Juliana Robles

* Juliana Robles

Socióloga de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es estudiante de la maestría en Estudios Culturales de la Universidad de los Andes, donde también se desempeña como asistente graduada del departamento de Lenguas y Cultura. Sus intereses de investigación en este momento son en teoría política contemporánea, especialmente en estudios feministas y de género y nuevas materialidades. Ha trabajado también en historia de la medicina y determinantes sociales de la salud. Es integrante del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea -TEOPOCO-.

A propósito de la celebración del día de los y las trabajadoras comentaré algunas impresiones compartidas por mis contemporáneas y colegas acerca de la vida laboral. Hablaré de algunas experiencias que me han traído sensaciones de impotencia y rabia, pero también que me han permitido pensar en la vigencia de las exigencias mínimas de trabajo digno por la que muchas salimos a marchar el primero de mayo.

La forma contemporánea del trabajo es la flexibilización laboral o la informalidad, caracterizada por una incertidumbre respecto a lo que viene y la estabilidad laboral. Nosotras, las jóvenes profesionales, debemos acostumbrarnos a esto pues no hay muchas opciones o salidas, “así nos ha tocado” es lo único que podemos responder. Contratos laborales de solo algunos meses que además nos exigen el pago de la seguridad social sin certeza de que el contrato salga o se lleve a cabo; pocas opciones de trabajo para personas jóvenes pues, paradójicamente, piden caras jóvenes pero experiencias monumentales; entrevistas de trabajo humillantes y, encima, exigencia de “buena actitud” y buen genio en trabajos que nos explotan sin remuneraciones justas. Además, con el auge de las telecomunicaciones inmediatas, el trabajo no termina; pocas veces se cumple el horario de 8 a 5, el WhatsApp y el correo funcionan como una forma de vigilancia y presión por parte de los superiores para que se continúe trabajando desde la casa o, por otro lado, el trabajo flexibilizado hace que se trabaje desde la casa sin horario de oficina, haciendo que el tiempo de descanso en la casa deja de existir y se vuelve un espacio laboral también. Cada minuto cuenta.

La búsqueda de más experiencia para poder acceder a más trabajos permite que varias veces no solo carguemos con un trabajo, sino que aceptemos hacer varios al tiempo, pues el ritmo y la necesidad de recursos no nos permiten decir “no”. Muy pocas veces he podido encontrarme con mis compañeros de universidad y no encontrar situaciones paralelas a la mía o peores. No nos queda esperar un cambio, es necesario hacerse escuchar y resistir desde donde se pueda.

Una

La primera experiencia que abordaré es un encontrón que hubo en un espacio laboral en el que yo trabajé. Antes de ir a la experiencia particular, quisiera dar cuenta de que este espacio laboral, a pesar de tener formas de control y vigilancia entre pares invisibles y una estructura infantilizante con sus empleados, me brindó un contrato laboral estable por un tiempo y la empresa se encargó de pagar, como es debido, mi seguridad social. Sin embargo, este episodio se da cuando varios de mis colegas y yo nos damos cuenta de que nos estaban dejando de pagar 3 semanas de trabajo sin explicación alguna. Al hablar con otras personas de este asunto, parece que no es un caso excepcional, en la mayoría de trabajos esto sucede, pero estoy cansada de que este tipo de situaciones se minimicen y se normalicen. Las personas viven de su salario y tres semanas sin pago implican arriendo, luz, agua, mercado.

La discusión con nuestro jefe inmediato y su superior comienza de manera unidireccional. Muy poco les interesaba saber cuál es nuestro problema, de hecho el señor afirma desde el inicio que es un regalo que él esté en esa reunión pues tiene mil compromisos más y más importantes. Su posición comienza con una calculadora haciéndonos cuentas de cuánto le cuesta a esa empresa y a él tenernos como empleados: “el problema del empleo en Colombia es que es muy caro contratar” pondera y termina su argumento. La fuerza de su argumento inicial es una lógica de racionalidad económica en la que en primer lugar, los trabajadores somos ignorantes y no entendemos que le costamos a la empresa y que, mejor dicho, nos están haciendo un favor por contratarnos y dos, que además nos tenemos que responsabilizar por las finanzas de la empresa y “entender” y “agradecer” que a pesar de sus altas y bajas seguimos contratados. El hecho de trabajar en una empresa no implica que en mi contrato pierdo mis derechos como trabajadora y debo entender a la empresa no como si fuera mi empleadora sino como si fuera mi benefactora. Es decir, lo que está sucediendo es que yo como empleada le cuesto a la empresa, soy un gasto y no se tiene en cuenta que yo trabajo, que estoy produciendo valor y dedicando horas de mi tiempo a trabajar por esa empresa. El trabajo no es un regalo, es tiempo de vida.

Otro de los argumentos de lujo contra nuestra petición del pago de tres semanas fue un clásico: si no quieren el trabajo y sus condiciones, pueden renunciar pues hay muchas personas que querrían este trabajo. Entonces, así aparece el concepto que ya Marx describió en El Capital: el ejército industrial de reserva. La manera en la que el sistema económico se sostiene y la empresa misma puede mantener su autoridad de empleadora y generar miedo sobre los trabajadores es con la existencia de una cantidad indefinida de desempleados que están alrededor de ese puesto. En otras palabras, exigir una mejoría en las condiciones laborales, para mi señor jefe, era un absurdo pues mil otras personas están detrás, no somos indispensables y pedir que nos pagaran lo justo se construye en su argumento como una especie de ataque en contra de la empresa y de desagradecimiento. En esta situación, entonces, el trabajo podría ser fácilmente reemplazado por otra persona que sí esté dispuesta a soportar las condiciones.

