Christian Fajardo

* Christian Fajardo

Doctor en Filosofía de la Universidad de los Andes. Magíster en Filosofía de la misma Universidad y politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor asistente del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana. Sus intereses giran alrededor de la filosofía política contemporánea y de las tensiones entre sociología y filosofía.

Los jóvenes encargados de las video-columnas La pulla, expertos en hacer collages con retazos informativos, aseveran que Gustavo Petro no merece ser el presidente de Colombia1. La razón de este presunto llamado a la cordura, desde una supuesta política de lo correcto que llama a la sensatez, se resume fácilmente: Petro es un mal gerente porque no cumplió lo que se propuso en su alcaldía; puso, además, de manifiesto su incapacidad de trabajar en equipo debido a su despotismo, soberbia y egolatría; según estos jóvenes, Petro se calló frente a la situación de Venezuela y la violación de derechos humanos llevada sistemáticamente a cabo por, a juicio de la Pulla, uno de los políticos más ineptos e incapaces de la región: Maduro. Estos hechos, para estos jóvenes, son suficientes para despreciar a Petro. Sin embargo, desde mi apreciación, este grupo de opinadores, cuya cabeza es la comunicadora Maria Paulina Baena, confunden despotismo con política. Esta confusión, por paradójico que pueda sonar, hace caer a su periodismo en un verdadero despotismo, ya que, desde mi punto de vista, el despotismo es una forma de interpretar el mundo que busca hacer inexistente a la política.

Pero, ¿cómo es que unos inocentes opinadores son los verdaderos déspotas y no un político que toma decisiones, hace alianzas no debidas e incumple sus promesas?

La razón del despotismo de estos opinadores es exactamente la misma razón del despotismo de Claudia López y Sergio Fajardo, es decir, un despotismo de personas sensatas que hacen un llamado a una política sin polarización, una política de los buenos modos que permitiría realizar una política sin violencias, sin populismos, sin promesas incumplidas y sin tomas de postura de mundo, es decir, el sueño de una política sin política. Esta postura pone en evidencia la secuela de un pensamiento, por cierto, ya arcaico, y a la vez, demasiado contemporáneo: me refiero al sueño de Platón de una presunta sociedad sin “despotismo”, una sociedad sin violencia. En ella cada quien hace lo que le corresponde: los sofistas, al abandonar las plazas públicas, se hacen cargo de labores manuales, dándoles paso a los más sensatos: los antiguos filósofos que se han transformado en los días de hoy en los llamados expertos de la política, analistas y gerentes de lo político que hablan desde la tolda de los argumentos y no de las opiniones enardecidas.

Viendo las cosas así, se me ocurre preguntar ¿realmente el despotismo se produce cuando se enfrentan interpretaciones de mundo y no cuando unos opinadores y políticos quieren mostrar que la política es sinónimo de orden, quietud y de promesas milimétricamente calculadas?

Haciendo eco a una afirmación de Derrida, creo que allí donde una toma de postura se da a conocer como la más neutral, se produce una violencia mucho peor de la que nos aterramos cuando vemos un “acto violento”. La razón de esto es fácil de explicar con el caso de la misma Pulla: Petro es legítimamente y, por lo tanto, no-violentamente tratado de déspota porque sus decisiones, durante su alcaldía, no coincidieron con el resultado de lo que él mismo esperaba. Preciémoslo. Para la Pulla Petro es un déspota porque no logró prever que su decisión acerca del esquema de recolección de basuras en Bogotá iba a generar una crisis de tres días, es un ególatra porque no logró controlar las diferencias con sus propios asesores y es un cínico porque no construyó los colegios que dijo que iba a construir. Los jóvenes de la Pulla creen que una toma de postura que no comparten, una promesa no cumplida o un conjunto de acontecimientos inesperados es despotismo. Sin embargo, el hecho de no tener en cuenta que esto se llama política los hace caer en un verdadero despotismo que es negar el carácter político de la acción humana.

La Pulla olvida –lo digo con la firme convicción porque muchos de ellos tuvieron que haber leído en algún momento de sus carreras profesionales a Max Weber- que hay “un hecho fundamental de la historia: el resultado final de la actividad política responde muy raramente a la intención primitiva del actor. Se podría afirmar que por regla general nunca responde a tal intención y que, con mucha frecuencia, la relación entre el resultado final y la intención original es simplemente paradojal. Pero esta constatación no puede servir de pretexto para negarse a servir a una causa, pues la acción perdería entonces toda consistencia interna2. Estas palabras no son una oda a la corrupción, ni tampoco un llamado a una política del relativismo. Estas palabras ilustran, más bien, la paradoja de la acción política –o incluso de la acción humana en general. Nosotros, al vivir entre muchos y, al mismo tiempo, al habitar un mundo histórico, estamos inmersos no solo en la certidumbre sino también en la incertidumbre o ¿alguien puede asegurar que su vida ha seguido el plan racionalmente pensado al pie de la letra?

Tenemos así que el despotismo de La Pulla consiste en mostrar que un mundo es plausible y no-violento cuando el conflicto transcurre transparentemente a través de argumentos razonados, es decir, cuando nuestras palabras ayudan a esclarecer un único mundo y, asimismo, cuando contribuyen a constatar que hay imbéciles y tramposos que no logran cumplir lo que prometieron. Pero es implausible y violento cuando el conflicto transcurre cuando se enfrentan valores y formas de interpretar el mundo de diversas formas, no dejando, a su vez, prever el resultado de las acciones de los actores.

Con esto simplemente quiero decir que el despotismo cruel y auténtico se produce cuando se cree que podemos librarnos de la violencia que surge del enfrentamiento de visiones de mundo, cuando se cree que podemos librarnos de la contingencia de nuestra vida en sociedad o cuando creemos que un político es aquél que administra el Estado como si fuese una empresa. Déspota es aquel o aquella que dice que Petro no merece ser presidente porque es un mal gerente y porque no logró controlar la historia como si un político fuese una entidad todopoderosa que está por fuera de la historia y pudiese transformar a su antojo la realidad.

Petro es una persona con vocación política no porque sea todopoderoso, sino porque interpela a una sociedad poniendo en colisión múltiples mundos en uno solo. Sin duda esto genera cambios y contingencias – acontecimientos inesperados-, pero esto no nos puede frustrar e incitar a conformarnos con una colcha de retazos de periódicos y de programas de radio sin otro objetivo que mostrar que un mal político es aquel que produce conflicto político y que uno bueno es quien logra convertir la política en una “gerencia de lo público”. Contrario a esto, pienso que Petro es el único candidato que tiene como objetivo la politización del mundo. Este objetivo no es de poca monta pues, desde mi punto de vista, la política es una forma de acción humana que se enfrenta a cualquier despotismo. La política de Gustavo Petro se enfrenta tanto al despotismo guerrerista de Uribe y Duque, como al despotismo de los representantes de lo políticamente correcto: Fajardo y López.

  1. Me refiero al video publicado el 17 de mayo. Titulado “Gustavo Petro no merece ser presidente. https://www.youtube.com/watch?v=szbjBDWeALQ
  2. Weber, M. (2009) “La política como profesión” En: El sabio y la política. Córdoba: Universidad Nacional de Córdoba. P. 147.