* Palabras al Margen

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Frente a sucesos similares, donde parecía no haber claridades de cómo interpretar la Constitución de un país frente a situaciones grises y poco claras, como por ejemplo el golpe contra Lugo en Paraguay o el que se hizo contra Zelaya en Honduras hace casi cuatro años, no se desplegó una gigantesca red informativa y no se ocuparon los primeros veinte minutos de cada emisión de noticias de los canales más importantes en nuestro país. Las razones de tal despliegue noticioso se hallan no sólo en que el futuro de Venezuela de alguna forma nos afecta por su cercanía geográfica y económica o en su importante incidencia en el futuro del proceso de paz, sino fundamentalmente porque el apellido Chávez prende las alarmas de la democracia en la radio, los diarios y la televisión colombianos e internacionales.

Podríamos preguntarnos qué tienen Chávez y el proceso político venezolano para que los medios de comunicación, periodistas y analistas políticos cuestionen permanentemente el carácter democrático de sus dinámicas políticas.

Chávez es carismático y tiene la capacidad de generar polémicas mediáticas con su estilo poco recatado para gobernar. Pero eso no lo hace necesariamente un dictador. El camino que lleva a la inclusión social y política de los venezolanos ha sido arduo con no pocos obstáculos de gestión y corrupción administrativa, pero eso no significa que el Estado venezolano sea el botín personal de Chávez o de su partido, el PSUV. Aún si quisiéramos resaltar todo lo malo del proceso venezolano, como los problemas históricos de inflación y de dependencia económica del crudo, los argumentos no alcanzarían para tachar a Venezuela de dictadura o de régimen paternalista que compra conciencias políticas con electrodomésticos y casas.

Los argumentos no alcanzan simplemente porque Chávez es el resultado de millones de personas venezolanas que se encuentran organizadas en comités, consejos y colectivos; en suma, de ciudadanos y ciudadanas que han decidido apropiarse de su vida política, con todos los logros e inconvenientes que esto acarrea. Esto explica los resultados de las elecciones regionales que sepultó la esperanza motivada por Capriles Radonski de un ascenso político de la oposición a corto plazo: la oposición trabaja sólo en época de elecciones montada sobre liderazgos mediáticos, mientras que los sectores de ciudadanos chavistas están permanentemente organizados no sólo en el seno de las filas burocráticas del PSUV, sino alrededor de los problemas de su propia vida cotidiana. Las dictaduras por lo general operan alejando a los ciudadanos de la vida política y de los asuntos comunes. Esto, no cabe la menor duda, no corresponde al caso venezolano.

Pero hay algo que sí tiene Venezuela que aterroriza a los medios de comunicación y a todos los consagrados periodistas demócratas: los grupos que han sido tradicionalmente ricos no tienen la misma participación en las decisiones acerca del destino del país. A sus ojos, esta situación resulta naturalmente antidemocrática: va en contra de la democracia que el Estado impida que empresas extranjeras acumulen fortunas al hacerse con el control de recursos estratégicos; no es democrático que la inversión extranjera, la apertura financiera y la flexibilización laboral dejen de ser la prioridad en la política económica y social. Y mucho menos es democrático que las decisiones populares y la intervención activa de los ciudadanos puedan colocarse por encima del bienestar de los ricos, el desarrollo del capital transnacional y la seguridad monetaria de los bancos. Si todo eso no es democrático, ¿qué significa la democracia?

La respuesta parece ser clara y contundente, a veces velada y otras veces explícita: la democracia es el gobierno de los ricos; y ha tomado nombres variopintos, como seguridad y prosperidad, tal y como sucede en nuestras tierras. Por eso Venezuela no es democracia, pues la chusma se ha atrevido a cuestionar la gerencia privada capitalista de los bienes comunes y ha intentado poner sobre la mesa otros criterios para gobernar que se salen de las expectativas de rentabilidad de los inversores y bancos internacionales.

Tal definición de democracia es, ni más ni menos, aterradora: sus consecuencias pueden verse hoy de forma transparente en la crisis social y económica europea. Pero puede verse también en los arrebatos mediáticos de nuestras televisoras cuando Venezuela dispara las reflexiones sobre la democracia y no lo hace el problema de las tierras en el proceso de paz; cuando una fecha como el 10 de enero hace que todos los demócratas se rasguen sus corbatas y, al mismo tiempo, se la ajusten para hablar de la reforma tributaria que no toca el poder de todos los demócratas capitalistas y banqueros que acumulan fortunas con beneficios tributarios apoyándose en un aumento de las contribuciones de la clase media profesional asalariada.

La forma en que nos referimos a Venezuela es un síntoma de nuestra propia definición de democracia. Si la reducción de la pobreza en más del 50% y la organización popular en consejos y colectivos es propio de dictaduras y que el destino de nuestras vidas dependa de la inversión extranjera y de las multinacionales mineras es el pilar sagrado e íntimo de nuestra democracia, simplemente estamos frente a una situación en la que debemos aplicar el refrán: no mires la paja en el ojo ajeno sino la viga en el tuyo propio.