Es necesario que la izquierda y el “centro” entiendan que deben aliarse para que haya por fin un verdadero cambio democrático en Colombia, tanto en el poder como en la sociedad, y que esto pasa por renunciar a la idea de “pureza”. Parece que la izquierda lo entiende cada vez más, pero por el lado del “centro” hay sectores que obstaculizan tal acercamiento. Estos sectores tendrán que decidir algún día si quieren ser copartícipes del cambio o seguir siendo funcionales al conservadurismo.

En la campaña presidencial del 2014, como en la campaña del plebiscito del 2016, la importancia del tema del proceso de paz y de su continuación dio lugar a una alteración del mapa político tradicional y favoreció el surgimiento de dos procesos de alianzas opuestas, a favor o en contra de la paz negociada con la guerrilla. Estando el Acuerdo de paz firmado y en vía de (difícil) implementación, el tema de la paz ya no es tan decisivo en la campaña presidencial actual. Mientras que la “alianza del No” logró mantenerse unida y presenta un solo candidato (“el que dijo Uribe”), la “alianza del Sí”, que era particularmente amplia y heterogénea, se disolvió de manera bastante lógica. Sin embargo, se podía esperar que se mantuviera una alianza de tipo “centro-izquierda” cuyo candidato defendería a la vez la estricta implementación del Acuerdo de paz, la lucha contra la corrupción y una política de corte progresista, y se opondría no solamente al candidato de la “alianza del No”, de extrema derecha, sino también al candidato del conservadurismo, del Establecimiento y de la derecha, encarnado claramente en esta contienda electoral por Vargas Lleras.

Esta alianza no solamente no resultó posible, por lo menos para la primera vuelta, sino que además ese voto de “centro-izquierda” se dividió entre tres grandes candidatos: Petro, el candidato de la izquierda, Fajardo, el candidato del “centro”, y De la Calle, el candidato identificado con la defensa del proceso de paz. Esta división se da a pesar de la muy seria amenaza del regreso del uribismo al poder, y sus consecuencias sobre la implementación de la paz. Sin embargo, mientras que muchas veces es la izquierda la que se muestra reacia a tejer alianzas con sectores más identificados con el “centro”, lo particular de estas presidenciales es que son sectores “centristas” los que no solamente rechazan rotundamente una posible alianza de este tipo, sino que estigmatizan claramente al candidato de la izquierda, quien, por el contrario, no ha dejado de defender esa posibilidad.

La estigmatización a Petro es difundida no solamente por la campaña del candidato Fajardo, sino también por opinadores influyentes y respetados, que se identifican más o menos como “centristas”. Esta se traduce en la voluntad de hacer pasar a Petro como un candidato perjudicial, por ser supuestamente extremista, populista, polarizador y hasta “castrochavista”. Llama la atención que esta estigmatización esté retomando los clásicos señalamientos de la extrema derecha colombiana sobre la izquierda. El uso del término sectores “centristas” no corresponde a una categorización precisa, puesto que en política el centro no deja de ser una abstracción que sirve ante todo para proyectar una supuesta moderación, y se refiere aquí a personas que comparten valores como la defensa de la democracia, ideales liberales y la denuncia de la corrupción, y que muchas veces se han caracterizado por ser críticos del uribismo. Cabe resaltar que no todas las personas que comparten estas características han participado en esa estigmatización.

No se trata de decir que Petro no es criticable (por supuesto que lo es), sino de afirmar que las críticas que contribuyen a construir una falsa imagen del personaje se convierten en estigmatización. Es el caso, por ejemplo, cuando se lo ubica en la extrema izquierda, sin tener en cuenta que tanto su programa presidencial como su paso por la alcaldía de Bogotá lo sitúan más bien en la izquierda “moderna” preocupada, entre otros, por temas ambientales o por los derechos de las minorías. Es importante, entonces, reflexionar sobre lo que significa esa postura de critíca radical dirigida hacia el candidato de la izquierda por parte de sectores “centristas”, supuestamente moderados.

La manera de estigmatizar a Petro

La estigmatización a Petro pasa por designarlo como un populista. Un término que se convirtió en estigma y es usado frecuentemente por políticos y medios de comunicación para descalificar líderes que cuestionan el orden establecido. En este sentido, señalar a Petro como un populista sirve para deslegitimarlo de entrada, sin tener que comentar el contenido de su programa presidencial. Sin embargo, ser populista no es en sí mismo un rasgo negativo puesto que se refiere más a un estilo de hacer política que a un contenido político programático. Así las cosas, si Petro es un populista es en su manera de dirigirse al pueblo colombiano y de considerarlo como un actor político del cambio. Esto no debería ser un motivo de estigma en un país donde históricamente grandes sectores de la población han sido políticamente marginalizados.

