Mariana Calderón Jaramillo

* Mariana Calderón Jaramillo

Socióloga. Estudiante de la Maestría de Estudios Sociales de la Ciencia de la Universidad Nacional de Colombia. Feminista interesada en las discusiones sobre los cuerpos en la ciencia, la medicina y la tecnología.

Aunque la institucionalización de la sigla LGBTI y la configuración de las subjetividades que la componen como partes de una comunidad más amplia es el resultado de una larga lucha, la idea de una colectividad LGBTI no está libre de tensiones (…) 

 El pasado primero de julio asistí a la Marcha del Orgullo LGBTI en Bogotá. En medio de un arcoíris de personas que celebraban y defendían sus derechos como sujetas con identidades de género y orientaciones sexuales diversas, compartí la emoción de ver una movilización que cada año adquiere más visibilidad en la vida bogotana. A pesar de esto, la marcha también dejó sinsabores para muchas personas Trans, esa T de la sigla LGBTI, que, además de tener que enfrentar constantemente a múltiples formas de violencia y discriminación, debieron enfrentarse a éstas en su propio día de lucha y resistencia. 

 

Para muchas personas Trans el día del orgullo empezó temprano con una reunión convocada por la Red Comunitaria Trans, cuya sede está ubicada en el barrio Santa Fe. A las once de la mañana iniciamos la Marcha del Orgullo Trans, que primero recorrió este barrio, uno de los cuales concentra buena parte de la población Trans bogotana. En esta Marcha se conmemoraron las vidas de varias mujeres que han sido víctimas de transfeminicidios y travesticidios. La marcha que crecía en número y entusiasmo a cada paso, continuó su camino hacia el Parque Nacional para unirse con la Marcha del Orgullo LGBTI, con la intención de que marcháramos todxs juntxs. 

 

Sin embargo, aun cuando la Red Comunitaria Trans había preparado una carroza para participar de la marcha –tal como habían hecho otras organizaciones–, justo antes de iniciar el recorrido nos informaron que la única carroza que no estaba autorizada para hacerlo era ésta, supuestamente por “no cumplir con los requisitos de seguridad”. Adicionalmente nos enteramos que la carroza había sido desmantelada y que el sonido de la misma había sido robado. 

 

Ante esta situación muchas participantes de la Marcha del Orgullo Trans reaccionaron tratando de buscar la solidaridad de sus compañerxs de movilización para tratar de garantizar que su carroza –que había sido el resultado de un arduo mes de trabajo y de una inversión importante de recursos– también hiciera parte de la marcha. A pesar de las protestas, la Marcha Trans se enfrentó a una disyuntiva: no pudo contar con la solidaridad de las demás personas marchantes y tuvo que decidir entre no marchar y dejar que sus espacios como personas de la población LGBTI siguieran siendo recortados, o marchar a pesar de los maltratos que estaban sufriendo, esta vez ya no sólo por las autoridades de la ciudad, sino también por parte de sus propias aliadas y aliados. 

 

Me tomé el tiempo de contar lo ocurrido porque creo que es importante reconocer que de ninguna manera se trata de una situación aislada, y que, por el contrario, da cuenta de cómo formas de discriminación y violencia transfóbicas son constantemente reproducidas por grupos de personas que también han sido maltratadas por razones de género, sexo y sexualidad. Ante esto, las personas Trans se encuentran en una complicada encrucijada en términos políticos entre aprovechar los espacios que se han ido abriendo desde la reivindicación de la diversidad de orientaciones sexuales e identidades de género –aunque las discriminen–, o resistirse a estos espacios y de alguna manera autocondenarse a ser invisibles e inaudibles –ser marginadas de sus propias luchas–. 

 

¿Dónde está la T? 

 

Aunque la institucionalización de la sigla LGBTI y la configuración de las subjetividades que la componen como partes de una comunidad más amplia es el resultado de una larga lucha, la idea de una colectividad LGBTI no está libre de tensiones, es problemática y ha sido problematizada. Las luchas de cada una de las letras que compone la sigla han sido diferentes y han estado atravesadas por diferencias de privilegios. Esto ha generado jerarquías entre las subjetividades que componen la sigla. 

 

Las personas Trans son uno de los grupos que probablemente padece de manera más profunda las formas de violencia y discriminación producidas por dichas jerarquías. La situación de las y los Trans es crítica: el rechazo y discriminación lleva a la mayoría de estas personas a ser abandonadas por sus familias, a ser excluidas tempranamente de los espacios educativos, a no recibir la atención que requieren en salud (ya sea o no como parte de sus tránsitos) y a tener pocas posibilidades laborales. Aunque el trabajo de Andrea García Becerra (2010) ha señalado cómo otras formas de dominación (como la raza, la clase, el lugar de origen y el nivel educativo) generan diferencias en las trayectorias de vida de las mujeres Trans, es incuestionable que los niveles de exclusión a las que se enfrentan las afectan de forma profunda. 

