Alejandro Sánchez Lopera

* Alejandro Sánchez Lopera

Politólogo y magíster en Investigación en Problemas Sociales Contemporáneos del IESCO, y en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh. Profesor de la Universidad El Bosque. Sus áreas de investigación son las relaciones entre sujeto, moral y verdad. Autor de los libros “Nihiismo y Verdad. Nietzsche en América Latina” y “José Revueltas y Roberto Bolaño. Formas genéricas de la experiencia”. Coeditor de los libros: “Por otras políticas de la verdad en América Latina” (2018); “Gilles Deleuze. Flores a su tumba” (2018); y Actualidad del sujeto. Conceptualizaciones, genealogías, prácticas (2010). Fue co-editor de la Revista Nómadas (IESCO). Ha publicado: “Revolutionary Mexico, the Sovereign People and the Problem of Men with Guns”con Joshua Lund (2015); “La bestia insular. Lezama Lima y la Revolución” con Oscar Barragán (2014); “Surcar la moral. Delirio de Laura Restrepo” (2014); “Orlando Fals Borda. La conmoción del rostro de las ciencias sociales” (2013)

Durante la pasada campaña presidencial, el candidato de la Coalición Colombia, Sergio Fajardo, esgrimió hasta la saciedad su máxima: “son los medios los que justifican los fines”- no al revés-. Por una parte, este uso de los medios le permitió autopostularse como un candidato de “centro”, lejos entonces de los usos perversos que otros han hecho de los fines (desde “el fin justifica los medios” hasta todos los medios deben conducir a un único fin, el de la victorial final de una clase sobre otra). También, le permitió convertirse en el candidato de un particular tipo de esperanza, con su slogan motivacional de “Se puede”. Por otra parte, al haberse alineado con los discursos de la derecha global que estigmatizan cualquier progresismo como extremo (equiparando a Petro con Uribe), logró su objetivo de convertirse en el candidato de la mesura, tanto que no tomó partido por ninguno de los candidatos en la segunda vuelta y en cambio promovió el voto en blanco. Muchos, con razón y acierto, criticaron esa estrategia de estigmatización.1 Aquí me enfocaré en la primera parte: el uso de los medios y fines, y la conversión de un cliché de autoayuda en máxima política.

La pregunta para hacerse sería qué pasa cuando una frase motivacional y de autoayuda (“Se puede”) se convierte en eslogan político, y el eslogan político se vuelve máxima de vida: todos los trinos de Fajardo terminan con esa frase, aún después de haber concluido campaña. En su discurso, la frase “Se puede” se convierte entonces en un signo de puntuación redundante, público, de la conversación democrática. Ya finalizada la campaña, vale la pena contrastar esa frase motivacional y la articulación de medios y fines en la que se basa, contra el fondo de la conversación democrática, en el marco de nuestra endeble democracia señorial.

Un interlocutor pertinente para valorar la potencia de las conversaciones democráticas es el destacado filósofo y pedagogo norteamericano John Dewey, quien tiene una interesante reflexión en torno a los medios y fines. Dewey presidió la Comisión de Investigación instalada en 1937 en México, que evaluó el juicio y persecución del estalinismo en contra de León Trotsky en los infames “Juicios de Moscú”. El enfrentamiento sobre medios y fines entre Dewey y Trotsky es uno de los encuentros más interesantes del siglo XX. Dewey, como buen pragmático, está de acuerdo con Trotsky en rechazar las éticas absolutas, absolutistas, basadas en razones de conciencia, sentido moral o en verdades eternas. Difiere con él, sin embargo, en que exista un único fin (a saber, la victoria final del proletariado).

Recuerda también Dewey que los medios y los fines se determinan mutuamente. De modo que no sólo son los medios los que determinan los fines, sino a la inversa: los fines determinan así mismo los medios. Especialmente porque lo que observamos como un fin hoy puede servir de medio para otro fin mañana. Y hay algo más. Escribe Dewey: “El fin establecido debe ser una consecuencia de las condiciones existentes. Debe basarse en una consideración de lo que ya está ocurriendo, en los recursos y dificultades de la situación”. Así, es necesaria la evaluación práctica de la relación medios y fines: nada de verdades eternas o valores indiscutibles en Dewey.