Entonces, discutir o exigir las condiciones mínimas de trabajo digno, que nos paguen las horas trabajadas, el jefe la convirtió en una pataleta de niños que no saben cuánto cuesta pagar y que no entienden que no se debe pelear.

Dos

Las entrevistas de trabajo son espacios y tiempos difíciles en los que se conjugan los nervios, la incertidumbre y la actuación de una misma para aquellos que están evaluando. Hace algunos días estuve en una entrevista de trabajo que me hizo pensar en lo que estoy describiendo en este artículo. Ya no tanto sobre la flexibilización laboral sino sobre la construcción de lo que es ser “una buena trabajadora” que está marcado por la sonrisa, la explotación voluntaria y la autovigilancia constante.

En la entrevista de trabajo, nos encontramos 5 personas con perfiles distintos para el cargo. La entrevista, como ahora es la moda en recursos humanos, se hizo al tiempo. Entre todos cruzamos miradas nerviosas y evaluativas, yo me preguntaba a mí misma insistentemente ¿quién será mejor? Las preguntas comenzaron en inglés y respecto a “los valores familiares” que nos habían inculcado. Todas y todos respondimos nerviosamente, algunos tratando de reafirmar sus orígenes de clase para mejorar la impresión de los que evaluaban y distinguirse del resto de los mortales, imagino que por esto hicieron la pregunta sobre la familia, para lograr distinguir los orígenes de clase de cada una. Nos pedían que nos hiciéramos preguntas entre nosotras y que nos riéramos de los chistes que hacía la jefa: “aprovechen para conocerse” decía. Más adelante, nos hicieron pruebas en las que teníamos que corregir o cuestionar lo que los otros compañeros decían, siempre teniendo la buena voluntad cultural de asentir a lo que la jefa que nos evaluaba decía y afirmaba, aunque nos pareciera absurdo, clasista o violento. Finalmente nos preguntaron por qué queríamos el trabajo y cada uno reafirmó las bondades de un trabajo como ese y una jefa como la que nos evaluaba.

Fue una entrevista de trabajo promedio, en la que cada uno de los participantes actuamos el rol que nos pedían, como en cualquier entrevista. Sin embargo, para mí fue difícil no pensar en la violencia detrás de la evaluación. En primer lugar, la modalidad de entrevista en grupo ahorra tiempo a recursos humanos y muestra cómo supuestamente se relacionaría el o la evaluada con otras personas. Detrás hay una exigencia de competencia y violencia con las otras. Si logro señalar cada error de mis contendores, seguramente me irá mejor; si logro conseguir que la jefa asienta más veces, voy a ganar. Por otro lado, la entrevista tuvo partes en inglés, una vez más para lograr distinguir los orígenes de clase de cada participante. Nos pidieron varias veces que no tuviéramos nervios y que sonriéramos escondiendo en cada palabra la intimidación de hablar una segunda lengua, con la que no necesariamente nos sentimos cómodos, sintiendo la presión de la evaluación y además de los otros compañeros. Nos exigían que conversáramos en inglés y “que aprovecháramos para conocernos” desconociendo absolutamente la naturaleza de la situación y el estrés que produce una entrevista en la que estaría en juego el sustento propio.

Así, las formas en las que en la entrevista se delimita lo que es ser “una buena trabajadora” para mí fueron obvias e intensas. La mayoría de los participantes responden respecto a por qué quisieran ese trabajo o a cómo resolver situaciones específicas del trabajo afirmando y asegurando que no les molesta trabajar más allá de los horarios laborales, que cuando se ama el trabajo trabajar deja de ser una carga y por esto están dispuestos a todo. Además, se afirma que valores familiares y propios como la resistencia al alto estrés, la obediencia y la disciplina son aquello que los impulsaría si llegaran al cargo al que se postularon. Mi crítica está entonces en esos parámetros que en lo contemporáneo nos define como buenas y buenos empleados. Estos parámetros están marcados por una constante autovigilancia, vigilancia de los pares, disposición a la explotación y buena voluntad cultural. Por ejemplo, exigir que nos paguen las horas de trabajo que no nos han pagado no podría ser nunca algo que haga una “buena trabajadora”. Ser abnegada, callar los problemas y sonreír ante la violencia es aquello que en esa entrevista salió a relucir.

Para terminar, haré una cuña apoyando la campaña de Petro. Evidentemente este problema de la flexibilización laboral es tendencia mundial. Cada vez los trabajos están más precarizados y la productividad se privilegia antes que los derechos de las y los trabajadores. No es fácil cambiar esta situación, sin embargo, la campaña de la Colombia Humana es la única que se ha posicionado de manera firme respecto a este asunto. Petro, en varias ocasiones, ha sostenido que la reforma laboral que fue impulsada por el gobierno de Uribe (fue aquí donde perdimos el derecho a que nuestros empleadores nos paguen la salud social) debería ser derogada y que estos contratos flexibles, explotadores y precarizantes, deberían ser eliminados. Es decir, que el contrato laboral vuelva a ser contrato laboral y que la jornada laboral dure ocho horas, asunto que desde el siglo XIX ha sido disputado y es absurdo que aún sigamos peleando lo mismo. La situación laboral de los y las jóvenes colombianas es desesperante e injusta, ojalá esto sea un criterio a la hora de votar y nos empuje a resistir de distintas maneras.