Silvia Quintero Erasso

* Silvia Quintero Erasso

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia y estudiante de Maestría en Filosofía de la misma universidad, en donde también se desempeña como docente de hora cátedra en el área de teoría política. Dentro de sus intereses se cuentan las teorías feministas y de género, la memoria histórica, la filosofía política, el análisis de problemas urbanos y la pedagogía. Tiene experiencia en procesos de educación popular y proyectos de participación con niños, niñas y jóvenes de la ciudad de Bogotá

Tras los resultados de la consulta interpartidista que definió a Iván Duque como el candidato presidencial en la llamada Gran Consulta por Colombia, quien es hoy presidente electo de Colombia anunció que Marta Lucía Ramírez sería su fórmula vicepresidencial.

No mucho después, Gustavo Petro confirmó los que hasta ese momento eran apenas rumores: Ángela María Robledo sería la fórmula vicepresidencial de la propuesta de gobierno de la Colombia Humana.

El 27 de mayo, después de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, los medios de comunicación empezaron a destacar de manera reiterativa el hecho de que, independientemente del proyecto político que fuera elegido en las urnas, habría un hecho histórico para Colombia: por primera vez una mujer llegaría a ocupar el cargo de vicepresidenta de la República.

Los medios de comunicación más reconocidos del país se refirieron a este tema muchas veces y aún hoy, tras conocer el resultado definitivo de los comicios electorales, se continúa haciendo mucho énfasis en el hecho de que haya una mujer ocupando un cargo de semejante envergadura. Aparentemente, no solo se trata de que por primera vez en la historia de este país una mujer llegue a ocupar un cargo público tan importante, sino que ese debería ser un motivo de orgullo y una prenda de garantía de que la desigualdad en razón del género o bien ha dejado de existir, o bien se ha reducido dramáticamente, y que, además, habrá alguien con mucho poder y por lo tanto capacidad de incidir “positivamente” sobre los derechos de las mujeres.

Sin embargo, cabría preguntarse si la defensa de los derechos de las mujeres está garantizada únicamente porque sea una mujer quien se encuentra ocupando un cargo de gobierno como la vicepresidencia, más aún, ya que está claro que Marta Lucía Ramírez asumirá la vicepresidencia de Colombia ¿cómo podemos esperar que eso aporte a los derechos de las mujeres?

La perspectiva de género en el proyecto de gobierno de Ramírez y Duque

Hoy en día, cualquier proyecto de gobierno deberá responder acerca de sus perspectivas en relación con los derechos de las mujeres. En este caso, nos encontramos ante un plan de gobierno que ha planteado públicamente que conformará un gabinete ministerial en donde el 50% serán mujeres; gracias a ello, se jacta de su compromiso con el bienestar de las mujeres en Colombia.

No se trata de desconocer por completo lo importante que es, efectivamente, que en un país profundamente machista como este, una mujer logre ocupar un cargo tan importante como el de la vicepresidencia. Sin embargo, es bastante cuestionable considerar que, por tratarse de una mujer, eso va a garantizar que su agenda de trabajo nos represente.

La cifra por sí misma parece demostrar el inmenso compromiso del gobierno de Duque con las mujeres, pero en realidad se trata de un número vacío ¿acaso nos interesa simplemente que haya mujeres, por ser mujeres?

Sería necesario de paso, que quienes ocupan el equipo de gobierno (sean mujeres u hombres), asuman un compromiso explícito con la defensa de nuestros derechos.

En este sentido, habrá que preguntarse qué intereses representan las mujeres que conforman el equipo de gobierno de Duque y de qué manera su plan de gobierno defenderá los derechos de las mujeres.

Así, a propósito de su supuesto compromiso con las mujeres (y el inmenso orgullo que le genera haber sido la primera Ministra de Defensa1 en Colombia y ahora además la primera vicepresidente), Marta Lucía Ramírez ha dicho en varias ocasiones que trabajará por el empoderamiento de las mujeres colombianas, para que crean en ellas mismas, para que sean emprendedoras, que se empoderen en la academia, las artes y la cultura, con énfasis en las mujeres militares y policías, de quienes se espera que desempeñen su labor con cualidades típicamente asociadas a lo femenino, como la sensibilidad y el cuidado2.

Pasando por alto lo despreciable que es el que esta señora asuma el lugar de afirmar cuáles son los comportamientos que nos corresponden, no parece que muchas personas pudieran estar en desacuerdo con lo que ella propone.

