La primera vuelta de las presidenciales en Colombia fue a todas luces histórica. Por primera vez, los dos candidatos que pasaron a segunda vuelta están ubicados en la oposición. El candidato que representaba el Establecimiento y el continuismo fue claramente derrotado, mientras que el candidato de la izquierda logró una votación impresionante. La votación adicionada de Petro, Fajardo y De la Calle fue superior al 50%, significando un rechazo importante de las maquinarias por parte de la ciudadanía y una voluntad de cambio alternativo en el poder. Los dos candidatos que quedan representan los dos extremos del panel de candidatos que había en primera vuelta, por lo que varios políticos u opinadores de centro han planteado, de manera bastante superficial, que ambos son igualmente “extremistas”. En este contexto, muchas voces han reivindicado el voto en blanco como la mejor opción para no tener que votar por ninguno de los dos “extremos”. Sin embargo, es primordial cuestionar la validez de ese voto de cara a lo que está en juego en esta segunda vuelta, en particular con respecto a los electores que se identifican con el centro, que defienden los valores “liberales”, que están a favor de la paz y que son críticos de Álvaro Uribe.

Una elección entre dos opciones muy distintas

Probablemente por primera vez en la historia de Colombia, se enfrentan en la segunda vuelta presidencial dos visiones políticas radicalmente distintas. Por un lado, Iván Duque, candidato de la derecha radical, defensor de una agenda claramente conservadora, que tiene como aliados a los sectores religiosos reaccionarios, los dueños de las maquinarias y los herederos de la parapolítica, que defiende los intereses del expresidente Uribe, y que dejará morir el proceso de paz haciendo modificaciones sustanciales y enredando la implementación. Es decir, sin que haya necesidad de “hacerlo trizas”.

Por otro lado, Gustavo Petro, candidato de izquierda (y no de extrema izquierda como han intentado señalarlo sistemáticamente varios opinadores y periodistas), que reivindica el liberalismo “original”, que ha buscado un diálogo con el centro desde el principio de la campaña, que defiende la estricta implementación del proceso de paz y que representa una esperanza de cambio democrático para los sectores tradicionalmente marginalizados. No se puede negar que la figura de Petro asusta a una parte significativa de la sociedad colombiana, en parte por la repetición de señalamientos engañosos en su contra. Pero si bien se le puede hacer muchas críticas, por ejemplo sobre su mandato de alcalde o sus “peleas” con varios de sus colaboradores, no se puede olvidar que fue un congresista ejemplar y que su paso por la alcaldía fue marcado por la persecución del Procurador General, quien se encuentra justamente ahora en la campaña adversa.

Es importante destacar que más allá de la evidente distinción entre dos visiones políticas, esta elección es entre un candidato que representa un grupo político que tiene numerosos vínculos con la criminalidad y otro que se ha destacado por su lucha frontal contra la corrupción y las mafias. En efecto, Duque es el ungido por Álvaro Uribe, quien tiene una infinidad de procesos penales abiertos en su contra y numerosos colaboradores cercanos condenados, a quien los paramilitares le hicieron campaña para la presidencia y que luego gobernó con la ayuda de los parapolíticos. Mientras que Petro no tiene ningún señalamiento de corrupción en su carrera política y se destacó por sus denuncias contra la parapolítica y el carrusel de la contratación en Bogotá.

Un gobierno de Duque no sería un uribismo “light”

Algo que puede motivar a algunos a votar en blanco es la hipótesis de que un gobierno uribista 2.0 sería menos duro que los ocho años de presidencia de Uribe. Sin embargo, se trata de una hipótesis muy arriesgada y que carece de fundamentos. En efecto, si el uribismo volviera al poder estaría “recargado” y con un espíritu de revancha, sin contrapesos institucionales (con mayoría absoluta en el Congreso y sin el papel de “contención” que tuvieron las Cortes durante la presidencia de Uribe) y con la presencia significativa de importantes sectores religiosos reaccionarios. Por lo tanto, un nuevo gobierno uribista representaría una seria amenaza para las libertades individuales, los derechos de los grupos minoritarios, la laicidad, el proceso de paz (incluido el proceso con el ELN) y la restitución de tierras. Además de que aumentaría las profundas desigualdades socioeconómicas.

Otra hipótesis que va en el mismo sentido es pensar que Duque podría ser un presidente independiente de Uribe, o que podría incluso “traicionarlo” como lo hizo Santos. Esta hipótesis es muy ingenua y la comparación con Santos no tiene sentido, pues cuando este último llegó a la Casa de Nariño, tenía un largo recorrido, no solamente en la política sino también en la diplomacia y en el periodismo, y tenía hasta una fundación propia. Además, su relación con Uribe no era realmente estrecha sino que fue para él un medio de alcanzar su meta mayor, es decir, convertirse en presidente. Por el contrario, Duque no tiene ninguna estructura propia, ha pasado la mayor parte de su carrera fuera del país, y todo su “éxito” político lo debe a la figura del expresidente Uribe. Entonces no hay que engañarse con la figura “nueva y moderna” de Duque porque en su presidencia gobernaría una fuerza auténticamente uribista y conservadora.

