Silvia Quintero Erasso

* Silvia Quintero Erasso

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia y estudiante de Maestría en Filosofía de la misma universidad, en donde también se desempeña como docente de hora cátedra en el área de teoría política. Dentro de sus intereses se cuentan las teorías feministas y de género, la memoria histórica, la filosofía política, el análisis de problemas urbanos y la pedagogía. Tiene experiencia en procesos de educación popular y proyectos de participación con niños, niñas y jóvenes de la ciudad de Bogotá

Cuando tenía unos doce años empecé a patinar.
Iba todos los días a tomar clases de patinaje y luego me quedaba jugando la tarde entera.
Era una inmensa alegría hacerlo, luego de haber dejado de nadar (cosa que me encantaba, pero por vergüenza a exponer mi cuerpo había abandonado).
Yo, que siempre he sido gorda, adelgacé.
No hice ejercicio con ese fin, para mi todo era simplemente un juego.
Me sentía bien, estaba feliz.
Uno de esos días vino una tía de visita a la casa. Se sorprendió mucho al verme.
“Ahora sí se ve bonita”, me dijo.
Casi inmediatamente después su gesto cambió. Se había percatado de lo que acababa de decir:
– Que si era gorda no podía ser bonita
– Que, por lo tanto, yo antes no era bonita
“No es que antes no lo fuera, es que ahora está más bonita”, agregó.
Yo no pude recibir sus palabras como un halago.
“Gracias”, le dije.

No mucho después, dejé de patinar.

Desde hace unos meses me he topado constantemente con discusiones en torno a la dimensión política del cuerpo. Probablemente lo reiterativo de esta pregunta tiene que ver con que estuve participando en un ciclo de talleres organizado por una colectiva feminista llamada gordas sin chaqueta, espacio en el cual, entre otras cosas, se abrieron múltiples discusiones relacionadas con nuestra relación con nuestro cuerpo. Para ellas y para muchas de quienes participaron de los talleres parecería obvio considerar que la manera como hemos construido nuestra relación con nuestros cuerpos, puede (y debe) ser considerada como un asunto político.

Pero, al mismo tiempo, he visto cómo en realidad no es tan claro el por qué existiría una relación semejante si, al final, lo que yo piense, sienta y haga con mi cuerpo parece constituir más claramente un asunto privado que un problema político. En especial, los asuntos del cuerpo y la política parecen distantes cuando las personas consideran que lo político es aquello que se relaciona fundamentalmente con el Estado y/o con el gobierno y sus formas.

Si bien habría que decir que el cuerpo sí ha sido un punto de debate en aquellas instancias que parecen tan directamente asociadas a la política, no es eso -o no únicamente-, lo que genera una relación entre cuerpo y política.

Así, tengo la impresión que las discusiones sobre este tema suelen moverse en un camino que va desde los discursos más individualistas, que quieren resolver los conflictos con el cuerpo de una forma que parece salida exclusivamente de los libros y los grupos de autoayuda, pasando por aquellas posturas que consideran que las preguntas por el cuerpo, aunque sean importantes, desvían la atención sobre aquello que “verdaderamente” merece ser transformado en esta sociedad injusta, hasta quienes respaldan (mos) una frase que se hizo famosa hace décadas con el auge del llamado feminismo radical: lo personal, es político1.

Creo que asumir que los asuntos “privados” o “personales” sean políticos abre de entrada una pregunta en relación con qué es la política. En especial porque eso parece implicar que lo político no tiene que ver exclusivamente con las relaciones de poder en una sociedad (percepción bastante extendida) o, como decía anteriormente, con el Estado y el gobierno.

La pregunta por sí misma seguramente implica una discusión que desborda con mucho lo que podría decirse en este corto espacio, pero también nos desviaría del sentido de lo que quisiera plantear en esta reflexión.

Por ahora, quisiera plantear que lo político, en efecto, está relacionado con el Estado y el poder, pero eso sucede entre otras cosas porque los asuntos políticos tienen que ver con la manera como organizamos nuestra vida en común.

Si eso es así, el espectro de lo político se vuelve mucho más amplio (este es un problema grande también, por supuesto ¿existe algo entonces que escape al ámbito de lo político?)2, y entre otras cosas, se abre la posibilidad de comprender de un modo distinto fenómenos que aparentemente pertenecen a nuestra intimidad pues las cosas que dan sentido a nuestra manera de organizar la vida común obedecen a múltiples factores que van mucho más allá de lo que define, por ejemplo, un grupo de hombres en el Congreso de la República.