 

A pesar de la agudeza de la transfobia y la necesidad de combatirla, las luchas urgentes de las personas Trans a menudo se enfrentan a limitaciones impuestas no sólo por la sociedad en general, sino también por las mismas personas que podrían ser sus compañerxs y aliadxs. Al interior del movimiento LGBTI, a menudo las Trans tienen problemas para negociar sus propias agendas, ya sea por la transfobia interna de las personas; por su situación de desventaja en términos de capital social, económico y político; o por la falta de solidaridad y sensibilidad a sus agendas y necesidades. 

 

A lo anterior se le suma la relación tensa que se ha mantenido entre las personas Trans y diferentes corrientes feministas, que han reforzado no solo la invisibilización de las necesidades de las personas Trans, sino también una serie de incomprensiones entre las mujeres Trans y las mujeres feministas –muchas de las cuales se llaman a sí mismas cisgénero en el marco de un ejercicio que me recuerda mucho a una prueba de la pureza de la sangre–. 

 

Estas posturas de personas y grupos que podrían ser aliadas y aliados reproducen formas de discriminación y violencia transfóbica, al punto que muchas Trans son reticentes a llamarse a sí mismas feministas, y muchas otras se sienten poco escuchadas, incluso engañadas, en el medio de una manifestación pública que está orientada hacia la búsqueda de sus derechos. 

 

Me pregunto entonces dónde está la T, no porque las personas Trans no estén permanentemente participando de muy diferentes espacios para alcanzar y defender sus posibilidades de ser, de ser Trans, sino porque veo con preocupación la manera como en nuestras prácticas cotidianas y políticas las aislamos, las señalamos como diferentes, y nos/les negamos la posibilidad de construir conjuntamente una sociedad que no esté tan profundamente limitada por un sistema sexo/género binario (Lane, 2009).  

 

T de trans, de transformadoras y transgresoras 

 

Hay pues lecciones que como feministas y como personas LGBTI podemos aprender de las personas Trans. En este sentido considero necesario un análisis más profundo de las jerarquías existentes al interior del movimiento LGBTI, y de las distancias que como mujeres feministas hemos establecido con las personas Trans  –especialmente con las mujeres Trans–. Contar lo sucedido en la Marcha del Orgullo es un muy pequeño punto de partida para reflexionar sobre la situación, pero no quería dejar pasar un doloroso ejemplo de la manera en que permanentemente tenemos prácticas y actitudes transfóbicas que rompen las posibilidades de hacer alianzas entre nosotras, son poco sensibles a las necesidades específicas, las violencias y las formas de discriminación a las que se enfrentan las personas Trans, y olvidan el carácter interseccional de nuestras apuestas políticas (García Becerra, 2009). 

 

Aunque en nuestras posiciones subjetivas nos enfrentamos a estructuras de raza, clase, sexo, género, orientación sexual y localización geopolítica que pueden ser similares, las formas en que cada una de nosotras las experimenta no son iguales. El reconocimiento de estas diferencias no debe llevarnos a marcar una línea tajante entre cuáles son nuestras luchas y cómo estas son diferentes de las luchas de las demás personas, tampoco entre las personas a las que les mostramos solidaridad y a las que no, sino que debe llevarnos a tejer alianzas sinceras respecto a cómo articular nuestras esperanzas de cambio. 

 

No dejemos que situaciones como las del pasado primero de julio se repitan, reconozcamos que hay mucho que podemos aprender de las experiencias encarnadas de las personas Trans, y que su T es de transgresoras y transformadoras. No dejemos que griten solas, sus luchas también son nuestras. 

 

Referencias bibliográficas 

 

García Becerra, Andrés. (2009). Tacones, siliconas, hormonas y otras críticas al sistema sexo-género. Feminismos y experiencias de transexuales y travestis. Revista colombiana de antropología, 45(1). 

 

García, Andrea. (2010). Tacones, siliconas, hormonas y otras críticas al sistema sexo-género. Tesis de maestría en Estudios de Género, Universidad Nacional de Colombia. 

 

Lane, Riki. (2009) “Trans as Bodily Becoming: Rethinking the biological as diversity, not dichotomy”. Hypatia, (24) no. 3. Pp. 136-15