La burguesía brasileña y sus representantes en las instituciones políticas, la Red Globo y todos sus otros medios de comunicación masiva, tenían pensado un derroche de triunfalismo bulloso con la captura del ex-sindicalista y ex-presidente petista, además de candidato más popular a la presidencia, Luiz Inácio Lula Da Silva. Habían pensado mandar a todas las favelas de Brasil y a todos los sin tierra y los sin techo, y por todos los cables internacionales, la foto de un Lula derrotado, esposado, con la cabeza baja y solo. Los titulares anunciarían que la corrupción en el país, por fin, estaba siendo derrotada con la sola encarcelación de Lula, otorgándole legitimidad a los partidos que hoy dirigen ilegítimamente a Brasil.

Sin embargo, lo que el mundo presenció fue otra imagen: un Lula alzado en brazos y rodeado de gente, hombres y mujeres de los sin tierra, afiliados al PT, sindicalistas, artistas, gente de pueblo, que a viva voz levantaban su protesta por el más reciente acto de un golpe que las élites han venido fraguando hace tiempo y en el cual esta sería una de las escenas cruciales. Esta sería la escena del escarnio público. La de la humillación. Y no fue. El simbolismo fuerte de ver a un Lula con gran apoyo popular es importante, porque Lula entró a prisión no como un corrupto, sino como un prisionero político y ficha en el gran golpe de las élites brasileras a la democracia y a su propia concepción de la política.

El apoyo popular a Lula ese día, era también más un apoyo simbólico de unidad de los sectores de izquierda. En realidad, la manada de gente que le rodeaba y lo alzó en sus hombros, son movimientos sociales que durante largos años le exigieron más al Partido de los Trabajadores; políticas más anti-neoliberales, más defensa ambiental, más tierras para los sin tierra, más redistribución, más radicalismo ideológico. Menos conciliación de clases. Más lucha contra esas clases altas, católicas, blancas, rezanderas y entreguistas brasileras. Estos activistas militantes de los movimientos sociales que le aguaron la fiesta del triunfalismo a las élites brasileras, habían sido y son en sí críticos de Lula y del PT. Pero juzgaron su apoyo a Lula, el conciliador, como sumamente necesario frente a la agenda conservadora que como un tren de alta velocidad está arrasando con conquistas sociales. Cerraron filas alrededor de PT y Lula, mandando también un mensaje a las élites de que entienden lo que está en juego. El mismo Lula les había dicho a los militantes de diferentes facciones de la izquierda en un evento en Río de Janeiro el 2 de abril, sólo un poco antes de que el Tribunal Supremo Federal tomara la decisión de orden de prisión: “O problema deles não sou eu, o problema deles são vocês”[1] – el problema de ellos no soy yo, el problema de ellos son ustedes.

En el año 2002, cuando Lula da Silva llega a la presidencia lo hace ya al frente de un PT que había abandonado los ideales socialistas y había tomado la ruta de la conciliación con el capital. Eran los cambios naturales que se dieron en un partido cuya base social había mutado radicalmente en la década del 90 debido a las políticas neoliberales: tercerización y automatización. Así, las bases sindicales, principalmente en el área de trabajadores metalúrgicos y de los bancos, casi desaparecieron. Al mismo tiempo que ocurrían estas mutaciones, el PT ganaba espacio en las instituciones y puestos de elección. Se había convertido ya en un partido profesional con bancadas importantes y emulado prácticas de los partidos tradicionales, inclusive prácticas non-sanctas para su financiación. Se había vuelto un partido más burocrático y menos militante. El Lula que llega a la presidencia es un reformista con una agenda que sigue a cabalidad: sacar del hambre a millones de brasileros sin tocar las ganancias de los más ricos. Fue su capacidad de estadista para lograr estas dos situaciones simultáneamente la que lo sitúan en un palco de honor entre los líderes mundiales. Premiado por haber reducido la pobreza extrema en un 75% en el periodo 2001 a 2012 y haber sacado al país del mapa del hambre según la FAO (Relatório Anual, 2014[2]).

Fue así como dos grupos extremos estuvieron relativamente contentos con Lula, los absolutamente más pobres y los más ricos. La clase media no ganó mucho con este pacto entre el PT y el capital y, por el contrario, sintieron que se quedaron viendo a los ricos haciéndose más ricos. Aun cuando el desempleo disminuyó, concursos de méritos se abrieron, los salarios aumentaron y el consumo creció, la clase media, ”medio rica, medio culta” como diría Benedetti, nunca se sintió plenamente identificada con un presidente de origen humilde y un pasado sindical que de repente dirigía, mejor que los ricos a los que tanto admira, los destinos del país.

Ya en el gobierno de Dilma, las cosas se complicaron. Cayendo los índices económicos, el PT, bajo la dirección de la presidenta señalada por Lula, tenía que escoger con quién se iba, si con los más ricos o con los más pobres. El ajuste económico promovido por el gobierno de Dilma a inicios del 2015, sólo un año antes de su impeachment, fue una gran bofetada a los trabajadores y bases sociales desencantadas. Reducción del gasto público (que siempre toca más a los más pobres), reducción de los beneficios de trabajadores, y más impuestos a las mayorías, fue la receta encontrada por Dilma para hacer subir las curvas de la economía. El ajuste, sin embargo, no tocó los bolsillos de los más ricos.

