Jaime Rafael Nieto

* Jaime Rafael Nieto

Profesor titular e investigador del Departamento de Sociología de la Universidad de Antioquia; Magíster en Ciencia Política y Doctor en Pensamiento Político, Democracia y Ciudadanía. Miembro del Grupo de Investigación Cultura, Política y Desarrollo Social del CISH de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia. Autor y coautor de libros y artículos de revistas sobre temas como: resistencia; conflicto armado y paz; violencia, democracia y ciudadanía; teoría política. Entre sus publicaciones recientes se encuentran: Resistencia civil no armada. La voz y la fuga de las comunidades urbanas. Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia y Hombre Nuevo Editores. Medellín, 2013. Resistencia, capturas y fugas del poder. Desde Abajo. Bogotá. 2008. El pensamiento sociológico del siglo XIX y XX (en coautoría). Universidad del Zulia. 2010. “Resistencia civil no armada en Medellín. La voz y la fuga de las comunidades urbanas”, Revista Análisis Político, No. 67, septiembre-diciembre de 2009. IEPRI- Unal, Bogotá. “Resistir obedeciendo. Para una etnografía de la resistencia civil no armada en Medellín”, Revista Espacio Abierto, Cuaderno venezolano de Sociología, vol. 19 No. 2, abril-junio de 2010. “Resistencia social en Colombia: entre guerra y neoliberalismo”, Revista Osal, Año XII, No. 30, noviembre de 2011, CLACSO

Suele ocurrir con los movimientos de protesta social, a través de la historia, que comienzan por una pequeña escaramuza o algún brote espontáneo de inconformidad y se transforman rápidamente en una explosión social de tal envergadura que tensiona las fuerzas vivas de la sociedad; fue esto lo que ocurrió con el movimiento universitario de Córdoba (Argentina) en 1918. En efecto, aunque la Reforma Universitaria de Córdoba de 1918 fue mucho más que un movimiento de protesta social, inició por el descontento estudiantil debido a la clausura del internado en el Hospital de Clínicas, que más tarde se extiende a todo el sistema universitario1.

De súbito, las fuerzas sociales que antes llevaban una vida adormecida por el letargo de la rutina se sienten compelidas por ese efecto de bola de nieve, atrapadas y arrastradas por un movimiento embriagador de inconformidad generalizada. De Córdoba, la movilización estudiantil universitaria pasa a otras ciudades argentinas, a Santa Fe, a Buenos Aires, a la Plata, a Mendoza; y de Argentina pasa a otros países como Perú, Chile, Uruguay, Bolivia, Venezuela, Ecuador, México, incluso a Colombia. En menos de tres años, el movimiento universitario de Córdoba se transforma en un vigoroso movimiento continental universitario por la Reforma de la Universidad, que compromete al estudiantado de prácticamente todos los países de Sudamérica. Ni siquiera los países dominados por dictaduras sempiternas o invadidos por tropas norteamericanas, como El Salvador, Nicaragua, Haití o República Dominicana, escaparon a este efecto de contagio de inconformidad juvenil y social.

En muy corto tiempo, Córdoba mostraba al continente americano que no fue un pasajero brote juvenil (el acné de la adolescencia), sino un movimiento que llegó para quedarse y marcar un hito en su historia reciente, tal como lo anunciaron sus protagonistas desde las tempranas horas de su irrupción: “Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”. Y no se equivocaron. Ciertamente, no tumbaron gobiernos como suelen hacer las clásicas revoluciones, pero derribaron dogmas consagrados en la universidad y en la sociedad, y erigieron nuevos imaginarios en la cultura y la política latinoamericanas. “Los dolores que quedan son las libertades que faltan”, era (y es) la evocación de una América viva que no acaba aún de transitar la hora de la libertad, pese a las épicas batallas de independencia protagonizadas un siglo antes por los centauros juveniles de la mayoría de las naciones latinoamericanas.

