Edgar Ricardo Naranjo

* Edgar Ricardo Naranjo

Maestrante del programa de Antropología Social en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) estado de Chiapas, México. Politólogo de la Universidad del Rosario. Ha trabajado como asistente de investigación en el marco del proyecto “Escuela Intercultural de Diplomacia Indígena” en el que participó como tallerista en la ciudad de Valledupar y las comunidades de Besotes y Guatapurí en la Sierra Nevada de Santa Marta. También posee conocimientos de los siguientes temas: Movimiento obrero y movimiento indígena en Colombia, Derechos Humanos, Conflicto armado, Desplazamiento forzado, Movilización legal y litigio estratégico. A su vez ha utilizado las herramientas teóricas del análisis del discurso propuesto por Ernesto Laclau para comprender los campos discursivos de los movimientos sociales. Actualmente se encuentra trabajando aspectos relacionados con la ocupación y el despojo de territorios indígenas.

Las vicisitudes de la paz y los tiempos que se le imponen a este proceso, reflejan, sin lugar a duda, el grado de manipulación discursiva que se transforma periódicamente en tanto cambia la coyuntura política. En estos momentos nos enfrentamos a la feria del absurdo, es decir, a la tragicomedia electoral en donde cada candidato expone con astucia su propuesta, su producto elaborado, listo y fresco para el consumidor ávido de contenido mediático y esperanzas de un falso cambio. Entre el discurso, arenga y promesa se debaten temas de la actualidad nacional, ¿cómo no traer a este menú el tan elocuente tema de la paz? En cada debate emerge la discusión del proceso de paz y su implementación, en función de esto y para tener mayor contenido se amplifican los debates sobre la temática en escenarios públicos, universitarios e institucionales, dándole así un mayor cúmulo de posibilidades argumentativas a los personajes que buscan con tesón la presidencia del país del sagrado corazón de Jesús.

Si bien el discurso de la paz se volvió comercial, sexi, atractivo, en épocas de elecciones las circunstancias nos llevan a estar atentos a cualquier tipo de juicio de valor disfrazado de análisis frente a este fenómeno sociopolítico. En este sentido, y sin buscarlo, fui invitado por teléfono, correo electrónico y mensaje de texto al foro “El senado de las causas sociales y la Reconciliación”, evento organizado por el Congreso de la República y la Casa Editorial el Tiempo (CET), el cual tendría lugar en la ciudad de Quibdó, Chocó. Debido al nivel de la convocatoria y la insistencia promovida para asistir, guardaba algunas expectativas en razón de lo que se debatiría en este espacio. Al ingresar al auditorio observé con atención el panel de discusión con una escenografía similar a la de los noticieros, al fondo del escenario dos pantallas gigantes que trasmitirían la discusión en vivo, en la parte del frente se ubicaba el atril y a su lado permanecían cuatro sillas de aspecto confortable y moderno. La música electrónica que antecedía el inicio del evento le daba un ambiente de desfile de modas, esto tenía más sentido cuando los(as) presentadores(as) del evento caminaban por la alfombra roja ubicada en el centro del auditorio.

Mi ansiedad comenzó a aflorar ya que nos habían citado a las ocho de la mañana y a las nueve no había iniciado el show. De repente se escucharon los ritmos tradicionales de la chirimía chocoana, los cuales nos fueron confundiendo la desesperación de estar esperando; cuando sonó la última nota escuché los saludos efusivos del  presidente del Senado de la República Efraín Cepeda Sarabia, quien parecía estar en campaña política saludando con efusividad y talante al público que estaba esperando, después de desfilar por la alfombra roja subió al atrio, presentó un video institucional y dio por iniciada la sesión. Mi vecino, mi compañero de fila indignado y asombrado expresó: “ y a estos señores qué les pasa, se saltaron el himno de Colombia y el del Chocó”. Al parecer esto no se había incluido en el orden del día y el honorable senador comenzó a hablar, presentó un panorama general de la ley de victimas (1448), cuya temporalidad podría poner en riesgo el avance de la reparación integral de las víctimas, razón por la cual exaltó las gestiones llevadas en el Congreso de la República para extender el plazo dándole así una cuña a su labor y a la de sus colegas que, en este caso, por obligación y no por condescendencia, deberían haber estado trabajando en esto, incidiendo de manera categórica en la prolongación de una norma que está por expirar precisamente cuando se comienza a implementar el acuerdo de paz.

Posteriormente su intervención se centró en las cifras que demuestran el abandono del departamento del Chocó, entre estadística y problemática, el audaz senador del partido conservador iba creando un ambiente de expectativa en el público lanzando promesas y compromisos dirigidos a presionar al gobierno nacional para que este comenzara a destinarle recursos a la región, a la que él ubicaba como la más pobre del país. Como si se encontrara en campaña, la solemnidad de sus palabras le daban una apropiación sentimental, cualquier incauto pensaría que llevaba al Chocó en su corazón. Sin embargo, el legislador tan solo se encontraba leyendo un discurso, texto en el que se perdió varias veces, una de ellas cuando pronunció sin acento el nombre del municipio de  Nóvita y en el momento en el que no identificó a unos de los pueblos indígenas más representativos de la región, en forma de pregunta como si no hubiera leído bien dijo “ ¿ los Chami?, ah ya, los Chamí”, luego nuevamente  preguntó  “¿de Andagueda?”. Déjenos recodarle senador que el territorio del Alto Andagueda se encuentra ubicado en el municipio de Bagadó y los Chamí fueron unos de los pueblos que más han sufrido la violencia armada. Qué manera de comprometerse con el Chocó, su discurso denota un particular grado de desconocimiento de los territorios y poblaciones, algo típico de esta verborrea politiquera que tanto ha retumbado en la historia de Colombia.

