Damián Pachón Soto

* Damián Pachón Soto

Doctorado en Filosofía de la Universidad Santo Tomás con la tesis "Francis Bacon: de la reforma del saber al imperio humano sobre el universo. Una lectura a partir del concepto de Forma" (2017). Se ha desempeñado como profesor ocasional de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional, Profesor de Tiempo Completo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás, donde fue Director de la Maestría en Filosofía Latinoamericana. En la actualidad es profesor de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad Industrial de Santander. Es autor de varios libros, entre ellos, Estudios sobre el pensamiento colombiano, Estudios sobre el pensamiento filosófico Latinoamericano, Crítica, Psicoanálisis y emancipación. El pensamiento político de Herbert Marcuse. Colaborador asiduo como columnista en El Espectador y Le Monde Diplomatique, Edición Colombia. Fue miembro del Grupo de Investigación en Teorías Políticas Contemporáneas, TEOPOCO, de la Universidad Nacional.

“El tener miedo, en cuanto tal, es el dejar-se-afectar que libera

lo amenazante tal como ha sido caracterizado”.

Heidegger, Ser y tiempo.

Heinz Bude, un interesante filósofo y sociólogo alemán, sostiene en su libro La sociedad del miedo que: “el demagogo intensifica el miedo de la gente y pone a sus pies un chivo expiatorio al que se le echa la culpa de toda la miseria”.  Estas pocas líneas nos deben poner a pensar sobre la naturaleza de la política actual, de nuestras sociedades y del puesto central que el miedo viene ocupando en la vida cotidiana. Más específicamente, nos debe hacer reflexionar sobre la campaña política actual en Colombia, donde la derecha claramente optó por el miedo como arma para alcanzar el favor de las masas, de los electores. A estas cuestiones me referiré en los siguientes cuatro puntos.

En primer lugar, debemos comprender que hoy la política no es la discusión racional, juiciosa, desapasionada y objetiva sobre las necesidades sociales y sobre las formas de darles soluciones y cauces institucionales a los requerimientos de la comunidad política, de los asociados, buscando el beneficio común. Esa visión romántica, si ha existido, ya pasó a la historia. Por el contrario, la política hoy es una actividad más bien vacía, huera, donde se vive de ella, y no para ella, para usar la clásica distinción que formuló Max Weber en 1919.

Vivir de ella, implica que los contendientes busquen a toda costa asegurarse el poder, pues sólo este garantiza el acceso a los beneficios, las riquezas, las coimas, los sobornos, etc., derivados de la gestión de lo público. Por eso, en estricto sentido, el fin de la política es el poder porque él garantiza el acceso a lo público concebido como botín. En las sociedades latinoamericanas, herederas de una España donde los cargos públicos (gobernador, oidor, alcalde, etcétera) incluso se vendían a perpetuidad, esta es la realidad.  

En segundo lugar, para lograr ese acceso al poder, antes que enfatizar en las discusiones sustanciales, la política cada vez se hace más espectáculo. Es la obscenidad, el exceso, la contaminación propagandística, la hiper-presencia, la búsqueda de la seducción de las masas, como lo ha descrito el filósofo francés Jean Baudrillard en su libro Las estrategias fatales de 1983, lo que impera. Es una época de mutación de la política, es, más bien, una pospolítica, donde se ha pervertido este noble fin del “arte de vivir en comunidad”. Aquí, conquistar el favor de la masa electoral, es el fin. La masa es un agregado informe, pasivo, des-cualificado, que hay que atraer hacia sí y movilizar. Por eso “todo el mundo intenta seducirlas, solicitarlas, asumirlas”. Pero la masa es como un gran dinosaurio dormido que, cuando es bien avivado, puede levantarse y estrepitosamente echarse a andar y tomar partido por su supervivencia. Aquí está la clave del asunto, pues justamente “tomar partido por la sobrevivencia” sólo es posible cuando la propia existencia está en peligro.

