El discurso del Alcalde Mayor de Bogotá en la atiborrada Plaza de Bolívar, desde el balcón del Palacio Liévano luego de conocida su destitución por el Procurador General de la Nación, Alejandro Ordoñez, catapultó a Gustavo Petro como un caudillo de masas. La decisión de la Procuraduría, que llenó de rabia y sentimiento de impotencia a millones de colombianos, se convirtió en el vehículo de aquello que se quería evitar: hacer de Petro un símbolo inequívoco de la consigna que se barajó oportunamente: “la generación de la paz”.

Como símbolo vivo de “la generación de la paz”, es decir, como víctima y mártir de una decisión anti-constitucional que borra el primer derecho ciudadano: la voluntad del voto libre, Petro pronunció el más importante discurso de su vida pública. Ante una Plaza que no dejó un solo momento de mostrar su respaldo, que a cada instante lo interrumpía para corear consignas como sacados de un gran trabajo colectivo, “Ordóñez paraco/ el pueblo está verraco” o “Uribe/hijueputa”. El Alcalde destituido interpretó emotiva y conceptualmente la indignación de los grupos y sectores amplios de la ciudadanía que allí hicieron presencia viva.

Como hijos de la sombría película del Frente Nacional, no habíamos tenido la oportunidad de ver un hombre público que encarnara tantas cosas –la esperanza, la dignidad, la paz- como lo hizo ayer Petro rodeado de su familia y allegados políticos. La transmisión en directo de Canal Capital de la larga intervención de Petro, por virtud de la seriedad del asunto, hizo borrar la distancia y nos sentimos también parte de la masa que acompañó a Petro en esta hora negra.

Petro desembozó la trama oscura de la decisión de la Procuraduría: los cálculos políticos que esconde una decisión que deseaba darle la Alcaldía de Bogotá a Francisco Santos, dado de baja la cabeza del líder popular. Porque Petro se mostró ayer, desde el preámbulo de su discurso, como un hombre de cuna modesta, que por el amor al estudio, por el amor a la historia de Colombia y por el amor a la justicia social, se hizo político en la adolescencia, se levantó en armas, firmó la paz como miembro del M-19, acompañó la redacción de la Constitución del 91 y creyó en la paz, es decir, en la democracia, es decir, en las leyes. En esa misma fe llamó, en varias ocasiones, sin no dejar de recordar el mar de sangre con que está entreverada la tortuosa democracia del país, a las FARC para que no se levanten de La Habana, no solo porque la paz es el camino, sino porque la guerra es el fascismo.

Petro llamó fascistas a sus enemigos políticos, a aquellos que desde los albores de la Independencia hasta las mafias organizadas de narco-paramilitares, han convertido al país en una permanente cámara de gas. Fascistas, repitió varias y efectivas veces: fascistas a aquellos que, por su intolerancia, liquidan la nueva Colombia, la Colombia de la paz, de la justicia y de la esperanza, que ayer Petro hizo vibrar con su potente voz.

La voz desafiante, la tez trigueña, las angulosas facciones de hombre popular colombiano, pero sobre todo la seguridad de que entrañaba un clamor popular, y que sobre todo se vivía una hora histórica, contribuyeron a darle a la intervención de Petro en el Palacio de Liévano un aire de sustancialidad. Era como romper el continuum de la historia del círculo vicioso y tenebroso de las décadas que se sellaron con la firma en Benidorn y Sitges, entre Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo, que se ha convertido en el calabozo de la democracia en Colombia. La posibilidad al fin de ver una luz nueva, luego de sesenta años en este hueco sin aire ni agua fresca, era la posibilidad de una alternativa de izquierda –la que significa “La Bogotá Humana”- que se hace con y para los desamparados, los marginales, excluidos, los pobres de la tierra, la Bogotá que incluye a los indígenas, indigentes, LGTBI, a una sociedad arrogante y que nunca ha querido saber de ellos.

