Damián Pachón Soto

* Damián Pachón Soto

Doctorado en Filosofía de la Universidad Santo Tomás con la tesis "Francis Bacon: de la reforma del saber al imperio humano sobre el universo. Una lectura a partir del concepto de Forma" (2017). Se ha desempeñado como profesor ocasional de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional, Profesor de Tiempo Completo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás, donde fue Director de la Maestría en Filosofía Latinoamericana. En la actualidad es profesor de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad Industrial de Santander. Es autor de varios libros, entre ellos, Estudios sobre el pensamiento colombiano, Estudios sobre el pensamiento filosófico Latinoamericano, Crítica, Psicoanálisis y emancipación. El pensamiento político de Herbert Marcuse. Colaborador asiduo como columnista en El Espectador y Le Monde Diplomatique, Edición Colombia. Fue miembro del Grupo de Investigación en Teorías Políticas Contemporáneas, TEOPOCO, de la Universidad Nacional.

 

“Todo hombre… contribuye, por tanto, a sostener o a modificar una concepción del mundo, o sea, a suscitar nuevos modos de pensar”.  

Antonio Gramsci. 

 En una carta de Nietzsche a su descubridor George Brandes, fechada el 2 de diciembre de 1887, el Solitario de Sils Maria decía: “Una filosofía como la mía se parece a un sepulcro. Ella arranca a un hombre de la sociedad de los vivos”. La inversión que le permite la metáfora a Nietzsche es interesante: el sepulcro no es la muerte, sino el retorno a la vida de aquellos que están dormidos en la realidad, es decir, de aquellos que son sonámbulos en este mundo, ‘en la sociedad de los vivos’, ya sea porque están embriagados de viejos valores cristianos, ya sea por la interiorización permanente de su mala conciencia que les impide vivir, que les atrofia la libertad de espíritu y les convierte la vida en una pesadez.  

El ‘sepulcro’ es la vuelta a la vida auténtica, permite el paso de la vida enajenada, alienada, por decirlo así, a la vida autoconsciente; o para decirlo con el filósofo japonés Nishida Kitaro: “la filosofía es la transformación de una conciencia ordinaria en una conciencia despierta”; es un autodespertar que se da, por paradójico que suene, en el sepulcro al que es lanzado el hombre por la filosofía. Es desde allí que se da el nuevo comienzo, la inocencia de la vida y la santificación del devenir.  

Ese despertar es para Nietzsche un estremecimiento, es el derrumbe de los cimientos de la cultura occidental cristiana, de la cultura moderna. Es la acción que sigue a la destrucción del edificio de los valores caducos del mundo. Pero, justamente, esa “destrucción” debe hacerse con dinamita, con la dinamita de la filología, la crítica o la filosofía, o, en pocas palabras, con la genealogía que martilla subterráneamente y pone el mundo en crisis. Filosofar para poner el mundo en crisis no es lo mismo que filosofar porque el mundo está en crisis. La primera es una acción, es actividad, es empuje, dinamismo; lo segundo, es una especie de reacción ante lo inevitable, ante lo que se nos impone con cierta necesidad, pero, al fin y al cabo, ante una realidad que debemos superar creativamente.  

Por eso filosofar nos hace revolucionarios y revolucionario es, como diría Heidegger, “el que en una época de transformación ilumina, aclara, piensa y especta lo decisivo que se anuncia en la transformación”, es decir, quien capta las señales, tiene buen olfato y buen oído para percibir las tendencias de su tiempo… Esas mismas que palpitan en las entrañas de la realidad, del momento histórico.  Ahora, una vez captadas las señales del tiempo, hay que poner manos a la obra, hacerlo con pasión, pues nada se logra con la desidia y la modorra del hombre. Ya decía el propio Nietzsche que las grandes cosas están para los grandes espíritus.  

Las crisis son el debilitamiento de las formas de vida, los signos de su descomposición; la disolución de las creencias y las seguridades. La filósofa española María Zambrano define las crisis como aquellas que muestran “las entrañas de la vida humana, el desamparo del hombre que se ha quedado sin asidero, sin punto de referencia; de una vida que no fluye hacia meta alguna y que no encuentra justificación…cada crisis histórica nos pone de manifiesto un conflicto esencial de la vida”. Hoy, nosotros hemos puesto el mundo en crisis: crisis ambiental, demográfica, alimentaria, energética y crisis axiológica. La crisis axiológica es la absoluta “perversión de los valores”, su destrucción. Este es el diagnóstico, de tal manera que, partiendo de allí, el hombre puede avizorar la posibilidad del regreso al cosmos silente, esto es, de su autodestrucción o auto-antropofagia, pues con nuestros actos nos canibalizamos todos los días… Sólo el hombre es un ser suicida.  

