Edwin Cruz Rodríguez

* Edwin Cruz Rodríguez

Politólogo, especialista en Análisis de políticas públicas de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en Análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos de la Universidad Externado de Colombia, candidato a doctor en Estudios políticos y relaciones internacionales e integrante del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado varios artículos en revistas especializadas de distintos países. En 2011 obtuvo el primer lugar en el premio de ensayo sobre América Latina (categoría estudiante de doctorado) del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá

La Coalición Colombia, que reunió las agrupaciones Compromiso Ciudadano, Alianza Verde y la fracción del Polo Democrático liderada por el MOIR, tuvo un importante desempeño en las elecciones presidenciales hasta el punto de que, en contra de las encuestas, estuvo cerca de desplazar a Colombia Humana de la segunda vuelta presidencial. Sin embargo, fracasó rotundamente en su intento de constituir una identidad y un discurso políticos de centro.  

La Coalición encontró un espacio discursivo saturado, más que polarizado. El lugar del centro ya estaba ocupado por Petro, cuyo discurso de modernización capitalista teóricamente no se distingue mucho de la “tercera vía” de Santos. Los dirigentes de la Coalición se sitúan más a la derecha que a la izquierda. Comparten con las élites su añejo temor frente a formas de política basadas en la interpelación directa del pueblo. Su electorado estuvo compuesto, para simplificar, por tres tendencias. Primero, personas que quizás simpatizan con las propuestas de la derecha uribista pero que no ven con buenos ojos sus métodos ni su prontuario criminal. Segundo, gente que no necesariamente se define como de centro, pero que rechaza la clase política tradicional y ha visto en personas como Antanas Mockus, Sergio Fajardo y Claudia López una política alternativa, que por distintos factores no encuentra en la izquierda. Y tercero, un grupo reducido de izquierda que por razones estratégicas o ideológicas prefería votar por la Coalición que acompañar a Colombia Humana.  

Para abrir un espacio en el centro, la estrategia de la Coalición se enfocó en desplazar a Petro hacia el supuesto extremo de izquierda, magnificando las diferencias. En esa disputa, que predominó en la primera vuelta, el principal error de la Coalición fue erigir como su principal enemigo al líder de Colombia Humana. Inicialmente, el discurso de la Coalición se articuló contra la corrupción. Establecía como antagonistas a la clase política tradicional y al uribismo, dejando abierta la posibilidad de una articulación con Colombia Humana. Sin embargo, frente a la avasallante capacidad de Petro para articular nuevos votantes en sectores tradicionalmente marginados del escenario político y crecer en las encuestas, la respuesta de la Coalición fue moverse más hacia la derecha.  

La preponderancia que tenía la lucha contra la corrupción cedió en la primera vuelta ante el predominante rechazo del “castrochavismo”, que tuvo como protagonista a Claudia López, quien con endebles argumentos y prejuicios identificó, sin más, la opción representada por Petro con el uribismo, arguyendo que ambos significaban acabar con el país. La reiterada negativa de la Coalición a establecer una alianza amplia y realizar una consulta en la que participara Colombia Humana se explica por las mismas razones. Además de apoderarse del centro, al establecer un marcado antagonismo con Petro la Coalición buscaba tanto asegurar como cautivar más votos en la derecha. Este parecía un movimiento inteligente, teniendo en cuenta que sus escasos votos de izquierda, incluso los del MOIR, iban a terminar en Colombia Humana.  

En efecto, en el análisis de la Coalición estaba claro que su principal adversario en la primera vuelta era Petro y en la segunda lo sería el uribismo. De ahí que en lugar de construir un discurso político de centro, concentrara sus esfuerzos en atacar a Petro, incluso con la curiosa invectiva según la cual Fajardo era el único que podía vencer al uribismo en segunda vuelta. Como consecuencia, no solo omitió marcar una frontera que la diferenciara del uribismo, sino que quedó totalmente desarmada frente a él. En la primera vuelta predominaron las manifestaciones de desconfianza y de odio frente a Petro, mientras se hacían pocos cuestionamientos al candidato uribista. Incluso en la segunda vuelta la preocupación nuevamente se concentró en Petro. Quienes optaron por el voto en blanco continuaron afirmando que él y Duque representaban dos males equivalentes, reafirmando los prejuicios tantas veces refutados por la conducta del líder de Colombia Humana. 

Esa estrategia de la Coalición envió un mensaje erróneo, según el cual es más grave el “castrochavismo” –con todas las falacias que acompañaron su argumentación- que la tan denunciada corrupción. El elector de derecha, potencial votante del uribismo aunque no comparta sus métodos y su prontuario, captó a la perfección este mensaje. Frente a un mal tan enorme como el “castrochavismo” era obvio que muchos votantes prefirieran la mano dura conocida del uribismo que la elusiva alternativa que ofrecía la Coalición. Para esos electores, el diagnóstico de la disputa electoral en términos de “polarización” y la acusación de que Petro alentaba el conflicto de clases, que con tanta vehemencia y eficacia difundió la Coalición, en lugar de impulsarlos a votar por el centro, los llevó directamente a los brazos del uribismo. 

En otros términos, la campaña de la Coalición se concentró en darle la razón a quienes preferían apoyar el retorno del uribismo que arriesgarse al establecimiento del “castrochavismo”, con todas las consecuencias negativas que eso tiene en términos de la construcción de una cultura política democrática, pues de esa manera terminó por legitimar la exclusión del espacio político legítimo de todo aquello que pueda ser asimilado a izquierda política, incluido el medio millar de líderes sociales asesinados. De ahí el abultado caudal de Duque.  

De ahí también las dificultades que tuvieron los dirigentes de la Coalición proclives a una alianza con Colombia Humana en la segunda vuelta. Manifestar cualquier apoyo implicaba pactar con el demonio del “castrochavismo”, que días antes se habían esforzado en desenmascarar. Con eso quedó demostrado que, en última instancia, el pegamento de la Coalición estaba hecho de “antipetrismo”. Aunque las divisiones fueron presentadas como producto de la “política respetuosa” que pretenden reivindicar, un respeto que no demostraron frente al “petrismo”, pusieron en evidencia que se explican por la ausencia de un discurso político y de unos principios coherentes y compartidos.  

Las rupturas en la Coalición no se habrían presentado si realmente hubieran trabajado por construir un discurso, un proyecto político, más allá de ese antagonismo con Petro. La opción del voto en blanco, por la que optaron sus dirigentes más a la derecha, habría tenido legitimidad si no se hubieran presentado divisiones. Eso habría implicado un discurso que estableciera claras diferencias con Petro, pero también respecto del uribismo, para que constituyera realmente una manifestación simbólica de centro, tal como fue vendida. Al contrario, el voto en blanco fue una táctica retórica para ocultar su preferencia por el uribismo.  

Por lo mismo, el futuro de la Coalición no puede ser más que sombrío. La identidad política de centro está por construirse y será más difícil hacerlo en coyuntura no electoral y con un gobierno propenso a dividir el mundo entre buenos y malos, como en las administraciones de Uribe. Ahora los actores de la Coalición no solo no podrán establecer un antagonismo con Colombia Humana, sino que necesariamente deberán cooperar con ella en la oposición al uribismo. Y tendrán que hacerlo en un contexto en donde Petro está en mejor posición para liderar cualquier iniciativa en favor de la paz y en contra del abuso de poder que indudablemente tendrá lugar. 

El tiempo demostrará si son capaces de despojarse de sus prejuicios para conseguir esa cooperación o continuarán soñando con cambiar el país sin afrontar primero el reto de cambiarse a sí mismos.