La hora americana, a diferencia de la Europa humeante tras la carnicería juvenil de la llamada primera guerra mundial, revelaba en esto su originalidad: la juventud no está para hacer de carne de cañón de poderes y de potencias imperialistas, sino para liderar los destinos de sus pueblos. En sociedades de gobiernos autoritarios o de dictaduras patrimonialistas y clericales, hechas a imagen y según intereses de una oligarquía conservadora y pro-imperialista, que avanzan farragosamente hacia la modernización periférica pero atadas aún al mundo colonial y racista del pasado, los reclamos universitarios de democracia, justicia y libertades, retumban peligrosamente y amenazan el statu-quo tradicional.

Como todo movimiento histórico, el de la Reforma Universitaria de Córdoba no sólo desbordó el tiempo y los espacios originarios de su irrupción, también desbordó temas y problemas propios de la categoría social de sus creadores. Temas y problemas compartidos con la sociedad, que redefinen de manera rotunda la versión autista y autocrática de la vieja universidad, hasta ese momento concebida como mera “fábrica de títulos” y profesionalizante, para ponerla en función de las fuerzas vivas de la sociedad. Los clamores de democracia, justicia y libertades muy pronto trascendieron la esfera de la movilización juvenil universitaria, para prender entre los grupos y clases sociales explotadas, como el proletariado naciente y sectores de las clases medias, que los hacen verbo a través de acciones populares más amplias y vigorosas para oponerlas a las élites políticas y económicas dominantes. Por esta vía, el movimiento universitario progresivamente descubre y afirma la razón de ser de la universidad al tiempo que se descubre y se compromete con las sustancias vivas de la nación.

En esta capacidad para articularse y acompañar a los vastos sectores oprimidos de la nación, en esta afirmación de compromiso ético-político, el movimiento de la Reforma Universitaria da origen a una de las nuevas misiones de la universidad: la de la extensión universitaria, uno de los más álgidos reclamos de la juventud universitaria. Pero la universidad también se abre a estas fuerzas vivas, y hace posible que se inventen formas novedosas de inclusión a la vida universitaria de sectores sociales tradicionalmente excluidos, hasta el punto de crear universidades populares, como en los casos de Perú, Bolivia y Ecuador. Tiempo y espacios originarios desbordados. En cuanto a los espacios, conforme a lo dicho anteriormente, la universidad ya no se reduce al claustro universitario, ésta se extiende al amplio tejido social de la nación. Por primera vez, la inteligencia y la sociedad se articulan en una comunidad de intereses, fraterna y solidariamente, para formar el pueblo de la nación.

Tras un siglo de revolución anticolonial, en América Latina seguía perviviendo la colonia. Es en el campo de la cultura, la ideología y la educación en el que esta pervivencia es más ostensible y densa. El dogmatismo, el autoritarismo y el racismo, se convirtieron en los pilares centrales sobre los que se erigen actitudes y maneras hegemónicas de asumir el mundo terrenal y las relaciones con los otros, rasgos característicos de la matriz cultural hispano-católica propia de la colonia. Es en la universidad, hogar por excelencia de la ciencia y de la cultura, en donde estos pilares adquieren su más alto grado de expresión y de elaboración. Decía Víctor Raúl Haya de la Torre, que “no ha sido desacertado afirmar que las Universidades eran los virreinatos del espíritu vencido por el movimiento libertario de la juventud”. Contra el peso asfixiante de éstos y su expresión en la Universidad es que se erige buena parte del imaginario, del discurso y la movilización estudiantil contra-hegemónica de la Reforma Universitaria, primero en Córdoba, luego en Argentina y rápidamente en toda América, como se ha dicho. Se trató del anuncio de una vigorosa revolución cultural anticolonial y por la modernidad. Un horizonte azaroso, pero futurista. Una revolución cultural contra el dogmatismo y el espíritu clerical de la enseñanza, reducida simplemente a la repetición de fórmulas hechas en y para otras sociedades; una enseñanza doctrinaria, libresca y repetitiva, sin la más mínima posibilidad de despertar la curiosidad y el espíritu crítico de sus estudiantes; una enseñanza dirigida a producir profesionales y no a formar seres pensantes, con espíritu y capacidad para orientarlos hacia la producción y difusión de  conocimientos, con capacidad e iniciativa para pensar la realidad en la que están sumergidas sus poblaciones y comprometerse con ellas.

