En memoria de lxs más de 300 líderes y lideresas sociales que han sido asesinadxs y encarceladxs en Colombia desde el 2016 cuando se firmó el Acuerdo de Paz. Porque han sembrado mañana en esta larga noche; porque han sido, seremos y ganaremos.

En Colombia existe una gran paradoja: el país ha dado pasos significativos de cambio político hacia la democratización y a la vez conserva sus mismos males; se lanzó al reto de la esperanza y la vida y al tiempo sucumbió ante el miedo. Lo que allí se expresa, pues, es una contradicción que no puede resolverse simplemente apelando a las explicaciones superficiales que suelen esgrimirse desde el margen de la izquierda: la existencia de un pueblo ignorante, la carencia de unidad en la izquierda, el trabajo político abnegado que no fue suficiente o la ausencia de códigos en la disputa política por parte de la extrema derecha. Sin comprender las derrotas difícilmente se puedan edificar los retos para construir las victorias venideras, que ya son necesarias.

Actualmente no atravesamos una crisis de régimen que acelere las posibilidades de una política distinta; al contrario, asistimos a una restauración por vía conservadora, contraria al espíritu constitucional de 1991 y a los esfuerzos por abrir la democracia que ha tenido el Acuerdo de Paz, por lo que, momentáneamente, toda alternativa debe enfrentarse posición por posición a la hegemonía política y cultural del uribismo, que ha logrado consolidar un pueblo propiamente de derecha. No obstante, también asistimos a la apertura de la esperanza con la irrupción del mundo plebeyo que en Colombia había sido opacado por la guerra y el miedo y que por el momento nos ubica en un lugar de disputa democrática y aún no de victoria. En esa apertura, es imposible desconocer que el liderazgo de Gustavo Petro tuvo protagónico papel, en tanto articuló, desde él y junto a él, una gramática de lo posible. La indignación era latente, pero no teníamos cómo nombrarla con la resonancia necesaria.

La irrupción de Gustavo Petro, junto al proyecto de la Colombia Humana significó, en buena hora, un arsenal de aprendizajes y cuestionamientos profundos –incluso en su derrota electoral– a la hora de asumir una campaña política, que tuvo como característica principal esbozar una alternativa de país y de democracia acorde al tiempo en que vivimos. Como un vendaval, en pocos meses, Petro logró una doble crítica. Por un lado, fracturó la tradición simbólica de la izquierda, que por lo general se hablaba a sí misma durante los actos de campaña, reemplazando toda performatividad auto referente. Ejemplo de ello es que se elevaron los aguacates y las abejas antes que las banderas propias de cada partido u organización. En segundo lugar, y más importante, ocupó posiciones preciadas que por décadas había tenido la clase política colombiana, dándoles un giro, haciéndose eje de la centralidad del tablero, llevándolos a situaciones incómodas, como fue el retorno de la política a las plazas públicas, que orientó una politización y apertura del debate público, otorgando municiones para el combate cotidiano, emergiendo un nuevo lenguaje político y un discurso más certero, que criticaba al estado de cosas vigente, por lo cual la campaña asumió una forma de anti-corrupción, anti-clase política, anti-continuismo, y al mismo tiempo, animalista, ambientalista y feminista. Ni Iván Duque, ni Germán Vargas Lleras, y por momentos tampoco Sergio Fajardo, se encontraron preparados ante este huracán de renovación política, que nombraba lo que hasta el momento era indecible o no se escuchaba.

Precisamente, ese camino que se abrió durante la campaña es lo que nos ofrece un modo de hacer la política, pasado el remesón de las elecciones. Nuestra batalla es continuar buscando la centralidad del tablero, comprendiendo que muchas de las metáforas utilizadas hasta el momento no logran abarcar lo que se refleja en la realidad. Petro consiguió acumular desde la transversalidad, es decir, desde distintas expresiones de la sociedad, no solamente aquellas que se situaban a la izquierda, y eso no puede despreciarse. De ese modo, esa transversalidad conseguida debe dar el salto hacia la oposición, que debe buscar en todo momento pugnar directamente con el proyecto de país que encarna el uribismo.

Por supuesto que dicha tarea parece difícil de tramitar. Sin embargo, durante ciertos actos de campaña ya se esbozaron cuestiones que permitirían ubicar una guía: el posicionamiento de una agenda de país democrática y democratizante, que incluye el paso de una economía extractiva hacia una productiva, que de fondo encubre la cuestión medioambiental como punto programático indiscutible; la siempre necesaria ampliación de derechos; la constante denuncia del amplio juego de corrupción que ha llevado a cabo la clase política y que se ha profundizado en las últimas décadas; y, sobre todo, que todo ello tenga la voz del lenguaje cotidiano de la ciudadanía, que no es otra cosa más que circular sobre el sentido común lo imperativo que se hace destituir los privilegios que tienen quienes gobiernan, que son los responsables de excluir a las grandes mayorías sociales de los derechos que ya se encuentran plasmados en el espíritu de la Constitución política de 1991 y que toda república digna de ese nombre debería garantizar. Sólo de esa forma será posible ensayar la búsqueda de ser gobierno local en 2019 y gobierno nacional en 2022. Ese es el horizonte, la centralidad del terreno, que en nada se parece a la mezquindad del centro político.

