Nicolás Villa Moya

* Nicolás Villa Moya

IInternacionalista de la Universidad del Rosario y magíster en Administración Pública de la Universidad de Leiden. Cursó estudios complementarios en Política Pública Europea en el Montesquieu Instituut de La Haya y Cooperación Internacional para el Desarrollo en la Universidad del Rosario. Fue miembro fundador (alumni) de The Hague Governance Quarterly y actualmente se dedica a la docencia en facultades de Negocios Internacionales, Relaciones Internacionales y Ciencia Política. También es analista internacional para la cadena RT.

Un fantasma recorre a Colombia: el fantasma del miedo. Álvaro Uribe, hoy senador de la República, lo manifestó de manera tajante, “Gustavo Petro nos da miedo”. El miedo no se detiene ahí, Claudia López también tiene miedo, curiosamente, del atemorizado Álvaro Uribe, “en un escenario de polarización quieren enardecer, causar miedo. Ese es el terreno perfecto del señor Álvaro Uribe, él es el rey de la cancha del miedo y la polarización”.

López también tiene miedo de Gustavo Petro; “hay más de 2 millones de votos de diferencia entre lo que obtuvo el Centro Democrático en Congreso y lo que obtuvo Duque (en la consulta presidencial). Eso se llama miedo, es anti petrismo puro.” Los “mercados” (donde sea que estén esas pobres almas) y varios columnistas de los medios privados también le tienen pánico a Gustavo Petro.

La candidata vicepresidencial del partido verde es rutilante en su análisis sobre el miedo de los colombianos. Según ella, hay “6 millones de votantes que no son de izquierda, no son petristas, son colombianos comunes y corrientes que lo que quieren es educación, salud, seguridad y estabilidad y que le tienen miedo a los cambios radicales. Miedo.” Por su parte, German Vargas Lleras, jefe del partido Cambio Radical (pun intended) y su fórmula vicepresidencial, Juan Carlos Pinzón, consideran que ellos “son la alternativa para que la gente no vote por miedo o por rabia”.

Así pues, es innegable que el fantasma del miedo recorre a Colombia. Sin embargo, los políticos están muy equivocados frente al origen de ese miedo. Reconocen la manipulación a las masas, pero desconocen que ellos mismos hacen parte del gran Otro Lacaniano. En lo que todos podemos -de manera muy dolorosa- estar de acuerdo, es en que el grueso del electorado colombiano ha votado históricamente mediante pulsiones, emociones, miedos y demás sentimientos impuestos desde afuera y no de manera medianamente racional, seguramente ni siquiera egoísta. No en vano existe el sentido común difundido mediante el cual “Colombia es un país de derecha”.

Retrocedamos y pensemos un poco. El sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays – padre de la industria mundial de las Relaciones Públicas- supo entender, canalizar y enriquecerse (algo en lo que Freud nunca participó) con los descubrimientos de su ilustre tío frente a las pulsiones y emociones inconscientes de los individuos y las masas. Entre ellos, los miedos y fobias.

Bernays era un ávido promotor e integrante del “gobierno en la sombra” (concepto que el mismo propuso en su libro Propaganda). Desconfiaba de las masas y de la capacidad de estas para tomar decisiones racionales y, sobre todo, de la capacidad del pueblo para tomar las decisiones que más le convenían a la nación. Sus convicciones elitistas, sumadas al insumo teórico proporcionado por Freud, le permitieron crear y explotar necesidades artificiales de consumismo en los estadounidenses, al igual que manipular las posturas políticas de la población general.

Por ejemplo, dada la poca o nula aceptación de las mujeres de la época frente al consumo del cigarrillo, Bernays (con la ayuda de psicoanalistas y contratado por empresarios del sector del tabaco) logró idear una estrategia para revertir la situación. Convenció a algunas feministas de la época para que marcharan en un desfile/manifestación con cigarrillos encendidos, la prensa (contratada por Bernays) tomó nota del asunto y en varios artículos supuestamente informativos promocionó a los cigarrillos como “antorchas de libertad”. El plan funcionó a la perfección. En la actualidad, las estrategias de Bernays se han refinado tanto que una médica mujer de hoy puede prohibirle el cigarrillo al lector dadas todas sus conocidas y dañinas consecuencias, mientras ella misma puede ser una fumadora habitual.

Psicoanalíticamente, la estrategia apelaba a la afirmación de la mujer frente a la sociedad (el cigarrillo como objeto fálico faltante y deseado). Además, ideas como liberación, antorchas, feminismo, etc. calaban directamente en la estadounidense promedio. Después de todo, la estatua de la libertad tiene su antorcha también.

