Daniel Pardo Cárdenas

* Daniel Pardo Cárdenas

Egresado del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia, estudiante de la Maestría en Filosofía en la Universidad de Los Andes. Sus intereses de investigación están orientados a la filosofía política moderna y contemporánea.

Si nos atenemos a la posición rígida de la Coalición Colombia (CoCo), a la campaña cancina de De La Calle y a la voz en el desierto de Petro por lograr una convergencia más amplia, tendríamos que decir que hace falta un milagro para que estas fuerzas se puedan unir. De manera que podría decirse que este artículo es un acto de fe. Creemos que esta convergencia no solo es posible sino necesaria para llegar a segunda vuelta y, eventualmente, pelearle al uribismo el poder presidencial –claro, asumiendo que estas tres fuerzas políticas compartan este objetivo–. Por suerte, en política lo imposible no depende tanto de un milagro como de una voluntad (aunque suene redundante) política.

Una convergencia amplia todavía es posible sobre la base de un conjunto de condiciones. Primero, desde un punto de vista de análisis de estrategia electoral defenderemos una idea algo polémica, Fajardo y De la Calle tienen que bajarse de sus candidaturas. Segundo, esto solo es posible si se acuerda un plan de gobierno conjunto que permita despersonalizar la candidatura de la convergencia, es decir, que importe el programa por encima de Petro, Fajardo o De la Calle. Tercero, el consenso sobre un plan de gobierno no solo es deseable como insumo de gobierno, sino como una herramienta concreta para fiscalizar las acciones de los integrantes de la convergencia. En particular, este aspecto es deseable en la medida en que la percepción negativa de Petro, basada en ser un gobernante autoritario o soberbio, sería seriamente puesta en cuestión si él se compromete con el plan de gobierno que surja de la convergencia. La CoCo ha demostrado con suficiencia que está dispuesta a mantener el mayor rigor en esta tarea. Ahora, vale la pena decir de inmediato que todo esfuerzo valdría la pena en la medida en que hay mucho más por ganar de una convergencia de lo que hay por perder.

La CoCo está en el centro de este lío. Desde el principio, De la Calle buscó una alianza con ellas y solo hasta ahora le están parando bolas para “conversar” –aunque, a juzgar por la regularidad por lo bajo de su candidatura en las encuestas y el desplome de Fajardo en estas, puede que ya sea demasiado tarde–. Petro insistió desde hace meses en que una convergencia amplia era una condición necesaria para enfrentar al uribismo y al continuismo, pero, al día de hoy, él ha sido un opositor más importante para la Coalición que el propio Duque…el Centro Democrático…Uribe. Dado que contamos con que el uribismo está en segunda vuelta, que está sumando apoyos en el Partido de la U y el Conservador y que Colombia Humana, sola, ya probó finura con casi 3 millones de votos, aunque se unieran la CoCo y el Partido Liberal, como está el panorama electoral, la cosa pinta para que se resuelva en primera vuelta. Con esto en mente, destrabar la posición de la coalición es el nudo gordiano para acrecentar las posibilidades de luchar contra la extrema derecha por la presidencia.

Para enfrentar el punto más grueso de este artículo, diremos que la movilización social y política se ha mostrado como la única vía capaz de llevar a los dirigentes de la CoCo a reconsiderar la estrategia de campaña que han asumido hasta ahora. Por una parte, la adhesión de Ángela María Robledo a la campaña de Colombia Humana es apenas una expresión de un malestar sentido por múltiples congresistas que hacen parte de la Coalición. En una carta que circula en los medios de comunicación desde la semana pasada, Iván Cepeda, Antonio Sanguino, Alberto Castilla, Inti Asprilla, Alirio Uribe, entre otras representantes, han urgido por un diálogo entre la CoCo, Colombia Humana y el Partido Liberal. Por otra parte, las bases de estos partidos se han expresado en el mismo sentido. Con peticiones por firmas, movilizaciones y múltiples expresiones culturales han llamado al diálogo. Este camino, aunque ya esté esbozado, tiene que crecer y mantenerse.

