Gerardo de Francisco Mora

* Gerardo de Francisco Mora

Politólogo, filósofo y Magíster en Ciencia Política de la Universidad de los Andes. Actualmente, investiga temas de teoría y filosofía política, en particular, se ocupa del análisis de las concepciones de Estado, soberanía y lo político, con el firme propósito de analizar las relaciones ético-políticas subyacentes en las relaciones sociales contemporáneas. Es socio fundador de Centro de Investigación social y Estudios críticos-CISEC e investigador titular del mismo

Una época apasionada, tumultosa, quiere arrojar todo a un lado, abolir todo; una época revolucionaria pero desapasionada y reflexiva transforma la demostración de poder en una dialéctica pieza de arte: dejar que todo permanezca en pie pero mediante circunloquios vaciarlo de significado.

Kierkegaard, La época presente.

 

El tema central del período electoral es la polarización. Sin embargo, no es más que una imagen engañosa. En realidad, la polarización es un efecto calculado, el resultado de una ecuación, una puesta en escena. Por lo tanto, pocas cosas interesantes hay que decir sobre este tema. Por lo anterior, es preferible hablar de un concepto (mejor, un  sentimiento) que caracteriza los diferentes procesos electorales a nivel global y puede dar más pistas para entender la fragilidad de la democracia liberal: el desencantamiento.

En pocas palabras, el desencantamiento consiste en el proceso de eliminación de todo lo místico, lo mágico y lo sagrado del mundo. El elemento fundamental para comprender este proceso es la racionalidad. Gracias al empleo de la razón instrumental los seres humanos se encargan de desarrollar medios técnicos que pretenden controlar todos los aspectos de la vida humana. Como afirma Max Weber, el significado verdadero de la racionalización y la intelectualización consiste “en que se sabe o se cree que en cualquier momento en que se quiera se puede llegar a saber que (…) no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos e imprevisibles sino que, por el contrario, todo  puede ser dominado mediante el cálculo y previsión”1.

Hasta este punto, el desencantamiento parece no ser un problema particularmente preocupante. En términos generales, se puede pensar que el desarrollo de la racionalidad evitaría la existencia de un mundo arbitrario justificado en poderes que están fuera de las manos de los hombres. Sin embargo, esta imagen esperanzadora de la razón pierde fuerza. Poco a poco, el mundo completamente racionalizado empieza a carecer de sentido para los seres humanos, las relaciones sociales se convierten en simples engranajes de un modo de producción y las acciones humanas no pueden orientarse a la realización de proyectos que trasciendan la racionalidad instrumental. En últimas, el mundo predecible y calculado de la racionalidad es un mundo petrificado, no tiene lugar para nuevos proyectos normativos y, aún peor, le quita a todos los seres humanos las motivaciones para realizar acciones que superen el simple cálculo costo-beneficio.

La democracia, en particular la liberal, no es un excepción a este proceso de desencantamiento, de hecho, me atrevo a afirmar que allí es donde se ven sus principales efectos. Las democracias contemporáneas parecen piezas de museo, valiosas solo para ser observadas, pero incapaces de desencadenar afectos. La democracia se transformó en un sistema estático, basado en la profesionalización de la política y en la racionalidad técnica. No quiero decir que sea necesario eliminar la racionalidad de la política, de hecho, la política no sería política si se prescinde de la racionalidad. Sin embargo, el énfasis excesivo en la racionalidad ha eliminado cualquier motivación para participar en política, ya sea por medio de los canales institucionales del Estado o en espacios menos codificados en los que se puede construir una vida común.

A modo ilustrativo, quiero resaltar algunos fenómenos propios de las elecciones colombianas que resaltan el desencantamiento de la democracia. En primer lugar aparece la llamativa obsesión, compartida por todo el espectro político, por acercarse a ese  disparate denominado centro. Parece que los políticos de profesión, gracias a un deliberado consenso, han optado por decir que, indiferentemente de quién sea electo, nada va a cambiar y la lógica sistémica seguirá actuando sin ninguna interferencia.  Por lo anterior, las campañas electorales han perdido su capacidad para movilizar y activar acciones políticas fuera de las burbujas creadas por las redes sociales. La incertidumbre de la política ha desaparecido. Esta es solo un proceso más en vía de ser resuelto de la misma forma que se resuelve cualquier otro problema técnico.

En segundo lugar, los ciudadanos son cada vez más escépticos frente a la posibilidad de presenciar un cambio a través de los procesos propios de la democracia liberal. En este punto se hace particularmente claro el proceso de desencantamiento frente a la democracia. Ya nadie espera que la decisión política signifique algo, la democracia liberal parece haber extinguido lo mágico y lo misterioso de sus dominios. Ya nada nuevo puede irrumpir, ya no puede darse ninguna interrupción de la normalidad y ningún horizonte nuevo puede desplegarse para la acción política. Cuando los afectos y lo sensible asoman en la política, la técnica aparece para espantar el fantasma de la sinrazón y así desactivar cualquier energía apasionada. La exacerbada racionalidad instrumental nos convenció de que en la política no hay nada en juego, que al final del día la lógica sistémica nos impulsa por la autopista del progreso, una autopista inalterada por las voluntades colectivas o los conflictos sociales.

Por último, se puede ver que la democracia se ha transformado en un asunto puramente técnico y burocratizado. La democracia liberal es un simple mecanismo diseñado para acumular votos, la racionalidad técnica de la democracia se ha desarrollado hasta tal punto que es un sistema completamente predecible. Todo lo que rodea el ejercicio político está calculado, las victorias y las derrotas están predeterminadas, las intervenciones cuidadosamente diseñadas y la participación electoral no es más que un producto manufacturado.

Aunque se habla mucho de polarización, de radicalismos y de irracionalidad, la verdad es que la democracia liberal carece de todo espíritu. Tal vez la violencia de algunos de los antagonismos políticos recientes no es más que el estertor de la democracia liberal.  A lo mejor, el radicalismo contemporáneo es el grito agónico de un mundo excesivamente racionalizado pero carente de espíritu, de ese mundo lleno de “especialistas sin espíritu y gozadores sin corazón”, de esa democracia plagada de políticos profesionales, de esa política carente de personas, aspiraciones y posibilidades de cambio.

  1. Max Weber, La ciencia como vocación.