Esto sucede, entre otras razones, porque nuestras percepciones sobre nuestro cuerpo no se generan espontáneamente en nuestro interior sino que se configuran en nuestras relaciones sociales. Por ejemplo, creo que parte de lo que refleja la anécdota que abre este escrito es que yo no creía que la gordura fuera mala porque sí; si me pregunto en qué momento comprendí que supuestamente se trataba de algo malo, sé que esto provino de las múltiples formas en que otras personas señalaban esa condición física de manera peyorativa (cosa que veo a diario, aún cuando no se dirija hacia mi específicamente) o las veces que, abiertamente, he sido objeto de burla o que considero que he sido discriminada en razón de mi apariencia. Esto, por supuesto, no pasa únicamente con la gordura, sucede con otro largo etcétera de formas de ser de nuestros cuerpos que se salen de características que por alguna razón se han normalizado (el color de la piel, el tipo de pelo, la voz, la forma de hablar, las marcas, el adoptar una apariencia marcadamente “masculina” o “femenina”…) y que han generado de paso modos específicos de organizar una vida en común por demás excluyente.

Por eso, asumir formas distintas de relacionarnos con nuestro cuerpo implica abrir otras posibilidades de existir en un contexto que no nos quiere de esa manera y es, por sí mismo, un asunto que puede tener dimensiones políticas, en la medida que además podemos hacer de ello una forma de transformar la realidad. Precisamente, creo que parte de lo que es importante aquí no es solo comprender que lo que sucede con nuestros cuerpos sea un asunto político, en la medida que está atravesado por las construcciones sociales sobre el cuerpo, sino además asumir que esa situación plantea la necesidad de asumir estrategias más complejas aún para afrontar las situaciones injustas que se tejen en nuestras vidas y que se reflejan en la corporalidad.

Entonces, no se trata únicamente de cambiar nuestra forma de sentirnos con respecto a nosotras mismas y tener una actitud de rechazo ante la discriminación y la violencia que nos afecta individualmente. Para mí no tiene sentido afirmar que no nos debería importar “el qué dirán”, pues debería importarnos el tipo de relaciones que se perpetúan a través del discurso de las personas.

Esto implica que aunque cambiar la relación que construimos con nosotras mismas, y entre nosotras, sea un asunto imperativo, lo es también generar maneras de cuestionar todo lo que está mal más allá de nosotras y del pequeño círculo que nos rodea. Es difícil compaginar ambas cosas, no solo porque sigue siendo necesario que vayamos descubriendo y resolviendo las múltiples maneras en que nuestros cuerpos llevan la carga de relaciones de poder opresivas y que encontremos formas de reconocernos de otras maneras, sino porque seguramente este es solo uno más de los miles de conflictos con los que tenemos que lidiar. Así, aparecen también aquellos problemas que no pasan por nuestros cuerpos o que se reflejan allí de otras maneras, como también las razones que hacen posible que tanta gente esté sometida a condiciones de vida precarias y lo difícil que es introducir este tipo de cuestiones en la agenda de procesos organizativos que se están pensando ese tipo de situaciones.

En muchos casos la dificultad de plantear preguntas como la del cuerpo en los escenarios de trabajo colectivo genera nuevas disputas y divisiones que resquebrajan las posibilidades de cambio. Por eso, incidir efectivamente sobre estos problemas exige tener apertura para comprender que, por muchas razones, este tipo de preguntas no son prioritarias para todas las personas y, sin embargo, seguramente hay otros caminos para encontrarse, así como probablemente hay distintos caminos a través de los cuales llegar a las reflexiones sobre el cuerpo.

Por eso sí es importante encontrar maneras de llevar este tipo de discusiones a escenarios cada vez más amplios y diversos, hay muchos espacios cotidianos a los cuales es urgente llevar este tipo de preguntas y ganar mucho más que la tolerancia de aquellas personas a quienes interpelamos con estas cuestiones.

Ahora bien ¿por qué no aspirar a la tolerancia?

