Andrés Felipe Parra Ayala

* Andrés Felipe Parra Ayala

Doctor en Estudios Políticos de la Universidad Nacional de Colombia, candidato a Doctor en filosofía de la Universidad de Bonn, Alemania.

El paisaje electoral está actualmente abierto y dividido. Las candidaturas ya definidas de la derecha presentan serios problemas y contradicciones para poder consolidarse con fuerza de cara al país. Juan Manuel Santos se aferra a la bandera del proceso de paz, hasta el punto que él mismo ha dicho que las elecciones serán una suerte de referendo por la paz. El problema de Santos es que tiene una agenda que no le pertenece. Al defender un terreno que no es del todo suyo, Santos corre el riesgo de que la izquierda se apropie de lo que ha construido. Y sobre Oscar Iván Zuluaga sólo hay que decir que ni siquiera se pertenece a sí mismo. El proyecto de Uribe de gobernar a través de otro está casi que condenado al fracaso, por una simple razón: hay una contradicción entre lo que busca el país y lo que busca Uribe, pues lo mínimo que se espera de un candidato es que tenga personalidad propia y eso, precisamente, es lo que menos quiere Uribe con Zuluaga.

Este escenario abre una oportunidad sin igual para la izquierda. Venimos de un año en donde la movilización social y la protesta han marcado la pauta, especialmente con el paro nacional agrario. Parece una buena oportunidad para que quienes buscan una reorientación del país se expresen electoralmente. Ni Santos ni Zuluaga tienen la capacidad de recoger los votos de ese afluente de opinión que no está conforme, que se expresa en la gran cantidad de votos en blanco que aparecen registrados en las encuestas.

Frente a esto, la izquierda tiene dos tareas. La primera es desestimar la opción del voto en blanco. El voto en blanco pretende ser una muestra de inconformidad frente a los candidatos actuales, en especial frente a Santos y Zuluaga. Pero aunque puede ser un ejercicio valioso, el voto en blanco se basa en un diagnóstico superficial. Santos y Zuluaga son el resultado de unas instituciones que en el fondo no son muy democráticas, pues están diseñadas para contener los ejercicios democráticos de los movimientos sociales que llevan a la democracia más allá de los límites impuestos por el orden, que es su opuesto.

Lo único que logra el voto en blanco es hacer que se repitan las elecciones e incluso –más allá de las intenciones de sus promotores- refuerza lo mismo que pretende denunciar y combatir: sólo los partidos políticos con grandes maquinarias y presupuestos tendrán el músculo financiero y propagandístico para postular candidatos y hacer una nueva campaña. Por eso, votar en blanco se traduce –en la práctica- en apoyar a los grandes emporios de la política, pues en una segunda elección, sólo podrían competir los partidos tradicionales que tienen la capacidad de asumir dos campañas presidenciales el mismo año. Sólo en la izquierda están los medios para poner en cuestión y mostrar las limitaciones de la participación política en Colombia.

La segunda tarea es construir la unidad, al menos, en un frente amplio que postule una candidatura presidencial única. Decir esto no es nuevo. La carta que ha enviado Iván Cépeda a las principales fuerzas de la izquierda pone de manifiesto la urgencia de construir una candidatura única para enfrentar a la derecha. Asimismo, el llamado del periodista León Valencia –en una carta que envió a Aída Avella, y la respuesta de la candidata- pueden recogerse en este mismo sentido e intención.

El problema es que no se haya planteado ya la necesidad de la unidad en la izquierda. Las dificultades llegan cuando hay sectores que parecen cerrarse al proyecto. Cuando esto sucede, la izquierda se clava su propio puñal, pues los espacios que debería usar para hablarle al país los utiliza para hablarle a los otros sectores de izquierda, vituperando acusaciones. Todo esto construye una imagen frente al país de una fuerza débil, atravesada por rencillas y debates incomprensibles.

