Colombia amaneció con la peste del insomnio. El insomnio que envuelve a los que olvidan los subterfugios de los poderosos para mover las fuerzas oscuras del país en su inexorable condena a repetir el pasado por los siglos de los siglos.

Ganó Duque. Se salvó el país del “castrochavismo”. Con esa patraña de manipulación millones de votantes acudieron a las urnas, no por convicción en las virtudes del futuro gobernante, sino amedrentados por la amenaza de un cambio de estructuras que prometía el contrincante. Un cambio que implicaba una estrategia de inclusión, de diversidad y de pluralismo; una estrategia que garantizaba la consolidación de la paz arduamente alcanzada en la presente administración.  En cambio, eligieron un candidato joven, inexperto, que representa el continuismo, la corrupción, el clientelismo, la maquinaria política y, especialmente, la alianza con el jefe mayor del paramilitarismo que ha producido Colombia. Es decir, que seguimos en las mismas y con los mismos.

Quisiera creer y por un momento confiar en que este joven de cara inocente podría tener criterios propios y desligarse de los aliados que lo mancillan, porque admito que él no tiene un pasado criminal. Simplemente, no tiene un pasado. Su experiencia es tan escasa que esta puede ser su única virtud: ser inexperto y, por lo tanto, maleable. Pero, se sabe que su elección se la debe a Uribe y al respaldo de los sectores políticos y empresariales más corruptos de Colombia y que son de todos conocidos.

Quisiera pensar que las promesas del presidente electo en su discurso de aceptación son honestas:  que el proceso de paz no se va a hacer trizas, que trabajará con todos los sectores, que tratará de consolidar la unión, bla bla bla… Pero no es cierto porque su elección pendió de su alianza con la maquinaria que domina el país y es indudable que este joven es solo la fachada para el continuismo de quien está obsesionado con el poder y se propone gobernar en cuerpo ajeno, Álvaro Uribe Vélez.

El insomnio, la ceguera, la ignorancia y la sumisión son los males que han aquejado a Colombia durante sus doscientos años de existencia como república independiente. “Patria Boba”, el apelativo con que se designó a la etapa post-independencia, actualmente se convierte en PATRIA IDIOTA. Lo profetizó Bolívar en sus discursos de independencia y lo han seguido recordando los pocos líderes lúcidos que ha tenido el país de tiempo en tiempo.  Lo promulgó Rafael Uribe Uribe, a principios del siglo veinte, abogando por un país con libertad y autonomía, libre de las ataduras con la Iglesia y de las componendas políticas.  Lo advirtió Gaitán a mediados del siglo con su fervor de caudillo, invocando la necesidad de un sistema inclusivo de gobierno para evitar un conflicto sangriento. Lo proclamó Galán a finales de siglo, cuando el país se desangraba en una lucha de múltiples bandos. Todos estos líderes fueron asesinados con impunidad.

Santos abrió el camino a una posible conciliación de bandos opuestos tras más de sesenta años de conflicto interno. Este era el momento de consolidar este esfuerzo con un gobierno amplio y pluralista. No se pudo, no fue posible.  Continuamos sometidos a las fuerzas oscuras que nublan el pensamiento y la posibilidad de superar las exclusiones y de incorporar a las poblaciones olvidadas que hacen parte de este país. Era la oportunidad de incluir a los seres invisibles: los indígenas, los afros, las mujeres, y a los de pensamiento diferente. Es decir, a implementar, por fin, los derechos fundamentales e inalienables del conglomerado humano que compone la nación.

Melquiades curó la peste del insomnio en Cien años de Soledad cuando regresó de la muerte con una “sustancia de color apacible”. El pueblo de Macondo recobró la memoria y se avergonzó al encontrar los rastros que evidenciaban la lucha por no olvidar: etiquetas pegadas a cada objeto y las paredes  escritas con solemnes tonterías para recordar la vida. Era una vergüenza colectiva y pronto se deshicieron de ellos. García Márquez problematiza así el horror de caer en el olvido, la peor peste que afecta a un pueblo cuando se olvida de su pasado y repite los mismos errores en forma circular hasta que el desgaste progresivo e irremediable de su eje sucumbe a la autodestrucción.

¿Será que requerimos de etiquetas para recordar la historia sanguinaria y sin sentido que ha marcado a Colombia por dos siglos de independencia? ¿Qué brebaje necesitamos para superar la fase de la patria idiota? ¿Será posible impugnar la condena que vaticinó Gabriel García Márquez a los pueblos que repiten su historia por olvido y por ceguera, a la fatalidad de no tener una oportunidad sobre la tierra?