Petro, inevitablemente, hacía revivir, en esa Plaza atestada, que ha sido el corazón de la democracia rousseneana colombiana, una nueva Ágora que, cara a cara, pone al político con su ciudadanía activa y masiva. En ese encarar, la convoca allí a imaginar el país del futuro, sin Realitos ni Ubérrimos, sin Hacienda Napolés ni Club el Nogal.

Petro hacía revivir pues la diferencia gaitanista entre el “país político” y el “país nacional”. Allí, en la Plaza de Bolívar estaba el “país nacional”, la gente del común, aseadoras, tenderos, grupos de rock, estudiantes universitarios, entremezclados en las mismas consignas, entremezclados sin distingos entorno a Petro, para decirle “no más” a Ordoñez, al “país político” y lo que él representa: el más oscuro legado del fanatismo y el odio civil de la República de Colombia.

Petro era un Gaitán rectificado, esto es, un socialista del siglo XXI. Petro era el contra-odio del fanatismo y el odio que han dominado, sin solución de continuidad, al país desde que tenemos uso de razón histórica. La esperable reacción, pero no esa dimensión, de la decisión del Procurador, es decir, la inesperada reacción del “país nacional”, apenas tiene antecedentes recientes.

Era la reacción espontánea de la gente común, de la gente que no negocia el país en cada contrato y hace de cada contrato con la nación, con la región y el municipio una billonaria cuenta bancaria en el exterior, está destinada a cambiar los términos de las relaciones políticas en los próximos años. En este sentido era la reacción contra el “país político” tradicional, contra el que Petro es la cabeza y el corazón de esta esperanza, y como caudillo, si cabe la expresión sin la carga de dominio autoritario que pueda contener: esa ventana de la generación de la paz y la justicia que clama el país joven.

La desconfianza que en un sector amplio de la población produjo la administración de Petro en su paso por la Alcaldía de Bogotá, pareció despejarse en el discurso de ayer ante las multitudes de la Plaza de Bolívar. El Petro guerrillero, el Petro parlamentario, el Petro Alcalde quedaron atrás. Ahora hay un Petro nuevo, tras la destitución: el Petro que habló a la Plaza de Bolívar y la Plaza lo escuchó. Lo escuchó vibrante, cuajada de entusiasmo, llena de rabia, jocosamente, con mezcla de tristeza y alegría, más con anhelo de cambio que con sed de venganza.

Se aludió en el discurso de Petro que lo que se haga en los próximos días determinará el buen o el mal rumbo que pueda tomar la campaña que en día de ayer se echó a rodar. De este modo es Petro el único candidato presidencial, no oficial, que tiene Colombia; el único genuino, el único líder que convoca en torno a él una idea de país nuevo, un concepto y un sentimiento, que las cosas podrán cambiar drásticamente, para mejor.

El tiro de la decisión, sin calificativos de Ordoñez, le salió por la culata. En caliente, tal vez es difícil prever el futuro de Petro, pero en el marco de la Plaza de Bolívar, con una estatua del Libertador impertérrito, con una camiseta blanca estampada con la palabra “PETRO”, ayer se experimentaron cosas importantes. Pero como la historia, como lo ensaña Kant, a la luz de los sucesos de la Revolución francesa, obra en la mayoría y esa mayoría obra desinteresadamente y pone en ese desinterés el sentimiento y la idea, entonces nosotros también podríamos llamarnos masa desinteresada, con corazón y cabeza, y contribuir de este modesto modo a cambiar esta “cosa impenetrable” que solemos identificar con el genérico pertinaz Colombia.

Sin quererlo, Ordóñez rehízo a Petro. Lo proclamó involuntariamente un adalid afín ideológico a Correa, Chávez, Lula, Bachelet, Evo… Como quien dice, el retrógrado Procurador, sacado de los antros inquisitoriales hispánicos del siglo XVI, nos dio un empujoncito a participar activa y alegremente en la comunidad de intereses latinoamericanos de este nuevo siglo.