Este nuevo espíritu de época que se anuncia, anticolonial y moderno, se opone correlativamente a los actores y personajes que representan a todo aquello que critica y cuestiona; en primer lugar, al profesor universitario, personaje rutinario, dogmático, autoritario, perezoso y burocrático, quien ocupa, además, el lugar central de la vida universitaria. Al respecto, dice el Manifiesto de Córdoba de 1918 sin ambages: “Nuestro régimen universitario -aún el más reciente- es anacrónico. Está fundado sobre una especie de derecho divino: el derecho divino del profesorado universitario”; profesorado divino y autoritario frente al cual el Manifiesto declara: “La autoridad, en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: enseñando” (subrayado en el texto). En lugar de este profesorado, la Reforma Universitaria reivindica la centralidad del estudiante en lo que éste representa como potencia crítico-académica y como sujeto político en la universidad: “Ante los jóvenes no se hace méritos adulando o comprando. Hay que dejar que ellos mismos elijan sus maestros y directores, seguros de que el acierto ha de coronar sus determinaciones. En adelante, sólo podrán ser maestros en la futura república universitaria los verdaderos constructores de alma, los creadores de verdad, de belleza y de bien”.

Este es, sin duda, uno de los rasgos característico de la Reforma Universitaria cuya resonancia trasciende el tiempo histórico de su irrupción y toma forma en los nuevos y variados momentos de la lucha y la controversia universitarias en América Latina durante el transcurso del siglo XX. Rasgo característico cuyas posibilidades de realización aún hoy no concluye, ya que la universidad y la vida universitaria contemporáneas deben afrontar nuevos dogmatismos, como, por ejemplo, el cientificismo propio del discurso positivista y el eurocentrismo que invita cada vez más ostensiblemente a la copia y la imitación, preponderantes en buena parte de los saberes que se imparten hoy en día en la universidad y que configuran en alta proporción las prácticas académicas universitarias. Quizás no resulte exagerado decir que sin esta enorme ventana abierta por la Reforma Universitaria de 1918, no hubiera sido posible la irrupción de nuevas epístemes y saberes o formas de conocimientos otros que conforman las llamadas epistemologías críticas latinoamericanas, opuestas a esos dogmatismos que en nombre de la modernidad matricial eurocéntrica invitan a la repetición de experiencias y saberes ajenos a nuestra propia realidad y experiencia histórica. Córdoba de 1918 está vivo en el “diálogo de saberes” de Paulo Freire, en la “investigación acción participativa” de Orlando Fals Borda, en la “filosofía de la liberación” y la “transmodernidad” de Enrique Dussel, en el “pensamiento decolonial” de Arturo Escobar y Santiago Castro Gómez, en las “epistemologías del sur” y la “ecología de saberes” de Boaventura de Sousa Santos y en las diferentes versiones del marxismo crítico latinoamericano.

No puede existir pensamiento crítico sin sujetos críticos, y esto fueron los estudiantes que protagonizaron la Reforma Universitaria de 1918. Pero más aún, no puede existir pensamiento crítico sin condiciones de posibilidad para su desarrollo. La crítica, la pregunta renovadora y el cultivo de la curiosidad intelectual, propios del espíritu científico y de la investigación académica, sólo pueden ser posibles en un contexto y en un ambiente pluralista, tolerante y democrático. Es por esto que los estudiantes de 1918 comprendieron la urgencia y la conveniencia de remover hasta el último bastión institucional en el que se parapetaban el dogmatismo y el autoritarismo de la vieja universidad. Pieza clave de este viejo entramado o “Régimen universitario”, como lo llamaron los estudiantes de Córdoba, además de la omnisciente y omnipotente figura del profesorado universitario, es el que tiene que ver con el gobierno de la universidad. Es este el segundo tópico al que se oponen y cuestionan los estudiantes de Córdoba, a las estructuras de gobierno de esa universidad anquilosada, conservadurista y antidemocrática, que hacen posible el encierro asfixiante e inerte, propios de toda cárcel del pensamiento.