Paradójicamente, las reacciones que pueden suscitar este efecto en la izquierda, provienen, hasta ahora, de Jorge Enrique Robledo, quien se ha caracterizado por asumir debates frente al país con altura intelectual y claridad política. Robledo no niega la posibilidad de un candidato único ni la posibilidad de la unidad, pero lo que dice es que ese candidato debe llamarse Clara López y la unidad debe ser entendida como la sumisión de toda la izquierda al Polo Democrático Alternativo.

En la última entrevista que le hizo la revista Semana, Robledo exige que todos los “matices de izquierda” deben aceptar la candidatura de Clara López porque ha sido “un proyecto de convergencia nacional”. Sin duda ha sido un proyecto de “convergencia nacional” del Polo Democrático, así como Aída Avella es un proyecto de convergencia nacional de la Unión Patriótica y Juan Manuel Santos es un proyecto de convergencia nacional del Partido Liberal y del Partido de la U. La razón de Robledo simplemente no es una razón: se reduce a expresar que los partidos políticos hacen convenciones nacionales para elegir a sus candidatos y que el Polo, como es un partido político, también hizo una convención.

Pero Robledo sí tiene una razón, que en verdad es doble. La primera, es una razón antidemocrática y la segunda es una absoluta incomprensión de lo que sucede en el proceso de paz. En la misma entrevista de Semana, Robledo vuelve a exigir que todos los sectores de izquierda acepten a Clara López sin ningún tipo de diálogo apelando a que están desorientados y no “saben para dónde van las cosas”. La afirmación es desafortunada para el espíritu del Polo Democrático que –contrario a lo que quiere Robledo- no se encuentra en hacer “convergencias nacionales” sino en tener apertura a la discusión política con los múltiples sectores de la izquierda. Como resaltó la misma Clara López, lo que le da sentido a su propia candidatura es tener un canal abierto de discusión con los sectores sociales y con los simpatizantes, no el haber tomado una decisión y restregarla de forma dogmática frente a la necesidad de un debate político.

La segunda razón para cuestionar una unidad de la izquierda, es que no sería de izquierda sino una unidad con “santistas solapados”. ¿A qué se refiere Robledo son “santistas solapados”? No hay duda que se refiere a los sectores de la izquierda que apoyan el proceso de paz. Vale la pena recordar el episodio de la marcha del 9 de abril y la actitud que tomó Robledo, que le costó una fina coquetería con Álvaro Uribe Vélez y sus hijos.

Pero Robledo se equivoca porque su idea del proceso de paz es también “solapada”: es una idea uribista con una semántica de izquierda. La idea de que el proceso de paz significa una cruel y conspiradora alianza entre Santos, la insurgencia, la izquierda política y los movimientos sociales para apoderarse del país, es una estrategia discursiva de Uribe para atacar el proceso de paz. Acusar de “santistas solapados” a quienes apoyan el proceso de paz sólo tiene sentido a partir de esa alianza imaginaria. Pero el proceso de paz no es una alianza, es un campo de disputa entre dos conceptos de paz que atienden y responden a un proyecto de país. Y es una disputa que la izquierda no puede abandonar y en la que el Polo Democrático –y el propio Robledo- tienen mucho que decir y proponer. Es también una disputa que sólo puede asumirse por medio de una unidad de la izquierda.

Sin embargo, la actitud de Robledo puede llegar a ser comprensible: muchos sectores de la izquierda (específicamente quienes ahora enarbolan Progresistas) abandonaron el Polo Democrático y se negaron a asumir debates políticos en su tiempo. El Polo Democrático ha sido un baluarte de la unidad de la izquierda, pero actitudes como la de Robledo no le hacen justicia a lo que el mismo Polo pretende defender. Defender al Polo –y una opción de izquierda democrática en general- no significa imponer decisiones dogmáticamente, sino estar a la altura de un debate político que busca consolidar un proyecto que va más allá del Polo y todas las organizaciones de izquierda, pues necesita construirse de cara al país.