Aun así, sus planteamientos están llenos de conceptos vacíos, que no nos aclaran en qué consiste su idea de empoderamiento, cómo se van a empoderar las mujeres en las artes y la cultura, cómo funciona su idea de emprendimiento económico y por qué esos elementos son una forma efectiva de garantizar los derechos de las mujeres.

En especial resultan cuestionables sus planteamientos cuando pensamos en su experiencia previa en la política, así como en las consecuencias que representa el plan de gobierno del cual hace parte actualmente. Tanto como el hecho de que no cuente con el respaldo de ninguna organización de mujeres que no sea un grupo de mujeres de clase alta con fundaciones que recogen fondos para ayudar a personas desfavorecidas (y eximir de impuestos sus negocios, de paso) o simplemente grupos de mujeres no organizadas, que tienen la esperanza de que Ramírez les ayude a mejorar sus condiciones de vida.

¿Pero qué puede esperarse de esta mujer, militarista, conservadora, machista y clasista? Más aún ¿qué derechos puede defender compartiendo su plan de gobierno con personajes como el ex procurador Alejandro Ordóñez?

Visto de esta manera, en realidad no es posible definir cuáles son los beneficios de la perspectiva de género durante el gobierno que asumirá las riendas del Estado colombiano en los próximos meses y, en cambio, son muchas más las preocupaciones que surgen.

Algunas de las luchas que las mujeres han llevado a cabo en la historia de este país tienen que ver con asuntos como la autonomía sobre nuestros cuerpos, el acceso a oportunidades de empleo formal con salarios equitativos, el reconocimiento de las labores de cuidado típicamente desempeñadas por mujeres, la necesidad de protegernos frente a las violencias que nos afectan en razón del género —y que dan lugar a cosas como que más del 90% de las víctimas de abuso sexual somos mujeres—, a situaciones como el acoso, o la forma diferenciada en que el conflicto armado ha afectado a las mujeres3, por mencionar solo algunos.

Que la idea de empoderamiento presente en las ideas de Ramírez esté orientada fundamentalmente hacia el emprendimiento y los valores femeninos deja mucho que desear.

En este sentido, las propuestas de Marta Lucía Ramírez parecen vacías, porque en efecto lo son. Si ella tuviera una idea mínima sobre las necesidades, las búsquedas y las luchas de las mujeres, podría señalar directamente qué tipo de problemáticas existen, cuáles planea atacar y de qué manera.

Sabría, por ejemplo, que sus ideas militaristas suponen un riesgo muy alto para las mujeres y que más que encontrar la manera de exaltar las cualidades femeninas de aquellas que hacen parte de la fuerza pública, sería necesario que piense en las dificultades que supone el ejercicio de ese tipo de profesiones en contextos tan machistas como el del ejército y la policía. Pero también propondría acciones encaminadas a impedir que la fuerza pública sea cómplice, cuando no perpetradora, de distintas formas de abuso y violencia contra las mujeres.

Sabría también de los riesgos que implica para la autonomía de las mujeres el hecho de que exista una cercanía tan fuerte entre las iglesias y la labor del Estado, relación que no solo encarnan varios de los futuros miembros del gabinete de Iván Duque (tanto hombres como mujeres) sino ella misma, que impide tener una perspectiva objetiva y, especialmente, respetuosa de la libertad de credo y nuestro derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y nuestros proyectos de vida (piénsese en debates tan complejos como el del aborto o en asuntos que deberían ser mucho más sencillos, como el derecho que deberíamos tener a decidir si queremos ser madres o si queremos conformar una familia heterosexual, monógama y tradicional).

Aunque podrían decirse muchas más cosas, creo que es importante señalar una última en relación con la idea reiterativa de emprendimiento que está presente en las propuestas y el discurso de Marta Lucía Ramírez y, por supuesto, de Iván Duque.

Parece tentadora la idea de que el emprendimiento es una alternativa deseable, capaz de brindar autonomía económica a las mujeres. Sin duda, la autonomía económica es fundamental4, pero la idea de emprendimiento que encarnan estos proyectos parte de considerar que las personas son pobres porque quieren, esto es, porque no trabajan, porque son flojas, porque no son “emprendedoras”. El tipo de emprendimiento que promueven los proyectos políticos neoliberales, se basan en endeudar y en someter a personas que parten de condiciones profundamente desiguales a las reglas de un mercado voraz, que tiene ventajas previas para otras personas que aparentemente son igualmente emprendedoras y les va muy bien, aun cuando casualmente sean los hijos de familias muy adineradas y poderosas (el ejemplo de los hijos del expresidente Álvaro Uribe habla por sí solo).