La pregunta es: ¿por qué el problema está en la estrategia de la Coalición? Ellas han afirmado que este contexto electoral se define por la “polarización”1, han presentado a Uribe y a Petro como extremos igualmente indeseables y se han autoproclamado como la alternativa. Han llegado a afirmar incluso que Petro ya perdió 2 a 1 contra el uribismo y que debería retirarse. Con todo, hay múltiples razones para descreer de este diagnóstico y de esta estrategia.

Aunque Claudia López (en la ya célebre entrevista que dio a la Revista Semana) haya dicho que actuaba como analista y no como candidata al decir que Petro ya había perdido contra el uribismo y que la CoCo era la llamada a tomar esa bandera, sus afirmaciones parecían movidas por el entusiasmo que produjeron los buenos resultados obtenidos de las elecciones legislativas, en lugar de una lectura sopesada del momento político. Decimos esto porque no hay razones para pensar que los 2 millones de votos que obtuvieron puedan trasladarse a la votación presidencial. Aparte del hecho de que Fajardo ha tenido marcaciones constantes a la baja en las encuestas, por su estilo retórico su candidatura ha sido percibida, en términos estratégicos, como cancina, con el agravante de que es evidente que la multiplicidad de voces que agrupa la Coalición no está recogida en su voz. En una palabra, no hay ninguna razón para pensar que puedan migrar los votos de una votación a la otra2.

Se pone más peluda la situación si se tiene en cuenta que el San Benito que carga Petro con la perorata castrochavista es similar al de Fajardo como candidato débil por indeciso. La falta de claridad y asertividad en sus posiciones lo ha hecho ver como un tibio. Esto no está mal en sí, varias personas han querido vindicar ser tibios. El problema es que al ser percibida como indecisión, esta retórica le juega en contra a los intereses de la Coalición –algunas simpatizantes de este movimiento lo han analizado así al decir que “Fajardo se está hundiendo solo”–.

Con este mismo razonamiento, si la CoCo está pensando en pescar votos en los quiméricos 8 millones que hicieron falta en las consultas, la cosa pinta grave. Lo que Yezid Arteta llamó “la macronización del uribismo” permite caracterizar oportunamente la situación política de estas elecciones, en el sentido que la candidatura uribista se ha puesto el vestido de un centro melifluo y baboso para camuflar un plan de gobierno de (extrema) derecha mientras amplía el margen de electorado potencial. El punto es que en la confusión, el uribismo ya se ha probado como una fuerza oportunista y experta en atrapar incautos. Esa fue la táctica de Uribe al escoger a Duque. Escoger a alguien que no se pareciera a él para así poder jugar el comodín de la candidatura de extrema derecha por un lado y la de centro por el otro. Y hasta ahora la intención de voto le ha dado la razón al Innombrable mientras Fajardo está parado sobre arenas movedizas. ¿Cómo le disputará esos votos al uribismo la Coalición si en su campaña las críticas contra Petro han eclipsado hasta sus propias propuestas?

Puede ser que a la CoCo le importen poco estos razonamientos. Pueden decir que respetan a Petro, que les alegra que tenga esos millones de votos, pero que igual pierde con Uribe y esto es muestra de la imposibilidad de pasar de gobiernos de extrema derecha a uno de extrema izquierda, puesto que la sociedad colombiana, a causa de décadas de conflicto y violencia, “es muy goda” (como lo dijo Claudia López en Semana en vivo, por ejemplo). Más allá de evaluar las razones y la evidencia que pudiera soportar esta tesis –o señalar la incongruencia táctica de darle cabida al Polo y rechazar a Colombia Humana–, este razonamiento muestra que se está jugando con candela al asumir que Petro es, efectivamente, el representante de la extrema izquierda, del castrochavismo. Desde un punto de vista de análisis político y cultural, no de campaña, las propuestas progresistas hacen honor a su nombre. Lejos de una dictadura del proletariado, Petro propone profundizar el Estado Social de Derecho. Qué susto (vale la pena ver este análisis al respecto).

