Mauricio Rivera

* Mauricio Rivera

Periodista, escritor, realizador de video y fotografo. Doctor en Comunicación y Periodismo de la Universidad de RMIT de Melbourne, Australia; Magíster en Comunicación Profesional con especialización en Escritura Profesional de la Universidad de Deakin de Melbourne, Australia; Comunicador Social y Periodista de la Universidad de La Sabana de Bogotá, Colombia. Actualmente dicta la clase: El Periodismo como 'arma democrática' en la era digital de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Otras muestras de su trabajo pueden verse en los blogs: http://elmr2.wordpress.com/ (español) y http://mr2blog.com/ (inglés)

El físico ítalo-americano Enrico Fermi, inventor del primer reactor nuclear, es conocido como el ‘arquitecto’ de la era nuclear. En la actualidad, su nombre ha resurgido dentro de lo que se conoce como la Paradoja de Fermi. Esta paradoja cuestiona algo que, a comienzos de la era de exploración espacial, era lo más cercano a una certeza matemática: si el universo es extraordinariamente grande, y si todo el universo está hecho de la misma variedad de elementos que se encuentran en el rincón del espacio en el que la Tierra está ubicado, entonces la vida biológica debería ser un fenómeno común a lo largo del universo. Sin embargo, a pesar de los avances tecnológicos que han permitido observar algunas de las formaciones estelares más antiguas e incluso detectar la radiación producida por el Big Bang, aún no hemos hallado ningún rastro de vida (mucho menos inteligencia) más allá de nuestro pequeño planeta azul.

Dentro de cualquier medida geológica, el periodo en el que los homo-sapiens hemos existido es virtualmente insignificante. Aun así, los efectos causados por nuestra especie han llevado a que un número creciente de arqueólogos, geólogos y antropólogos hayan bautizado la era actual como El Antropoceno. Cada vez es más claro que los humanos somos el agente de un nuevo cambio geológico. Dichos cambios están definidos por la extinción de un gran número de especies. ¿Qué tan grande? ¿Cuántas especies sobrevivirán al paso del homo-sapiens? ¿Estaremos nosotros, los humanos, dentro de esta lista? ¿Sobreviviremos a nuestro propio evento de extinción masiva? Durante la mayoría del tiempo que los humanos hemos habitado la Tierra, compartimos el planeta con otros simios de grandes cerebros. A pesar de que no existe consenso científico (y probablemente nunca lo haya) respecto a las causas de la extinción de estos homínidos, creo que la respuesta es clara. ¿Qué le paso a los demás simios inteligentes? El homo-sapiens: eso les pasó.

Científicos y futurólogos tratando de comprender la Paradoja de Fermi, proponen la idea de una ‘Gran Barrera’ (o barreras) que previene(n) el surgimiento de una inteligencia interplanetaria: una civilización de magnitud galáctica. Entonces, la supervivencia de nuestra especie puede depender de si esta barrera se encuentra detrás o en frente de nosotros. Quizás se encuentre en la aparición de la vida biológica. Tal vez está en la evolución de bacterias en organismos multicelulares. Por razones prácticas, y desde el punto de vista de alguien que trabaja en las llamadas ‘ciencias sociales’, quisiera proponer que la ‘Gran Barrera’ de la especie humana se encuentra al final del orden nacional.

Para el escritor e intelectual británico H.G. Wells, que fue testigo de la que aún es considerada como la mayor crisis de la edad moderna, la respuesta era bastante obvia. Las naciones eran el mayor obstáculo para alcanzar esa utopía a la que llamó el Estado Mundial. Ya ha pasado más de un siglo desde el desencadenamiento de la gran crisis del Siglo XX. No obstante, las barreras nacionales que previnieron que las sociedades de dicho siglo evolucionaran en una civilización planetaria permanecen tan sólidas como cuando surgieron líderes políticos como Hitler y Stalin.

Como explica el sociólogo Miguel Ángel Centeno, a diferencia de las naciones Europeas, que formaron sus ideales nacionalistas, por un lado, sobre las riquezas que por siglos extrajeron de sus colonias y, por el otro, sobre una serie de guerras contra enemigos foráneos (las cuales, además de azuzar los sentimientos nacionalistas de toda la población, también representaron ciclos de bonanza económica), las naciones latinoamericanas se forjaron sobre el expolio que dejaron sus antiguos regidores, y sobre una serie de conflictos internos y guerras civiles que durante ya más de dos siglos han venido perpetuando un equilibrio de pobreza que se extiende a lo largo de toda la región.

Pensando en el caso colombiano, recuerdo cómo durante mi infancia, los personajes históricos más importantes (por llamarlos de algún modo) fueron Simón Bolívar y Cristóbal Colón. Esto se ve reflejado en refranes y adagios populares como aquel que dice que ‘Simón Bolívar nació en Caracas en un potrero lleno de vacas’. También lo refleja la segunda estrofa del himno nacional que clarifica (por si a algún despistado le quedaba duda) que nuestros ideales nacionalistas están basados en la ‘sangre de héroes’ que riega ‘la tierra de Colón’. Más allá del lugar de origen de estos personajes (el uno venezolano y el otro genovés), existen numerosos reparos que se pueden hacer sobre su legado como íconos primordiales del nacionalismo colombiano. Por ejemplo, en el caso de Bolívar, se puede mencionar su traición al Almirante Padilla y al impulso abolicionista en la región, descrita de manera magistral por Manuel Zapata Olivella en su gran obra Changó, el Gran Putas (ni hablar de las atrocidades cometidas por Colón en tierras americanas).

Más allá del punto de partida y de la situación actual que viven las diferentes naciones del mundo, y del hecho de que algunos nacionalismos estén basados en mitos y expresiones artísticas de origen milenario (como el Cantar de los Nibelungos que tanto emocionaba a la cúpula nazi) y otros en personajes pertenecientes a capítulos relativamente recientes de la historia (como son los próceres de la independencia latinoamericana), las noticias que hoy provienen tanto del norte como del sur (geográfica y simbólicamente hablando) no permiten avisar ningún síntoma del fin de la era de las naciones y el comienzo de una civilización planetaria (que hoy se antoja como una condición necesaria para sobrevivir a la crisis ambiental que seguramente ha de marcar el devenir del Siglo XXI). Mientras tanto, volviendo al caso colombiano, la realidad nacional obliga a que nuestros impulsos en futurología se reduzcan a tratar de adivinar cuál va ser la próxima obra de infraestructura que ha de colapsar o cuál va a ser la causa del primer regaño del Senador Uribe al Presidente Duque.