Alejandro Robayo Corredor

* Alejandro Robayo Corredor

Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Estudiante de la Maestría en Estudios Políticos del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia. Integrante de la Mesa de Cerros Orientales de Bogotá. Interesado especialmente en los movimientos sociales, el papel de las emociones en la política, las teorías feministas y de género, la construcción de memoria histórica y las luchas por lo común.

Bien dicen por ahí que la política es dinámica. Este es un eufemismo con el que se explican momentos en los cuales viejos contradictores políticos se alían en coyunturas específicas, principalmente electorales. La unión de la dirigencia del Partido Liberal, encabezada por César Gaviria, a la campaña de Iván Duque, o la de la ‘amistad’ de Santos y Chávez en los primeros años de gobierno del actual mandatario colombiano, serían un ejemplo perfecto de este tipo de situaciones. Lo que aparentemente parece contradictorio, algunas veces puede estar motivado por evaluaciones de grupos políticos que, en algunas coyunturas, consideran que sus valores básicos están amenazados o pueden estarlo (por ejemplo, cuando gran parte de la izquierda votó por Santos en la segunda vuelta de 2014 para asegurar que se pactara un acuerdo de paz con las FARC-EP). Claro, en otras ocasiones lo que prima es el cálculo de cuál árbol da más sombra (y puestos). Luego de la primera vuelta presidencial hemos podido apreciar movimientos inspirados por ambos razonamientos. Sin embargo, más allá del corto plazo de estas dos semanas, en este artículo quisiera realizar un análisis del reacomodamiento de la política partidista en estos últimos años para señalar que hemos asistido a una verdadera reconfiguración de las fuerzas políticas y que, debido a esto y a pesar de la posibilidad del regreso de los tiempos tristes, el campo político se ha movido sustancialmente y las posibilidades de cambio empiezan a construir un camino más sólido, como nunca antes en las últimas décadas.

En primer lugar, preguntémonos por las causas de este cambio. La principal es, sin duda alguna, el proceso de paz con las FARC-EP. Allí, el campo de lo político, otrora dividido entre uribistas y antiuribistas, cambió sus polos de oposición entre quienes estaban de acuerdo con una salida negociada al conflicto armado y quienes no.  La división más fuerte se dio entre las mismas élites y sus expresiones partidistas, que históricamente han tenido más caudal electoral que las opciones progresistas. Luego del plebiscito del 2 de octubre y de las modificaciones introducidas al Acuerdo de Paz, quizás por cansancio ante un proceso tan tortuoso y polarizante, las cosas cambiaron sustancialmente. La paz dejó de ser una preocupación central del electorado y la mayoría de los partidos se dieron cuenta de eso. Esa es una de las causas por las cuales buena parte del Congreso, sin ninguna vergüenza, le hizo el quite a tramitar la implementación del Acuerdo. De ahí también la estruendosa derrota de Humberto de la Calle el 27 de mayo. Incluso, podría decirse que uno de los grandes aciertos de Petro fue no hacer de la paz y la implementación de los acuerdos el eje sobre el cual girara toda su campaña.

Los escándalos de corrupción concentraron la atención del país por algunos meses y sectores como el de la Coalición Colombia supieron leer que no se trataba sólo de hechos coyunturales que se olvidarían al siguiente día, sino que se estaba produciendo una ruptura en la legitimidad del sistema político. Claro, hay que decir que la propia acción de la Coalición ayudó para que así fuera. Esa ruptura se pudo evidenciar en dos hechos en las pasadas elecciones. El primero, la cantidad de votos (el 48% del total) por Fajardo y Petro, que representaban a los sectores alternativos por fuera de los círculos tradicionales del clientelismo y la corrupción. El segundo, el resultado mediocre de Vargas Lleras, al que muchos –sin darse cuenta del cambio que se había producido en la opinión- ya coronaban como el próximo presidente, a pesar de lo que las encuestas señalaban.

Finalmente, el factor que considero que juega como el más determinante para estas elecciones, y fruto de los dos anteriores, es el descrédito del Gobierno de Santos. Todo el electorado clama por un cambio que puede ser hacia la derecha o hacia la izquierda. Las dos fórmulas que en algún momento hicieron parte del Gobierno de Santos y podían significar algún tipo de continuidad (Vargas Lleras/Pinzón, De la Calle/López), fueron las menos votadas. Y es que sin duda alguna, el gran derrotado electoralmente en este año ha sido Santos. Por eso, su papel en estas elecciones fue insignificante. De hecho, un guiño suyo hacia cualquier campaña hubiese sido esa especie de apoyo que nadie quiere recibir porque resta más votos de los que suma; paradójicamente, igual que en el caso de la FARC. Lo cierto es que uno de los ejes de esta campaña fue el de demostrar quién representaba un mayor cambio o quién representaba menos el continuismo. Quizás por esa misma razón los candidatos de la segunda vuelta son los que representan una mayor modificación del rumbo actual del país.

