Tenía pensado escribir, para luego de la segunda vuelta, un análisis de coyuntura de esos que se acostumbran luego de cada acontecimiento político, pero qué mejor análisis que el que puede extraerse del alegre discurso de “derrota” de Petro. Los aprendizajes y las tareas están claras: no dejarnos abrumar por la tristeza, todo lo contrario, movilizar la alegría. No fuimos derrotados, hemos avanzado y el proyecto de darle a Colombia su primer gobierno democrático simplemente se ha aplazado. Por primera vez en la historia colombiana las fuerzas alternativas somos opción real de poder, representamos a más de 8 millones de colombianos y colombianas que quieren el cambio; debemos organizar la esperanza, es decir, organizar a todas las fuerzas vivas que espontáneamente desde todos los lugares de Colombia se sumaron a la campaña de la Colombia Humana; hay que trabajar para consolidar la unidad de los sectores progresistas, demócratas, alternativos y populares; sumarnos a la campaña de la consulta anticorrupción y luego ir por las alcaldías y consolidar gobiernos locales en el 2019. Como fuerza de oposición al Uribismo y a su proyecto ultraconservador, debemos movilizarnos para defender la paz, los derechos, las libertades y la vida (¡sobre todo la vida!) que ahora, más que nunca, están en riesgo; y si hacemos bien la tarea, dentro de cuatro años, como diría un amigo mío, estaremos llorando nuevamente pero de alegría.  

Entonces ya que el mismo Petro, con una claridad difícil de encontrar en nuestros líderes políticos, ha realizado el “análisis concreto de la situación concreta” y nos ha marcado además las tareas que el momento nos exige, las líneas que siguen serán más bien un intento por entender qué es lo que ha sucedido desde otra perspectiva, una que precisamente parte de desconfiar de aquel “aplazamiento” que hoy se instala en el horizonte de las fuerzas progresistas. ¿Ha cambiado algo? ¿Cómo debemos entender el despliegue de alegría y creatividad que hemos presenciado en las últimas semanas? ¿Qué quiere decir que miles de personas hayan hecho cosas que nunca habían hecho (en el marco de la campaña de la Colombia Humana)? 

A quienes nos hemos formado en el marxismo —en uno a veces demasiado teleológico— nos suele suceder que pasamos por alto las “pequeñas” transformaciones que son verdaderas trasformaciones políticas, tal vez siempre esperando el gran acontecimiento revolucionario que lo transforme todo y remplace la vieja totalidad por las nuevas formas de vida y de comunidad. Quedamos ciegos ante las modificaciones que tienen lugar frente a nuestros ojos, aun incluso cuando hacemos parte de ellas.  

Al filósofo francés Jacques Rancière parece molestarle los tipos de temporalidades en las que vivimos atrapados los marxistas: siempre el tiempo de la dominación, de la reforma o de la revolución; siempre la excusa del tiempo como una suerte de proscripción, el tiempo como “operador de prohibición”. Continuamente la excusa del tiempo, esa fastidiosa idea de que “«no es tiempo todavía», [de que] «ya pasó el tiempo» o «nunca fue el tiempo»” . Nunca llega o nunca estamos en el momento correcto para hacer el nuevo mundo, siempre demasiado tarde o demasiado pronto; así, una terrible maldición temporal parece acompañarnos a quienes queremos transformar las cosas. 

Detrás de esta forma de entender el tiempo está cierto discurso de la promesa y de su futuro cumplimiento (o, más bien, de su incumplimiento). Este discurso de la promesa va acompañado inevitablemente de un discurso del “aplazamiento de esa promesa” (2012, pág. 88) ¿Qué quiere decir esto del aplazamiento de la promesa? Fácil, que aunque nunca es el tiempo correcto, no debemos desanimarnos pues el verdadero tiempo de la trasformación ya viene, algún día o muy pronto. Pero resulta que la mayoría de las veces este tiempo correcto nunca llega. Nos pasa como a Dolores, la robot de la serie Westworld, que quiere irse con su enamorado pero él siempre le dice que ahora no es posible aunque lo será “muy pronto”; aquella es una promesa imposible de cumplir ya que ellos están atrapados en la repetición infinita de una misma historia. Así parece pasarnos a quienes a veces solo esperamos el verdadero tiempo de la trasformación y la revolución que nunca llega.  

