Christian Fajardo

* Christian Fajardo

Doctor en Filosofía de la Universidad de los Andes. Magíster en Filosofía de la misma Universidad y politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor asistente del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana. Sus intereses giran alrededor de la filosofía política contemporánea y de las tensiones entre sociología y filosofía.

En los tiempos de hoy circula una especie de mantra según el cual el hecho de analizar la política en términos de izquierda o derecha es simplista y caduco. Sin embargo, desde mi punto de vista, la verdadera simplicidad está en la propensión a creer que es posible concebir una política de centro, es decir, una política sin posiciones, sin elección de valores, sin decisiones mediadas por convicciones. Pero ¿por qué creo que la verdadera simplicidad está del lado de quienes se reconocen a sí mismos en el centro, es decir, más allá de la izquierda y de la derecha, más allá del bien y del mal?

Vamos por partes. Entendamos, en primer lugar, qué quiere decir un ‘centrista’ cuando busca que no lo encasillen en una posición política de derecha o de izquierda. Podemos tomar el ejemplo de la coalición Colombia. Sin embargo, como creo que su discurso roza en la ingenuidad y ya ha sido brillantemente criticado por Tufano y Ganitsky1, pensemos en quienes saben muy bien lo que hacen cuando se reconocen en el ‘centro político’. En otras palabras, pensemos en un caso verdaderamente límite de una presunta política ‘de centro’. Me refiero, evidentemente al centro del centro democrático de Álvaro Uribe Vélez.

El caso del uribismo es curioso, pues aun cuando los medios de comunicación se han venido refiriendo a su posición política como de derecha, Uribe (y Duque) se han negado a decir que representan a la extrema derecha. De hecho, cuando el uribista Fernando Londoño, en la segunda convención del centro democrático, instó a los uribistas a que se reconocieran como derechistas, Uribe al otro día salió apagando el fuego que atizó su radical alfil al decir que, en realidad, son de centro, de ‘centro democrático’. Este gesto, sin duda alguna, era un anticipo de la decisión del monarca del Ubérrimo de escoger a Duque como su sucesor o, mejor aún, como el peón que está dispuesto a ofrecer la posibilidad de eternizar al uribismo en el poder (o al menos eso cree Uribe).

Reitero. Creo que Uribe no es ingenuo, como sí lo son López y Fajardo2. Lo digo porque Uribe sabe muy bien que el hecho de definirse como representante del centro político brinda una legitimidad ilimitada e infinita a sus actos así sean regresivos e incluso radicalmente violentos para el sentido común de cualquier ser humano que habite este planeta. Me explico: Uribe sabe muy bien que, si hace que los demás lo vean en el centro político, sus hazañas3se justifican completamente en contra de cualquier evidencia. La magia de esta presunta política de centro consiste precisamente en justificar, en contra de toda evidencia empírica y del sentido común, que la guerra librada por paramilitares y militares en contra de la población civil a través de ejecuciones extrajudiciales y masacres está más que justificada; que la seguridad es el más alto valor para garantizar el emprendimiento de los emprendedores y la inversión de los que tienen dinero; o, incluso, que la unificación de las altas cortes en una sola puede llegar a solucionar los problemas de la administración de justicia y control constitucional en Colombia. Este tipo de justificaciones no necesitan argumentarse o, mejor dicho, el fundamento de cualquiera de estas justificaciones no es más que la auctoritas de la voz del monarca del Ubérrimo. Todo esto nos lleva a decir que el centro es quizá la figura contemporánea de la trascendencia, de la posibilidad de pensar una política más allá de lo humano porque quienes son sus representantes no tienen que vérselas con la política, con las ‘ideologías políticas’. El centro es precisamente la realización de un sueño de una sociedad sin política, sin fracturas, sin desacuerdos garantizada por un Dios terrenal4 que es, en este caso, la figura de Álvaro Uribe Vélez (o así quizá lo ven los uribistas).

Ahora bien, pensemos en la eficacia del centro democrático. Esta consiste en oponer, de una forma simplificadora, dos partes de la sociedad. Por un lado, encontramos a los que creen en que la voz de Uribe es ley y, por el otro, están los condenados de la tierra que no merecen el reconocimiento del Dios terrenal; por un lado, están los que creen que Uribe acierta en sus decisiones porque es Uribe y, por el otro lado, están quienes fracasarán porque sus actos no son reconocidos por el líder absoluto del centro democrático.

