Andrés Fabián Henao

* Andrés Fabián Henao

Profesor Asistente del Departamento de Ciencia Política de la University of Massachusetts Boston. Doctor en Ciencias Políticas de la University of Massachusetts Amherst. Magíster en Filosofía y Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Tiene como áreas de trabajo la teoría política contemporánea, la tragedia Griega, la relación entre la teoría política y la literatura y los problemas de membresía política, democracia y agencia en el contexto actual de la globalización y el capitalismo tardío. Actualmente trabaja sobre la tragedia de Antígona, donde ofrece una lectura alternativa de la agencia política que tienen los inmigrantes indocumentados en su capacidad de cuestionar los límites de la democracia y las condiciones actuales de su membresía política, a partir de una reinterpretación del texto de Sófocles. Ha recibido becas de investigación en la Universidad de Massachusetts, Amherst y en la Universidad Nacional de Colombia, donde publicó Paramilitarismo, Desmovilización y Reinserción. La Ley de Justicia y Paz y sus implicaciones en la Cultura Política, la Ciudadanía y la Democracia en Colombia, con el profesor Oscar Mejía Quintana

En esta actitud estaba cuando le dije lo que debía hacer, esto es, examinar un breve escrito conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando, sin moverse de su ángulo, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó:
-Preferiría no hacerlo.
Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas facultades. Primero, se me ocurrió que mis oídos me engañaban o que Bartleby no había entendido mis palabras. Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero con claridad se repitió la respuesta.
-Preferiría no hacerlo.
-Preferiría no hacerlo -repetí como un eco, poniéndome de pie, excitadísimo y cruzando el cuarto a grandes pasos-. ¿Qué quiere decir con eso? Está loco. Necesito que me ayude a confrontar esta página; tómela -y se la alcancé.
-Preferiría no hacerlo –dijo

(Herman Melville, Bartleby, el escribiente

Bartleby es el artista de la negativa, no tanto porque siempre contesta con una negativa a aquello que el hombre de la ley, director de la oficina de copias judiciales y narrador de la historia, le demanda, sino por la fórmula que utiliza, ‘I would prefer not to’ (preferiría no hacerlo). En su influyente artículo, Bartleby ou la formule, Gilles Deleuze asegura que la fórmula de Bartleby, a pesar de ser gramaticalmente correcta, sorprende por lo inusual de su estructura, porque contamina el lenguaje en el que se enuncia con un lenguaje que le es extraño. En inglés lo normal sería responder ‘I had rather not to’ pero Bartleby utiliza una fórmula que le da un peso más decisivo a ese ‘no hacerlo’ con que la concluye, y que inscribe dicha preferencia negativa entre los casos de agramatismo. Para Deleuze, el éxito de la fórmula consiste en romper la relación presupuesta entre las palabras y las cosas, aquella que estructura una visión representacionalista del lenguaje. A nivel político, la fórmula pone en evidencia no la locura de Bartleby sino de aquello que lo rodea y, sobre todo, la del hombre de la ley, es decir, la locura que caracteriza el ejercicio mimético de la copia que la preferencia negativa vuelve impotente. La oficina en la que Bartleby trabaja se encarga de hacer copias judiciales, de copiar la ley. El poder de la frase consiste en volver la lógica de la copia contra sí misma, ya que la ley, que dicta la copia, enfrenta la preferencia negativa, ‘preferiría no hacerlo’, a la manera de una copia, de una frase iterativa. De ahí que muy pronto, tras haber pronunciado la fórmula que el hombre de la ley denomina ‘queer’, Bartleby también deja de copiar. Bartleby encarna la copia de manera subversiva (repite la fórmula) para interrumpir la lógica reproductiva de la ley, y quizás con ello realice lo que Judith Butler denomina “la mimesis insubordinada de la praxis queer”.

La interpretación deleuziana de la historia de Melville ha recibido enorme atención tanto en la teoría política contemporánea (Giorgio Agamben, Slavoj Žižek, Jacques Rancière y Simon Critchley, entre otros, la han reclamado) como en la literatura, principalmente en la obra de Jean-Yves Jouannais, Artistes sans ouvre. I would prefer not to, y la fragmentaria novela de Enrique Vila-Matas, Bartleby & Co, dos textos dedicados a coleccionar creadores que decidieron no crear. Mi interpretación se nutre de ellas y trata de poner este arte de la negativa en un plano literal (como lo sugiere Deleuze cuando asegura que el humor de Melville es, como el de Kafka, literal) y al mismo tiempo más transcendental (como también lo sugiere Deleuze cuando sustituye el enunciado ateísta pre-nietzscheano ‘Dios está muerto’ por el enunciado ateísta post-Bartleby ‘Dios está loco’). Mi lectura es literal, porque quiero llevar este problema de la creación en la no-creación a su sentido más literal, a una relectura del aborto como libertad. También es transcendental porque la copia está en el centro de la lógica católica de la creación y, por lo tanto, de la locura de Dios que informa la postura reaccionaria de Ordóñez. La copia que no se vuelve contra sí misma no tiene el estatus creativo de la acción. La copia de la ley es más bien mecánica, inactiva, y si bien es cierto que Bartleby produce un nuevo documento, ese hacer pertenece a la regularidad de lo mismo y no a la creatividad de lo nuevo. Es mediante la copia de la fórmula de Bartleby que se hace visible lo inerte de la copia de la ley, es decir, el dictador que la antecede, la dictadura que la subyace, la locura de Dios.