No obstante, para la burguesía, el PT ya había cumplido su ciclo de servicio. Con índices económicos para abajo, y una situación global y regional más favorable para una agenda de derecha radical, no había razón para mantener a los colados petitas en el Planalto (residencia presidencial). Brasil, en realidad, sigue como muchos otros países en la región y el mundo, una curva de derechización que no respeta ni las mismas reglas de la democracia liberal impuesta por las mismas élites. Presidentes se tumban con golpe de hecho (Honduras), con lawfare (guerra jurídica, como en Paraguay y Brasil), con bloqueos económicos, con guerras, con lo que sea. En Brasil, el impeachment a Dilma y el proceso por corrupción a Lula, ha sido denominado como un típico caso de lawfare – una guerra jurídica que primero los deslegitima en el espacio público a través de los medios de comunicación (que en Brasil no paran nunca de hablar de cada error y tropiezo del PT pero no toca los graves escándalos de corrupción de los partidos de derecha). Ya deslegitimados, los líderes pueden ser llevados a prisión, o ser depuestos en procesos judiciales con leguleyadas e interpretaciones de la ley que no se harían si el implicado fuera otro. En la operación del Lava Jato, los implicados vienen de todo el espectro del poder, pero es sólo con los líderes del PT que la prensa se ensaña y la justicia se encarga. Sólo después de la inmensa protesta por el encarcelamiento de Lula es que la burguesía ha empezado a aceptar que algunas cabezas tendrán que rodar del lado de la derecha, si la narrativa del combate a la corrupción va a ser un poco creíble. Por ahora, casos importantes del Lava Jato por parte de políticos tradicionales han sido enviados a la justicia electoral y no a los investigadores especiales del Tribunal Supremo[3].

Una observación importante con el caso PT, es que mientras este seguía su línea conciliadora y se desideologizaba aún más en el poder, la burguesía mantenía su guardia y se radicalizaba. Así, las iniciativas legislativas conservadoras que ya habían sido derrotadas en el gobierno de Lula, volvieron a ser retomadas en el último período de Dilma y aprobadas con celeridad aprovechando el período especial del gobierno Temer.

Así 1) está en discusión la propuesta de Ley 84/2007, ya propuesta en el 2000, de imponer un tope al endeudamiento y reducir la capacidad de inversión y gasto del Estado.

  • A dos meses del impeachment, fue aprobada la ley 13.303 que establece que las empresas del Estado deben operar en una lógica mercantil financiera, y que en sus direcciones no pueden haber afiliados a partidos políticos, ni sindicatos, y que se privilegiarán los conocedores de mercados financieros.
  • También fue aprobada la ley 13.365 del 29/11/2016 que determina que la Petrobras ya no estará obligada a participar con un mínimo del 30% en las explotaciones petroleras y que los recursos petroleros en el fondo del mar podrán ser estudiados, explorados y explotados por compañías extranjeras. Anteriormente, la Petrobras estatal era la única empresa que podía llevar a cabo exploraciones de petróleo en el pré-sal (cama de sal marina en el suelo marino bajo la cual hay petróleo). Esto ha sido entendido por la izquierda brasilera como una clara entrega de la soberanía y recursos del país. El argumento del gobierno Temer para esta ley es que así se aumentará la confianza inversionista.

Otras leyes que están en discusión y algunas de las cuales ya entraron algunas son: la ley de criminalizar a quienes presten servicios de apoyo en casos de aborto y se ha discutido sobre si las mujeres deben o no conocer sus derechos por los servicios de salud en caso de violencia sexual; el estatuto de la familia que pretende prohibir el matrimonio igualitario y la adopción por parejas homosexuales; la propuesta de reducir a 16 años la edad de responsabilidad penal que no aleja a la juventud de la criminalidad pero sí libera al Estado de sus obligaciones para con los menores de edad. También está en discusión facilitar la compra de tierras por extranjeros a la vez que se pretende quitarle al ejecutivo la facultad de delimitar tierras indígenas y darle ese poder al Congreso Nacional (PEC 215/2000). Y la militarización de las ciudades marcha viento en popa, como en Rio de Janeiro.

En resumen, la agenda legislativa neoliberal viene a atacar duramente la soberanía brasilera, los derechos de las mayorías y, en especial, de las mujeres, del sector LGBT, de los negros e indígenas y los favelados.

Los movimientos sociales brasileros con figuras como Marielle Franco, la líder afro, lesbiana y negra que fue asesinada el mes pasado, han empezado a entender, aunque  tardíamente, lo que está en juego. Son esos movimientos por fuera del PT, los que han venido ideologizándose y movilizándose, rescatando incluso los símbolos petistas. Como Lula. Un símbolo de que se pudo llegar al Planalto. Un símbolo de la lucha contra el hambre. Un líder con un método conciliatorio criticado, pero que hoy puede constituirse en un faro de unidad en la trinchera contra políticas regresivas y represivas de muerte. Porque al final entienden que son ellos, y no ya Lula, el objetivo final de esas políticas de muerte.

 

Joanna Castro

Antropóloga Social

[1]     http://www.redebrasilatual.com.br/politica/2018/04/unidade-da-esquerda-e-defesa-da-democracia-dao-o-tom-de-ato-com-lula-no-rio

[2]     2014, FAO. The State of Food Insecurity in the World  http://www.fao.org/3/a-i4030e.pdf

[3]     Por ejemplo el caso de Geraldo Alckim, https://www1.folha.uol.com.br/poder/2018/04/stj-manda-investigacao-sobre-alckmin-para-justica-eleitoral-de-sp.shtml