Pero para seguir ese camino, es necesario comprender que en Colombia se expresa una época que ha sido hegemonizada por el uribismo, desde su ascenso al poder en 2002, que representa los valores más retardatarios y conservadores, y que, luego de ocho años, se rearticula, ahora con el poder del Estado en sus manos. Ahora bien, existe además una coyuntura paradójica con que dimos inicio a este escrito, y es que, al unísono, el país profundo, sobre el cual recayeron los estragos de la violencia, emerge en un sentido popular, buscando consolidarse como un proyecto de país. No se trata, entonces, de la poética donde lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer: el monstruo nació hace mucho y domina la política colombiana. La cuestión se plantea a través de la existencia conflictiva de dos pueblos: uno, con orientación elitista y antidemocrática, del cual se nutre el uribismo; otro, construido en un sentido plebeyo, que encarna la voluntad colectiva de cambio.

Así, el momento Petro implicó la articulación de una serie de indignaciones que consiguieron desenvolverse como fuerza política de esperanza y cambio. La capacidad que tuvo Gustavo Petro, como organizador de su propia estrategia de campaña, fue aprovechar la oportunidad política que se abrió con la negociación de paz, donde la centralidad del discurso logró desplazarse de la negatividad en torno a las FARC, hacia un cúmulo de significantes más amplios, que iban desde la lucha contra la corrupción hasta la posibilidad de garantizar múltiples derechos que han sido postergados. De tal manera que su estrategia fue de un asedio leve ante el uribismo, priorizando la dotación de un arsenal discursivo que permitiera al sentido común cuestionar los valores intrínsecos de esta época colombiana, esto es, romper el cerco que generaban narrativas vacías como el “castrochavismo”, representado en Venezuela, o asimilar a la clase política como los responsables del daño al que han sido condenadas las mayorías sociales históricamente. Por supuesto que era arriesgado porque buscando una maniobra de asalto al gobierno intentaba al tiempo organizar un sentido común de época distinto. Sin duda, derrota estratégica y victoria táctica: sin Palacio de Nariño, pero con 8.034.189 personas que son el cimiento de una voluntad colectiva dispuesta a pensar y actuar la oposición.

La anterior situación nos ubica ante una serie de interrogantes: ¿qué se puede hacer y qué se debe hacer sobre una coyuntura que nos enfrenta a la derrota ante el peor adversario posible y una victoria que nuestro país jamás había conocido? ¿Cómo lograr la permanencia de este anhelo de cambio sin que el inevitable final del acontecimiento electoral desfigure la fuerza política que ha nacido? Siempre lo más difícil es el día después, porque lo excepcional cesa y se debe volver a las labores cotidianas. Mi intención es esbozar dos hipótesis que permitan desanudar, sólo parcialmente, estas cuestiones. Por un lado, Gustavo Petro debe avocarse a construir un partido orgánico, que funcione como un instrumento capaz de articular la rebeldía social y la indignación, con el fin de sostener, en diálogo constante, la disputa y la recuperación de la democracia. Por supuesto que esa hipótesis no está atada a una devoción por la institución, sino porque la tribuna que ocupará a diario durante cuatro años en el Congreso deberá servir como un puente con la calle, que posibilite una verdadera oposición, no como la que se ha llevado a cabo hasta el momento. Por otro lado, a través del liderazgo que logró el candidato de la Colombia Humana, se debe aspirar a un bloque más amplio con otras fuerzas democráticas, donde la ofensiva sea la premisa y sea posible dar el paso del control político a la censura de toda ley que se encuentre en detrimento de ese mundo plebeyo que se busca representar. La consulta anticorrupción será la primera batalla y el primer ensayo para saber si eso es posible.

El futuro es ahora un problema político nuestro y el reto supone que lo mejor de nosotros se ponga a disposición, no ya de la Colombia Humana como proyecto particular, sino de ese país que podemos ser y por el cual es necesario pelear. La oportunidad se abre en la derrota. La tarea es imponer la política sobre la historia, disputar la hegemonía y ganar para nosotros, contra ellos.


*Sergio Riveros Castañeda es Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente estudiante de la maestría de Historia de la misma universidad. Miembro del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea –TEOPOCO– de la Universidad Nacional de Colombia. Sus principales intereses se vinculan al Estado, el populismo, la democracia y los movimientos sociales en América Latina.