¿Cómo salir de este discurso del aplazamiento y la promesa imposible? Rancière nos da la siguiente pista: no ignorar las múltiples temporalidades del presente. Esto quiere decir: dejar de pensar el tiempo como un tiempo lineal y progresivo, como el tiempo de la física y la ciencia moderna, y entenderlo como un tiempo lleno, como nos enseñaron Benjamin y Lenin, aunque en este caso debemos entenderlo como un tiempo lleno de otras temporalidades diferentes a la dominante. Debemos negarnos a creer que solo existe el tiempo dominante, que es también la división entre quienes tienen tiempo y los que no (recordemos que, por ejemplo, en el marxismo clásico son los trabajadores quienes equipados solamente con su fuerza de trabajo y con su tiempo de vida deben enajenarlos en favor de los intereses del patrón). El tiempo dominante aparte de ser uno solo, también implica la división entre dos tipos de personas, los que tiene tiempo y los que no. 

Entonces, desde una perspectiva de la coexistencia de múltiples temporalidades, ¿qué es lo que ha ocurrido en esta campaña?  

 

Hemos (re)descubierto que no solo existen aquellos que tienen tiempo y los que no, que no solo existen quienes viven el tiempo del trabajo y los dueños del tiempo del trabajo, presenciamos la demostración viva de ello en miles de personas que nunca antes se habían metido en política pero que esta vez lo hicieron, repartieron su tiempo entre el trabajo, la familia, el bachillerato nocturno y un ejercicio a veces excesivo de campaña, dejaron de hacer lo que siempre hacían y empezaron a hacer otras cosas: empezaron a grabar videos, escribir y recitar discursos, inventar y cantar canciones, hacer pedagogía en los parques, llenar plazas, pintar murales, liderar jornadas de chapoleo, organizar grupos de simpatizantes, familias enteras pusieron plata de su bolsillo para sacar fotocopias o comprar pinturas y cartulinas para hacer pancartas, aparecieron raperos de esos de Transmilenio con canciones para la campaña, se armaron “chivas rumberas”, se inventaron historias sobre aguacates y abejas, en fin, se hicieron cosas que no se hacían.  

 

Varias veces escuché decir, a quienes tenían en sus manos cientos de ejemplares de propaganda para repartir, que nunca (¡en serio nunca!) habían creído en la política, pero ahí estaban, habían dejado de creerse el cuento de que la política solo la hacen unos señores bien vestidos y provenientes de “buenas familias” en unos extraños y grandes edificios al lado de la Plaza de Bolívar. Allí está un gesto de lo que el mismo Rancière entiende como una demostración política, es decir, distorsión y modificación de la distribución normal de los cuerpos y sus funciones, o, en otras palabras, del lugar que ocupa la gente y de las cosas que hacen. La política también implica una demostración de igualdad, en este caso, de  la igualdad entre la gente común y corriente y la élite política corrupta que ha monopolizado por décadas las decisiones sobre el destino de Colombia, igualdad para disputarse y decidir sobre el mundo común que habitamos. 

 

Desde una perspectiva “gramsciana” se diría que estamos transformando el sentido común de la gente en el marco de una lucha por la hegemonía, y seguramente también estamos haciendo eso, pero creo que hemos presenciado algo más importante, hemos modificado el paisaje de lo visible, lo decible y lo pensable, hemos trasformado el mundo de los posibles: nuevas posibilidades se abren (volvamos a pensar en las nuevas tareas políticas) y algunas de ellas ya empiezan a realizarse ante nuestros ojos.  

 

Aviso de peligro: la “vieja Colombia” que se niega a morir ya ha empezado a responder a esta nueva apertura de las posibilidades de la única manera que sabe: en lo que va corrido desde la nueva victoria del Uribismo han asesinado a un líder o lideresa social prácticamente día de por medio, presenciamos además un intento descarado por destruir la JEP (el corazón de los acuerdos) y hace unos días volvimos a ver las imágenes de masacres en nuestro campo. Debemos prolongar aquellas pequeñas trasformaciones y avanzar mientras nos acecha nuevamente el peligro.