Señaladas las causas que considero como más determinantes, analicemos más de cerca cuáles han sido los reacomodamientos que se han presentado. Vayamos de izquierda a derecha. Evidentemente, sea cual sea el resultado de este 17 de junio, la izquierda sale fortalecida como nunca antes. Desde ya, puede decirse que el resultado que Gustavo Petro obtenga en esta segunda vuelta, será el mayor triunfo de esa ala política en lo que va de la historia del país. Es claro que Petro se convierte en el máximo líder de esta opción del espectro político y que las ideas del progresismo socialdemócrata que representa serán el eje articulador de su reorganización. Muy seguramente el Polo Democrático Alternativo, partido cuya intención fue agrupar a todos los sectores de izquierda del país en 2005, profundizará su fragmentación y seguirá en desmantelamiento, proceso que viene desde hace varios años. A su vez, muy seguramente nacerá una expresión partidista que intente capitalizar la votación de Petro y que reunirá a varias agrupaciones políticas que han ido abandonando al Polo Democrático. Incluso, no sería descabellado pensar que facciones del Polo como Vamos por los Derechos, terminarán en este nuevo partido, probablemente al final del próximo Congreso, para no incurrir en una doble militancia.

Claramente habrá sectores que no harán parte de este nuevo movimiento. Por un lado, la FARC deberá concentrarse en fortalecerse como partido político y realizar un trabajo muy arduo para limpiar su imagen, ya bastante desacreditada. La mínima votación que obtuvo en las elecciones legislativas del 11 de marzo es un indicador de que se necesita no sólo este trabajo político al nivel de la opinión pública, sino también un trabajo de base importante. El hecho de que zonas donde históricamente hicieron presencia, como el sur del Tolima, Meta y Caquetá, hoy sean electorado del uribismo es muy diciente del reto enorme que tiene esa agrupación, reto que se ve agravado por el contexto de persecución política y violenta al que están siendo sometidos. Por otro lado, con el impulso que le dieron a la campaña de Sergio Fajardo y su decisión de votar en blanco en segunda vuelta, el MOIR ha terminado de sellar su ruptura con la izquierda, ubicándose mucho más cerca del centro político. Este también es un proceso que ya se venía cocinando, no sólo por las disputas internas que han tenido dentro del Polo, sino por la poca importancia que la paz –una de las banderas que más claramente une a la izquierda- ha tenido en su discurso.

Eso por los lados de la izquierda. Por su parte, el centro es el paraguas bajo el que muchos sectores quieren ahora encontrar un espacio. Esta, precisamente, es una de las novedades más importantes de la reconfiguración del panorama político en los últimos años: el surgimiento del centro como una alternativa de poder. La Coalición Colombia parece ser el proyecto que cuenta con más posibilidades de cautivar ese espacio del espectro. Es innegable el éxito de esta coalición si miramos tanto sus curules en el nuevo Congreso como su remontada en la primera vuelta presidencial. Esto, por supuesto, a la vez ha implicado una moderación del Polo y una ubicación un poco más hacia la izquierda del Verde y de Compromiso Ciudadano. Será interesante observar su comportamiento en las elecciones regionales del próximo año, pues ahí será donde podremos evaluar la fortaleza de las estructuras locales que ha ido generando la Coalición en los últimos meses y, de las cuales, la izquierda tendrá que aprender y desarrollarlas en los próximos años si no quiere perder el espacio ganado por Petro.

Pero si hay un sector que ha sufrido una hecatombe y que muestra más claramente esta reconfiguración de todo el espectro político, ese es el liberalismo. La ruptura del Partido Liberal es el síntoma más evidente de cómo las cosas han cambiado. Luego de ser uno de los partidos ganadores de las elecciones legislativas de 2014 y de tener un amplio protagonismo en el segundo gobierno de Santos, 2018 los recibió con un debilitamiento en el Congreso y una votación presidencial para ponerse a llorar. Parece que haber defendido a capa y espada la paz tuvo un gran costo. La migración de todo el establecimiento hacia la campaña de Duque también ha ido produciendo más fugas. Las de los hermanos Galán del Partido Liberal y Cambio Radical, así como la de Camilo Enciso del Partido de la U, también van anunciando el nacimiento de una nueva agrupación política. Esta es una jugada muy hábil, pues a la vez que intentará recoger el inconformismo del liberalismo de base con las decisiones recientes de su dirigencia, les permitiría deshacerse de la imagen de corrupción que estos partidos han ido consolidando.