En días recientes se abrió un debate álgido en redes sociales a propósito de un video donde una youtuber colombiana llamada Kika Nieto decía (a propósito de una pregunta sobre su posición frente a sus seguidores pertenecientes a la comunidad LGBTIQ) que considera que Dios creó al hombre para estar con la mujer y viceversa, por eso, aunque no está bien que haya parejas del mismo sexo, ella lo tolera y será Dios quien al final las juzgue. El uso que ella hace de la palabra tolerancia se convirtió en objeto de debate y dadas las fuertes críticas que pesaron sobre sus afirmaciones, ella se vio en la necesidad de hablar nuevamente sobre el tema en un video en el cual señala que no estuvo mal el uso del término tolerancia, en tanto según la Real Academia de la Lengua Española esto significa que uno respeta las ideas, creencias y prácticas de los demás, aún cuando éstas sean contrarias a las propias. Más allá de detenernos a hablar sobre lo cuestionable que es la fuente en la que se basa el argumento de Kika Nieto, por supuesto que es necesario discutir sobre la noción de tolerancia y de respeto que allí se defiende y sobre las consecuencias que esto tiene en lo concreto.

Existe un discurso aparentemente inofensivo que se extiende fácilmente en todas partes para convencernos de que está bien que las personas sean distintas, siempre y cuando no lo sean cerca nuestro, ¿por qué creemos que eso significa tolerar? Lo que se está diciendo allí es, fundamentalmente, que no estamos en capacidad de convivir con aquello que se supone que es diferente o solo podemos hacerlo a condición de que esas características que incomodan, se mantengan ocultas.

Slavoj Žižek se refiere a este fenómeno en particular en un artículo publicado en 2005 titulado En contra de los derechos humanos, en donde afirma que: “Las actitudes liberales hacia el otro se caracterizan tanto por el respeto hacia la alteridad, una apertura hacia esta, como por un temor obsesivo al hostigamiento. En síntesis, el otro es bienvenido siempre y cuando su presencia no sea intrusiva, a condición de que no sea realmente el otro. Así, la tolerancia coincide con su opuesto” (Zizek, 2011). 3.

Además de que hay cosas que nos caracterizan que ni siquiera son susceptibles de permanecer ocultas en nuestra intimidad (y que no tendrían por qué ocultarse), es necesario superar esa idea de tolerancia que resulta incompatible con quienes somos y que abramos cada vez más la posibilidad de relacionarnos de otro modo con las diversas maneras en que podemos existir, que pasan entre otras, por nuestros cuerpos.

Hacer esto implica necesariamente salir de nosotras mismas y llevar estas reflexiones a otros lugares. Si bien esto sin duda no es sencillo, es parte de lo que implica reconocer el carácter político de estas cuestiones y la necesidad de no permitir que se nos quiera hacer pensar que lo que pasa con asuntos como nuestro deseo o nuestros cuerpos son asuntos por resolver exclusivamente en nuestras vidas privadas.

  1. Esta es probablemente una de las frases más reconocidas de la autora feminista Kate Millet, quien en los años 60 del siglo XX publicó Política sexual, libro en el cual plantea la idea de que lo personal es político a partir de una comprensión de lo político como un sistema de dominación que se hace posible, entre otras cosas, porque existe una prolongación en lo público, de las relaciones de dominación que se viven en la vida privada. Germaine Greer, otra reconocida autora dentro del feminismo radical también reconocía el carácter político de la vida privada y afirmaba que las relaciones de opresión siempre comenzaban por la relación más íntima de todas: la que tenemos con nuestro propio cuerpo.
  2. En el segundo capítulo de La condición humana, Hannah Arendt habla, por ejemplo, acerca del auge del concepto de lo social. Con la extensión de esa noción, el espacio de lo político también parece dejar de situarse específicamente en la vida pública, pues otros asuntos, como la administración del hogar, pasan a ser de dominio público y, por lo tanto, se convierten también en parte de las discusiones propias de lo político. Así también, junto a lo social, aparece la idea de intimidad para designar más claramente aquello que se supone que es eminentemente un asunto privado, (Ver: Arendt, H. (1998) The human condition Ed. University of Chicago Press)
  3. Žižek, S. (2011), En contra de los derechos humanos, en: Revista Suma de negocios, Vol. 2, Nº 2 Diciembre. Traducción de Juan Pablo Bohórquez, -profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Programa de Trabajo Social, Universidad de la Salle- y María Carlota Ortiz, historiadora, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá. Disponible en: https://www.google.com/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=2&cad=rja&uact=8&ved=0ahUKEwj49M2t55XaAhVI3VMKHch1AgAQFggtMAE&url=http%3A%2F%2Fpublicaciones.konradlorenz.edu.co%2Findex.php%2FSumaDeNegocios%2Farticle%2Fdownload%2F879%2F610%3A%3Apdf&usg=AOvVaw2c3tK1mD9tWkcGw1wNQjiJ