Omar Ramírez

* Omar Ramírez

Ingeniero Ambiental y Sanitario, Especialista en Evaluación del Impacto Ambiental para Proyectos, Magíster en Sistemas Ambientales Humanos, Magíster en Tecnología Ambiental y estudiante de doctorado. Actualmente es docente universitario y consultor ambiental. Sus áreas de investigación son ecología política, impactos ambientales, percepción ambiental y calidad del aire.

En el conversatorio Hacia un movimiento social y ciudadano por la paz, convocado por el portal de opinión Palabras al Margen y la Universidad de los Andes, el profesor Leopoldo Múnera afirmó que en Colombia “hay una sociedad en movimiento” en torno a las dinámicas de paz (a favor y en contra). Esta afirmación es sugerente para analizar el papel de la ciudadanía y los movimientos sociales ante el cese del conflicto armado, pero también es de gran utilidad al desplazar su marco de referencia (circunscrito en este caso en los procesos de paz) y ubicarlo en contextos de análisis de problemáticas ambientales contemporáneas.

Con dicha frase se pone en evidencia que la presente realidad social es una construcción que es fruto de decisiones tomadas a lo largo de la historia, sometida a debate día a día con el propósito de ser ratificada o transformada. Una sociedad en movimiento no quiere decir una sociedad dinámica en constante estado de cambio bajo los designios de leyes naturales o de alguna voluntad metafísica, denota, ante todo, la existencia de grupos de poder e ideologías que despliegan todos los esfuerzos posibles para mantener el actual estado de cosas, aunque éste no garantice condiciones de vida digna para el grueso de la población. Lo que quiero resaltar no es nada nuevo, simplemente que las relaciones de dominación, las inequidades sociales, los sistemas de injusticia y el sustento de privilegios para ciertos sectores de la sociedad nacional e internacional logran mantenerse gracias al incesante accionar de quienes se ven beneficiados con estos esquemas.

Lo anterior quiere decir que al interior de las sociedades existen complejas diferencias económicas y de organización política, diversidad de perspectivas, intereses, ideologías, historias, culturas, representaciones, etc., en constante disputa dentro de un hegemónico sistema político y económico que, pese a su dominio, no logra opacar plenamente la diversidad ni coartar la potencialidad de realización de otras alternativas, gracias al movimiento de sectores “disconformes” de la sociedad.

En este marco de complejidad y diferenciación al interior de las sociedades, sorprende que en múltiples escenarios académicos e institucionales del país persista la tendencia de responsabilizar a la “humanidad”, al “ser humano” o al “hombre” por las alteraciones ambientales derivadas de actividades antrópicas. Es decir, una cosa es utilizar ese tipo de categorías generales para diferenciar el origen de las actividades que degradan la calidad del ambiente, distinguiendo de esta forma fuentes naturales y humanas, lo cual resulta aceptable en un nivel de análisis básico. Pero otra cosa es recurrir a estos conceptos vagos para camuflar, e incluso opacar, los altos niveles de complejidad y diferenciación mencionadas.

Acusar a la humanidad de las problemáticas ambientales que actualmente enfrentamos es una forma de anular dos aspectos fundamentales que desde la ecología política y la ecología social han sido señalados: i) los problemas ambientales tienen arraigo en cuestiones sociales y ii) existen factores sociales específicos que han aportado a (y por lo tanto tienen mayor responsabilidad en) la configuración del actual estado de cosas, incluyendo la degradación del ambiente.

