Sebastián Urdaneta

* Sebastián Urdaneta

Magíster en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de la Plata (Argentina) y abogado de la Universidad Nacional de Colombia. Entre mis temas de trabajo se encuentran la justicia comunitaria, la administración de justicia, el conflicto armado, el pluralismo jurídico y la educación legal. La Escuela de Justicia Comunitaria de la Universidad Nacional ha sido la institución en la que he desarrollado la mayoría de mis investigaciones

Todo oficinista de bien sabe que no está del todo bien ser oficinista. Tiene que haber algo de antinatural en el hecho de que un mamífero esté sentado tanto tiempo. ¿Un comportamiento único en el reino animal? Seguramente. ¿Alguna conducta similar en la historia del sapiens? No lo creo. ¿Qué dirán las enciclopedias de los oficinistas cuando su labor histórica desaparezca y se enseñe en las escuelas como una curiosidad antropológica? Nunca lo sabremos, por fortuna.

Como hasta ahora no se conoce una fecha de caducidad aproximada para el oficio del oficinista y, en cambio, sí un incremento mantenido en el número de oficinistas y edificios para oficinistas hacia el futuro cercano, medio y lejano, no sobran algunas claves para iniciarse en la labor con alcurnia y, ante todas las cosas, haciendo el menor ridículo posible:

 

  1. Aunque jurídicamente esté permitido, está socialmente desaprobado discutir con las normas de la estética. Está comprobado científicamente que meterse la camisa dentro del pantalón incrementan la productividad hasta en un 3%.

 

2. Nunca se debe correr en traje -no se sabe de nada más bochornoso que un oficinista corriendo-, y se debe apretar la corbata en caso de tener papada.

 

3. El oficinista que no crea en los indicadores no llega a oficinista. Se debe tener fe ciega en que el reparto de cachuchas en Patio Bonito aumenta la cobertura en educación, salud, pero sobretodo techo para los niños, niñas y adolescentes de este barrio de la periferia.

 

4. Una vez dentro de la oficina, no sólo está permitido sino que se cataloga como de buen gusto desplazarse de un lado para otro fingiendo tener un afán eterno e insaciable.

 

5. Nunca hay que enfermar. Cumplir los horarios es vital para el bienestar propio y el de la compañía.

 

6. Se debe hacer caso omiso de las jerarquías universitarias para adaptarse a la división del trabajo oficinesco: extracción de materias primas, transporte, comercialización, tabla dinámica de Excel, respuesta a derecho de petición y las demás que se estipulen en el marco del contrato.

 

7. Resulta perentorio reconocer como insubsanable la brecha entre lo abstracto y lo concreto. Adicionalmente, es menester contemplar sin asco la magnitud de la brecha entre la expedición de la norma y su cumplimiento.

 

8. La escritura barroca será premiada.

 

9. Es importante participar en las pausas activas más allá de que parezca una contradicción en los términos. No pueden ser excusas el no saber cómo actuar, el miedo a sentirse como un cretino o la auto-vigilancia existencial. En caso de duda será permitido moverse como un miembro del público de Sábados Felices. La vergüenza es la peor enemiga.

 

10. Es bien sabido que hay que entregarse a la idea de que el mundo es estático, tiene que serlo. La oficina es la representación más fiel del limbo, en donde parece que pasan cosas, aunque realmente nunca pasa nada.

 

11. Al volver a casa se debe procurar recargar la fuerza de trabajo y repetir durante 21 días las diez recomendaciones anteriores. Luego del paso de ese número de jornadas, dicen los expertos, cualquier práctica se vuelve rutina.