Sebastián Urdaneta

* Sebastián Urdaneta

Magíster en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de la Plata (Argentina) y abogado de la Universidad Nacional de Colombia. Entre mis temas de trabajo se encuentran la justicia comunitaria, la administración de justicia, el conflicto armado, el pluralismo jurídico y la educación legal. La Escuela de Justicia Comunitaria de la Universidad Nacional ha sido la institución en la que he desarrollado la mayoría de mis investigaciones

Últimamente he pensado que Dios no hace nada para cambiar al mundo porque es un intelectual y no un obrero. Me lo imagino, aunque asumo que Dios no es imaginable, meditando en un espacio luminoso mientras hace lo posible para no usar el cuerpo, aunque asumo que Dios no tiene cuerpo. De alguna manera, la evolución del trabajo a través de la historia me hace pensar que estamos en una carrera por alejarnos del esfuerzo físico, relegándoselo, a su vez, a un grupo que solapadamente consideramos de menor estatura. La pereza, pensaría el Dios que me imagino, más que un pecado es un privilegio.

Por eso, todos los intelectuales del mundo, incluyendo a Dios, podrían dejar de trabajar una semana y no creo que pasaría mayor cosa. En cambio, habría que pensar en un día en el que todos los oficios del mundo se detuvieran para poder figurar el caos: pueblos, ciudades y naciones paralizadas.  El motor de la sociedades -paradójicamente escribo-, está tan lejos de la meditación como cerca del trabajo práctico.

Realmente paradójico es que entre más monumental sea el quehacer, más míseramente recompensado. Pienso, por ejemplo, en el oficio inclemente por antonomasia, el de hacer trasteos. El cotero, Sísifo contemporáneo, se vuelve un experto a fuerza de repetición. Subir la roca ajena escaleras arriba, sólo para recomenzar al día siguiente pero hasta un piso más alto, con unas escaleras más empinadas. Labor parecida a la del ruso, constructor de edificios a los que no podrá acercarse una vez terminados. Los oficios de la fuerza encierran el absurdo de tener que agotar el cuerpo propio para el descanso del cuerpo ajeno.

Cercanas a las de la fuerza están las labores desenfrenadas: la venta ambulante y sus mil rostros por día, los conductores de busetas y taxis que no saben lo que quieren pero lo quieren ya, el asistente de busetero en donde se paga 70 al día más robo. No podría decir más. Ni los servidores públicos, especialistas en empujar la inmensa piedra de la burocracia, pueden imaginar tal agotamiento.

En la otra mano están los oficios de la paciencia. Me parece que la calma del viejo que vende helados en los parques no la tiene un Buda. También el lotero, comerciando la suerte que a él mismo le es huidiza. O la vendedora del maíz, tan rodeada de palomas pero tan íngrima, tan sola con sus circunstancias.

Pese a lo que algunos puedan pensar, también se encuentran en este grupo los que dedican sus días a pedir limosna. El desechable, el loco, el ñero, el chirri, el cínico, el discípulo contemporáneo de Diógenes. El trabajador improductivo por naturaleza. ¿Su estrategia de mercadeo? Una capa de mugre impermeable a la indiferencia, el miedo o el asco.  En general, me parece que la sociedad ha delegado a los viejos los oficios de la paciencia.

Luego están los oficios típicamente femeninos. Antes sirvientas, ahora la señora que me colabora con el cuidado del hogar. Un cambio en el significante pero no en el significado. Ellas seguirán estando destinadas a servir, a cuidar, a reproducir la fuerza de trabajo. Las señoras del aseo, olvidadas de sí mismas y tan lejanas al oficio de ser reina o de ser fenómeno de circo o del mismo modo en el sentido contrario.

Compartiendo la condición de no tener más herramienta que el cuerpo ni otra fuerza que la del trabajo, están las prostitutas. ¿Esclavas del mercado miserable o revolucionarias del deseo? Imposible de figurar para un hombre.

En perspectiva histórica se puede pensar en los oficios que desaparecen: los lecheros, los carteros, los ascensoristas. Y los que desaparecerán: el panadero, el tendero y, en el más trágico de los futuros, el campesino. En las labores del campo prefiero callarme porque todo me es místico, recóndito. Los trabajos del campo, por su rudeza o a pesar de ella, tienen una dignidad que los hace inclasificables.

Pero de todos los oficios imaginables, el que más me impresiona es el del hombre de la basura. Tal vez por el desmesurado contraste entre un trabajo infinito y la recompensa infame, tal vez por tener que ir tras lo que otros desechan.  Es la metáfora de todo lo que somos.

Ahora pienso que los oficios infames encierran el absurdo de hacer sufrir el tiempo propio para que otros disfruten el suyo, entonces encuentro sensatez en pensar que toda revolución verdadera debería contemplar una nueva repartición en el uso del tiempo.

Mientras tanto, adiós basura, adiós.

Adiós existencia, adiós.