Además, el emprendimiento es una manera de negarse a asumir que tener condiciones de vida digna, el acceso a la educación y la salud -de calidad- no tiene por qué estar ligado a nuestro rendimiento empresarial y nuestra capacidad económica, sino que se trata de lo mínimo que un “Estado social de derecho” tendría que garantizarnos a todas las personas.

Siendo así, es absolutamente indiferente que tengamos a la primera mujer vicepresidenta —como si el sexo de quien gobierna fuera una prenda de garantía para la equidad—. Por supuesto que esperaríamos que una mujer, en tanto ha vivido en carne propia muchas de las consecuencias de la desigualdad de género, tuviera muy clara la necesidad de apropiarse de ciertas luchas y abogar por mejores condiciones de vida para las mujeres.

En este caso, le está sirviendo a un sector político ultraconservador, para mostrar su supuesto compromiso con las mujeres, sin necesidad de hacer nada en su favor. En un contexto como este, que haya una mujer en la vicepresidencia, al menos en lo que concierne a nuestros derechos, no representa nada.

 

**Una anotación adicional. Dentro de las mujeres que podrían asumir un cargo importante dentro del gabinete de Iván Duque, se ha estado hablando de Viviane Morales como posible Ministra de Educación. Una mujer que no tiene ninguna experiencia en los temas que implica el cargo en cuestión y que se ha caracterizado desde hace tiempo, por promover iniciativas que atropellan los derechos y la autonomía de las mujeres y la población LGBTI. Otro desastre, que en lugar de brindar garantías, parece prometer políticas profundamente regresivas en materia de derechos.

  1. No sobra mencionar que, como Ministra de Defensa durante el gobierno de Álvaro Uribe, uno de los “logros” que más se destacan de su gestión, fue la llamada Operación Orión. Operación Militar que tuvo lugar en la Comuna 13 de Medellín y cuyo objetivo era atacar a las milicias de las FARC y el ELN que hacían presencia en este sector de la ciudad. Esta operación militar ha estado rodeada de todo tipo de inconsistencias, una de ellas, de las múltiples denuncias sobre la manera como las acciones fueron llevadas a cabo no solo por miembros de la fuerza pública, sino por paramilitares. Aunque las cifras oficiales y las que han entregado distintas ONG en relación con el caso, se calcula que este operativo dejó un saldo de más de 200 civiles heridos, un sinnúmero de ejecuciones extrajudiciales y más de 70 personas fueron desaparecidas, no solo durante sino en los días posteriores al operativo. Hoy se cree que muchas de estas personas pueden yacer en la fosa común de La Escombrera, una de las más grandes en Colombia, en donde se calcula que habría más de 300 cadáveres. Las investigaciones se han visto entorpecidas desde el principio de las excavaciones por distintas razones, desde la falta de capacidad técnica, pasando por las dilaciones típicas de un Estado que no tiene interés en decir la verdad sobre lo ocurrido. http://delaurbe.udea.edu.co/2015/08/18/la-operacion-orion-antes-durante-y-despues/
  2. Un ejemplo de esto puede verse en su publicidad de campaña: https://twitter.com/mluciaramirez/status/1008182445252988930
  3. Existen numerosos informes que demuestran cómo en lugares donde hay presencia de actores armados, independientemente de si se trata de actores legales o ilegales, las cifras de violencia contra las mujeres aumentan significativamente. Aun cuando nos encontramos en un contexto muy distinto en la actualidad, debido a la firma del Acuerdo de Paz con las FARC, la situación sigue siendo preocupante.
  4. La falta de autonomía económica es una de las razones que ata a las mujeres a situaciones sostenidas de violencia y la incapacidad de desarrollar plenamente sus proyectos de vida. Esa falta de autonomía se traduce en cosas como la imposibilidad de administrar libremente sus ingresos, la dependencia frente a otras personas (generalmente hombres) o situaciones como el bajísimo acceso de las mujeres a la propiedad. Por ejemplo, en Colombia la propiedad formal sobre la tierra ha sido históricamente masculina. Esta situación genera muchas dificultades para las mujeres cuando intentan acceder a procesos de reparación y restitución, como los que están contemplados en la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, pues se vuelve muy difícil demostrar la relación que se tenía con los predios.