En México ganó la esperanza, pasión progresista que abre la posibilidad de un país en paz, para acoger a los excluidos. La aplastante mayoría mexicana ha terminado por aceptar que, como dice el candidato electo López Obrador: “por el bien de todos, primero los pobres”. 

 

Sufragio efectivo 

El pasado 1 de julio será una fecha para recordar entre los mexicanos. Tras tantos años de fraudes electorales, este acontecimiento parecía tan cercano y lejano a la vez. Que haya sucedido fue como llegar a un mundo sencillo, sin deus (o diabolusex machina que perturbe impunemente lo que a todas luces habría de pasar. La euforia recorrió las calles del Centro Histórico, a trompetazos y gritos celebramos todavía con incredulidad que estuvieran anunciando el triunfo de Andrés Manuel López Obrador (“AMLO”), candidato del partido Morena (Movimiento de Regeneración Nacional).  

Hasta el final la pregunta no fue tanto ¿ganará?, sino ¿lo dejarán ganar? Pues si en 1988 hubo “caída del sistema” contra Cuauhtémoc Cárdenas, y en 2006 actividad estadística “paranormal” en el conteo de los sufragios, ahora en 2018 cualquier “explicación” era concebible, hasta que el volcán Popocatépetl, en erupción, hiciera arder los votos recaudados para cerrarle una vez más el paso a la izquierda. El simple respeto hacia la decisión en las urnas tenía mayor efecto que ver a una criatura fantástica -¡el Sufragio efectivo!- atravesar la Alameda Central, donde aguardábamos por AMLO.  

A la espera de nuestro futuro presidente, y como si de pronto ese fuera el lugar para invocar todos los atropellos pasados, se hizo el conteo a todo pulmón de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, clamando ¡justicia! al llegar al guarismo en que se cifra su dolor, el de sus familias, y acaso indirectamente el de los 34 mil desaparecidos, en gran medida saldo de la llamada “guerra contra el narcotráfico”.  

Al dejar el Zócalo nos siguieron aún los ríos desbordantes de gente y los clácsons triunfales de automóviles, taxis, tráilers y autobuses. Pero la emoción no nos abandonó ya ni cuando logramos conciliar el sueño, que era un sueño de esperanza.  

 

Radiografía de la esperanza 

AMLO ha sido acusado por sus detractores de encarnar cierto peligro. Por su insistencia en la dimensión moral de la crisis política, así como por su confianza en la honestidad para salir de ella, lo han tildado de líder “mesiánico”. Según esto, no habría más que ver el lema del partido político que encabeza: Morena, la esperanza de México 

¿No es, pues, un “populista” que atiza las pasiones populares a su conveniencia? Más aún, no se trataría sólo de un manipulador astuto de los otros con el optimismo de sus promesas, sino que él mismo estaría sometido a sus propias pasiones: sería un “loco”, incapaz de plegarse a los más mínimos criterios de racionalidad y, en tanto tal, “un peligro para México”. Eso oímos en los medios, eso leímos en los periódicos, eso repitieron insidiosamente los spots 

De este modo, la defensa del modelo neoliberal equivalía a la defensa de la razón contra la irracionalidad de las pasiones. ¿Pero olvidaremos acaso, incautos, que el temor y el miedo son también pasiones? Es más, según el filósofo Baruch Spinoza (1632-1677), el miedo constituye junto con la esperanza una de las dos pasiones políticas principales, pues ambas permiten modular las acciones futuras de los demás.  

Desde esta perspectiva, el miedo fue la pasión predilecta de los partidos mexicanos actuales, adherentes al neoliberalismo. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Acción Nacional (PAN) afirmaron que de llegar AMLO perderíamos nuestra casa, nuestro empleo, se desplomaría el peso, se expropiarían nuestros bienes y demás despropósitos; el ex-presidente Felipe Calderón, en particular, emprendió bajo su mandato (2006-2012) una guerra fóbica y delirante contra narcotraficantes y criminales, logrando sólo fragmentar los cárteles, desatar la violencia contra civiles… Y fortalecer al Cártel de Sinaloa.  

El verdadero Trump mexicano no es AMLO, como algunos derivaban de su “perfil mesiánico”, sino el profeta apocalíptico y panista Felipe Calderón, con quien comparte una política fóbica de purificación a expensas, en un caso, de los migrantes hispanos, en el otro, de criminales entendidos como enemigos de guerra a abatir.  

No hay entonces tal cosa como una oposición entre un gobierno razonable contra otro pasional, como reza la postura anti-populista reciente. Siempre se gobierna con las pasiones, ya sea miedo o esperanza. Pero eso no impide que la esperanza tenga sus razones, que AMLO no ha dejado de mencionar: el mundo conoció su mayor crecimiento económico bajo una economía de inversión social entre los años 30 y 70. México en particular vivió un periodo de prosperidad bajo una política de protección social que permitió el surgimiento del llamado Milagro mexicano.  

Pero en ningún otro ámbito se ve con más claridad el significado de esperanza que en la propuesta audaz de AMLO de otorgar amnistía a algunos sectores del narcotráfico, que la doctrina o la retórica calderonista aún vigente pretendía aniquilar en bloque. Capos, gatilleros, jóvenes reclutados por la fuerza, campesinos empobrecidos, para el calderonismo todos por igual habían elegido mal y merecían ser tratados como enemigos de la nación. 

Durante décadas, el Estado mexicano ha abandonado a sectores enteros de la población a su suerte, esperando que encuentren un lugar en el mercado sin mediación del Estado y que de ahí pueda venir la prosperidad. Y, en efecto, han encontrado su lugar en el mercado, en el único nicho económico que quedó cuando el TLC quebró al campo mexicano: el de la producción, tráfico y venta de drogas.  

Y cuando uno o varios individuos quedan abandonados por su Estado, uno puede esperar que se organicen incluso a costa de su propia nación para asegurar su supervivencia (Hobbes). El Estado no puede entonces ser un simple juez castigador, puesto que ha sido culpable de arrojar a la gente a delinquir y, por añadidura, cómplice directo a todos los niveles – “Narcoestado”, dicen algunos-. No será sencillo, pero con la amnistía se levanta la esperanza de vivir en un México reconciliado a pesar de conflictos intestinos, guerras perdidas, indecidibles y complejas; la esperanza de un México en paz.  

 

Un vasto rumor llena los ámbitos 

Durante años muchos mexicanos parecían diseminar en vano afanes, esfuerzos y sus votos en un páramo de sueños. Pero poco a poco el porvenir cambió de signo para la mayoría. En vez de aferrarse al presente por temor al cambio futuro, se rechaza el presente por esperanza de un futuro mejor y distinto; el miedo se muda en esperanza en esta geometría de las pasiones. 

Los años de 1988 y 2006 fueron para México indicios de este cambio que hoy ha ganado a las amplias mayorías hasta volverse irreprimible (AMLO 53%, Anaya del PAN 22%, Meade del PRI 16%); esta chispa, hoy presente en otras partes de Latinoamérica y el mundo, habrá asimismo de encenderse, tarde o temprano e incluso con más brillo.