El hombre de hoy está dormido, dormido gracias a los narcóticos de la sociedad pomposamente trivial en la que vivimos; gracias a sus medios, su manipulación, su banalidad, su ausencia de criterio y valoración. Por eso estamos inundados de violencia, hambre, manipulación de los gobiernos, dictadura de la economía sobre la vida; secuestro de la democracia por los poderes y los intereses corporativos; deshumanización constante, muerte sistemática de niños, adultos y desterrados; renacer del fascismo social, racismo, insolidaridad, indiferencia… resignación.  

Nos hemos quedado sin polo a tierra, flotando en el marasmo de la sociedad velocífera, del mundo donde nuestros ritmos vitales se han mecanizado. Esta mecanización es una automatización cuyo “ideal —como decía el maestro Abel Naranjo Villegas— se ha desplazado también al espíritu, en el empeño de ahorrar todo esfuerzo. El aparato de la actual civilización parece orientarse a hacer superflua toda actividad mental”. Por eso, a las crisis mencionadas debemos agregarle la crisis de pensamiento y reflexión que vive el mundo actual. De ahí que hoy necesitemos cierta mesura, prudencia, un “go slow” para hacer un alto y fijar un horizonte de sentido común para la humanidad y así evitar la catástrofe, la debacle que se avecina.  

Frente a la crisis, frente a la deshumanización radical que vive la humanidad, sólo queda la creación, la imaginación, la utopía, la búsqueda, la vocación de futuro. Es necesario trascender el mundo que tenemos, constituir la esperanza en un vacío activo para cruzar el dintel del conformismo; vitalizar la utopía para crear racionalidades alternativas a las hegemónicas; inventar nuevas formas de sentir, ser y vivir; luchar por lo que clama por realizarse en cada uno de nosotros; buscar la manera de materializar la pluridimensionalidad humana rica en deseos, anhelos, sueños e ilusiones… En fin, renacer como el ave fénix de los signos de nuestra aniquilación, y despertar de nuestras miopías, nuestros egoísmos, nuestros torbellinos, nuestras tribulaciones y nuestras ignorancias. Y, como todo despertar, regresar a la claridad… Búsqueda de la claridad que es vocación de toda auténtica filosofía 

En ésta tarea, la filosofía debe volverse acción viva, forma de vida, como pensaban Francis Bacon, Nietzsche, María Zambrano, Pierre Hadot, para sólo mencionar algunos. Y como filósofos, es nuestro deber contribuir a esta labor, pues si la sociedad ya no se ocupa de la filosofía, es preciso que la filosofía vuelva a ocuparse de la sociedad y de su componente concreto: el hombre. Esta ocupación con la sociedad, su organización y la gestión de la vida en común es una tarea primordial de la filosofía política, la cual no sólo piensa modelos utópicos de lo social, sino que ofrece criterios normativos para la vida en común en condiciones de justicia. En este sentido, me permito plantear los siguientes 12 puntos políticos pensados como un horizonte posible —no imperativo ni dogmático—  para estos tiempos de crisis.  

1º. El hombre hace la historia, puede cambiar la realidad en la que vive, tal como pensó Gramsci, quien sostuvo: “La historia como acaecimiento es pura actividad práctica”, es decir, la voluntad del hombre produce transformaciones, no sólo en el nivel económico, sino en el nivel cultural, intelectual y moral. Tener conciencia de la historia como creación típicamente humana es un punto de partida fundamental para evitar la resignación, el conformismo y la claudicación ante el presente.  

2º. La contienda por el poder y por ganar la dirección de la sociedad se da no sólo a nivel de la sociedad política (parlamentos, sistema electoral, poder ejecutivo) sino especial y principalmente en el campo de la sociedad civil, es decir, en las organizaciones políticas, sindicales, educativas, grupos ambientales, movimientos LGBTI, grupos religiosos, movimientos culturales, organizaciones u ONG´s en defensa de los derechos humanos, etc., es decir, en el seno de la sociedad misma.  

3º La política consiste en disputar el sentido común (opiniones, creencias, supersticiones, prejuicios, valoraciones, en fin, la concepción del mundo de la gente) de la sociedad. Para ello, se requiere partir de lo “que hay”, criticarlo, elaborarlo y “superarlo” en una visión nueva (o nueva concepción del mundo) que se debe difundir y consolidar por medio de la propaganda, la discusión, la seducción, la persuasión, etc. La política es el arte de seducir y convencer, como pensaba Gramsci, de tal manera que los nuevos intereses de un grupo o partido, se impongan en la mayoría de la sociedad y reciban el respaldo de la gente. En eso consiste que una determinada idea, visión del mundo o programa político se torne hegemónico, tal como en el horizonte de Ernesto Laclau.  