Obviamente, los métodos y la visión de mundo de un tipo como Bernays no se limitaron al ámbito comercial. Su ideal de sociedad, sus teorías y métodos partieron de interpretaciones políticas del mundo y objetivos políticos puntuales. En los tiempos actuales, esos métodos y teorías son utilizados en todas las democracias liberales para manipular a los electores y a las masas, seguramente sin la más mínima idea de que están siendo manipuladas. O aun peor, como lo demuestra el escándalo de Cambridge Analytica y Facebook, siendo voluntariamente y muy felizmente manipuladas.

Ya que la emoción (¿o será sentimiento?) con la que se manipula a los colombianos, según nuestros líderes políticos, para votar o para no votar por x o y candidato es el miedo, detengámonos un poco en la historia de dicha emoción.  Nadie más idóneo para examinar el miedo que el gran teórico en la materia Jean Delumeau. Según el fallecido autor francés, el miedo contiene un marco clínico, es una emoción choque generada por la toma de consciencia de un peligro inminente que a su vez genera respuestas fisiológicas: “la emoción de temor genera una energía inhabitual y la difunde por el cuerpo entero, manifestándose a la vez interior y exteriormente en el ser humano”.

Existen miedos individuales y miedos colectivos (los cuales se han convertido en pánicos en varias ocasiones históricas), miedos del común y miedos de la élite. Existe el miedo, el cual “tiene un objeto preciso al cual se puede enfrentar, ya que está bien identificado”, y en contraposición la angustia, “una espera dolorosa frente a un peligro que no se identifica claramente”. En otras palabras, la angustia es “un sentimiento global de inseguridad.”

A través de la Historia, nuestra civilización ha negado, ocultado y culpabilizado al miedo. Para Descartes, el miedo provenía de un exceso de cobardía, para el poeta romano Virgilio el miedo fue “la evidencia de un nacimiento bajo”, mientras que para Mointagne y la Bruyère el miedo se manifestaba en los pobres debido a su “propensión a la cobardía”. ¿De dónde vendrá el miedo de Uribe? ¿De dónde vendrá el miedo de los colombianos?

En todo caso, la posición frente al miedo cambió mucho en la modernidad tardía, esa modernidad que la derecha no quiere que llegue a Colombia, y que al paso que vamos, se habrá esfumado del mundo sin haber pasado por acá. Sartre consideraba: “el que no tiene miedo no es normal, eso no tiene nada que ver con la valentía.” El progresista presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt añadiría “de lo único que tenemos que tener miedo es del propio miedo.” Cabe anotar que el mismo Roosevelt no fue partidario de los métodos y teorías de Edward Bernays, puesto que confiaba en la racionalidad de los ciudadanos y en su injerencia en las decisiones sobre la política y la sociedad.

En última instancia, concluyó Delumeau, todo miedo es miedo a la muerte. El miedo en la humanidad comprende tanto los miedos internos, tales como el miedo al mar o a la noche, como también el miedo a los peligros concretos: lobos, terremotos, incendios o epidemias. Sin embargo, el miedo que más nos atañe en esta ocasión -el miedo de Claudia, de Uribe y de “los colombianos” – es aquel miedo que Delumeau nominó como miedo cultural.

El miedo cultural incluye el miedo al otro.  El miedo a la gente desconocida, o mal conocida, la gente que no nos parece, la gente que vive de otro modo, que viene de otra parte, que tiene códigos distintos, que viste distinto. Ahondando en el tema, existe “un vínculo entre mentalidad obsesiva y el uso del arma del miedo. Un grupo o un poder amenazado, o que se cree amenazado, y que entonces tiene miedo, tiene tendencia a ver enemigos por todos lados: afuera y aún más adentro del espacio que quiere controlar.”

Y si bien la toma de conciencia de los peligros es necesaria en la humanidad, el miedo puede dispersarse de manera rápida en todos nosotros y en nuestra sociedad, “escapando los controles, ocultando todo sentido crítico y sentimiento de humanidad”. Peor aún para nuestro país esclavo del miedo, es la sentencia del Nobel de Paz Aung Sans Kyi “El poder no corrompe sino el miedo: el miedo a perder el poder para los que lo tienen, el miedo de los que el poder oprime y castiga”.

Es precisamente en el punto del sentido crítico frente al miedo donde nuestra américa cae en su peor estado de miseria humana. Cuando el adinerado socialista Salvador Allende ganó las elecciones en Chile, caminando hacia su casa situada en un exclusivo barrio de Santiago, se encontró con una empleada de servicio que trabajaba para los vecinos quien frenéticamente cavaba un hueco en la casa donde era interna. Cuando el sorprendido Allende le preguntó que estaba haciendo, la empleada le respondió afanada, “Don Allende, es que los comunistas ganaron y nos van a quitar todo, yo voy a esconder el otro vestido que tengo antes de que me lo quiten”. Cuentan que Allende lloró.