Desde otro punto de vista, hay un aspecto más de la campaña de la Coalición que nos lleva a pensar que tienen serios límites de crecimiento. Su margen de representación es estrecho, pues se concentra en votaciones urbanas, de clase media, blanco-mestizas, en una palabra, una suerte de centralismo bien intencionado –claro, hay excepciones como su victoria en Yopal, pero no son más que eso, excepciones a la norma–. Sus planes de gobierno siguen esta línea, pues se trata de propuestas genéricas de política pública. Por ejemplo: subir el presupuesto de educación con cierta constancia, evaluar, renegociar o terminar los TLC, luchar contra la corrupción, etc. Se trata de esfuerzos encomiables, eso no está en discusión. El punto, sin embargo, es que su discurso está centrado en votantes urbanos, ya que no se apela a una política pública diferencial que reconozca los daños históricos que han afectado a diversas etnias, gremios, comunidades y culturas en el país. En esto, Petro les lleva ya una larga ventaja, no solo discursiva o en la composición de la lista de Decentes, sino en la práctica de gobierno. Los resultados de la Bogotá Humana en términos de inversión e inclusión social, además de la mejora en percepción de seguridad y reducción de homicidios, todavía están por reconocerse (puede encontrarse una idea de esto el informe de un medio antipetro al respecto y el de la Secretaría Distrital de Hacienda). Esto nos llevar a pensar que de ser posible una alianza amplia, habría mucho más que ganar en este sentido de lo que hay por perder3.

Si bien hay que valorar como un aporte democrático construir una coalición entre sectores diversos del espectro político y querer definir ideológicamente una apuesta de centro, el contexto de estas elecciones muestra que enrancharse en que la CoCo ya es lo suficientemente amplia es un error. Hemos visto que no hay ninguna razón para creer que tengan cómo disputarle la presidencia al uribismo, pues no pueden contar con los votos de Congreso, además Fajardo está en caída libre en la percepción pública por su propia mano y sin miras de mejorar. Sumado a esto, la fetichización de la figura de Petro, más que permitirles asumir la voz del “centro”, los ha llevado a sumarse al oportunismo de la derecha  y, con esto, le han venido allanando la campaña al uribismo.

Hemos dicho antes que hay más por ganar de lo que hay por perder en una convergencia. Sin embargo, la CoCo no es la única que tiene que bajarle a sus apuestas ni redireccionar su estrategia para que eso sea posible.

De la Calle hizo una campaña a medias. Aunque siempre se esforzó en agilizar los tiempos de campaña, buscar alianzas y revitalizar discursivamente al Partido Liberal en una vuelta a sus fundamentos doctrinales, se mantuvo impávido frente a la estructura electorera y corrupta que pervive en él. Esta falta de determinación no solo la ha pagado en la baja intención de voto, sino que deberá pagarla en una posible convergencia. Él tendría que ser el primero en bajarse de la candidatura presidencial. Las culpas se pagan con confesión y trabajo.

Hemos anunciado que Colombia Humana tiene que bajarse del protagonismo de la figura de Petro. Si bien una de las fortalezas del movimiento es que él es capaz de aglutinar en su voz el sentir de un amplio sector de la población, también es conocida la fama que ha tenido por tener un carácter autoritario, soberbio, etc. El ‘escándalo’ de Carlos Caicedo ha servido para reforzar esta idea.  Un ejercicio comunitario de campaña, que pase por el filtro de la convergencia con la estrategia de un buen candidato que esté no solo el proceso sináptico que va de las redes neuronales del cerebro a la boca de Petro, sería el mejor compromiso con el ejercicio de fiscalización de su candidatura presidencial. Esto es, buscar una vía intermedia entre la candidatura carismática del candidato sin la carga del autoritarismo. Doble ganancia, pues no solo serviría para la campaña, sino para el gobierno mismo.

No hace falta esconder nada. Nosotras votamos por Petro pase lo que pase. Pensamos que su plan de gobierno recoge demandas históricas que han sido negadas para una gran porción de la población e interpreta de manera oportuna el momento por el que pasa este país después del Acuerdo de paz con las FARC. Como no había ocurrido antes, existe la posibilidad de que una candidatura alternativa a las élites que han gobernado este país sea viable. Esas élites han fracasado en construir la paz varias veces en distintos contextos, pero con una constante: la indiferencia. Al día de hoy la convivencia ha fracasado por la desidia de los poderes centralistas y no porque se la haya ‘hecho trizas’. Con el oportunismo uribista podemos tener cualquiera de las dos. Pero, en lugar de prolongar la barbarie, está la posibilidad de implementar la paz y profundizar un proceso de democratización. Este objetivo general, por suerte, no solo está en la Colombia Humana. Lo comparten la CoCo y un sector importante del Partido Liberal y algunos rezagos de otros partidos.