La derecha, por supuesto, no ha sido ajena a todos estos cambios. En primer lugar, es claro que uno de los efectos del acuerdo de paz fue hacer que sus sectores más extremistas salieran a la luz pública con discursos ultraconservadores, muy a tono con la dinámica de la política internacional. Ahora, lo novedoso no es que estos sectores existan, sino que hayan decidido deshacerse de un discurso de lo políticamente correcto y sacar sus posiciones de manera mucho más clara, así como que adquieran estructuras organizativas como la del exprocurador Alejandro Ordoñez o los movimientos de algunas iglesias cristianas que han decidido incursionar en la política electoral. Resulta importante señalar que esta radicalización ha terminado por jalonar más hacia la derecha a los partidos que se habían moderado al entrar a la Unidad Nacional y defender el Acuerdo de Paz. El más claro ejemplo es el del Partido Conservador –aunque también están los casos de Cambio Radical, el Partido de la U y, en menor medida, del oficialismo del Partido Liberal- que, luego de un momento de dudas de algunos congresistas que seguían apoyando la paz y la implementación de los acuerdos, claramente ha radicalizado sus posturas para volver en bloque hacia el uribismo.

Paralelamente a esta radicalización, una buena parte de la derecha también ha intentado moderarse, por lo menos como estrategia de campaña electoral. El Centro Democrático ha reiterado en múltiples ocasiones que no es un partido de derecha sino uno de centro. La elección de Iván Duque –considerado dentro del Centro Democrático como uno de los más moderados, e incluso tildado de ‘comunista’ por las alas más radicales- como candidato del partido y luego de la coalición de la “centro-derecha”, también apuntaría a ampliar sus alcances a un electorado de centro que ve con malos ojos los extremos. Estos dos hechos, lo que nos demuestran es la gran capacidad del uribismo para leer los cambios en las preferencias del electorado y acomodarse a ellas. Nadie puede negar que si hay un partido exitoso en Colombia, con una militancia disciplinada, con una votación en ascenso y con una estrategia política que siempre logra cambiar la balanza en dos o tres meses, es el Centro Democrático.

Claro, no todo está cantado desde ahora. Hay factores que pueden seguir reordenando fuertemente las cosas. En la izquierda, seguramente un eventual acuerdo del Gobierno con el ELN y el consecuente paso de esa guerrilla a la política electoral, produciría nuevos agrupamientos. La derecha se moverá de acuerdo a quién sea el próximo presidente. Me parece que no hay que descartar, por la manera en la que se está conformando la coalición de gobierno alrededor de Duque, la posibilidad de una eventual ‘nueva traición’ de este al Centro Democrático. En el caso de un gobierno de Petro, seguramente la paz será un nuevo eje de división de la derecha que, incluso en un gobierno uribista, puede causar resquebrajamientos. Creo que aquello de modificar los Acuerdos no resultaría tan fácil para el uribismo como pudiese pensarse. El centro, por su parte, tiene un gran riesgo de desaparecer si no juega bien sus cartas en un contexto en el cual todos quieren alejarse de los extremos; especialmente porque con la definición del nuevo Gobierno la polarización bajará y eso le quita espacio a esa opción del espectro político. Habrá que ver cómo se comportará la Coalición Colombia y cuáles serán los efectos que tendrá la adhesión de los verdes a Petro. Incluso, un eventual gobierno de Petro pondrá a la Coalición en el dilema de participar o no en él. Igualmente, el centro ahora será un terreno muy competido, tanto por las disidencias liberales que intentarán conquistarlo, como por la izquierda y la derecha que intentarán moderarse.

¿Qué puede concluirse de todo esto? Lo primero es que el Acuerdo de Paz, a pesar de los problemas de su implementación, movió profundamente el tablero político al radicalizar y ampliar el espectro político y al abrirle un espacio a la izquierda para ser considerada como una opción seria de poder. Esta puede ser la misma causa por la cual la abstención se disminuyó y la votación por los partidos aumentó, pues las diferencias entre las distintas opciones electorales está vez fueron muy visibles. Por esta misma razón, es que a pesar de que el uribismo vuelva al poder, ya no tendrá un apoyo mayoritario aplastante  en la opinión pública y, al contrario, contará con una oposición importante. En segundo lugar, es claro que el próximo Gobierno tendrá que tomar medidas de gran envergadura frente al problema de la corrupción, pues la legitimidad del sistema político está en entredicho y las expectativas de cambio entre la ciudadanía en este aspecto son fuertes. Es un tema en el que hasta los partidos tradicionales tendrán que dar su brazo a torcer si quieren recuperar el espacio que han perdido. Este será un punto crucial para la gobernabilidad del próximo presidente. Finalmente, va siendo cada vez más clara la consolidación de un voto de opinión, por lo menos para las elecciones presidenciales, que va dejando atrás –todavía no puede decirse que venciendo- a las maquinarias. Es claro que las nuevas generaciones se están inclinando progresivamente hacia la izquierda y que por esa razón todos los partidos políticos –especialmente los de derecha- intentarán renovar su discurso y apuntarle a este segmento de la población. Todas estas parecen ser pistas de que estamos asistiendo a una lenta pero progresiva maduración del sistema político en general y del sistema de partidos en particular. Claro está, este avance puede irse al traste si no se consolida la paz territorial y nosmetemos en un nuevo ciclo de guerras.