La no relevancia del voto en blanco en segunda vuelta

Un argumento a favor del voto en blanco consiste en decir que con una alta votación por esta opción se tendría una mayor legitimidad y fuerza para hacerle oposición al futuro presidente. Sin embargo, es un argumento que carece de soporte, pues eso nunca ha pasado en ninguna elección presidencial, dado que para que el voto en blanco tenga realmente un peso en segunda vuelta su votación tendría que ser superior a la del candidato perdedor. Algo muy improbable y que de todas maneras sólo tendría un valor simbólico y de corto plazo. En vez de ser un argumento consecuente, parece entonces que se trata más bien de un intento de justificar su rechazo a votar por Petro pero posicionándose a la vez como futuro opositor al gobierno de Duque.

Uno puede considerar legítimamente que Petro no es el mejor candidato contra Duque y que hubiera sido mejor alguien más moderado y menos “polarizador”, pero Petro es el candidato que hay y en este caso la pregunta que hay que hacerse es si él representa una opción más deseable que la del regreso del uribismo al poder o no. Algunos analistas políticos fingen no saber que la segunda vuelta presidencial se distingue de la primera precisamente porque no se trata fundamentalmente de un voto de adhesión sino de un voto de “eliminación” para gran parte de los electores, es decir, que votan para descartar la peor opción. Esto es una “ley universal”, que pudo corrobarse muy bien hace cuatro años con la victoria de Santos frente a Zuluaga. En el caso actual, para alguien que no quiere que vuelva el uribismo al poder o que siga gobernando la misma clase política tradicional, es fácil entender por cual de los dos candidatos hay que depositar su voto.

La necesidad de escoger

Algunos defensores del voto en blanco afirman que no hay que votar con el miedo sino con la esperanza, y que por lo tanto si uno no se entusiasma ni por Duque ni por Petro es mejor votar en blanco y ser “coherente” consigo mismo. Esto se parece más a una postura seudo filosófica y desligada de los acontecimientos políticos que agitan el país que a la de un ciudadano responsable que usa su derecho al voto a conciencia. El miedo sí puede ser un motivo legítimo a la hora de votar, a condición de que se trate de un miedo “racional”. En este sentido, el miedo a un gobierno de Duque es un miedo fundamentado en el balance de los años de gobierno de Uribe, en la agenda ultraconservadora y en contra del proceso de paz del Centro Democrático, y en los apoyos que ha recibido su campaña. Mientras que el miedo a un gobierno de Petro, si bien puede basarse para algunos en un balance juzgado negativo de su mandato de alcalde, responde en gran medida a señalamientos inverosímiles en su contra, que casi siempre tienen que ver con el gran mito del “castrochavismo”.

El voto en blanco es en teoría totalmente respetable. Sin embargo, en algunas circunstancias particulares es un voto que traduce una postura de “lavarse las manos”, y que incluso puede considerarse como una irresponsabilidad. En esta segunda vuelta, la victoria de Duque amenaza de manera clara el frágil proceso de paz así como la precaria democracia colombiana, lo uno teniendo que ver con lo otro. Si uno, a pesar de esto, considera que el uribismo y Petro son dos peligros “populistas” equivalentes, y que por lo tanto ambos llevarían el país al desastre, entonces está  cayendo en un grave error político y ético. Negarse a escoger entre Duque y Petro es de cierta manera negarse a mirar la realidad del país, en particular la que se vive en los territorios y en las periferias, donde las repercusiones del conflicto armado, así como las del gobierno uribista, han sido más fuertes. Es preciso votar pensando en las consecuencias que tendría el resultado para el conjunto del país, por encima de su propia persona, en particular para los sectores de la población más “vulnerables”. En este sentido, votar en blanco es como desligarse del destino del país.

El significado de la candidatura de Petro

Es un error reducir la candidatura de Petro a su personalidad, porque impide entender lo que ha pasado con su campaña presidencial y que es probablemente inédito. Petro pasó de tener 1,3 millones de votos en el 2010 a 4,8 millones ocho años después, sin que su “personalidad” haya tenido cambios fundamentales y luego de una experiencia de gobierno local que fue catalogada por la gran mayoría de los medios del país como negativa. Petro arrancó esta campaña con todos los pronósticos en contra, pero poco a poco su candidatura ha tomado fuerza y ha tenido un respaldo popular creciente, a tal punto que llenó numerosas plazas por todo el país, sin el actuar de maquinarias y por el solo entusiasmo de la gente. Es preciso entender que la candidatura de Petro trascendió totalmente la izquierda y desbordó su propia persona para convertirse en la esperanza de un cambio real para millones de colombianos. En este contexto, la decencia implica apreciar a su justo valor esa esperanza y no deslegitimarla afirmando que es un simple efecto del “populismo” del candidato.

Hace cuatro años la gran mayoría de los electores de izquierda fue capaz de votar por Santos para defender el proceso de paz y para detener el regreso del uribismo al poder. Hoy lo que está en juego es bastante similar, y entonces la pregunta es si una gran mayoría de los electores de centro será capaz de votar por Petro con el mismo propósito. A quienes no quieren votar por el uribismo pero tampoco por Petro porque no les entusiasma, hay que tratar de convencerlos, hasta el último minuto, que en esta segunda vuelta histórica no se trata de votar por un candidato que lo representa a uno sino por el que más le conviene al país. Sería trágico que Colombia perdiera esta ocasión única de derrotar a toda la clase política tradicional y de impulsar un verdadero cambio democrático porque ciudadanos, que en principio quieren una alternativa política, votaron en blanco con el argumento de que la personalidad de Gustavo Petro no les conviene.