Sabemos que es muy difícil que solo la candidatura de Colombia Humana pueda ganar y, dependiendo de cómo se den las cosas, puede que no llegue a segunda vuelta. Por eso el acto de fe. Y por eso el llamado a unirnos todas con el compromiso de entregar parte de lo que creemos para incluir lo que otras piensan y sienten. Dicho más generalmente, la única manera de dar lugar a una apuesta ambiciosa es sacrificar un poco de nosotras mismas. Aquí no estamos entre extrema derecha o extrema izquierda o entre tibios y definidos. Si gana una u otra candidatura, no viene el acabose. Lo que tenemos ante nosotras es la posibilidad de seguir siendo gobernados como ha sucedido hasta ahora o intentar hacer algo distinto. Algo más justo, menos indolente.

  1. Una crítica profunda al diagnóstico de la polarización puede encontrarse en el análisis de Edwin Cruz. Él afirma que una táctica basada en “llamar a no polarizar, en los términos en que se ha venido haciendo, no solo es igual a polarizar, sino que es equivalente a excluir aquellos sujetos y aquellas demandas y necesidades que han sido excluidas del terreno de lo político, implica oponerse a posicionar en la agenda pública temas necesarios para la construcción de la paz y dar continuidad a una estrategia discursiva del “centrismo no civilizador”. Es equivalente a propender por una política que, en aras de no antagonizar con nadie, corre el riesgo de dejar intactos los mecanismos que aseguran la injusticia y reproducen la violencia”.
  2. Es ilustrativa la anécdota de Claudia López y Felipe que recorre la opinión pública por estos días y de la que la CoCo tiene que aprender la moraleja. Con el hashtag #FelipeEsReal se popularizó la historia de un joven votante que le escribió a Claudia López asegurando que, aunque había votado por la CoCo para el Congreso, no contaran con él para las presidenciales, pues prefería a Petro. Como quien dice, Felipe les decía que no hicieran cuentas alegres con los votos del Congreso. En el ambiente caldeado que López ha enfrentado por estos días en Twitter, le respondió aireadamente que ‘con ningún seguidor y siguiendo a 49 personas’ se enfrentaba a un burdo troll de la Bodega de Petro. Sin embargo, Felipe respondió con fotos de su cédula y cual Pinocho le mostraba a la candidata que era una persona real, que la cuenta era nueva, etc. Esto se volvió un fenómeno de redes y, bueno, lo que importa en este punto es que, efectivamente, no se pueden hacer cuentas alegres con esos votos y menos cuando se ha apostado desde la coalición por una campaña tan agresiva como la que han emprendido. Por ahora deberían saber que como Felipe están nuestras mamás y pueden haber muchas personas más.
  3. Para ilustrar este último punto, solo hace falta pensar en la complementariedad entre las propuestas de Petro y, por ejemplo, el Polo Democrático. La política del amor de la Bogotá Humana logró índices de inclusión y de reducción de pobreza nada desestimables. Políticas del MOIR como renegociar los TLC y mejorar las condiciones productivas a nivel nacional son perfectamente compatibles con estas. Alguien diría que “por cuestión de egos” esta alianza es imposible. Es cierto que hay disputas serias y de fondo entre estas fuerzas políticas. No les hacen falta razones para ‘no quererse’. Pero, desde la perspectiva de lo que está en juego en el gobierno nacional, nos preguntamos: ¿a quién putas, aparte de los integrantes del MOIR y de Progresistas, le importa esta discusión? Ahora, si el Polo ya decidió que puede aliarse con programas como el de la Coalición y con personas como Fajardo o Claudia López, construir puentes políticos con Petro es mamey. Reiteramos: es cuestión de voluntad política querer disputarle la presidencia al uribismo, no de egos.