Ahora bien, desde mi perspectiva, esta eficacia es inmensamente peligrosa y nos pone en una situación límite que hay que evitar. El centro democrático del uribismo logra dividir la sociedad entre humanos y pseudo-humanos, dejando a un lado toda posibilidad de diálogo entre una persona de bien y una persona de dudosa procedencia. El centro democrático es así el emblema de una sociedad liderada por un partido que cree que puede erradicar el mal y los problemas del país definitivamente. Sin embargo, los centristas democráticos descuidan que el gesto de erradicar el mal es en sí mismo violento y produce, además, formas de violencia extremas. La peligrosidad del uribismo radica precisamente en que estas formas de violencia extremas no se reconocen como violencias, pues Uribe ha bendecido las medidas extrajudiciales y de excepción que han quebrantado los derechos fundamentales de cientos de miles de colombianos. No importa cuántas excepciones a las reglas, como tampoco importan cuántas catástrofes ambientales tengan lugar. El centro del uribismo, como cualquier política de centro, está llamado a auto justificarse de forma ilimitada por ser de centro.

Todo esto nos obliga a decir que la verdadera simplicidad está en el lado de quienes dicen que hoy la política debe tener al centro como horizonte. Ahora bien, en contra de esta simplificación, el viejo esquema de la derecha y de la izquierda puede llegar a ser útil porque complejiza el mundo de la política y nos permite recordar que somos seres humanos y no entidades puras que pueden trascender la historia. Precisemos. Mientras que para el centro hay una única comprensión de mundo, para el viejo esquema en la política hay una lucha por comprensiones de mundo. Con esto quiero decir simplemente que para el viejo esquema la política es una modalidad de la existencia humana en la que se disputan concepciones de mundo. Sin embargo, esta disputa está directamente relacionada con la manera en la que está organizada una sociedad. De ahí que si alguien simpatiza con una comprensión de mundo que cree ciegamente en la valorización del capital, tendrá que casarse con una relación específica de mando y obediencia en una sociedad. Esto lo digo porque quienes mandan en el mundo de la valorización del capital, por poner un ejemplo, son las multinacionales. En el caso de Colombia serían las multinacionales que quieren poner en circulación los minerales e hidrocarburos que se encuentran atrapados en las montañas y en el subsuelo. Según mi apreciación, estos tipos de comprensiones de mundo son de derecha. No porque sean conservadoras, sino porque eso asegura que los pocos que tienen mucho manden sobre los muchos que tienen poco (o prácticamente nada).

En cambio, una política de izquierdas (que pueden ser muchas también) es aquella que pone en cuestión la presunta razonabilidad de un mundo en el que los muchos obedecen a los pocos por el hecho fáctico de no tener nada, es decir, una política de izquierdas hace una serie de preguntas que, para muchos, pueden parecer absurdas: ¿Hasta qué punto resulta justa una sociedad en la que los muchos por no tener nada deban obedecer a los pocos que tienen mucho? ¿Por qué debemos defender un sistema económico que está a favor los intereses de multimillonarios y que causa el exterminio de la vida orgánica en la tierra? ¿Por qué tenemos que masacrar animales en medio de algarabía y fiestas? Para un espíritu de derecha estas preguntas son irracionales, porque, para él, todo aquel que gobierna debe tener algo que lo acredite como gobernante. Y en un mundo capitalista el mejor título de gobierno es el capital, no meramente el dinero (Pablo Escobar, el ñoño Elías y todo ese cartel de corruptos creyeron que la mera posesión de dinero los iba a acreditar como gobernantes). Podemos agregar: de acuerdo con esto, que el fajardismo es de derecha. Lo digo porque puede haber ciertamente un mundo sin corrupción, unas cuentas claras y unas instituciones sin robos por parte de funcionarios públicos. Fajardo puede incluso descubrir una fórmula matemática que acabe con la corrupción. Pero esto no asegura que los muchos que no tienen nada puedan poner en cuestión el gobierno de los pocos que lo tienen todo.

En un mundo tan gobernado por organismos financieros como el nuestro y en una sociedad tan terriblemente desigual como la colombiana, resulta cada vez más comprensible porqué los políticos de derecha encubren su posición política. Unos son ingenuos porque creen que realmente están en el centro (fajardistas, mockusianos). Otros son hábiles porque el centro es el lugar en el que fabrican un mundo de uribistas y no-uribistas.

  1. La columna de Sara Tufano está en el siguiente enlace: http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/sara-tufano/el-centro-politico-no-existe-193178. La de Simón Ganitsky está en este otro: https://www.elespectador.com/opinion/fajardo-y-la-educacion-sentimental-columna-744577
  2. La superioridad moral de Sergio Fajardo y Clauda López los hace ser ingenuos. Creen que luchar en contra de la corrupción y odiar las posiciones políticas van a ofrecer la herramienta para tener una país más justo y llevadero
  3. Por supuesto, estoy hablando eufemísticamente cuando me refiero a las ‘hazañas` del uribismo
  4. Tomo la metáfora que ofrece Thomas Hobbes en El Leviatán. Recordemos que el pensador inglés decía que el Estado es un cuerpo de cuerpos que trasciende lo humano. De ahí que la figura teológico-política de la que se sirve para ilustrar ese carácter trascendente e ilimitado del Estado sea la de Dios terrenal