4º. Sustituir una vieja concepción del mundo, por ejemplo, la neoliberal, basada en el darwinismo social, el exitismo, el egoísmo, la competencia, la destrucción de la naturaleza, la mecanización de los procesos vitales en la sociedad del frenesí, etc., requiere deconstruirla y sustituirla por un nuevo sentido común, que, por ejemplo, esté afincado y constituido por otros valores y prácticas. Se trata de una rebelión de los instintos vitales contra la tanatopolítica y la creación de nuevas formas de vida. Éstas pueden recoger y aprender de la tradición, recoger los sedimentos revolucionarios y los restos de libertad y dignidad aún no realizados en la historia de las luchas emancipatorias, como pensaron algunos miembros de la Escuela de Frankfurt.   

5º. Destruir el sentido común de la clase dirigente, oligárquica, señorial, aristocrática, corrupta, etc., y cambiarlo por una concepción del mundo que defienda lo común (tierra, agua, aire, conocimiento, intereses colectivos) toma tiempo, y requiere trabajo con las “gentes sencillas”. Para lograrlo, es necesario el trabajo social, la militancia, la educación popular, el trabajo en cultura política, pues las ideas progresistas, novedosas, etc., no ganan la aprobación de la gente de un momento a otro.    

6º La lucha política implica la construcción de un adversario, que, a diferencia del enemigo, se lo respeta, considera y asume como un interlocutor válido. El adversario representa un orden que fenece, que ha producido un orden social que se encuentra en crisis orgánica, pues ya no responde a las necesidades de la gente. Es ese viejo orden el que se debe criticar, deconstruir, superar y vencer en la lucha por la construcción de las hegemonías políticas. Ese adversario es, comúnmente, la clase dominante, oligárquica, corrupta, despótica y nepotista que ha consolidado una hegemonía utilizando los “aparatos ideológicos del Estado” (Althusser) y que ha logrado convertir su ideología en una encarnación viviente, esto es, que la ha naturalizado.   

7º. En la lucha antagónica por la hegemonía es fundamental el papel de los intelectuales, de los estratos más conscientes, en pleno contacto con la sociedad. Es así como se puede elaborar, en la retroalimentación con los sectores subalternos, una visión más coherente y sistemática de la realidad. Por eso, los intelectuales son fundamentales en la construcción de la ideología, entendida no como falsa conciencia, sino como un conjunto o sistema de ideas que tienen poder real para la definición y la movilización en pro de la construcción de una nueva concepción del mundo.   

8º  La definición del adversario, la construcción de un relato alternativo sobre el ser social, el proyecto cultural y moral, la construcción de ideologías, la educación, el diálogo de los intelectuales con los subalternos, etc., fundamentan cierto “constructivismo político”, donde, de la mano de Ernesto Laclau, es posible mediante procesos de articulación política, construir una universalidad donde quepan los intereses comunes, las reivindicaciones y las demandas de los distintos sectores y actores de la sociedad civil, concebida no de manera homogénea, sino “molecuralizada” (Nicos Poulantzas).     

9º. La construcción de hegemonías es una tarea permanente, pues ésta nunca es absoluta, ni totalizante, de tal manera que no clausura lo social, ni totaliza la realidad; mucho menos elimina una de las características fundamentales de las sociedades actuales: el conflicto y el antagonismo. Aquí no hay paraísos, ni fin de la historia, sólo un devenir conflictivo de lo social. Desde este punto de vista, se revoca el acta de defunción de la historia que Francis Fukuyama proclamó pletórico de optimismo el siglo pasado en su libro El fin de la historia y el último hombre.  

10º. El objetivo es construir sociedad civil. Sólo así se puede radicalizar la democracia, radicalización que consiste, por un lado, en la creación de instituciones que materialicen y garanticen la libertad, así como los derechos ganados; y, por el otro, el control democrático del Estado y sus decisiones. Aquí la participación política y la fiscalización de la actividad gubernamental es fundamental, pues el poder es considerado como potestas o poder delegado (Enrique Dussel) que en ningún momento escapa a la veeduría y fiscalización de la sociedad y de la comunidad política, es decir, es la ciudadanía activa y participativa la que evita la fetichización del poder. 

11º. Los programas alternativos deben alimentarse de las distintas apuestas del mundo, de los aportes de los intelectuales críticos latinoamericanos, africanos, asiáticos, europeos, sin perder de vista el constructivismo y la necesidad de la articulación política para construir un mundo común, diverso, rico, donde quepamos todos 

12º. Esta apuesta política no puede perder de vista estos dos sub-principios: a) la vida biológica es la condición de posibilidad de la vida humana y b) el fin de los sistemas sociales y políticos es garantizar, en la mayor medida posible, en condiciones de libertad, justicia y dignidad, la realización de la pluridimensionalidad humana para todos los habitantes del planeta.    

Estos preludios filosóficos a otro mundo posible se sustentan en la convicción de que el hombre produce, reproduce y crea sus propias condiciones de existencia, y de que la lucha por la vida digna y gratificante es la principal tarea que tenemos hoy, sino queremos que la empresa humana fracase.