Todo demagogo, entonces, sólo tiene que tener los oídos bien abiertos e identificar una amenaza, un peligro, un temor; en pocas palabras, “un chivo expiatorio” que le permita representar todas las calamidades sociales, las inseguridades y los temores de la gente. Una vez identificado o construido, usando la mentira si es necesario, sólo hay que echarlo a andar. En Colombia ese “chivo expiatorio” es la nebulosa idea del castro-chavismo, es lo “Otro”, es el “Mal absoluto”. Cuando esto se ha cristalizado, estamos ya en las “políticas del miedo”. Por eso, el miedo es una idea política frecuente en la historia del pensamiento, y ha jugado un papel crucial en distintos momentos históricos; por ejemplo, en el advenimiento del nazismo y el triunfo de Hitler, así como en la política internacional a partir de los atentados a las Torres Gemelas el 11 de septiembre. Para comprender esto, recomiendo el libro El miedo. Historia de una idea política de Corey Robín del año 2004.

En tercer lugar, preguntémonos ¿qué es el miedo y por qué produce efectos tan fuertes en las personas?  ¿Con qué aspectos esenciales y fundamentales está relacionado? El miedo es un sentimiento primario, incluso un instrumento biológico de supervivencia, que consiste en “la reacción a la percepción de un peligro”. Ahora, ¿qué es lo que está en peligro? Lo que está en peligro con el miedo es la conservación del propio yo o la disminución de sus posibilidades futuras. Como dijo Heidegger: “aquello por lo que el miedo teme… es el ente mismo que tiene miedo, el Dasein”. Es decir, es el temor a no poder seguir viviendo, a no poder perpetuarse, o de hacerlo de manera precaria. De tal manera que es por mi propia vida y sus condiciones por lo que temo. Es la existencia misma la que está comprometida. El miedo comparece dentro de nuestro mundo, nuestra vida cotidiana, la confronta, por eso “el chivo expiatorio” se muestra amenazante, perjudicial, inquietante. El miedo, para Heidegger, no excluye el temer por otros, por su suerte, de ahí que siempre implica un respeto a (respectividad), ya sea el sí mismo, el Otro o la sociedad en general. Por eso el miedo es comunicable y altamente contagioso pues lo que está en juego en ciertos contextos, es la continuidad de la existencia, del ser. El miedo, en estos casos, no separa a la gente, “sino que los reúne en conjunto”. Esto es lo que sucede cuando se extreman las crisis sociales, cuando la sociedad en su conjunto aparece amenazada… Y los políticos del miedo lo saben bien, por eso lo usan como un arma para lograr la unidad nacional, convocando así a la movilización total para salvar la patria.

La política del miedo funciona si es asociada a la idea de crisis social. Y en toda crisis, como dice la filósofa María Zambrano, son los fundamentos de la vida misma los que están en juego, el ser humano parece quedarse sin piso, sin suelo, sin asidero. En las crisis el horizonte se empaña y el futuro parece incierto, sólo aparece visible el naufragio de la sociedad toda. Por eso, lo que está en cuestión en las crisis es la seguridad vital, el temor real o infundado de perderlo todo. Las políticas del miedo, entonces, “recrudecen las experiencias personales de degradación y esos temores a pérdidas que son específicos [de ciertos] grupos, convirtiéndolos en una sensación general de estar expuestos y amenazados”, dice Heinz Bude. Esto quiere decir que las políticas del miedo buscan generalizarlo y transformar una percepción particular en una general: lo exageran, lo hiperbolizan, lo magnifican y lo masifican. Es la generalización del miedo lo que le da fortaleza y puede crear la necesaria zozobra como para actuar en determinado sentido. Esto sucede porque el Yo se torna frágil, pues ha sido tomado y ocupado por el miedo, con lo cual se mina la libertad, el discernimiento y se empuja a las masas temerosas a elegir en un determinado sentido. En Colombia, la derecha busca exactamente eso con la idea –armada y repetida hasta la saciedad– del castro-chavismo.

