El día que Estados Unidos se comprometa a reducir el número de consumo de drogas, ese día tendrían el derecho de reclamar la reducción del número de hectáreas de cultivos ilícitos. Pero lo cierto es que a nadie le interesa reducir la producción ni el consumo porque las ganancias millonarias del negocio son tan exorbitantes que los beneficiados harán todo lo posible por continuar la cadena del tráfico de drogas mientras los muertos los ponen los productores y los consumidores.

En la cadena del tráfico de droga se encuentran, de un lado, los productores. En Colombia, los cultivadores de coca son campesinos que viven del producto porque no tienen otras opciones o porque se ven conminados a hacerlo por negociantes que les compran las cosechas por una miseria.  Este es su medio de vida, el sustento de poblaciones consideradas vulnerables y que han vivido en medio del conflicto armado por generaciones. Ellos son las víctimas de la violencia descarnada que genera el tráfico de drogas. Del otro lado, se encuentran los consumidores. Estados Unidos atraviesa por un grave problema de incremento de adicción a drogas y a opioides. Las tasas de intoxicaciones, sobredosis y suicidio asociados con el consumo son alarmantes. La mayoría de los afectados son adolescentes y jóvenes menores de 25 años. Todos están de acuerdo en que es un círculo vicioso que no se soluciona solo con medidas punitivas o reforzando sistemas carcelarios.

En medio de productores y consumidores se encuentra una amplia red de procesadores, traficantes, negociantes y lavadores de activos, que son los que se lucran del negocio y no sufren ninguna de las desventajas. En primera medida, están  los narcoparamilitares. En Colombia ellos son los que controlan el cultivo y producción de la coca en los territorios que cada banda controla. Se llaman Águilas Negras, Los Rastrojos, Gaitanistas o  Clan del Golfo. Con métodos criminales se encargan de asegurar que nadie se interponga en el negocio. Son los que tienen a su cargo eliminar líderes sociales, defensores de derechos humanos, mediadores o alguno que llegue con programas de sustituir los cultivos ilícitos.

A los narcoparamilitares, por supuesto, no les convenía que se efectuaran los acuerdos del gobierno con las FARC. Por años, tenían la ventajosa excusa de ejercer sus deleznables métodos para “dizque acabar con la subversión”.  Además, eran socios de los miembros de las FARC que ejercían el negocio.  Estos son los criminales que están eliminando a los líderes sociales con un método sistemático y bien calculado. El propósito es intimidar y crear un régimen de terror en sus territorios. Y lo hacen con impunidad total porque estos criminales cuentan con el apoyo de las fuerzas de policía, los mandos militares y los propios miembros del nuevo gobierno.  Esto explica porqué desde la elección del nuevo mandatario se han ejecutado a más de 26 líderes sociales. Pareciera que las fuerzas paramilitares se han afianzado con una campaña de exterminio de líderes indígenas, miembros de juntas de acción comunal y de cualquiera que se interponga en sus negocios. La indolencia de las autoridades y la indiferencia de la población de las ciudades les permite actuar con libertad y sin atenuantes de ningún tipo. Las amenazas que circulan en panfletos son tan descaradas y alcanzan tal nivel de desfachatez que estas solo se pueden justificar por la alianza que ellos tienen con las autoridades civiles y militares.  La famosa amenaza que pronunció uno de los criminales dirigida a la maestra Deyanira en la grabación que circuló por las redes sociales, así lo prueba: “Usted sabe que a nosotros no nos pasa nada si la matamos”.

La ola de violencia que deviene del negocio de la coca está en su apogeo. Los acuerdos de paz logrados con tanto esfuerzo durante cinco años se hacen trizas con el advenimiento del nuevo gobierno. El compromiso pactado en los acuerdos de desmontar gradualmente los cultivos de coca con procedimientos inteligentes que respondían a las necesidades de los productores otorgando alternativas por las vías de no violencia, se fue al traste.

Los que exigen cifras, números y resultados no han comprendido que el fenómeno de las drogas no se soluciona con la destrucción de las plantaciones, ni con métodos violentos. Todo el glifosato del mundo no es suficiente para exterminar la producción de coca. Los cultivos se trasladan de lugar, mientras las poblaciones que viven en las zonas sufren sus efectos devastadores y los sistemas ecológicos experimentan pérdidas irreparables. El fracaso del Plan Colombia lo demostró. No se redujeron las cifras de la producción de coca, pero sí se incrementaron las cifras de violencia.  Los billones de dólares que se invirtieron en la erradicación de la coca fueron a las arcas de los militares y paramilitares para reforzar su armamento y sus maquinarias de guerra contra las poblaciones vulnerables. Veinte años después se repite la historia. El recién elegido presidente acaba de acceder a todos los requisitos de Estados Unidos para destruir, eliminar, fumigar, arrasar y someter así la voluntad de todo el pueblo colombiano a sus designios poderosos. Pero, todos sabemos que esa es solo la fachada porque la red de narcotráfico no se verá afectada en lo más mínimo por estos esfuerzos.

Mientras tanto, los norteamericanos que se encuentran en medio de la cadena productiva de la droga son los que reciben los beneficios y ninguno de los perjuicios.  Son los que viven en lujosos condominios de las rentas del malhabido negocio que les llega ya limpiecito y con desinfectante. Son los que se dedican a predicar la moral y las buenas costumbres y los que eligieron a un gobernante que, como ellos, ha amasado su fortuna del lavado de activos. Este gobernante con desfachatez y cinismo se atreve a exigir resultados desde su púlpito de poder, amenazando con descertificar e imponer sanciones al país productor. Entretanto, sus estrafalarios resorts, campos de golf, hoteles sin ocupación, compañías fantasmas, enormes edificios enarbolados con gigantescas Ts en torres fálicas, continúan generando exorbitantes ganancias, gracias al sacrificio de cultivadores y consumidores del nefasto producto.


 

*Elvira Sánchez-Blake es periodista, escritora y académica. Sus escritos incluyen la novela, Espiral de silencios y la monografía Patria se escribe con sangre, además de varios libros académicos, así como artículos en diversas publicaciones.  Actualmente dirige la Revista de Estudios Colombianos. Su compromiso es con la paz en Colombia y con los derechos fundamentales del ser humano. Pueden seguirla en su blog: https://expresionmujeres.blogspot.com/ o escribir a elvirasanchezblake@gmail.com