Christian Fajardo

* Christian Fajardo

Doctor en Filosofía de la Universidad de los Andes. Magíster en Filosofía de la misma Universidad y politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor asistente del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana. Sus intereses giran alrededor de la filosofía política contemporánea y de las tensiones entre sociología y filosofía.

Si han existido palabras que describan lo que ha representado la democracia en nuestra historia podríamos enumerar varias: escándalo, extrañeza, anarquía o incluso odio. La historia es sencilla y resulta comprensible para cualquiera: la democracia más allá de ser el poder de los muchos, expresa el poder de los presuntos pobres de una sociedad, en otras palabras, el poder de personas que “no tienen cualidad alguna” de hacerse cargo de los asuntos comunes. ¿Qué significa que quienes presuntamente no tienen poder ejerzan el poder, es decir se tomen a su cargo la capacidad de decidir sobre su propio destino? La respuesta es evidente. El poder de los que no tienen poder, se disputa con el poder de quienes tienen poder, con el poder de quienes tienen cualidades para ejercer el poder. Tenemos así que el gobierno democrático se caracteriza por hacer inoperantes el poder de las riquezas y el poder de las virtudes para interrumpir un rumbo ya escrito de la historia.

La democracia es escandalosa precisamente porque pone el mundo al revés, cuestiona los roles que cada quien desempeña en una sociedad y pone en entre dicho el poder de nuestros expertos y de los que poseen las riquezas. En nuestro país la historia de este odio es más que evidente: la concentración descarada de las tierras en pocas manos, la formación de ciertas élites en la construcción del mando sobre Estado o sencillamente el sentido común que nos dice que quien no tiene “con qué” no puede ejercer el poder. La raza de hombres políticos colombianos encaja así perfectamente con los políticos de alma de oro que Platón alguna vez defendió. La democracia, bajo esa perspectiva, no tiene que ver, en estricto sentido, con un diseño institucional laico-republicano, ni tampoco con la forma en la que los ciudadanos pueden elegir a sus gobernantes. Diremos, por lo pronto, que nuestros oligarcas, a propósito, confunden la democracia con un diseño institucional o con un régimen de representación para evadir el mal radical que representa un no-poder que se presenta como poder.

Esta confusión por la que ha atravesado nuestra historia política tiene sus momentos de visibilidad. Tomemos un ejemplo: el Estado laico colombiano se organiza de tal manera que la ley sea inquebrantable, de ahí que resalte el papel central, entre sus organismos de control, de la Procuraduría General de la Nación, la cual tiene al procurador general como el director supremo del ministerio público (Artículo 275). El procurador se convierte, en términos generales, en aquél que protege los intereses de la sociedad. No pudiendo por sí misma defenderse, la sociedad necesitará de un tercero garante de la ley que representa el interés común, el interés del pueblo soberano.

Quien captó con agudeza el nacimiento del procurador como garante del interés de la sociedad y vigilante de la conducta de los funcionarios públicos fue Foucault en unos de sus textos que recogen una serie de conferencias, la verdad y las formas jurídicas. Este personaje –el procurador-, que aparece en el siglo XII en el derecho romano, “se presentará como representante del soberano, del rey o el señor. Cada vez que hay un crimen, delito o pleito entre individuos, el procurador se hace presente en su condición de representante de un poder lesionado por el sólo hecho de que ha habido delito o crimen” (Foucault, 1973). El procurador desempeñará la labor de darle una nueva dimensión a los pleitos entre individuos. Ya no habrá un daño efectuado entre sujetos, sino más bien todo daño será efectuado en contra de un orden social.

Tal es la función de nuestro actual procurador Alejandro Ordoñez. A pesar de los siglos que nos separan del nacimiento de dicho personaje, la capacidad de veto e incluso de censura por parte del procurador se manifiesta en los poderes que le son atribuidos en nuestra constitución. Y me arriesgaría a decir que tales poderes tienen la labor de contener la democracia. Ahora bien, no creo que el problema consista en que el procurador no logre separar los intereses de la nación de sus convicciones católicas1, sino más bien creo que el procurador desempeña su labor: evitar que seres que no tiene razón alguna de gobernar se hagan cargo de los asuntos comunes. Los argumentos para muchos son repugnantes (incluso para mí), pues ponen en cuestión lo cimientos seculares de nuestras instituciones, sin embargo fueran cuales fueren cumplen dicha función.

Pero la procuraduría cumple entonces su deber con Ordoñez. Sus convicciones machistas, clasistas y racistas, entran en perfecta concordancia con el objetivo de nuestras instituciones republicanas: contener el mal radical de la democracia, de los poderes de los que no tienen nada.

La postura Lefebvrista de Ordoñez nos da bastantes indicios para conocer la forma que adquieren sus argumentos, sin embargo el fondo de su posición pone en evidencia lo siguiente: con el objetivo de defender los intereses generales de la sociedad él equipara toda conducta que infringe dicho interés con un crimen y precisamente la democracia, al pretender poner en marcha el mundo al revés, afecta tal interés. El desprecio a la democracia pervive en nuestras instituciones liberales y modernas, sin embargo este odio ha dejado de ser explícito. Ya no se trata de decir que la democracia es de los peores regímenes de gobierno, sino más bien que bajo el nombre de democracia representativa o democracia formal, se deja a un lado un mal irreductible equivalente al crimen. La democracia se convierte, entonces, en el nombre de un crimen, en el nombre de un escenario el cual es temido por nuestros oligarcas.

No creo que la democracia en Colombia sea una mentira, pues, en realidad, nuestras instituciones siempre han estado blindadas, bajo todas las perspectivas, de la democracia. La democracia no es más real que nuestras instituciones oligárquicas, sino es la manifestación de una concepción distinta de pensar y actuar en la política. Pienso que el acuerdo reciente efectuado en la Habana concerniente al asunto de la participación política no debería interpretarse como un mero profundizar o robustecer la democracia, sino más bien debe concebirse como la invención o la recreación de la democracia misma. La democracia no se amplía, sino más bien se actualiza y se manifiesta denunciando el pretendido sueño de una república que logra conciliar los intereses y formas de ver y actuar en el mundo de todos y todas.

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1Así lo sugiere Juan F. Gonzales en El Espectador. Ver: http://www.elespectador.com/noticias/judicial/ordonez-el-gran-censor-y-tormenta-perfecta-articulo-457629