Pasando la hoja del sentimentalismo por las(os) chocoanas(os), el distinguido senador se fue enfrascando en la almendra del evento, el asunto de la reconciliación, y siguiendo la lógica del concepto, de manera categórica expresó: “en el congreso le cerramos las puertas a las FARC, ya que las curules de las víctimas estaban siendo pretendidas por los excombatientes”, qué forma más incluyente de empezar con un evento en donde se pretende hablar de paz. Después de unos cincuenta minutos, tuvimos que esperar la intervención del asesor de paz de la gobernación del Chocó, Modesto Serna, quien puso un alto en el camino y le pidió al senador que no confundiera a la gente; desde esta perspectiva una cosa habían sido las curules asignadas al partido político de las FARC y otra muy distinta las que deberían ser otorgadas a las víctimas del conflicto armado, exigiéndole claridad Modesto le pidió respeto por las víctimas del Chocó.

Aunque no pude quedarme a escuchar a las(os) panelistas, estos sucesos hicieron eco en mi sentir y me dieron una visión general de la problemática que posiciona el desafío de la reconciliación: superar la polarización política provocada por visiones ideológicas sustentadas en supuestos anquilosados en una historia que no logra superar la guerra fría. A veintinueve años de la caída del muro de Berlín, en Colombia se sigue planteando el antagonismo entre la derecha y la izquierda, ambivalencia discontinua que no permite hacer una lectura más integral de la nación, desvirtuándose así los otros matices y perspectivas que se tienen de la guerra y de la paz.

El complejo camino de la reconciliación tiene que concurrir por los senderos de discursos envenenados, malfundados que, de manera contradictoria, se proclaman en  escenarios en donde se debería intentar poner en práctica el ejercicio del diálogo y la construcción de paz, pero que en la actualidad se prestan para acusar reiterativamente a los victimarios, desinformando a la población y revicitimizando a las  víctimas. Esto sumado a la dificultad de la implementación del acuerdo de paz en las regiones más distantes del país, en donde el control territorial por parte de los grupos armados ilegales y los grupos económicos regionales, ni siquiera deja territorializar la iniciativa de la paz local, comunitaria y regional.

Para la muestra un botón: a veinte meses de la firma del acuerdo de paz, en el departamento del Chocó todavía no se ha incluido la discusión referida a lo étnico, se presentan sendos análisis sobre la distribución de la tierra y las reformas que plantea el acuerdo pero no se definen los alcances de estas transformaciones al interior de los Consejos Comunitarios de las comunidades negras y los Resguardos indígenas. En este sentido, ¿cómo podemos hablar de reconciliación si no se reconoce la interculturalidad y se aceptan las fallas estructurales del Estado colombiano en el departamento?

La implementación del acuerdo de paz en el Chocó se ha visto directamente afectado por las dinámicas políticas y económicas que a lo largo de la historia han aislado el departamento. En este sentido, la problemática más allá de ser un fenómeno coyuntural, responde a una serie de aristas del orden estructural. En primer lugar, el abandono estatal y la política pública que proviene de las instituciones no ha logrado potenciar un enfoque diferencial real en un departamento mayoritariamente étnico, diversificando de este modo una visión pesimista de parte de la sociedad chocoana sobre la función de las entidades del Estado colombiano. En segundo lugar, este mismo distanciamiento institucional ha incidido en que grupos familiares, empresariales y armados ejerzan su poder político en la región, controlando los espacios y explotando los recursos minero-energéticos; en tercer lugar, estos fenómenos han posibilitado la incursión de actores armados ilegales que, beneficiándose del abandono institucional, han consolidado su control, dinamizando de este modo una cultura de la guerra y del miedo.

Teniendo en cuenta este panorama, es importante  resaltar que uno de los avances más significativos de la implementación de los acuerdos de paz en el Chocó se relaciona con el cese al fuego de las FARC-EP, actor armado que hacía presencia en todo el territorio. Sin embargo, existe una proliferación de acciones armadas perpetradas por otros grupos que alteran la tranquilidad que posiblemente el cese al fuego podría consolidar. Asimismo, los mecanismos de seguridad para los excombatientes y líderes sociales no han sido eficientes, ya que, a lo largo del proceso de implementación, se han reconocido casos de asesinatos selectivos, más precisamente en el municipio de Riousucio en donde hace presencia el Clan del Golfo y en donde los conflictos por la tierra proliferan.

En este marco, la dinámica de la reconciliación debe llegar a desprenderse de las retóricas monocíclicas construidas desde visiones ideológicas, institucionales y económicas. ¿Por qué no darle poder a las visiones otras de las comunidades, organizaciones y movimientos sociales, quienes deberían ser incluidas en los mecanismos de verificación para aportar desde sus localidades y cosmovisiones elementos diferenciales para la implementación del acuerdo en cada región? Asimismo, los procesos de comunicación y socialización de lo implementado deben comenzar a generar lazos de confianza entre la población y la institucionalidad, por esto es importante fortalecer y potencializar las redes de articulación organizativa cuyas dinámicas participativas e incluyentes deben generar un alto nivel de apropiación en este camino que necesita abrir nuevas trochas, generar múltiples visiones y encausar horizontes multidiversos.