Daniel Pardo Cárdenas

* Daniel Pardo Cárdenas

Egresado del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia, estudiante de la Maestría en Filosofía en la Universidad de Los Andes. Sus intereses de investigación están orientados a la filosofía política moderna y contemporánea.

“Decían que la minería es de interés general y como es de interés general una comunidad específica tiene que desaparecer […]. Decían que la minería hoy la necesitamos para el desarrollo del país, y nos preguntamos, pero ¿cuál desarrollo? Si no tenemos acceso a agua potable, no tenemos acceso a servicios de salud, no tenemos acceso a educación de calidad, ¿de cuál desarrollo nos están hablando? […] En nombre del desarrollo, nos han empobrecido. En nombre del desarrollo, nos han violentado. En nombre del desarrollo, esclavizaron a mis ancestros y ancestras”- Francia Márquez Mina

Francia Márquez Mina dice que estudió derecho por necesidad. Buscaba defender la vida de su comunidad en el territorio al enfrentar el lenguaje abstruso, jurídico y técnico, con el que los funcionarios del gobierno y los representantes de las empresas nacionales y multinacionales los confundían, distraían y atacaban. De manera que su decisión, en lugar de buscar una inclusión en el “campo jurídico” que domina el mundo político del país fue, de entrada, una estrategia de resistencia. Una que desplazaba el lugar pretendidamente mesiánico del espacio universitario, como aquel que ilumina, complejiza y estiliza saberes rústicos, para pensarlo como un espacio de recodificación, en el lenguaje del amo, lo que años de luchas desde el territorio han cincelado en los cuerpos, las genealogías y la palabra.

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Tras el resultado de primera vuelta, el Centro Democrático anunció, en voz de Iván Duque, que pretendía “unir al país”. Como Santos lo hizo en el 2010, afirmó que los otros candidatos tenían propuestas interesantes y pertinentes al punto de incluir algunas de ellas en su programa. Frases fríamente dispuestas para sonar bien y mostrar “moderación”. Pero, con todo y el cálculo táctico, el “todos” que evoca esta mentada unidad, por la experiencia histórica que nos precede nada más en el campo del gobierno presidencial, nos produce consternación en lugar de tranquilidad. En Colombia, la unificación de la cúpula de gobierno no solo ha significado la subsunción de la diferencia en la neutralización o la supresión de voces de reclamo de justicia desde la sociedad. En ese esquema, las fuerzas del orden, particularmente durante los últimos 16 años, han signado diferentes disensos políticos –desde insurgencias guerrilleras hasta manifestaciones campesinas y estudiantiles–como fuerzas enemigas a las que hay que combatir, las más de las veces, a sangre y fuego, y/o con el usufructo sistemático de los recursos que les corresponden por derecho1. En nombre del interés general, de la voluntad de la nación, la Colombia unida arremete en contra de los territorios y cuerpos periferizados. Mientras que el país político declara unidad a viva voz, el país rural, trabajador tercerizado; el país negro, indígena y raizal es excluido de facto de las instancias de decisión, de los territorios y de los circuitos de cuidado y afecto que por décadas han sustentado su existencia.

Aunque los debates presidenciales fueron espacios que no ofrecieron sorpresas con relación a lo que los candidatos anunciaban en sus programas, el que se organizó en Buenaventura propició la emergencia de un tema que parecía estar fuera de la coyuntura. Se preguntó: “¿Qué propondría Ud. para combatir el racismo estructural que existe en Colombia?”. Vargas Lleras, el primero en responder, se vio francamente fuera de lugar. Tuvo que respirar y tomarse un tiempo mientras buscaba entre sus hojas de anotaciones cuál era la respuesta para dar. Habló de leyes en contra de la discriminación y de la inclusión de población afrodescendiente en cargos públicos. Humberto De la Calle hizo algo similar al hablar de su experiencia en la Constituyente y en los diálogos de La Habana. Sergio Fajardo redujo su respuesta a la idea de una educación pluriétnica que resumió en la fórmula de “tus saberes, mis saberes, nuestros saberes”. Petro, sin vacilación y en 30 segundos, expuso un diagnóstico más complejo y una respuesta que trascendía los gestos vacíos de los demás candidatos:

“El racismo es una discriminación bárbara y criminal. Para lo cual el Estado, dado que la sociedad discrimina, debe privilegiar. Y eso implica una reparación histórica para el pueblo negro de Colombia y esa reparación pasa por dotarlo de poder. Y esto significa, entre otras, que las comunidades negras en el litoral deben ser entidades territoriales con autonomía presupuestal y con capacidad de gobierno sobre su territorio”.