Para nuestro caso, los principios y valores, y los medios y fines operaron de cara al escenario que estábamos enfrentando, que era la segunda vuelta presidencial. La respuesta de la Coalición Colombia fue el voto en blanco. Ahora, ¿el voto en blanco fue un medio o un fin? Si fue un medio, pues son los medios los que justifican el fin, ¿cuál podría ser el fin?, ¿la tranquilidad interior?, ¿la coherencia? No es nada fortuito, así, que la Coalición Colombia haya estado integrada por Jorge Enrique Robledo -representante de, esa sí, una izquierda bastante intransigente-, quien defendió también la coherencia como un valor inamovible. A la luz de Dewey, en las pasadas elecciones la coherencia se convirtió en un único fin, absoluto e indiscutible. Por paradójico que suene, si se mira a través del debate Dewey-Trotsky, el presunto “centro” de la Coalición Colombia estaría ubicado del lado de este último (Trotsky) y su idea de fin último e inamovible.

Los principios valen la pena, miden su potencia de cara al presente, no de cara solamente a uno mismo y la tranquilidad de conciencia; están entretejidos con lo que se vive, con la experiencia, con todo lo demás que no es simplemente el Yo, es decir, la consistencia de los principios se mide en contexto. En un contexto práctico. Nuestros valores y conocimientos son falibles a la luz de nuevas experiencias y saberes, de contextos. De ahí que para un pragmatista como Dewey la democracia es una forma de vida espiritual, pues la vida es un permanente enriquecimiento espiritual y de sentido en escenarios concretos. A contravía de esto, señala Dewey, muchas ideas y teorías “suponen fines que se hallan fuera de nuestras actividades, fines extraños a la estructura concreta de la situación, fines que proceden de alguna fuente exterior”.

Por eso, ante la posibilidad del retorno de un proyecto reaccionario al Estado -con evidencias más que fundadas sobre su proceder-, el llamado al voto en blanco era actuar en el vacío, en abstracto, al guiarse por criterios exteriores a los que demandaba la situación. Esa abstracción le ha permitido entonces a la Coalición Colombia eludir no sólo responsabilidades en el proceso de victoria del candidato de derecha, sino esquivar los más mínimos debates públicos sobre sus posturas. Para ello, recurrieron y siguen recurriendo al infantilismo enmascarado como mesura, que reduce la crítica a un ataque. Una sensibilidad exacerbada como herramienta retórica para evitar, precisamente, la discusión pública de esa articulación de medios y fines que defienden. La que llama a evitar el conflicto, la división, al tiempo que divide y saca provecho del conflicto al estigmatizar al otro como extremo (Petro). Una mesura, por lo demás, no tan cándida como parece, como en parte lo muestran las elogiosas columnas de prensa que escribió el candidato sobre Álvaro Uribe, a quien años atrás llamó “Uribe, el hombre” y, recientemente, “protagonista”2, o los lazos que ligaron a su candidata vicepresidencial, Claudia López, con el actual alcalde Bogotá.

Estamos entonces frente a un candidato con casi 5 millones de votos que, sin embargo, sigue insinuando que no le gusta el poder. Que, al final del día, él no es un político. Fajardo es aquel que promulga la coherencia a ultranza mientras se desdice sin inconveniente, al anunciar que será su última campaña y acto seguido escribe “Se puede” en todos sus trinos. Nietzsche, aquel de “he aquí el hombre”, tendría mucho qué decir sobre esto: estamos en presencia de aquel que escapa a sus circunstancias, el esclavo que dice no a su realidad y huye hacia su tranquilidad interior. Y frente a una articulación de medios y fines que encarna un nuevo moralismo: el del asceta que se refugia lejos del mundanal ruido de los asuntos humanos para avistar la naturaleza; el del motivador que reparte bálsamos y congratulaciones para las buenas conductas. El del emprendedor espiritual que les provee ánimos diarios a sus seguidores mientras el país se desangra en el asesinato sistemático de líderes sociales, y se prepara para el arribo de un proyecto abiertamente antidemocrático.