Con relación al primer punto quiero mencionar que la forma como una sociedad se relaciona con su entorno, con otras formas de vida y con su ambiente, se sustenta en el tipo de relaciones sociales establecidas al interior de la misma. Es decir, la forma como se representa el ambiente biofísico, la definición de los mecanismos de interacción y la proyección de los niveles de intervención de los diversos ecosistemas responden, en buena medida, a los arbitrarios modelos económico y político que dominan la organización social, los cuales, vale la pena insistir en esto, consiguen su estatus hegemónico gracias al movimiento, al accionar de cierto sector de la sociedad. Vivir en un modelo económico, sólo por poner un ejemplo, que privilegia el consumo, la productividad, la competencia a todo nivel y la acumulación de capital, sin duda genera un correlato de alto impacto sobre el ambiente. Esto significa que los altos niveles de explotación y degradación ambiental que vivimos hoy en día son síntoma de los altos niveles de explotación y degradación social inherentes a los sistemas organizativos.

La anterior situación se observa claramente en Colombia, un país que ocupa el deshonroso tercer lugar dentro de los más desiguales de Latinoamérica1. Así, por ejemplo, ante un gobierno neoliberal representante de un sector de las élites del país, que prioriza la inversión de grandes capitales y el desarrollo de megaproyectos en el sector minero-energético, por encima de la generación de condiciones de justicia social para la población rural colombiana, no es extraño encontrar que de los aproximadamente 13.600 niños y niñas menores de 5 años que mueren cada año, más de la mitad de estas muertes sean ocasionadas por causas ambientales prevenibles como la mala calidad del agua, las deficiencias en el sistema de alcantarillado, la inadecuada disposición de las basuras, la contaminación atmosférica y, en general, la existencia de un ambiente insalubre2. De esta forma, la deteriorada calidad ambiental del país (con sus respectivas implicaciones en la salud pública) es fiel reflejo de un modelo social cómplice del detrimento de gran parte de su población.

Con relación al segundo punto, es evidente que con las categorías “humanidad” o “ser humano” se trata de vender la idea de que todos y todas, por igual, somos responsables de la sobreexplotación de la naturaleza, de la desaparición de cientos de especies, de los altos niveles de contaminación ambiental, del calentamiento global, entre otros escenarios de crisis. Es decir, el problema ambiental se reduce a un tema de especie, donde cada uno de los seres humanos es responsable por pertenecer al mismo grupo biológico. Así, todo contexto cultural, político y económico desaparece, de tal forma que la existencia de clases sociales, monopolios económicos, dinámicas de colonialismo, modelos de exclusión política y social, bloqueos económicos, intervenciones extranjeras, entre tantas otras distinciones sociales, se esfuman por arte de magia y se les exime de cualquier relación que puedan tener con la configuración de los territorios y, por tanto, con la forma de relacionarnos con el entorno.

El más reciente informe del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU (IPCC), presentado en septiembre de 2013, es muestra de esto, al afirmar que hay cada vez más certeza de que el “hombre” es responsable del calentamiento global y sus efectos medioambientales3. En este caso no existe ninguna responsabilidad histórica y actual de sectores industriales y países que han contribuido, de forma desproporcionada, a la emisión de gases efecto de invernadero. Una vez más, el ser humano es reducido a una especie sin distinciones, sin contexto histórico y cultural, lo que sustenta una perspectiva de análisis despreocupada por el lugar que ocupan las relaciones de dominación y explotación en las problemáticas ambientales.

De esta forma, podemos decir que es el movimiento de cierto sector de la sociedad es la responsable de configurar y sustentar particulares escenarios sociales con fuertes implicaciones sobre el ambiente y la salud de las personas. Pero es gracias al movimiento de otros sectores de la sociedad (inconformes, progresistas, indignados, desesperados, críticos, marginados…) que pueden generarse cambios sociales con miras a alcanzar condiciones de vida digna, incluyendo el disfrute de un ambiente sano.

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1http://www.elespectador.com/noticias/nacional/colombia-el-tercer-pais-mas-desigual-de-latinoamerica-articulo-451671
2http://www.unicef.com.co/situacion-de-la-infancia/el-agua-potable/
3http://www.elpais.com.co/elpais/internacional/noticias/ser-humano-responsable-cambio-climatico-segun-informe-onu