“Privilegiar” y “reparación histórica” resuenan fuertemente con las palabras de Francia Márquez Mina citadas al inicio del artículo. Cuando las élites políticas del país asumen la bandera de la unión, ésta funciona como un eufemismo peligroso: suena bien en un país con venas abiertas y supurantes por más de una década de conflicto armado interno y atiborrado por una gramática de poder altamente mediatizada (pensemos por ejemplo en la sonada polarización, las joyitas del narcoterrorismo y el castrochavismo de Uribe, la ideología de género, entre otras) y suena aún mejor para quienes el conflicto es un ocasional viento frío que les roza los pies en la comodidad de sus hogares o un trago amargo frente al televisor. En este contexto, el tono y actitud intelectual de Márquez nos resulta esencial: activa la memoria histórica para interrumpir el presente, poniendo en entredicho la bondad y la verdad del discurso desarrollista. La cuestión, pues, no es de echar más de los mismos ingredientes a la torta: es de cambiar la receta.

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Tenemos la convicción de que un gobierno alternativo a la hegemonía de poder que ha gobernado a Colombia a lo largo de su vida republicana abriría la posibilidad de activar el tono y actitud intelectual de Francia Márquez Mina: la interrupción de un presente que parece que se cierra sobre nosotras como una condena, para iniciar un nuevo momento político de reparación, de cuestionamiento del modelo de desarrollo y del centralismo racista y expropiador. Siquiera imaginar esa posibilidad nos genera entusiasmo. La posibilidad de empezar la construcción de una era de paz en la que importe más el agua que el oro, el derecho a la salud que el negocio, la agricultura que el petróleo… la multiplicidad de las formas de vida y sus historias que la unidad de gobierno.

En el 2014, la zona insular de Barú se sumó al ejercicio de desobediencia civil manifestado con antelación por los municipios de Santa Rosa (Bolívar) y la zona insular de Tierra Bomba, en las inmediaciones de Cartagena, de no participar en las jornadas electorales hasta que el Estado respondiera a sus reclamos de justicia. Con la consigna “Sin agua, sin carretera y sin educación, Barú no participa en la votación” y con una larga historia de desposesión territorial a cuestas, esta población no votó en primera ni en segunda vuelta cuando Santos resultó electo. Este año, Gustavo Petro resultó ganador en primera vuelta en Cartagena y su zona metropolitana y Santa Rosa, entre otros municipios de Bolívar. No creemos que la participación se deba a que estas comunidades ya hayan tenido garantías del gobierno departamental y nacional ni que sus demandas hayan cesado o perdido legitimidad. Antes bien, percibimos su participación en los comicios como un indicio de que la candidatura del político orense es una plataforma posible de construcción desde la capilaridad de las regiones del país. La decisión de votar de estos pueblos bolivarenses es, como la decisión de Francia Márquez, una cuestión de estrategia política. La Colombia Humana no es la menos peor de las opciones, es la apertura de seguir construyendo una apuesta política propia.

  1. El gobierno de Santos, en sus dos períodos, es una representación de la tragedia de este llamado a la “unidad”. “La primera vez como tragedia y la segunda como farsa”. En el primer mandato presidencial aglutinó a tantos sectores políticos tradicionales y empresariales como le fue posible; en el segundo, con la paz como bandera,  esta unidad empezó a resquebrajarse progresivamente hasta que se mostró como imposible. Ahora, incluso quienes lo apoyaron al principio de su segundo gobierno, hoy se encuentran bajo las filas del Centro Democrático. La moraleja de esta historia es que quienes claman fraternidad bajo la bandera de la unidad y no del reconocimiento de la multiplicidad y la diferencia, están metiendo un cuentazo.