El pasado 1 de julio, miles de ciudadanos se congregaron en el emblemático Zócalo de la capital mexicana para celebrar el triunfo arrollador del candidato Andrés Manuel López Obrador, AMLO, en los comicios presidenciales. Más allá de una espontánea muestra de apoyo, los rostros de la multitud reunida pueden entenderse como una metáfora del cambio y la esperanza que alberga esta elección.  

El triunfo de AMLO representa un corte radical en la historia política del siglo XX mexicano. Durante años, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), se posicionó como el partido hegemónico. Interrumpido sólo en dos ocasiones, durante la presidencia de Vicente Fox (2000-2006) y Felipe Calderón (2006-2012), que representaban al conservador Partido Acción Nacional (PAN). Durante los años ochenta, apareció en el panorama político, una tercera fuerza denominada Partido de la Revolución Democrática (PRD), cuyo miembro fundador fue el propio López Obrador. Sin embargo, el mapa político no sufrió grandes cambios y lo que sí se evidenció fue un estrechamiento de las relaciones de los dos partidos más tradicionales.  

Con el apoyo del PRD, AMLO ganó las elecciones a jefe de gobierno de la ciudad de México en el año 2000, donde obtuvo un vasto reconocimiento y también fue blanco de críticas a su gestión. No obstante, la historia de este líder político comienza en Tabasco, su Estado natal, ubicado al sureste del país, dedicado principalmente a la explotación petrolera. Allí se destacó como defensor de las comunidades indígenas y de los trabajadores petroleros. Toda esta experiencia se condensa en varios libros que ha escrito como parte de su reflexión y denuncia social. 

El triunfo indiscutible de Andrés Manuel en este 2018, contrasta con las dos pasadas contiendas electorales en las cuales también fue protagonista político. Aunque no obtuvo la presidencia en esas dos ocasiones (2006 y 2012) su presencia pública y el reconocimiento popular se afianzó. Faltarían seis años más para que el agotamiento de la maquinaria del PRI y del PAN, junto con las continuas denuncias de corrupción, el incremento de la violencia a causa del narcotráfico, el autoritarismo de las fuerzas de seguridad que protagonizaron situaciones terribles de violencia (como el caso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa), el asesinato a líderes sociales y periodistas y un largo etcétera, fatigaran a los mexicanos y decidieran virar el rumbo de su país. Así las cosas, AMLO representa la esperanza de un país agotado por la violencia y la corrupción.  

Quizá esto ayude a entender las cifras de su victoria, con el 53% de apoyo de los mexicanos, López Obrador ganó en 31 de los 32 estados del país. Además el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), el partido político que lo respalda ganó cargos públicos de importancia a lo largo y ancho del país, como la jefatura de gobierno de la capital mexicana con la representante Claudia Sheinbaum. Además, este líder ha sido el más votado en la historia de las elecciones del país, teniendo como precedente al recordado Lázaro Cárdenas, en los años treinta.  

Sin embargo, las cifras no alcanzan para comprender la complejidad del escenario político mexicano. La estrategia de las alianzas fue utilizada por todos los candidatos. La consigna de la “política dinámica” se concretó en estas elecciones de la siguiente manera: el representante del PRI, Antonio Meade, propuesto por el propio presidente saliente, mantuvo su alianza con el Partido Verde Ecologista, PVEM, en una coalición denominada “Todos por México”;  mientras que el PAN, cuyo candidato era Ricardo Anaya, alzó las banderas “Por México al frente” en alianza con el PRD y el Movimiento Ciudadano (MC). López Obrador hizo lo propio, bajo el lema “Juntos haremos historia”, y realizó una inusitada coalición con el partido de centro derecha Partido de Encuentro Social (PES).  

Este panorama nos indica un movimiento profundo de las ideologías políticas otrora inamovibles. La reconfiguración de los partidos políticos evidencia el agotamiento de la política tradicional y el viraje hacia el pragmatismo,  elementos que parecen haber comprendido los ciudadanos mexicanos que salieron masivamente a apoyar la coalición de AMLO, por encima de las diferencias ideológicas. Primó la necesidad de transformación del país y, en cierto modo, de darle una lección a la clase política tradicional que se había afincado tranquilamente en el poder, desarrollando una peligrosa tolerancia a la corrupción.  

El fenómeno “Amlover” pone al descubierto un nuevo lenguaje político intergeneracional, agotado de la política tradicional y con un horizonte de expectativa orientado hacia la justicia social, la inclusión y proyectos sustentables. El gabinete que integrará el nuevo gobierno mexicano está conformado por intelectuales y académicos egresados de universidades públicas, alejados de la tecnocracia operante.  Los ojos del mundo, en especial de América Latina, están puestos sobre López Obrador. El primer paso fue conquistar la presidencia, lo que sigue es darle contenido a esa izquierda que él representa.