Mi primera hipótesis consiste en sugerir que Bartleby interrumpe la regularidad de la copia con una irregular fórmula que, no obstante, transforma la inactividad de la producción (lógica administrativa del capital y de la ley) en la actividad de la improductividad (lógica política de lo queer). Mi segunda hipótesis afirma que la fórmula queer de Bartleby, que supone una crisis para la implementación de la ley al volver la lógica de su copia contra sí misma, está en el centro de la acción popular contra la decisión de Ordóñez de destituir al alcalde Gustavo Petro. Mi tercera hipótesis arriesga un sentido a la vez más literal y transcendental en la fórmula de Bartleby, uno que encuentra en el aborto y la praxis queer formas de ser de la libertad y la prueba de la locura de Dios.

Muchas cosas se han escrito sobre la destitución de Petro, y dos de los mejores análisis los he leído en Palabras al Margen, el primero lo escribió Olga Nadeznha, el segundo Alejandro Mantilla. La pregunta política de Nadeznha es temporal, la de Mantilla es espacial. Nadeznha se pregunta por qué ese ‘golpe duro y seco a la democracia’ que supone la reciente destitución de Petro por parte de Ordóñez, solo se enuncia ahora y no, por ejemplo, en el 2009 cuando el Procurador ya se relamía en sus demasías, y entre los primeros abusos que Nadeznha incluye en su lista se encuentran las intervenciones de la Procuraduría contra el matrimonio igualitario y contra el derecho al aborto. La pregunta de Mantilla (que también prioriza la homosexualidad y el aborto en su propia crítica a Ordóñez) es espacial, consiste en no reducir la protesta política que ha motivado la destitución de Petro a la figura pública del alcalde, sino de reconocer su verdadera envergadura, co-extensiva con el movimiento colectivo por la democracia. Dicho movimiento se pronuncia hoy modulando la fórmula de Bartleby, enunciando su propio ‘preferiría no hacerlo’ contra la ley en la forma de un imperativo ‘¡Petro se queda!’ Así que ni el tiempo ni el espacio parecen ser los adecuados: ‘el tiempo está desquiciado’, como diría Hamlet, un ancestro de Bartleby en el arte de la negativa.

Tanto la espacialidad que destaca Mantilla como la temporalidad de Nadeznha exponen un problema más serio a nivel de la ley y de su fundamento teológico, uno que explica por qué la prioridad de este ataque conservador han sido las y los homosexuales y las mujeres que desean abortar. La razón radica en que ambos casos representan ejercicios de la libertad, y acá lo transcendental resulta mucho más desafiante que la mundanidad positiva de lo legal. De acuerdo con el mito bíblico, con todo el exceso de su locura divina, Eva nace de una costilla de Adán y es nombrada por él, así como sucede con los demás animales. Eva es nombrada, Adán nombra. Eva es objeto pasivo, Adán es sujeto activo. El estatus de Eva es inferior al del hombre, que no deja de ser una copia, es decir, la primera materialización de la locura divina y de su dictadura. La transgresión de la ley divina por iniciativa de la mujer, sin embargo, invierte la relación de género. Cuando Adán y Eva muerden la manzana y son expulsados del paraíso, actividad y pasividad se invierten. La mujer crea, el hombre es creado. Lo que antes era copia de la ley—el hombre—ahora se vuelve creación de la mujer, acto susceptible de ser copiado en la transgresión futura de la ley. Esto explica por qué los hombres han querido recluir a las mujeres en el hogar—controlar su reproductibilidad—esa violenta estrategia con la que el hombre intenta neutralizar la nueva economía de género, post-paraíso, en la que la mujer, no el hombre, es la que puede crear, es decir, no-crear: ‘preferir no hacerlo’.