Jean Baudrillard ha dicho que: “el problema de la seguridad, como sabemos, obsesiona a nuestras sociedades, y ha sustituido desde hace tiempo al de la libertad”. Por eso, el miedo a perder la seguridad vital, al lanzarnos a un mundo de intranquilidad, de riesgos, zozobras, incertidumbres, aniquila la libertad. El miedo nos quita la posibilidad de pensar bien, de elegir bien, nos obliga a actuar aceleradamente sin sopesar adecuadamente nuestras opciones. El miedo usado como arma es el aprovechamiento político del temor a la desgracia colectiva. El miedo es una sensación que lleva, en algunos casos, a la parálisis; en otros, a no arriesgar nada y a preferir el mundo tal y como está, con sus defectos y desajustes. El miedo no es sólo parálisis y conformismo, también moviliza y puede generar comportamientos masivos que cambian el rumbo de las sociedades. Y no hay nada más peligroso que una muchedumbre enardecida o una muchedumbre asustada y desorientada. En el segundo caso, el de la desorientación, la gente se convierte en rehén de los impostores, demagogos, salvadores o redentores. Ya se vivió en Europa el siglo pasado con los fascismos, y el error de cálculo dejó millones de muertos. Justo por esto tenía razón Nietzsche cuando decía que había momentos de debilidad enfermiza en la sociedad, en la que esta tomaba partido por quien la perjudicaba.

En cuarto lugar, hay que resaltar una relación importante, tangencialmente aludida en el punto anterior, a saber, que hay una relación entre el estatus social de la clase media y el miedo. Aristóteles al hablar de la estabilidad política, pensó en un gobierno de la clase media. Era la forma de aminorar los conflictos sociales entre ricos y pobres. La clase media, desde esta perspectiva, favorece la paz y la armonía social. También se percató del papel conservador de la clase media Alexis de Tocqueville, cuando visitó Estados Unidos hacia 1830. Pero, ¿por qué la clase media es más conservadora? La respuesta es sencilla: porque tiene mucho que perder. La clase media es la que accede a beneficios sociales, al consumo de créditos, la que ha adquirido deudas para pagar casas, carros, estudios, planes vacacionales; es la clase que compra seguros funerarios, planes de salud. Es la clase consumidora por excelencia y la que tiene mayor influencia en la vida política, económica y cultural de cualquier Estado.

Los ricos ya tienen toda la seguridad vital y han eliminado, en la medida de lo posible, los riesgos; los pobres no tienen nada que perder, pues andan al vaivén de la contingencia y de la buena suerte, pero la clase media a lo que más teme es a perder lo que con tanto esfuerzo, ahorro y deudas ha conseguido, por eso prefieren no arriesgar nada y asegurar con cadenas lo que tienen. Fue el genio de Tocqueville el que nos alertó cuando dijo que el apego y el amor a la propiedad y a los “goces presentes”, lleva a los hombres a “mirar toda nueva teoría como un peligro, a cualquier innovación como a un trastorno molesto”. Me parece que es esto lo que sucede en Colombia hoy, donde la clase media urbana, que ha visto la violencia del país desde la cama y el sofá, prefiere mantener sus escasos privilegios en vez de hacer una apuesta política diferente. Aquí sí hay alternativas al triunfo de la derecha, pero la gente, incluyendo paradójicamente a gran cantidad de pobres, ve las alternativas políticas como futuros apocalipsis. En el caso colombiano, el miedo parece matar la esperanza y condenar el porvenir dejándolo en manos de quienes han administrado la República desde el siglo XIX.

Por último, no está demás, en el actual contexto electoral colombiano, hacer un llamado a superar los miedos, a pensar pausadamente, a dudar y a considerar la posibilidad de que tal vez nos quieren engañar o nos quieren coartar la libertad, manipulándonos para instaurar un gobierno de derecha que sólo vela por el bienestar de unos pocos. Debemos evitar que el miedo mate la posibilidad de un cambio de rumbo, de un porvenir distinto. Hay que parar, hacer un alto, y tener en cuenta que, como dice Heinz Bude: “cuando la política enardece tanto a la gente que esta llega a crisparse, entonces… la política ya no tiene nada que ver con la discusión necesaria sobre la mejor vía para proveer y redistribuir los recursos, sino que degenera en sensiblería y en un teatro de las pasiones”.