En épocas más recientes, un candidato Chavista a la alcaldía de Caracas se desplazó para hacer campaña a un empobrecido barrio de la ciudad. Al finalizar su discurso, un hombre se acercó al candidato y le comentó “su discurso me gustó mucho, pero yo nunca votaría por un chavista porque ustedes nos van a quitar todo.” El sorprendido candidato miró al hombre, miró a su casa con piso de tierra, sin ventanas, con ladrillo expuesto, sin ningún tipo de amenidad y entonces le lanzó una pregunta al hombre – “¿discúlpeme señor, pero ¿qué es exactamente lo que le podemos quitar?”- a lo que el desafiante hombre contestó- “¿y si me llego a ganar la lotería?”. Los pobres ya no existen, existen los millonarios avergonzados por no tener dinero…. Y tienen miedo de la izquierda.

¿Y qué decir de nuestras educadas élites progresistas, quienes caen en la misma trampa ideológica? Con todo el respeto y apoyo que merece Claudia López decir que los colombianos que no son de izquierda quieren “educación, salud, seguridad y estabilidad” pero le tienen miedo a los cambios radicales, es una contradicción flagrante, monumental, te pega en la frente. ¿Acaso una Colombia con educación, salud, seguridad y estabilidad para todos no es precisamente el cambio radical más grande que se podría dar en nuestro país? La postura ideológica de Claudia López en esta ocasión evoca más al partido político Cambio Radical, paradójicamente representantes del status quo por antonomasia: educación de pésima calidad y poca cobertura, salud de mala calidad y difícil acceso, inseguridad y guerra entre grupos armados, incertidumbre laboral, impunidad, corrupción, desigualdad aberrante…. ¿Acaso salud, educación, seguridad y estabilidad para todos no son postulados y logros de la izquierda?

No se trata de criticar a la valiente y entregada Claudia López, sino de evidenciar sus muy humanas contradicciones ideológicas. Eso sí, ella tiene toda la razón cuando dice que los colombianos son víctimas (o quizás sus propios victimarios) de las grandes contradicciones del miedo ideológico inoculado por sectores del poder de facto. Por estos días es común escuchar el paradójico miedo a Gustavo Petro, aquel hombre que cumpliría una doble función en caso de llegar a la presidencia: en primer lugar, estar maniatado por los poderosos de este país quienes no le dejarían ni mover un dedo, y, al mismo tiempo, cumplir el rol de dictador todopoderoso que cambiaría al país radicalmente volviéndolo irreconocible. Ideología pura.

Los cambios, debido a la incertidumbre y novedad que conllevan, siempre generan miedo. La película The Shawshank Redemption ilustra de manera magistral cómo los presos que llevan mucho tiempo encerrados sienten pánico al enfrentarse con el momento en el cual van a quedar en libertad. Después de pasar mucho tiempo en la cárcel, el miedo de la libertad los atormenta.

¿El miedo que sienten los colombianos es el miedo a Petro o a las ideas de izquierda en general? ¿Es la izquierda democrática lo mismo que las FARC? ¿Demostró para siempre Samuel Moreno que la izquierda democrática es lo mismo que Cambio Radical o que el uribismo?… ¿Hay que responder esas preguntas basándose en el miedo?

Quizá los colombianos sienten miedo frente a las amenazas de los poderosos, quienes insisten en que nos volverán otra Venezuela si no votamos como ellos quieren que votemos. De pronto tenemos miedo de confrontar nuestro propio deseo de constatar que Colombia realmente puede cambiar y ser un verdadero lugar donde la gente pueda y quiera vivir, y que si aún no es un lugar donde todos quepamos, es así por nuestra complicidad bien sea activa o pasiva.

Si los colombianos vamos a elegir presidente impulsados por el miedo, ya habremos perdido las elecciones. El miedo que los medios privados nos han inoculado frente a la crisis venezolana nos ha hecho perder todo sentido crítico frente a la izquierda democrática. No está de más recordar las palabras del internacionalmente laureado ex presidente de Ecuador, el socialista Rafael Correa: “Les encanta sacar el ejemplo de Venezuela, pero veamos el ejemplo de Uruguay el país más desarrollado de América Latina, que lleva diez años manejado por el frente amplio de izquierda. Veamos a Bolivia: lo que ha hecho Evo Morales es un milagro. O la transformación de Ecuador en los últimos 10 años.”