Lo que diferencia lo activo de lo pasivo no consiste en que lo activo cree y lo pasivo sea creado, sino en que lo activo tiene el poder de no-crear (la fórmula de Bartleby). Si lo activo siempre tuviera que crear, si la creación no fuera una contingencia, algo que puede ser o no ser, una potencialidad que se puede abortar, no existiría libertad ni, propiamente dicho, acción. De ahí que Hannah Arendt relacionara la acción con la natalidad (un concepto que formuló con base a la teología de San Agustín sobre la creación), entendida no en el sentido biológico y originario de la pro-creación (este no es un argumento esencialista), sino en el sentido simbólico e iterativo del re-crear que presupone el no-crear. La capacidad de crear (como no-crear) difiere de la capacidad de destruir. Algo ya debe ser para destruirlo, pero para no-crearlo, la posibilidad de ser o no ser como contingencia es su condición. Esto es lo que, a nivel lingüístico-político, Bartleby pone de presente en relación con la ley. La ley aparece como la forma reproductiva que carece de acción, la dictadura de la copia, el valor de cambio del capital. La verdadera creación adquiere la forma de la acción improductiva, la que supone la libertad, la que existe en el post-paraíso en el que la copia entra en crisis cuando lo que se repite es este rehusarse a crear, este preferir no preferir en el que es posible abortar la acción. La práctica queer, en su rechazo al postulado de identidad, no es otra cosa que ese mismo rehusarse a, ese transformar el preferir no en susceptible de copiado-pagado, ese ¡No! a la fijación de la identidad sexual y a la subordinación del deseo a la reproducción, liberándolo de la clausura te(le)ológica que lo reduce al futuro recién nacido. De ahí que Lee Edelman reinterprete la pulsión de muerte en la teoría queer bajo la fórmula No futuro, como un rehusarse a ser cómplice con la ideología reproductiva del futurismo (el progreso) que subordina el 2009 al 2014 y el 2014 al 20…

La propia fórmula de Bartleby posibilita esa traducción política, una que politiza la copia, que relaciona el queer ‘preferiría no hacerlo’ que enuncia el escribiente contra la inerte función copiadora de la ley, con el ‘preferiría no hacerlo’ que enuncia la mujer que se sabe embarazada sin desearlo, con el ‘preferiría no hacerlo’ que enuncia la multitud con relación a la destitución de Petro. Un enunciado que, como sucede con Bartleby, revela no la locura del escribiente, sino la de la ley, la locura que lleva a la penalización de un acto de libertad, como es el aborto, que en Colombia no ha sido legalizado, solo fue despenalizado para tres excepciones que, de acuerdo con Florence Thomas, representan menos del 1% de los abortos que se realizan en el país. Una locura jurídica que, como lo señala Mantilla, reemplaza la responsabilidad política por la responsabilidad disciplinaria (los casos de Petro, Piedad Córdoba, Alonso Salazar, Guillermo Asprilla, etc.).

El aborto no le otorga a la mujer un poder tanatopolítico similar al del soberano en su vínculo moderno con la biopolítica, porque abortar no significa destruir la vida. El desafío de este arreglo de género (que ni Foucault ni Agamben tematizan) es mucho más serio. Lo que subyace al deseo del hombre por controlar la capacidad reproductiva de la mujer no es un temor frente a su poder destructivo sino frente a su poder creativo, es decir, a su poder no-crear, al subyacente ‘preferiría no hacerlo’ de su libertad. Todavía más erróneo sería leer en este arte de la negativa pura impotencia, ni siquiera en relación a la lucha de clases. Marcel Bénabou, uno de los héroes de Vila-Matas y portador del síndrome de Bartleby, lo dice claramente en su libro, Por qué no he escrito ninguno de mis libros: “Sobre todo, querido lector, no creas que los libros que no he escrito son pura nada. Todo lo contrario (hay que dejarlo claro de una vez por todas), ellos están suspendidos en la literatura universal”. ¿Y no es precisamente ésta la estructura política de la lucha del trabajo contra el capital, mejor representada en el paro obrero, en interrumpir la producción (lógica inerte de la copia) para dar origen a la acción (replicar la protesta), a toda una cadena de discursos políticos que, como si se tratara de los libros no-escritos de Bénabou, están suspendidos en la política universal?

En honor al humor de Bartleby, concluyo este fragmentario texto (que también se rehúsa a una creación definida) con un chiste que me contó una amiga hace ya un buen tiempo y que pone al día el enunciado ateísta post-Bartleby con el que vale la pena confrontar a los Ordóñez de hoy, aplicar la fórmula que separa la iterabilidad de la política de la regularidad disciplinaria de la ley. Cuando Eva estaba muy aburrida en el paraíso le pidió a Dios que le creara algo, cualquier cosa que la sacara de semejante aburrimiento. Dios le dijo que sólo le quedaba algo en la canasta de creaciones pero que no le iba a gustar. Eva estaba tan aburrida que no le importó cuando Dios le recitó la interminable lista de defectos que contenía y que habían terminado por desmotivar a Dios al momento de crearlo. El aburrimiento del paraíso era tal que Eva le dijo que sí, incluso cuando Dios le advirtió que tendría que dejarle creer a él, su nueva creación, que había sido creado primero, pues para él esa prioridad sería fundamental. Para consolarla, por lo decepcionante que resultaba la única creación que le quedaba, Dios le aseguró, “¡te prometo que el secreto se quedará entre nosotras!”.