (1910-2010), Bogotá, Debate-Universidad Nacional de Colombia, 2014, p. 25.