De ahí que el asunto del gobierno universitario se constituyera en uno de los blancos centrales de la Reforma. Al respecto la declaración del Manifiesto no puede ser más clara y contundente: “La Federación Universitaria de Córdoba se alza para luchar contra este régimen y entiende que en ello le va la vida. Reclama un gobierno estrictamente democrático y sostiene que el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes” (subrayado en el texto). Por primera vez, la democracia se convierte en uno de los principios axiales de la universidad. Para los estudiantes de Córdoba, sólo bajo un gobierno universitario democrático, en el que tuvieran representación los estudiantes, era posible el ejercicio de la ciencia, libre de ataduras dogmáticas, clericales y autoritarias; sólo en un ambiente democrático sería posible una enseñanza humanística, el ejercicio del pensamiento crítico y la libertad de cátedra: “La juventud ya no pide. Exige que se le reconozca el derecho a exteriorizar ese pensamiento propio en los cuerpos universitarios por medio de sus representantes”.

En este eje vertebral de la universidad, hay que decir que durante el siglo XX universitario pese a que hubo avances, también hubo retrocesos. La resonancia de la democracia universitaria se actualiza con el “mayo francés” latinoamericano, en el que de nuevo los estudiantes toman la iniciativa en la crítica y la inconformidad social; esta rebeldía juvenil de finales de los años sesenta y comienzos de los setenta del siglo pasado, que desborda el campus universitario, pasa por reclamos de autonomía universitaria y por el ejercicio de la democracia en el gobierno de la Universidad. Y aunque hubo conquistas parciales y momentáneas como la del co-gobierno en muchas universidades colombianas y de otros países latinoamericanos durante los años setenta, la democracia sigue siendo un reclamo fundamental y vigoroso de los universitarios. La democracia permanece como un ideal y una asignatura pendiente en la Universidad. En 2011, el movimiento estudiantil colombiano liderado por la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) la actualiza.

Córdoba de 1918 enseñó que la ciencia no es democrática ni antidemocrática, pero que sin democracia ella no es posible. Desde entonces se ha aprendido que donde se dice ciencia, cultura y pensamiento crítico, se dice también democracia. Por eso, como el fantasma del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, aunque la democracia no se haya realizado, sigue siendo el fantasma que habita y recorre los campus universitarios y sus meandros. Y espanta.

Acerca de la Reforma Universitaria se han hecho balances y valoraciones generales, la mayor parte de ellas en sentido positivo, que comparto. Desde muy temprano, por ejemplo, Aníbal Ponce, el gran maestro argentino, decía que 1918 es, para América Latina, el aniversario de las revoluciones; José Ingenieros, filósofo social crítico de la misma nacionalidad que Ponce, no vaciló en caracterizarla como un acontecimiento histórico de magnitud continental. Por último, para el emblemático líder peruano del APRA, Víctor Raúl Haya de La Torre, a quien ya hemos citado, la Reforma Universitaria es esencial y legítimamente liberal, valoración que también comparto. Sin embargo, lo que olvidó decir, es que desde muy temprano este liberalismo latinoamericano se conservadurizó y por lo mismo fue y es incapaz de realizar sus promesas. A cien años de su irrupción, la Reforma Universitaria de Córdoba nos aparece como historia y como proyecto, como monumento y como verbo.

  1. Todas las referencias bibliográficas, declaraciones, documentos, ensayos y cronologías citadas en este ensayo, corresponden a:  Dardo Cuneo (compilador). La Reforma Universitaria (1918-1930). Biblioteca Ayacucho. Carcas, Venezuela (sf).