Otra forma de estigmatizar a Petro es señalarlo de polarizar el país, cuando supuestamente lo que se necesita es una gran reconciliación. Esta es una acusación bastante problemática, por varios motivos. Primero, porque la polarización es un fenómeno inherente a la democracia. Segundo, porque Colombia siempre ha sido un país polarizado, el problema es que esta polarización ha estado acompañada por una violencia endémica. Tercero, porque el que tiene, de lejos, la mayor responsabilidad en la polarización reciente de Colombia es indudablemente Álvaro Uribe. No se puede decir entonces que Petro crea polarización cuando denuncia injusticias y crímenes señalando con nombres propios a los responsables, porque si se acepta esta lógica se tendría que decir lo mismo de Claudia López, por ejemplo, y de muchas otras personas que hacen denuncias públicas. La polarización es una realidad con la cual hay que lidiar, no puede desaparecer por arte de magia, y los que tanto la critican deben entender que el hecho de caricaturar al candidato de la izquierda y ubicarlo en los extremos no hace sino reforzar esta polarización.

La estrategia de estigmatización a Petro se vuelve indecente cuando se trata de equipararlo con Uribe. En esta lógica, ambos son peligrosos populistas y caudillos seguidos por fanáticos, y se ubican en los dos extremos del espectro político, y como es bien sabido “los extremos se tocan”. Esta comparación carece de cualquier fundamento político y se acerca al “todo vale” que tanto denuncian los “moderados”. Uribe es un extremista de verdad, símbolo de corrupción, de guerra y de criminalidad, mientras que Petro denunció justamente con contundencia el carácter criminal de la fuerza que llevó y mantuvo a Uribe en la presidencia. Todo el país recuerda los debates que dio en el Congreso como senador para destapar la parapolítica. Este intento de equiparación es aún más lamentable cuando se piensa que muchos de los “centristas” que difunden esa idea han sido víctimas del accionar de Uribe, al igual que Petro.

La equivocación de la estrategia “centrista”

Es importante anotar que mientras que Petro propuso desde un principio una coalición de “centro-izquierda” para llegar a la Presidencia, basada en una alianza programática a favor de la paz y del cambio democrático, diciendo incluso que el candidato no tenía que ser necesariamente él, la mayoría de los sectores “centristas” negaron de entrada esta posibilidad haciendo todo lo posible para aislarlo y marginalizar su candidatura. Lo han presentado como un factor de división y un generador de odios, e incluso han proclamado que su candidatura le hacía el juego al uribismo al permitir con su discurso que la candidatura de Duque crezca (o en sus términos “que el miedo triunfe sobre la esperanza”), llegando a plantear la pertinencia de una renuncia de Petro, sin ninguna contraparte, a la carrera presidencial. El argumento es que de llegar a la segunda vuelta Petro no podría ganar (mientras que Fajardo o De la Calle sí) y que una alianza con él no le sumaría a una candidatura de “centro” sino que le restaría.

Además de que esa estrategia denota una visión particular de la democracia (¿por qué el candidato de la izquierda debería autoexcluirse?), es claro que por ahora ha fracasado rotundamente. Mientras que las candidaturas de Fajardo y De la Calle no han logrado despegar ni unirse, la de Petro genera bastante entusiasmo y se encuentra en una posición ventajosa en las encuestas. Si bien es cierto que no hay que confiar demasiado en estos resultados, llama la atención que Petro tenga un porcentaje de intención de voto muy superior al de Fajardo y De la Calle juntos, y sobre todo que, en caso de segunda vuelta contra Duque, obtenga un porcentaje mejor que el de Fajardo, lo que contradice una de las “tesis” principales de los “centristas”.

Sin embargo, a pesar de esto, el argumento de que Petro genera demasiado rechazo para poder ganar la presidencia no es totalmente insensato. En este caso lo que hubieran debido hacer los sectores “centristas” es generar las condiciones de un diálogo entre Fajardo, De la Calle y Petro, capaz de conducir a un compromiso programático y a una candidatura única del que suscite un mayor consenso. El candidato que hubiera surgido de semejante proceso de convergencia sin duda hubiera beneficiado de la gran mayoría de los apoyos conjuntos de los tres candidatos y de una dinámica capaz de llevarlo a la segunda vuelta y luego a la presidencia. Pero el camino escogido fue otro y los sectores “centristas” han preferido distanciarse radicalmente del candidato de la izquierda, y para esto no han dudado en contribuir plenamente a la permanencia de la estigmatización, histórica y trágica, de la izquierda en Colombia, dándole además la espalda a la promesa de apertura democrática que traía el Acuerdo de paz, que han dicho defender.

Mucha gente hubiera estado dispuesta a votar por una candidatura unitaria de “centro-izquierda” basada en un acuerdo programático entre Petro, Fajardo y De la Calle y en la promesa de un futuro gobierno equilibrado entre sus tres equipos. No fue posible para la primera vuelta, pero si Petro o Fajardo pasan a la segunda (lo que parece imposible para De la Calle, según las encuestas) es imperativo reanudar el diálogo y buscar las condiciones de una alianza. Llamar a sus seguidores a votar en blanco o a abstenerse en ese caso sería una grave falta política. De manera general, es necesario que la izquierda y el “centro” entiendan que deben aliarse para que haya por fin un verdadero cambio democrático en Colombia, tanto en el poder como en la sociedad, y que esto pasa por renunciar a la idea de “pureza”. Parece que la izquierda lo entiende cada vez más, pero por el lado del “centro” hay sectores que obstaculizan tal acercamiento. Estos sectores tendrán que decidir algún día si quieren ser copartícipes del cambio o seguir siendo funcionales al conservadurismo.